Hojas de hierba & Selección de prosas
Prólogos a las ediciones de Hojas de hierba
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Prefacio, 1855
América no rechaza el pasado, ni lo producido bajo sus formas, o en el curso de otras políticas, ni la idea de las castas, ni las religiones antiguas; acepta la lección con calma; no se impacienta tanto como se ha supuesto porque su piel siga adherida a unas opiniones, costumbres y literatura determinadas, cuando la vida que atendía a sus necesidades se ha transformado ya en una vida nueva, con formas nuevas; advierte cómo sacan lentamente el cadáver del comedor y los dormitorios de la casa; advierte que lo dejan un rato a la puerta, que convino a los días que le tocó vivir, que su acción ha pasado al heredero recio y bien plantado que se acerca, y que él también conviene a los días que le ha tocado vivir.
De todas las naciones de la Tierra habidas en la historia, los americanos son, probablemente, los que posean una naturaleza poética más completa. Y
los Estados Unidos son, en sí mismos, y en esencia, el más extraordinario de los poemas. En la historia del mundo, hasta nuestros días, lo más grande y conmovedor se revela sumiso y disciplinado, comparado con su enormidad y con la conmoción que inspira. Los actos de los hombres cobran aquí, por fin, una naturaleza similar a los actos universales del día y de la noche. He aquí, no una sola nación, sino una ingente nación de naciones. He aquí un comportamiento libre de ataduras, y necesariamente ciego a las particularidades y los detalles, que se mueve, magníficamente, en masa. He aquí la hospitalidad que siempre ha distinguido a los héroes.
He aquí las escabrosidades, y las barbas, y el espacio, y la bastedad, y la despreocupación que son gratos al alma. He aquí un comportamiento que desdeña lo trivial, incomparable por la tremenda audacia de sus multitudes y sus comunidades, y por el empuje de su perspectiva, que se extiende, y fluye, con amplitud irrestricta, y derrama su espléndida y prolífica extravagancia. Es manifiesto que suyas han de ser las riquezas del verano y del invierno, y que nunca quebrará mientras crezca el maíz, o se recojan
manzanas en los huertos, o las bahías tengan peces, o los hombres engendren hijos en las mujeres.
Otros Estados se distinguen por sus representantes, pero la mejor expresión del genio de los Estados Unidos no son sus gobernantes o sus parlamentos, ni sus embajadores, escritores, universidades, Iglesias o salones, ni siquiera sus periódicos o sus inventores, sino, siempre y sobre todo, el pueblo llano: sus modales, su forma de hablar y de vestirse, sus amistades; la lozanía y franqueza de su fisiognomía; la pintoresca soltura de su porte; su apego imperecedero a la libertad; su aversión a lo indecoroso o blando o mezquino; el reconocimiento práctico de los ciudadanos de un estado por parte de los ciudadanos de los demás estados; su fiereza cuando se les provoca; su curiosidad y su entusiasmo por lo nuevo; su amor propio y su maravillosa compasión; su susceptibilidad al menosprecio; su aire de personas que no saben lo que es sentirse ante un superior; el desparpajo con el que hablan; su gusto por la música, síntoma seguro de ternura varonil e innata elegancia espiritual; su afabilidad y su largueza; el significado trascendente de sus elecciones; que el presidente se descubra ante ellos, y no ellos ante él. Todo esto es poesía sin rimar, que aguarda el tratamiento, generoso y colosal, que sea digno de ella.
La magnitud de la naturaleza o de la nación sería monstruosa sin la correspondiente magnitud y generosidad espiritual de sus ciudadanos. Ni la naturaleza, ni Estados populosos, ni calles, ni barcos de vapor, ni negocios florecientes, ni granjas, ni el capital, ni el conocimiento, bastan para conformar el ideal del hombre, ni para el poeta. Tampoco bastan los recuerdos. Una nación viva siempre puede dejar una huella profunda y someterse a la mayor autoridad, al menor precio: la que ejerce su propia alma. Ésta es la suma de las costumbres provechosas de los individuos o de los Estados, y de la acción y la grandeza del presente, y de los asuntos de que tratan los poetas. ¡Como si fuera necesario remontarse, generación tras generación, hasta las fuentes orientales! ¡Como si la belleza y la sacralidad de lo demostrable debieran subordinarse a las de lo mítico! ¡Como si los hombres no dejaran su huella en todas las épocas! ¡Como si la apertura del continente occidental por el descubrimiento, y cuanto ha pasado desde entonces en América del Norte y del Sur, fuese menos que el teatrillo de la
antigüedad o el sonámbulo vagar de la Edad Media! El orgullo de los Estados Unidos renuncia a la riqueza y la sofisticación de las ciudades, y a los réditos del comercio y la agricultura, y a la magnitud de la geografía, y al espectáculo de las victorias en el exterior, para disfrutar de una raza de hombres plenos, o de un solo hombre pleno, sencillo e inconquistable.
