Hojas de hierba & Selección de prosas
Nuestro viejo feuillage
Nuestro viejo feuillage[280]
¡Siempre nuestro viejo feuillage!
Siempre la península verde de Florida, el inestimable delta de la Luisiana, siempre los algodonales de Alabama y Texas,
siempre las colinas doradas y las depresiones de California, y las montañas plateadas de Nuevo México, siempre Cuba, la
del dulce aliento,
siempre la vasta ladera que desagua en el mar del Sur, inseparable de las que desaguan en los mares del Este y el
Oeste,
la superficie en el octogésimo tercer año de estos Estados[281],
los tres millones y medio de millas cuadradas,
las dieciocho mil millas de costas marítimas y bahías exteriores, las treinta mil millas de ríos navegables,
los siete millones de familias distintas, e idéntico número de viviendas —y todo esto, y mucho más, ramificándose en prolongaciones sin cuento,
siempre la libertad y la diversidad, siempre el continente de la Democracia,
siempre las praderas, los pastos, los bosques, las grandes ciudades, los viajeros, Canadá, las nieves,
siempre estas tierras compactas, ceñidas a las caderas por el cinturón que ensarta los inmensos lagos ovalados,
siempre el Oeste con sus nativos fuertes y una creciente densidad: sus habitantes, amistosos, amenazadores, irónicos, que desprecian a los invasores,
todos los panoramas, al Sur, al Norte, al Este, todos los actos, promiscuamente ejecutados siempre,
todos los personajes, movimientos, crecimientos, algunos advertidos, otros —miríadas— inadvertidos.
Camino por las calles de Mannahatta y reúno todo esto, en los ríos interiores, de noche, a la luz de las teas de pino, los vapores cargan madera,
de día, a plena luz del sol, en el valle del Susquehanna, y en los valles del Potomac y el Rappahannock, y en los valles del
Roanoke y el Delaware[282],
en los páramos del norte, los depredadores rondan por las colinas de Adirondack o beben las aguas del Saginaw[283], en una ensenada solitaria, un tarro blanco, perdido de la bandada, se mece en silencio en el agua,
en los establos de los granjeros, los bueyes, exhaustos, descansan después de arar,
en los lejanos hielos árticos, la morsa hembra está tumbada, amodorrada, y a su alrededor juegan las crías,
el halcón surca espacios que los hombres no han surcado todavía, en el más remoto océano polar, espumeante,
cristalino, abierto, allende los bancos de hielo,
delante, donde el barco embiste a la tempestad, sube y baja una bruma blanca,
en tierra firme, lo que se hace en las ciudades cuando las campanas dan, al unísono, la medianoche,
en los bosques vírgenes, los sonidos que allí resuenan: el aullido del lobo, el rugido de la pantera y el ronco bramido del alce,
en invierno, bajo el duro hielo azul del lago Moosehead[284], y en verano, visible en las aguas claras, la enorme trucha,
en latitudes inferiores, donde el aire es más cálido, en las Carolinas, el buitre negro planea muy por encima de las copas de los árboles,
más abajo, al cedro rojo le cuelgan festones de musgo español, y crecen pinos y cipreses en el blanco arenal que se extiende a lo lejos,
rudimentarias embarcaciones descienden por el gran
Pedee[285], plantas trepadoras, parásitas, envuelven árboles enormes con flores de colores y bayas,
las vaporosas gualdrapas de la encina del sur casi llegan al suelo, movidas por un viento silencioso,
el campamento de los carreteros de Georgia al anochecer, los fuegos de la cena y el cocinar y comer de blancos y negros,
treinta o cuarenta carros, las muías, el ganado y los caballos comen del comedero,
las sombras y relumbres, arriba, bajo el follaje de los viejos sicómoros, las llamas y el humo negro del pino tea, que se
estira dibujando volutas,
los pescadores del sur que faenan, los estrechos y ensenadas de la costa de Carolina del Norte, la pesca del sábalo y la pesca del arenque, las grandes jábegas, los molinetes de la orilla operados por caballos, los establecimientos en que se limpia, cura y embala,
en lo más profundo del pinar, la trementina gotea de las incisiones hechas en los árboles: allí están las fábricas que procesan la trementina,
allí trabajan los negros, fornidos, y el suelo aparece cubierto de pinaza en todas direcciones,
en Tennessee y Kentucky, los esclavos se afanan con el carbón, en la fragua, cerca de las llamaradas del horno, o desgranan el maíz,
en Virginia, el hijo del plantador vuelve tras una larga ausencia, y la vieja nodriza mulata, contentísima, lo llena de besos de bienvenida,
en los ríos, los barqueros han amarrado sus embarcaciones al anochecer, y descansan en ellas, al abrigo de las riberas altas,
algunos de los más jóvenes bailan a los sones del banjo o el violín, otros, sentados en la regala, fuman y charlan,
avanzada ya la tarde, el sinsonte, el mimo de América, canta en el pantano Great Dismal[286],
donde las aguas verdosas, el olor a resina, el musgo abundante, el enebro y el ciprés,
al norte, mozos de Mannahatta, una agrupación de tiro al blanco que vuelve, al caer la noche, de una excursión: las bocachas de sus mosquetes lucen ramilletes de flores que les han regalado las mujeres,
niños que juegan, o uno que duerme en el regazo de su padre
(¡cómo mueve los labios!, ¡cómo sonríe, dormido!),
