Hojas de hierba & Selección de prosas
La prosa de Whitman
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Días ejemplares de América
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Paumanok, y mi vida en ella de niño y de joven Merece la pena investigar a fondo en esta Paumanok (por dar al lugar su nombre aborigen[515]) que se extiende al este por los condados de Kings, Queens y Suffolk: 120 millas en total. En el estrecho al norte de Long Island se suceden, pintorescas y hermosas, ensenadas, gargantas y entrantes aparentemente marinos, a lo largo de cien millas, hasta Orient Point[516].
Del lado del océano se encuentra la gran bahía meridional, salpicada de oteros, la mayoría pequeños, pero algunos bastante grandes, y ocasionalmente bancos de arena que se adentran en el mar entre doscientas varas y una milla y media. Y, aquí y allá, como en Rockaway[517] y más al este aún, en los Hamptons[518], la playa se mete en la isla, y el mar la barre sin freno. Hay varios faros en la costa oriental, y una larga historia de trágicos naufragios, algunos incluso en años recientes. De joven, me eran familiares aquella tradición de naufragios y las circunstancias en que solían producirse. De uno o dos de ellos fui testigo presencial. En la playa de Hempstead, por ejemplo, se perdió el barco Mexico en 184o[519] (al que aludo en «Los durmientes», de Hojas de hierba), y en Hampton, algunos años después, se fue a pique el bergantín Elizabeth, un suceso terrible, por culpa de una de las peores galernas del invierno, en el que se ahogaron Margaret Fuller, su marido y su hijo[520].
Las aguas de esta bahía meridional, delimitada por los bancos de arena y la playa, son relativamente someras, y, con el frío del invierno, se hielan.
De niño, visitaba aquellos campos congelados con uno o dos amigos: íbamos en trineos, con hachas y arpones, a cazar anguilas. Abríamos agujeros en el hielo y, a veces, teníamos suerte: dábamos con un buen montón de ellas, y llenábamos los cestos con la carne dulce y blanca de aquellos bichos gruesos y magníficos. No había nada más divertido para un chico, ni más deseable, que aquellos paisajes, el hielo, montar en trineo,
abrir agujeros, pescar anguilas, etc. Las costas de la bahía, tanto en invierno como en verano, y mis correrías por allí aparecen, entremezcladas, en Hojas de hierba. Algo que me encantaba hacer en verano era ir en grupo a la bahía a coger huevos de gaviota. (Las gaviotas ponen dos o tres huevos, algo más grandes que medio huevo de gallina, en la arena, y los dejan incubar al sol).
Conocía bastante bien, asimismo, el extremo oriental de Long Island, la región de la bahía de Peconic. Había circunnavegado en más de una ocasión la isla de Shelter, y luego ido hasta Montauk; había pasado muchas horas en la colina de la Tortuga[521], junto al faro, en la punta más alejada, contemplando el ondular incesante del Atlántico. Me gustaba acercarme allí y confraternizar con los pescadoras de anjovas, o con las cuadrillas que cada año cogían corvinas. A veces, en la península de Montauk (de unas 15
millas de longitud y buenos pastos), topaba con pastores, extraños, desharrapados y semibárbaros, que vivían allí enteramente al margen de la sociedad o la civilización, cuidando, en aquellos herbazales, de enormes manadas de caballos o rebaños de vacas u ovejas, propiedad de los granjeros de los pueblos del este. A veces, me encontraba también con algunos de los pocos indios que quedaban, o con sus mestizos, y que hoy supongo ya extinguidos por completo.
Hacia el centro de la isla se extendían las llanuras de Hempstead[522],
que eran por aquella época (1830-1840) como praderas, abiertas, deshabitadas, casi yermas, cubiertas de arándanos y laurel de montaña, aunque con buenos pastos para el ganado, sobre todo vacas lecheras, que pacían allí a centenares, o incluso a miles, y que, al anochecer (aquellas llanuras eran propiedad de los municipios, y su uso era comunal), podían verse volver a casa, y dirigirse cada una a la suya desde el camino principal.
Me he encontrado a menudo, al caer el sol, en las lindes de esas llanuras, y me acuerdo muy bien de aquellas interminables procesiones vacunas: oigo, a lo lejos o muy cerca, la música de los cencerros de hojalata o de cobre, y aspiro el frescor del aire de aquellas tardes, dulce y levemente aromático, y contemplo el ocaso.
En la misma región de la isla, pero más al este, había grandes pinares y vastas extensiones de matorral de roble (se sacaba de allí mucho carbón de leña), monótonas y yermas. Pero también ahí he pasado muchos días, o
medios días, vagando por las solitarias encrucijadas, inhalando aquel peculiar, áspero olor a campo. Ahí, y en las playas, y en la isla entera, he pasado ratos muchos años, en todas las estaciones, a veces a caballo, a veces en barca, pero generalmente a pie (entonces era un gran andarín), empapándome de campos y costas, de lo que pasaba en el mar, de personajes, de los habitantes de la bahía, de granjeros y pilotos: me gustaba mucho tratar a estos últimos, y a los pescadores; y todos los veranos me embarcaba. Disfrutaba también de la playa del sur, en la que no había nada, pero en la que he pasado algunas de las horas más felices de mi vida.
Escribo ahora, y aquella experiencia se me hace otra vez presente, cuarenta y pico años después: el tranquilizador murmullo de las olas y el olor salobre, los años de adolescencia y el almejeo, descalzo, con los pantalones arremangados, caminar por el arroyo, el perfume de los juncales, la barca con heno y las excursiones de pesca, en las que comíamos sopa de pescado; o, en años posteriores, pequeñas escapadas por la bahía de Nueva York en las embarcaciones de los pilotos. En esos mismos años, cuando vivía en Brooklyn (1836-1850), iba cada semana, con el buen tiempo, a Coney Island[523], que era entonces una playa grande y poco frecuentada, que tenía toda para mí, y por cuya arena endurecida me encantaba correr, después de bañarme, arriba y abajo, y recitar a Homero o Shakespeare al mar y a las gaviotas durante horas. Pero me estoy precipitando: he de volver sobre mis pasos.
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