Los poetas americanos han de abrazar tanto lo viejo como lo nuevo, porque América es la raza de las razas. El bardo ha de estar a la altura de su pueblo. Para él, los demás continentes no son más que una ayuda: los recibe en beneficio de ambos. Su espíritu corresponde al espíritu de su país. Es encarnación de su geografía, y de su naturaleza, y de sus ríos y lagos. El Misisipí con sus crecidas anuales y sus cambiantes cascadas, el Misuri y el Columbia y el Ohio y el San Lorenzo, con las suyas, y el hermoso y masculino Hudson, no desembocan en el mar más de lo que desembocan en él. La inmensidad azul que cubre el mar interior de Virginia y Maryland, y el mar de las costas de Massachusetts y Maine, y la bahía de Manhattan, y el lago Champlain[544] y el Erie y el Ontario y el Hurón y el Michigan y el Superior, y los mares de Texas, México, Florida y Cuba, y los mares de las costas de California y Oregón, no se corresponde con la inmensidad azul de esas aguas más de lo que el poeta se corresponde con las que se extienden por encima y debajo de él. Cuando la extensa costa del Atlántico se prolonga, y la costa del Pacífico se prolonga, él se prolonga con ellas, sin esfuerzo, al norte o al sur. Las abarca, asimismo, de este a oeste, y refleja cuanto contienen. Le crecen sólidos brotes que compiten con los del pino y el cedro y el abeto y la encina del sur y el algarrobo y el castaño y el ciprés y el nogal y el tilo y el álamo de Virginia y el tulipero y el cacto y la parra silvestre y el tamarindo y el caqui, y espesuras tan enmarañadas como las del cañaveral o el pantano, y bosques revestidos de hielo transparente y de carámbanos que cuelgan de las ramas y que el viento hace crujir, y laderas y picos montañosos, y los pastos frescos y despejados de las sabanas, las serranías o las praderas, con vuelos y cantos y chillidos que responden a los de la paloma torcaz y el carpintero escapulario y la calandria café y la focha y el negrón costero y el busardo de hombros rojos y el águila pescadora y el corocoro blanco y la gallineta y el búho cornudo y el ánade rabudo y el martinete común y la serreta mediana y el mirlo y el sinsonte y el águila
ratonera y el cóndor y la garza nocturna y el águila. Sus rasgos hereditarios provienen tanto del padre como de la madre. En él penetran la esencias de lo real y de los sucesos pasados y presentes, de la enorme diversidad de climas, de la agricultura y de la minería; las tribus de pieles rojas; los navíos azotados por la tempestad, que arriban a nuevos puertos o desembarcan en costas rocosas; los primeros asentamientos en el norte y el sur; la rapidez con la que se crece y se desarrollan los músculos; el altivo desafío del 76[545], y la guerra y la paz y la redacción de la constitución; la unión siempre rodeada de charlatanes, y siempre serena e inexpugnable; la constante llegada de inmigrantes; las ciudades rodeadas de muelles y una flota sin igual; el interior inexplorado; las cabañas de troncos y los claros del bosque y la fauna salvaje y los cazadores y tramperos; el libre comercio; las pesquerías y la caza de ballenas y la busca de oro; la interminable gestación de nuevos estados; la reunión del Congreso cada diciembre, cuyos miembros acuden a la sesión, puntualmente, desde todos los climas y desde los lugares más remotos; el noble carácter de los jóvenes artesanos y de todos los trabajadores y trabajadoras libres de América; el gran entusiasmo y la cordialidad y el espíritu de empresa; la perfecta igualdad de varones y hembras; la gran amatividad[546]; el movimiento fluido de la población; las fábricas y la vida mercantil y la maquinaria que ahorra trabajo; el intercambio yanqui; los bomberos de Nueva York y la excursión para practicar el tiro al blanco; la vida en la plantación del sur; el carácter del noreste y del noroeste y del sudoeste; la esclavitud y las manos temblorosas que se extienden para protegerla, y la rotunda oposición a ella, que nunca cesará mientras perdure, mientras las lenguas hablen y los labios se muevan. Por todo esto, la expresión del poeta americano ha de ser trascendente y nueva. Ha de ser indirecta, no directa, descriptiva o épica. Su calidad pasa por todo esto, y lo excede. Cántense la historia y las guerras de otras naciones, e ilústrense sus épocas y sus personajes, y acabe ahí el verso. No así el gran salmo de la república. Su tema es creativo y tiene perspectiva. Y aquí viene uno de nuestros bienamados canteros, y traza planes con decisión y conocimiento, y ve las hermosas formas sólidas de un futuro que carece, todavía, de formas sólidas.
Entre todas las naciones, son los Estados Unidos, cuyas venas rebosan de materia poética, la más necesitada de poetas, y la que, sin duda, tendrá a los mejores, y la que mejor se servirá de ellos. Sus referentes habituales no serán tanto sus presidentes como sus poetas. Entre todos los hombres, el gran poeta es el hombre ecuánime. No en él, sino fuera de él, las cosas resultan grotescas o excéntricas, o carecen de sentido. Nada fuera de su lugar es bueno y nada en su lugar es malo. Él da las proporciones adecuadas a los objetos y cualidades, ni más ni menos. Él es el árbitro de lo diverso, y es la clave. Él iguala a su época y su tierra. Él suministra lo que se ha de suministrar y reprime lo que se ha de reprimir. Si la paz es la norma, por su boca habla el espíritu de la paz, grande, rico, próspero, constructor de ciudades vastas y populosas, fomento de la agricultura y las artes y el comercio, faro del estudio del hombre, del alma, de la inmortalidad, el gobierno federal, estatal o municipal, el matrimonio, la salud, el libre comercio, las comunicaciones por tierra y por mar; nada está demasiado cerca, nada demasiado lejos: las estrellas no están demasiado lejos. En tiempos de guerra, él es el arma más letal. Quien lo alista, alista a la caballería y a la infantería. Él aporta los mejores parques de artillería que haya conocido jamás ingeniero alguno. Si se remolonea, él sabe cómo espabilar. Lo que dice, hace sangrar. Todo se estanca en la marisma de la costumbre o de la obediencia o de la ley; él, nunca. La obediencia no lo gobierna: él la gobierna a ella. En lo más alto, inalcanzable, proyecta una luz intensísima, cuyo pivote hace girar con el dedo. Él desconcierta a los corredores más rápidos al adelantarlos y rodearlos fácilmente, sin moverse.
Cuando las cosas tienden a la infidelidad y la frivolidad y la guasa, él las refrena con la solidez de su fe. Él distribuye los platos, y ofrece una carne sabrosa y consistente con la que crecen hombres y mujeres. Su cerebro es el cerebro definitivo. Él no discute: él es la sentencia. Él no juzga como juzga el juez, sino como el sol que se derrama en algo indefenso. Como es el que más lejos ve, es el que más fe tiene. Lo que piensa son himnos en alabanza de las cosas. Cuando se habla del alma y la eternidad y Dios sin hacerlo en un plano de igualdad, él guarda silencio. Él no ve a la eternidad como una obra con prólogo y desenlace; ve a la eternidad en los hombres y mujeres, y no ve a los hombres y mujeres como sueños o partículas. La fe es el
antiséptico del alma: impregna al pueblo llano, y lo preserva, y éste nunca deja de creer y de esperar y de confiar. Hay una frescura y una inconsciencia indescriptibles en una persona iletrada, que humilla y se burla del poder del más noble genio expresivo. El poeta ve, con absoluta certeza, cómo alguien que no es un gran artista puede ser tan sagrado y perfecto como el mayor artista. Se sirve libremente del poder de destruir o rehacer, pero nunca del poder de atacar. Lo que ha pasado, ha pasado. Si no expone modelos superiores y demuestra quién es a cada paso que da, no es lo que se necesita. Lo que conquista es la presencia del gran poeta, no la cháchara, ni los afanes, ni estudiadas tentativas. Y ahora que ha pasado por aquí, ¡ved lo que ha dejado! No queda vestigio alguno de desesperación o misantropía o artería o exclusivismo o de la ignominia del nacimiento o del color o del engaño del infierno o de la necesidad del infierno; y ningún hombre, de ahora en adelante, será menospreciado por ser ignorante o débil o pecador.
El gran poeta apenas sabe de pequeñeces o trivialidades. Si infunde su aliento en algo que antes se consideraba menguado, se dilata con la grandeza y la vida del universo. Es un visionario; es individual; es completo en sí mismo. Los demás valen tanto como él, pero él lo ve, y ellos no. Él no forma parte del coro. Las normas no lo frenan: él gobierna las normas. Lo que la vista es para los demás, él es para los demás. ¿Quién conoce el curioso misterio de la vista? Los otros sentidos se corroboran mutuamente, pero éste prescinde de toda prueba que no sea la suya, y anticipa las identidades del mundo espiritual. Una sola mirada suya deja en ridículo a todas las investigaciones humanas, y a todos los instrumentos y libros de la Tierra, y a todos los razonamientos. ¿Qué es maravilloso, qué es improbable, qué es imposible o infundado o vago, cuando has abierto un hueso de melocotón, y prestado oídos a lo que está cerca y lo que está lejos, y a la puesta de sol, y dejado entrar a todas las cosas con rapidez eléctrica, suave y puntualmente, sin confusión, ni empujarse, ni amontonarse?