el explorador que cabalga por las praderas al oeste del Misisipí, sube a una loma y mira alrededor,
la vida de California, el minero barbudo y su ropa basta, la firme amistad californiana, la dulzura del aire, las tumbas solitarias que se encuentran, al pasar, junto al sendero de los caballos,
en Texas, el algodonal, las chozas de los negros, los conductores de las muías o los bueyes uncidos a rústicos carretones, las pacas de algodón apiladas en las riberas o los muelles,
y rodeándolo todo, proyectándose a lo alto y a lo ancho, el Alma Americana, de hemisferios iguales, uno de Amor, otro
de Expansión u Orgullo,
en arrière[287], las conversaciones de paz con los aborígenes iraqueses, el calumet, la pipa de la paz, el arbitraje y la aprobación,
el cacique que exhala el humo, primero en dirección al sol, luego hacia la tierra,
la ceremonia de la danza de las cabelleras, ejecutada con las caras pintadas y exclamaciones guturales,
la partida de la horda de guerreros, la larga y silenciosa marcha,
la fila india, las hachas que cuelgan, la sorpresa y la degollina de los enemigos,
todos los actos, escenas, formas, personas, actitudes de estos Estados, todos los recuerdos e instituciones,
todos estos Estados juntos, cada milla cuadrada de estos Estados, sin exceptuar ni una partícula,
y yo, complacido, recorro las veredas y los campos, los campos de Paumanok,
observando el vuelo en espiral de dos pequeñas mariposas amarillas que se persiguen y salen disparadas hacia lo alto, la golondrina que cruza como una flecha, la destructora de insectos, la que viaja al sur en otoño, pero vuelve al norte cuando empieza la primavera,
el peón que conduce el rebaño de vacas al caer el día, y les grita para que no se entretengan pastando al borde del camino,
el muelle de la ciudad, Boston, Filadelfia, Baltimore, Charleston, Nueva Orleans, San Francisco,
los barcos que zarpan cuando los marineros tiran del cabrestante,
el anochecer —yo en la habitación—, el sol poniente,
el sol poniente de verano que brilla en la ventana abierta y revela el enjambre de moscas, suspensas, que se balancean en el aire, en el centro de la habitación, y se lanzan de un lado a otro, arriba y abajo, y proyectan fugaces manchas de
sombra en la pared opuesta a la que recibe la luz,
la atlética matrona americana que se dirige a una audiencia multitudinaria,
varones, hembras, inmigrantes, mezclas, la abundancia, la individualidad de los Estados, cada cual para sí: los que ganan dinero,
fábricas, maquinaria, las fuerzas mecánicas, el molinete, la palanca, la polea, todas las certezas,
la certeza del espacio, del crecimiento, de la libertad, de la futuridad,
en el espacio, las espóradas[288], las islas dispersas, las estrellas, en tierra firme, las tierras, mis tierras,
¡oh, tierras, que tanto amo!, lo que sois —lo que seáis— lo llevo, al azar, a estos cantos, y me convierto en parte de ello, sea lo que fuere,
al sur, grazno y aleteo lentamente, rodeado por miríadas de gaviotas que invernan en las costas de Florida,
otras veces, entre las riberas del Arkansas, del río Grande, del Nueces, del Brazos, del Tombigbee, del río Rojo, del Saskatchewan o del Osage[289], río y brinco y corro con el agua de los manantiales,
al norte, en los arenales, en alguna bahía poco profunda de Paumanok, exploro el agua con las bandadas de garcetas níveas, en busca de gusanos y plantas acuáticas,
el pitirre retrocede, con gorjeo triunfal, después de haber picado al cuervo, y yo también gorjeo triunfalmente,
la bandada migratoria de gansos silvestres desciende en otoño para descansar: el grueso de la bandada se alimenta, los centinelas vigilan alrededor, con la cabeza erguida, y son relevados, cada cierto tiempo, por otros centinelas, y yo me alimento y hago guardia con ellos,
en los bosques de Canadá, el alce, grande como un buey, acorralado por los cazadores, se yergue con desesperación sobre los cuartos traseros, y se abalanza con los delanteros, de pezuñas afiladas como cuchillos, y yo me abalanzo asimismo contra los cazadores, acorralado, presa de la desesperación,
en Mannahatta, calles, embarcaderos, movimiento de barcos, almacenes e innumerables dependientes,
y también yo de Mannahatta, cantándola, no menos en mí mismo que Mannahatta entera en sí misma,
cantando la canción de Estas mis tierras, unidas para siempre
—mi cuerpo no está más inevitablemente unido, trozo a trozo, ni creado, a partir de mil contribuciones diferentes, para formar una identidad, que lo inevitablemente unidas que están estas tierras, y que la identidad única que han creado,
nacimientos, climas, la hierba de los grandes Llanuras de los pastos,
ciudades, trabajos, muerte, animales, productos, guerra, el bien y el mal: todo eso soy yo,
todas esas cosas, con sus detalles, nos ofrece el viejo feuillage a mí y a América; ¿qué menos podría hacer yo que difundir
el secreto de su unión, para ofreceros algo parecido a vosotros?
¡Quienquiera que seas!, ¿qué puedo hacer sino ofrecerte hojas divinas, para que tú también puedas ser elegido, como yo?,
¿qué puedo hacer sino cantar, como hago aquí, e invitarte a que tú mismo recojas ramilletes del incomparable feuillage de estos Estados?
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