La tierra y el mar, los animales, peces y pájaros, la bóveda celestial y los planetas, los bosques, montañas y ríos, no son temas baladíes, pero la gente espera del poeta que les revele algo más que la belleza y dignidad que han atribuido siempre a los objetos reales y mudos; espera que les revele el camino que conduce de la realidad a sus almas. Los hombres y las mujeres
perciben muy bien la belleza, probablemente tan bien como él. La apasionada tenacidad de los cazadores y leñadores, de los madrugadores, de los que cuidan jardines o cultivan huertos y campos, el amor de las mujeres sanas por la forma masculina, los marineros, los que conducen caballos, la pasión por la luz y el aire libre: todo es una vieja y múltiple señal de la indefectible percepción de la belleza y de la presencia de lo poético en la gente que vive a la intemperie. Los poetas no pueden ayudarles a percibir; a otros quizá sí, pero a ellos no. La cualidad poética no se ordena por medio de la rima o la uniformidad o las invocaciones abstractas a las cosas, ni se expresa en melancólicos lamentos o en sabios preceptos, sino que es lo que da vida a todo esto y a mucho más, y radica en el alma. Lo bueno de la rima es que siembra la semilla de otra rima más agradable y exuberante, y de una uniformidad que se dirige a sus propias raíces, fuera del alcance de la vista.
La rima y la uniformidad de los poemas perfectos revelan el libre desarrollo de las leyes métricas, y brotan en ellos de forma tan infalible y natural como las lilas o las rosas en la mata, y adoptan formas tan compactas como las de las castañas y las naranjas y los melones y las peras, y exhalan un perfume impalpable para la forma. La fluidez y el ornato de los más exquisitos poemas, canciones, discursos o recitaciones no son independientes, sino dependientes. Toda belleza proviene de una sangre bella y de un cerebro bello. Si las grandezas entran en conjunción en un hombre o una mujer, eso basta: el hecho prevalecerá en el universo; no lo harán, sin embargo, la palabrería y el oropel de un millón de años. El que se preocupa por ese ornato o esa fluidez está perdido. Esto es lo que has de hacer: ama la tierra y el sol y los animales, desprecia las riquezas, da limosa a todo el que la pida, álzate en defensa de los estúpidos y los locos, dedica tus ganancias y tu trabajo a los demás, odia a los tiranos, no discutas sobre Dios, sé paciente con todos, indulgente con todos, no te descubras ante nada, conocido o desconocido, ni ante nadie, ya sean uno o muchos, no tengas reparo en ir con gente sin educación pero con carácter, con jóvenes y madres de familia, lee estas hojas al aire libre en cada estación de cada año de tu vida, reconsidera todo lo que te han enseñado en el colegio o en la iglesia o en los libros, desecha cuanto ofenda a tu alma, y tu misma carne será un gran poema y poseerá una fluidez insuperable, no sólo sus palabras, sino también
las líneas silenciosas de los labios y la cara, y entre las pestañas, y en cada movimiento y articulación de tu cuerpo. El poeta no ha de perder el tiempo haciendo cosas innecesarias. Él sabrá que la tierra ya ha sido labrada y abonada; otros quizá no, pero él sí. Él irá directamente a la creación. Su confianza se impondrá a la confianza de todo cuanto toque, y a todos los afectos.
El universo conocido tiene un amante total, y ése es el mayor poeta. Se consume en una pasión eterna, y le es indiferente qué azar suceda, o las contingencias de la suerte o el infortunio, y persigue cada día y cada hora su deliciosa retribución. Lo que frustra o doblega a otros alimenta su ardoroso avance en busca del contacto y la alegría del amor. Otra dimensiones del placer que se experimenta se reducen a nada, comparadas con las suyas. Él entra en relación con lo que se espera del cielo o de lo más alto al contemplar un amanecer, o una escena en el bosque en invierno, o en presencia de unos niños que juegan, o cuando echa el brazo por el cuello de un hombre o una mujer. Su amor, más que cualquier amor, posee holganza y amplitud, y deja espacio por delante. No es un amante indeciso o suspicaz: él está seguro; desdeña los intervalos. Su experiencia, y las efusiones y estremecimientos, no son en vano. Nada lo destempla: ni el sufrimiento ni la oscuridad, ni la muerte ni el miedo. La queja y los celos y la envidia son, para él, cadáveres inhumados, que se descomponen bajo tierra: vio cómo los sepultaban. El mar no está más seguro de la costa, ni la costa del mar, que él de la materialización de su amor y de toda perfección y belleza.
La materialización de la belleza no es una posibilidad al azar, sino inevitable como la vida; es exacta e inexorable como la fuerza de la gravedad. De la vista procede otra vista, y del oído, otro oído, y de la voz, otra voz, que sienten una curiosidad eterna por la armonía entre las cosas y el hombre. A ellos responden las perfecciones, no sólo en los comités que se suponía representaban a las demás, sino en todas las demás, del mismo modo. Entienden la ley de la perfección en las masas y las inundaciones, que su acabamiento lo es de cada una, pero también de lo que tienen por delante, que es profusa e imparcial, que no hay un minuto de luz u oscuridad, ni un acre de tierra o de mar, que carezcan de ella, ni lugar en el cielo, ni oficio u ocupación, ni giro alguno de los acontecimientos. Éste es
el motivo de que haya precisión y equilibrio en la expresión óptima de la belleza. No hay por qué tirar una parte encima de otra. El mejor cantante no es el dotado del órgano más potente y dúctil. El placer de los poemas no se obtiene de los que estén mejor medidos, o cuenten con los mejores símiles, o suenen mejor.
Sin esfuerzo, y sin revelar en absoluto cómo se hace, el poeta mayor consigue que el espíritu de cualesquiera sucesos y pasiones y escenas y personas —de algunos o de todos, unos más y otros menos— influya, al leerlo o escucharlo, en el carácter individual. Hacerlo bien supone competir con las leyes que buscan y siguen al tiempo. Su objetivo ha de estar ahí, sin duda, y su clave ha de estar ahí. El menor indicio es indicio de lo mejor, y entonces se convierte en el indicio más claro. El pasado, el presente y el futuro no están desunidos, sino unidos. El mayor poeta da consistencia a lo que ha de ser, a partir de lo que ha sido y de lo que es. Saca a los muertos de sus ataúdes y los pone otra vez de pie. Le dice al pasado: levántate y anda, para que pueda comprenderte. Y aprende la lección. Se sitúa donde el futuro se hace presente. El mayor poeta no sólo ilumina, con sus rayos, caracteres, escenas y pasiones, sino que asciende, por fin, y le da fin a todo.
Exhibe pináculos cuya utilidad nadie sabría precisar, ni qué ocultan; brilla un momento en el extremo más remoto. Está magnífico con esa última media sonrisa o gesto apenas esbozado. El relámpago que se produce en el momento de partir fortalecerá o aterrorizará a quien lo vea durante muchos años. El mayor poeta no moraliza ni aplica preceptos morales: él conoce el alma. El alma se enorgullece, con orgullo inconmensurable, de no recibir nunca más lecciones que las suyas. Pero su capacidad de comprensión es tan inconmensurable como su orgullo, y una cosa compensa a la otra, y ninguna puede ir demasiado lejos, si la acompaña la otra. Los más íntimos secretos del arte duermen con ambas. El mayor poeta ha estado en estrecho contacto con las dos, vitales para su estilo y su pensamiento.
El arte de artes, la gloria de la expresión y el sol de las letras es la simplicidad. No hay nada mejor que la simplicidad. Nada puede compensar el exceso o la indefinición. Sostener el esfuerzo del impulso y adentrarse en honduras intelectuales y articular los temas no son facultades corrientes, pero tampoco excepcionales. Sin embargo, hablar, en literatura, con la
entereza y la naturalidad perfectas con que se mueven los animales, y con la irreprochabilidad del sentimiento de los árboles del bosque y de la hierba al borde de los caminos, es el verdadero triunfo del arte. El que haya visto a quien lo haya logrado, ha visto a un maestro de artistas, de cualquier época o nación. No contemplarás el vuelo de la gaviota gris en la bahía, ni las briosas evoluciones del purasangre, ni la grácil inclinación del girasol, ni la aparición del sol en su viaje celeste, ni, después, la aparición de la luna, con más satisfacción que a él. El mayor poeta no tiene un estilo singular, sino que es, más bien, el cauce de pensamientos y cosas que no crecen ni disminuyen, y el cauce, sin entorpecimientos, de sí mismo. Y jura a su arte: no seré entrometido; no pondré en mi escritura elegancia, efecto u originalidad alguno que se interponga, como un telón, entre mí y los demás.
Nada se interpondrá, pues, por ricos que sean los cortinajes. Lo que digo, lo digo precisamente por lo que es. Que quien lo desee, exalte, o sobrecoja, o fascine, o consuele: yo me propongo lo mismo que la salud, o el calor, o la nieve, y me importa tan poco que me observen como a ellos. Lo que experimente o describa saldrá de mi mano sin un jirón siquiera de mí. Tú estarás a mi lado y te mirarás en el espejo conmigo.
La espontaneidad será la prueba de la sangre y de la nobleza sin mácula de los grandes poetas. Alguien heroico convive o descarta, a su gusto, las costumbres, precedentes o autoridades que no le convienen. De cuantos rasgos caracterizan a la hermandad de escritores, eruditos, músicos, inventores y artistas, ninguno es mejor que el desafío silencioso que se desprende de unas formas nuevas y libres. Para satisfacer la necesidad de poemas, filosofía, política, mecánica, ciencia o conducta, del oficio del arte, de una ópera autóctona adecuada, de industria naval o de cualquier otra industria, el más grande es siempre aquel que contribuye con el mayor ejemplo práctico original. La expresión más limpia es la que no encuentra esfera alguna que sea digna de ella, e inventa una.
Los mensajes de los grandes poetas a los hombres y mujeres son: venid a nosotros como iguales; sólo así podréis entendernos; no somos mejores que vosotros; lo que está en nosotros, también está en vosotros; lo que nos gusta, también os gustará a vosotros. ¿Pensabais que sólo había un Ser Supremo? Nosotros afirmamos que puede haber innumerables Seres
Supremos, y que uno no contrarresta a otro más de lo que aquello que ven unos ojos contrarresta lo que ven otros, y que los hombres sólo pueden ser buenos o extraordinarios si son conscientes de su supremacía interior.
¿Dónde creéis que radica la grandeza de las tormentas y los desmembramientos, y de las más cruentas batallas, y de los naufragios, y de la furia devastadora de los elementos, y de la fuerza del mar, y de la actividad de la naturaleza, y de la angustia a que conducen los deseos del hombre, y de la dignidad y el odio y el amor? Pues en eso que alberga el alma, y que dice: Enfureceos, temblad, yo soy aquí, y en todas partes, el amo y señor: amo y señor de los espasmos del cielo y de la zozobra del mar, amo y señor de la naturaleza y la pasión y la muerte, y de todo terror y todo dolor.
Los bardos americanos se caracterizarán por su generosidad y su afecto, y por animar a sus competidores. Serán el cosmos, sin monopolio ni secreto. Estarán contentos de compartirlo todo con todos, y ávidos por encontrar a sus iguales de día y de noche. No les preocuparán las riquezas ni los privilegios: ellos serán las riquezas y los privilegios, e identificarán al hombre más opulento. El hombre más opulento es el que opone a los espectáculos que contempla los equivalentes extraídos de la sólida riqueza que atesora en su interior. El bardo americano no describirá a ninguna clase de personas, ni a una o dos de sus estratos de intereses, ni más el amor, ni más la verdad, ni más el alma, ni más el cuerpo; y no estará más a favor de los estados del Este que de los del Oeste, ni de los del Norte más que de los del Sur.
Las ciencias exactas y sus aspectos prácticos no constituyen un estorbo para el poeta mayor, sino, siempre, un acicate y un sostén. Ahí están el principio y el recuerdo; ahí los brazos que lo levantaron por primera vez, y que lo sostuvieron con vigor; ahí vuelve él, después de tanto ir y venir. El marino y el viajero, el anatomista, el químico, el astrónomo, el geólogo, el frenólogo, el espiritualista, el matemático, el historiador y el lexicógrafo no son poetas, sino los legisladores de los poetas, y sus construcciones subyacen en la estructura de todo poema perfecto. Da igual lo que surja o se pronuncie: ellos han depositado la semilla de su concepción. De ellos y por ellos se alzan las pruebas visibles de las almas. Con su simiente ha de
engendrarse siempre la vigorosa raza de los bardos. Si hay amor entre padre e hijo, si se sienten satisfechos, y si la grandeza del hijo proviene de la grandeza del padre, ha de haber amor entre el poeta y quien se dedique a las ciencias experimentales. En la belleza de los poemas se encuentran la culminación y la aplauso final de la ciencia.
Grande es la fe del entusiasmo por saber y de la investigación en lo profundo de las cualidades y las cosas. Hendirlas, rodearlas, expande el alma del poeta, que sigue siendo, no obstante, dueña de sí misma. Esas profundidades son insondables y, por lo tanto, tranquilas. Prosiguen la inocencia y la desnudez. No son modestas ni inmodestas. Toda la teoría de lo singular y lo sobrenatural, y cuanto estaba vinculado a ella, o se derivaba de ella, se disipa como un sueño. Lo que ha sucedido, lo que sucede y lo que pueda o haya jamás de suceder, está contenido en las leyes de la vida.
Bastan en cada caso, y en todos los casos. No pueden acelerarse ni retrasarse. Todo milagro en las cosas y las personas resulta inadmisible en ese amplio y nítido plan en el cual todo movimiento, toda brizna de hierba, y los cuerpos y espíritus de hombres y mujeres, y cuanto les incumbe, son milagros indeciblemente perfectos, todos referidos a todos, pero, a su vez, todos inconfundibles y en su lugar. Tampoco es coherente con la realidad del alma admitir que haya algo en el universo conocido más divino que los hombres y las mujeres.
A los hombres y las mujeres, y a la Tierra y a cuanto hay en ella, hay que tomarlos simplemente por lo que son, y la investigación de su pasado y presente y futuro ha de hacerse sin interrupción y con absoluta sinceridad.
Sobre esta base, la filosofía especula, siempre con la mirada puesta en el poeta, siempre contemplando la eterna tendencia de todo a la felicidad, que no es nunca incoherente con lo que resulta claro para los sentidos y el alma.
Porque la tendencia eterna de todo a la felicidad es lo único de lo que debe ocuparse una filosofía cabal. Lo que no alcance a abarcarlo, lo que sea menos que las leyes de la luz y del movimiento de los astros, o menos que las leyes que persiguen al ladrón, al mentiroso, al comilón y al borracho en esta vida y, sin duda alguna, en la siguiente, o menos que las vastas extensiones del tiempo, o la lenta formación de la densidad, o el paciente solevantarse de los estratos, carece de importancia. También carecerá de
importancia lo que presente a Dios en un poema o en un sistema filosófico como antagonista de otro ser o influencia. La sensatez y la globalidad caracterizan al gran maestro. Si falla en un principio, falla en todo. El gran maestro no tiene nada que ver con los milagros. Se asegura la salud siendo uno de la masa. Ve el vacío que oculta la eminencia singular. Para que la forma sea perfecta, el terreno debe ser el de todos. Estar sometido a la ley general es magnífico, porque significa estar en correspondencia con ella. El maestro se sabe indeciblemente grande, y los sabe a todos indeciblemente grandes. Sabe, por ejemplo, que nada es más grande que concebir hijos y criarlos bien, y que ser es tan grande como percibir o contar.
Para que haya grandes maestros, la idea de la libertad política es indispensable. La libertad recibe la adhesión de los héroes allí donde haya hombres y mujeres, pero, de los demás, nunca recibe tanta adhesión, o una bienvenida más calurosa, como de los poetas, que son la voz y la demostración de la libertad. Son, desde siempre, dignos de tan grandiosa idea: a ellos les ha sido confiada, y ellos deben sostenerla. Nada tiene precedencia ante ella, y nada puede pervertirla ni degradarla. La actitud de los grandes poetas consiste en alentar a los esclavos y horrorizar a los déspotas. Girar la cabeza, mover las muñecas, que hagan ruido los pies, supone riesgos para unos y esperanza para otros. Acércate a ellos un rato y, aunque no hablen ni den consejos, aprenderás la lección americana. A la libertad no le sirven aquéllos cuyos propósitos son desbaratados por un fracaso, o dos fracasos, o un número determinado de fracasos, o por la indiferencia o ingratitud de la gente, o por la violenta exhibición de los colmillos del poder, o por la llegada de soldados y cañones, o por la aplicación del código penal. La libertad confía en sí misma, no invita a nadie, no promete nada, se mantiene serena bajo la luz, es positiva y guarda la compostura, y no conoce el desánimo. Ruge la batalla: suenan alarmas estridentes, y hay muchos avances y retiradas. El enemigo triunfa. La cárcel, las esposas, el collar y los grilletes, el patíbulo, el garrote y las cadenas y las bolas hacen su trabajo. La causa está dormida. Las poderosas gargantas se ahogan en su propia sangre. Los jóvenes bajan la vista al cruzarse. ¿Ha desaparecido la libertad? No, nunca. Cuando la libertad se va, no es la primera, ni la segunda, ni la tercera, en hacerlo. Espera a que todos
los demás se vayan, y ella es la última. Cuando el recuerdo de los mártires del pasado se haya desvanecido por completo; cuando los oradores se rían en las asambleas públicas de los grandes nombres de los patriotas; cuando ya no se bautice a los niños con esos nombres, sino con los de tiranos y traidores; cuando las leyes de los hombres libres se aprueben de mala gana y, en cambio, sean del gusto del pueblo las leyes dictadas para los chivatos y el dinero manchado de sangre; cuando tú y yo andemos por tierra extraña, y nos mueva a compasión ver a tantos hermanos responder, como iguales, a nuestra amistad, y no llamar amo a nadie; cuando nos embargue una noble alegría al ver a esclavos; cuando el alma se retire, en comunión con la noche, y revise sus experiencias, y se extasíe con las palabras o los actos que hayan devuelto a alguien, inocente e indefenso, a las garras de sus opresores, o a una cruel inferioridad; cuando los que viven en estos estados, y podrían reconocer fácilmente el verdadero carácter americano, no lo hacen; cuando los enjambres de aduladores, embusteros, pusilánimes[547],
piojos de la política y granujas que urden minuciosas artimañas para que los promuevan a cargos municipales, al parlamento del estado, a la judicatura, al congreso o a la presidencia, reciban como respuesta el amor y la deferencia de la gente, consigan o no los puestos a que aspiraban; cuando sea mejor ser un idiota redomado y un pícaro con cargo, muy bien pagado, que el artesano o el granjero más pobre, pero libre, que no se descubre ante nadie, y que tiene la mirada limpia, y un corazón franco y generoso; y cuando la ciudad, o el estado, o el gobierno federal, impongan la sumisión o cualquier otra forma de opresión, a gran o pequeña escala, sin recibir, de inmediato, el debido castigo, proporcional a aquélla, y que no haya ninguna posibilidad de eludir, o, más bien, cuando toda vida humana, toda alma de hombres y mujeres, sea borrada de la faz de la tierra, sólo entonces el instinto de la libertad será borrado de la faz de la tierra.
Como los atributos de los poetas del cosmos se concentran en el cuerpo y el alma verdaderos, y en el placer de las cosas, poseen la superioridad de lo genuino respecto a toda ficción y relato. Al emitirse, los hechos se inundan de luz. La luz del día se ilumina con una luz más volátil, y el abismo que separa al sol que se pone y al sol que sale multiplica su hondura. Todo objeto, condición, combinación o proceso concreto exhibe su
belleza: la tabla de multiplicar, la suya; la vejez, la suya; el oficio de carpintero, la suya; la gran ópera, la suya. El clíper de Nueva York, de enorme casco y líneas puras, en alta mar, a vapor o a toda vela, resplandece con belleza incomparable; los círculos y las grandes armonías del gobierno americano resplandecen con la suya; y las más corrientes y definidas intenciones y acciones, con la suya. Los poetas del cosmos avanzan, por entre interposiciones, envolturas, alborotos y estratagemas, hacia los principios primeros. Son útiles: privan a la pobreza de su necesidad, y a la riqueza de su engreimiento. Tú, gran propietario, dicen, no repararás en las cosas, ni las percibirás mejor que cualquier otra persona. No es dueño de la biblioteca el que disponga de un título de propiedad que así lo acredite, por haberla pagado y comprado. Son dueños de la biblioteca todos y cada uno de quienes puedan leer la multitud de lenguas, asuntos y estilos que contiene, y en los que estos penetran con facilidad, y se asientan, y los empujan a la paternidad y la maternidad, y los hacen ágiles y poderosos y ricos y grandes. A estos estados americanos, sanos, fuertes y consumados, no les complacerá que se violen los modelos naturales, y no deben permitirlo. Ya sea en pinturas, molduras o tallas de piedra o madera; o en las ilustraciones de libros o periódicos; o en grabados cómicos o trágicos; o en los patrones de las telas, o en cualquier cosa que sirva para embellecer las habitaciones, el mobiliario o la ropa, o para ponerse en cornisas o monumentos, o en la proa o la popa de los barcos, o ante los ojos de los hombres, bajo techo o al aire libre, lo que distorsione la honestidad de las formas o cree seres, lugares o contingencias sobrenaturales es una molestia y una rebelión; y ello, especialmente, respecto a la forma humana, tan magnífica que nunca ha de ser ridiculizada. En cuanto a la ornamentación de una obra, no debe permitirse ninguna extravagancia, pero sí aquella que se adecue a los hechos perfectos que tienen lugar a la intemperie, y que se desprenda de la naturaleza de la obra, y surja irremisiblemente de ella, y sea necesaria para completarla. La mayoría de obras son más hermosas sin adornos. La fisiología humana se vengará de las exageraciones. Sólo se conciben niños sanos y fuertes en las comunidades cuyos modelos públicos sean, día tras día, las formas de la naturaleza. Los grandes genios y los
habitantes de estos estados no han de rebajarse nunca a fantasear. Cuando las historias se cuentan bien, no hay necesidad de fantasías.
Los grandes poetas se conocen también por la ausencia de trucos y porque demuestran una perfecta sinceridad personal.
La gente se hace eco entonces de una sencilla alegría compartida y de una voz divina que les brota del cerebro: ¡qué hermosa es la sinceridad!
Todas las faltas se le pueden perdonar a quien sea perfectamente sincero.
Así pues, y desde hoy, que no mienta ninguno de nosotros, porque hemos visto que la franqueza conquista el mundo interior y el exterior, sin excepción; y que, desde que la Tierra se adensara, hasta convertirse en masa, ni el engaño, ni el subterfugio, ni la tergiversación, han atraído a la menor de sus partículas, ni la han oscurecido con la más pálida sombra; y que, pese a la riqueza y la jerarquía de un estado, o de toda la república, que los envuelve, los granujas y los canallas serán descubiertos y despreciados; y que nunca se ha engañado al alma, ni se la engañará jamás; y que la prosperidad, sin el amoroso asentimiento del alma, no es más que un soplo fétido; y que nunca ha existido, en ningún continente del globo, ni en planeta o satélite o estrella alguno, ni en los asteroides, ni en rincón alguno del espacio etéreo, ni en lo que es denso, ni en la fluida humedad del mar, ni en la condición que precede al nacimiento de los niños, ni en ningún momento de la vida, con todos sus cambios, ni en la condición que sigue a lo que llamamos muerte, ni en periodo alguno de suspensión o de acción posterior de la vitalidad, ni en los procesos de formación o reforma, en cualquier parte, un ser cuyo instinto aborreciera la verdad.
Una cautela o prudencia extremas, un organismo completamente sano, tener mucha esperanza en mujeres y niños, y estima por ellos, y parecido, una gran nutritividad y destructividad y causalidad, un perfecto sentido de la unidad de la naturaleza y de la idoneidad del mismo espíritu aplicado a los asuntos humanos: todo esto se hace emerger del flujo del cerebro del mundo, para que forme parte del mayor poeta desde el instante en que nazca del vientre de su madre, y desde el que ésta naciera del vientre de la suya. La cautela pocas veces basta. Se ha creído que el ciudadano prudente era aquel que se aplicaba a ganar un dinero seguro, y al que le iban bien las cosas, a él y a su familia, y que culminaba una vida respetuosa con la ley,
sin contraer deudas ni cometer delitos. El mayor poeta ve y admite estas economías, al igual que ve y admite las economías del comer y el dormir, pero tiene un concepto de la prudencia que va más allá de creer que da mucho, cuando sólo hace algunos cumplidos a la puerta. Las premisas de una vida prudente no son ni su hospitalidad, ni su madurez o su cosecha.
Aparte de la independencia que da ahorrar algo de dinero para pagar el entierro, y unos cuantos listones con que construir las paredes y el techo de una casa en un pedazo de tierra americana, y los pocos dólares, fáciles de conseguir, que proporcionan una ropa modesta y el alimento de un año, la melancólica prudencia que consiste en que un ser tan grande como es el hombre se abandone al tráfago y los desvelos de años de ganar dinero, con sus días asfixiantes y sus noches heladoras, y el bochorno de los engaños, y las tretas solapadas, o al tiempo malgastado en charlas de salón, o a un hartarse sin recato, mientras otros se mueren de hambre, y se pierda el florecer y los aromas de la tierra y las flores, y de la atmósfera, y del mar, y el auténtico sabor de las mujeres y los hombres con los que te cruzas, o con los que has tenido relación cuando eras joven o ya adulto, y la náusea consiguiente y el sentimiento de desesperación al término de una vida sin elevación ni inocencia, y el horrible parloteo de una muerte carente asimismo de serenidad y de majestad, ése es el gran fraude de la civilización y la previsión modernas, que emborrona la superficie y el sistema que la civilización innegablemente bosqueja, y que humedece con lágrimas las inmensas facciones que ofrece, tan velozmente, a los besos del alma. Pero todavía hay que dar una explicación adecuada de la prudencia.
La prudencia de la mera riqueza y respetabilidad de la vida más digna de aprecio se aparece muy tenue a la vista, cuando lo pequeño y lo grande se desprenden por igual, en silencio, ante la sola consideración de la prudencia que conviene a la inmortalidad. ¿Qué es la sabiduría que llena la levedad de un año, o de setenta u ochenta años, comparada con la sabiduría de la que nos separan eras, y que vuelve, en cierto momento, con refuerzos, y ricos regalos, y los rostros alegres de los invitados a la boda, que, hasta donde alcanza la vista, en todas direcciones, corren hacia ti, jubilosos? Sólo el alma es de sí misma: todo lo demás se refiere a lo que sigue. Todo lo que una persona hace o piensa, tiene importancia. Ni el hombre ni la mujer
pueden hacer un solo movimiento que les afecte un día, un mes o un periodo cualquiera de su vida directa, o en la hora de su muerte, sin que eso mismo les afecte también, después, en la vida indirecta. Lo indirecto es siempre tan grande y real como lo directo. El espíritu recibe del cuerpo tanto como le da al cuerpo. No hay palabra o acto, ni chancro o despigmentación, ni soledad de onanista, ni venas pútridas de tragones o bebedores de ron, ni malversación, astucia, traición o asesinato, ni veneno viperino de seductores de mujeres, ni tonta entrega de mujeres, ni prostitución, ni depravación alguna de los jóvenes, ni enriquecimiento por medios deshonrosos, ni apetito desordenado, ni severidad alguna de los oficiales para con los soldados, de los jueces para con los presos, de los padres para con los hijos, de los hijos para con los padres, o de los maridos para con las mujeres, o los jefes para con sus empleados, ni mirada codiciosa o apetencia perversa, ni treta alguna de las que la gente practica consigo misma, que se incluya, o puede incluirse, en el programa, que no se lleve a cabo y vuelva, y vuelva a representarse en el futuro, y vuelva una vez más. El impulso de la caridad y la fuerza personal no puede ser nunca sino la razón más profunda, tanto si provoca discusiones como si no. No es necesario especificar. Sumar, restar o dividir es en vano. Pequeño o grande, instruido o iletrado, blanco o negro, legal o ilegal, enfermo o sano, desde el primer aliento que recorre la tráquea hasta el último que sale de ella, todo cuanto hagan un varón o una hembra, que sea vigoroso, benevolente y limpio, les será de provecho en el orden inmutable del universo y en su perduración eterna. Si el bárbaro o el felón es prudente, está bien; si el mayor poeta o el mayor sabio son prudentes, es simplemente igual; si el presidente de la nación o el presidente del Tribunal Supremo son prudentes, es igual; si el joven artesano o granjero es prudente, no es ni más ni menos; si la prostituta es prudente, no es ni más ni menos. El interés revivirá; todo revivirá: las más nobles acciones de la guerra y de la paz; la ayuda prestada a parientes y extraños, y a los pobres y viejos y afligidos y niños y viudas y enfermos, y a todos a los marginados; el apoyo dado a los fugitivos, y para que huyan los esclavos; la abnegación que se mantuvo firme y señera en los naufragios, viendo a otros ocupar los botes salvavidas; todo ofrecimiento de dinero o de la propia vida por la buena y vieja causa, o por un amigo, o por
una opinión; todos los afanes de los entusiastas, de los que se burlan los vecinos; todo el vasto y dulce amolde las madres, y su precioso sufrimiento; todos los hombres honrados derrotados en conflictos de los que se tiene noticia, o de los que no; toda la grandeza y la virtud de las pocas naciones de la antigüedad de cuyos anales hemos heredado fragmentos, y toda la virtud de cientos de naciones mucho más poderosas y antiguas, cuyos nombres, épocas y emplazamientos nos resultan desconocidos; todo lo que se ha iniciado con espíritu viril, haya tenido éxito o no; todo lo que, en cualquier época, ha sugerido, certero, el corazón divino del hombre, o la divinidad de su boca, o han moldeado sus enormes manos; y todo lo que sea bien pensado o dicho hoy en cualquier parte de la superficie del globo, o en cualquiera de las estrellas errantes o de las estrellas fijas, por quienes estén allí, como nosotros estamos aquí; o todo cuanto haya de ser pensado o hecho, de ahora en adelante, certeramente, por ti, seas quien seas, o por cualquiera. Todas estas cosas, por separado o en conjunto, beneficiaron a su época, y nos benefician ahora, y siempre beneficiarán a las identidades de las que han surgido, o de las que surjan. ¿Pensabas que todo vivía sólo su momento? El mundo no existe así; ninguna parte, palpable o impalpable, existe así; no existe hoy resultado alguno que no provenga de un resultado anterior, ni éste de otro, y así sucesivamente, sin que el más lejano que se pueda mencionar esté más cerca del principio que cualquier otro. Lo que satisface al alma es verdad. La prudencia del mayor poeta responde, en última instancia, a las ansias y la voracidad del alma, no desprecia las formas inferiores de la prudencia si se adecuan a las suyas, no rechaza nada, no permite tregua alguna en su caso, ni en ningún caso, no tiene un día sagrado particular, ni un día del juicio, no distingue entre vivos y muertos ni entre justos e injustos, está satisfecho con el presente, casa todo pensamiento o acto con su correlato, no conoce perdón posible ni expiación sustitutiva, sabe que el joven que ha arriesgado serenamente la vida, y la ha perdido, se ha hecho un gran bien, mientras que el hombre que no la ha puesto en peligro, y la conserva, hasta alcanzar la vejez, con dinero y rodeado de comodidades, no ha conseguido, probablemente, nada que valga la pena mencionar, y que la única persona que no tiene que aprender gran cosa sobre la prudencia es la que ha aprendido a preferir lo realmente
duradero, y que favorece al cuerpo y al alma por igual, y que percibe que lo indirecto se sigue necesariamente de lo directo, y que el mal o el bien que hace se le adelanta de un salto y lo espera, para volver a encontrarlo, y que, en espíritu, ante cualquier emergencia, ni se precipita hacia la muerte, ni la evita.
La prueba directa de quien quiera ser el mayor poeta es el hoy. Si no se deja anegar por la época que lo rodea, como por vastas mareas oceánicas; si no atrae a su propia tierra, en cuerpo y alma, y se le cuelga al cuello con amor incomparable, e hinca su músculo seminal en sus méritos y deméritos; si no es una transfiguración de su época; y si no se abre a él la eternidad, que asemeja a todos los periodos, emplazamientos y procesos, y a todas las formas animadas e inanimadas, y que es la trabazón del tiempo, y que se alza de su inconcebible vaguedad e infinitud bajo la forma fluida del hoy, y a la que sujetan las dúctiles anclas de la vida, y que hace al momento presente el paso de lo que ha sido a lo que ha de ser, y que se compromete a representar la ola que es esta hora, y a éste, de entre los sesenta hermosos hijos de la ola; si no hace todo esto, que se hunda entonces en el fluir general y espere a crecer. Pese a ello, la prueba definitiva de los poemas, o de los personajes, o de una obra cualquiera, aún se ha de superar. El poeta presciente se adelanta siglos a su tiempo y juzga al que actúa, y a su actuación, cuando los tiempos ya han cambiado. ¿Sobrevive a esos cambios? ¿Resiste, sin agotarse? ¿Son satisfactorios ese estilo y que el genio se dirija a objetivos similares? ¿No se habrán producido nuevos descubrimientos científicos, o alcanzado estadios superiores de pensamiento, juicio y conducta, que lo paralicen, a él y a lo suyo, y que los vuelvan despreciables? ¿Se habrán desviado voluntariamente, a la derecha y a la izquierda, por su causa, decenas, centenares, miles de años? ¿Se le sigue queriendo después de muerto? ¿Piensa el joven mucho en él? ¿Piensa la joven mucho en él? ¿Y piensan en él los de mediana edad y los viejos?
Un gran poema es para todas las épocas, común a todas: para todos los grados y complexiones, departamentos y sectas, y para la mujer tanto como para el hombre, y para el hombre tanto como para la mujer. Un gran poema no es un final para el hombre ni para la mujer, sino más bien un principio.
¿Ha imaginado alguien que podría someterse, por fin, a una autoridad
legítima, y quedarse satisfecho con sus explicaciones, comprenderlas, y sentirse contento y saciado? No es éste el final que procura el mayor poeta.
Él no hace que las cosas acaben, ni garantiza que se engorde, ni molicie alguna. Su contacto es acción. A quien se lleva, se lo lleva, con mano firme y segura, a regiones llenas de vida, a las que aún no ha llegado nadie. Y
luego no hay descanso. Ven el espacio y el fulgor inefable que convierten las antiguas luces y parajes en oquedades muertas. Su compañero contempla el nacimiento y la evolución de las estrellas, y aprende uno de los significados. Del tumulto y del caos se formará entonces un hombre. El mayor anima al más joven, y le enseña cómo. Ambos se lanzarán, sin miedo, juntos, hasta que el nuevo mundo se haga con una órbita propia, y mire con desvergüenza las órbitas estelares inferiores, y recorra los anillos infinitos, y no vuelva a encontrar reposo.
Pronto ya no habrá sacerdotes. Su tarea ha concluido. Puede que todavía duren algún tiempo, quizá una generación o dos, pero luego irán disminuyendo. Una estirpe superior ocupará su lugar. Las agrupaciones del cosmos y los profetas en masse ocuparán su lugar. Y surgirá un nuevo orden: serán los sacerdotes del hombre, y cada hombre será su propio sacerdote. Las Iglesias construidas a su sombra serán las Iglesias de los hombres y las mujeres. Gracias a su propia divinidad, el cosmos y la nueva estirpe de poetas serán los intérpretes de los hombres y las mujeres, y de todos los sucesos y cosas. Encontrarán la inspiración en los objetos reales de hoy, síntomas del pasado y del futuro. No se dignarán defender la inmortalidad o a Dios, ni la perfección de las cosas, ni la libertad, ni la exquisita belleza y realidad del alma. Se alzarán en América y obtendrán respuesta del resto de la Tierra.
La lengua inglesa favorece la grandiosa expresión americana. Es lo suficientemente robusta, flexible y completa. Ha engrosado el recio linaje de una raza que bajo ninguna circunstancia ha prescindido de la idea de libertad política, que es la esencia de toda libertad, con términos de otros idiomas, más delicados, alegres, sutiles y elegantes. Es la poderosa lengua de la resistencia; es el dialecto del sentido común. Es el habla de las razas orgullosas y melancólicas, y de todos los que tienen ambición. Es la lengua elegida para expresar el crecimiento, la fe, el amor propio, la libertad, la
justicia, la igualdad, la cordialidad, la amplitud, la prudencia, la decisión y el valor. Es el medio capaz de expresar casi lo inexpresable.
Ninguna gran literatura ni estilo semejante de conducta, u oratorio, o de relación social, o de arreglos domésticos, o de instituciones públicas, o de trato a los empleados por parte de los patronos, o de tareas administrativas, o de tareas del ejército o de la armada, o del espíritu de la ley, o de los tribunales, o de la policía, o de la enseñanza, o de la arquitectura, o de las canciones, o de las diversiones, o de la forma de vestir de los jóvenes, puede sustraerse durante mucho tiempo al celoso y apasionado instinto de las reglas americanas. Aparezca el signo o no en boca de la gente, una pregunta palpita en el corazón de todo hombre o mujer libres sobre lo que es pasajero o lo que se ha construido para perdurar. ¿Es acorde con mi país?
¿Están exentas sus normas de distinciones ignominiosas? ¿Es adecuado para comunidades siempre crecientes de hermanos y amantes, grandes, bien avenidas, más orgullosas que los antiguos modelos, más generosas que cualquier modelo? ¿Es algo que se ha cultivado en el campo, o que se ha sacado del mar, para que yo lo utilice hoy aquí? Yo sé que lo que vale para mí, como americano, ha de valer para cualquier individuo o nación que me sirva, siquiera parcialmente, como material. ¿Vale esto? ¿O no guarda relación con las necesidades universales? ¿O ha surgido de las necesidades de una sociedad menos desarrollada, con jerarquías especiales? ¿O de las viejas necesidades de placer, enterradas por la ciencia y las formas modernas? ¿Acepta esto la libertad con aceptación audible y absoluta, y tiene en nada a la esclavitud, cueste lo que cueste? ¿Ayudará a crear un hombre maduro y bien plantado, y una mujer que sea su compañera independiente y perfecta? ¿Mejora las costumbres? ¿Sirve para criar a los jóvenes de la república? ¿Se mezcla fácilmente con la dulce leche de los pezones de los pechos de la madre de muchos hijos? ¿Posee también una antigua, y siempre renovada, indulgencia e imparcialidad? ¿Mira con el mismo amor al recién nacido y a los que ya han crecido, y a los errabundos, y a los que desdeñan toda fuerza de asalto que no sea la suya?
Los poemas destilados de otros poemas probablemente morirán. El cobarde sin duda morirá. Sólo una conducta grande y vital puede satisfacer unas expectativas grandes y vitales. Los enjambres de personas educadas,
de censores remilgados, de pedantes e imitadores pasan sin dejar recuerdo.
América se prepara, guardando la compostura y con buena voluntad, para recibir a los visitantes que han anunciado su visita. No es el intelecto lo que les autorizará a entrar, ni les dará la bienvenida. El que tiene talento o es ingenioso, el artista, el director de periódico, el hombre de Estado, el erudito, siguen siendo apreciados: ocupan su puesto y hacen su trabajo.
También el alma de la nación hace su trabajo. Ningún disfraz le pasa inadvertido; ningún disfraz puede ocultarle nada. No rechaza a nadie; a todos acoge. Sólo saldrá a recibir a lo que la iguale en calidad, a sus semejantes. Un individuo es tan sublime como una nación cuando posee las cualidades que hacen sublime a esa nación. El alma de la nación más grande, rica y poderosa bien puede salir al encuentro de la de sus poetas.
Las señales son ciertas. No hay temor a equivocarse. Si una es verdad, la otra es verdad. La prueba de un poeta es que su país lo asimile con tanto afecto como él haya asimilado a su país.
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