Otra vez, Rachel
Capítulo 8
8
¡Madre mía, eran casi las dos! Los mejores asientos ya estaban cogidos en la Sala del Abad, pero conseguí uno de calidad media. La última en llegar fue Trassa, que miró desalentada la única silla que quedaba: un lapso de dos horas en ella era duro incluso para los que no tenían articulaciones de anciano. Chalkie se levantó de inmediato y cedió a Trassa la butaca tapizada que había colonizado.
Vale, había llegado el momento de oír la historia de la vida de Trassa.
A veces oír la versión de un cliente de su vida era un verdadero placer, casi como asistir a una obra con un solo actor. La de Chalkie, por ejemplo, había sido esclarecedora, casi insoportablemente conmovedora y, en ocasiones, hilarante. Roxy, que trabajaba en la industria musical, había presentado un relato de viajes y glamour.
Pero Trassa… Madre mía. Menudo coñazo.
Nada de extrañar. Trassa era demasiado hábil protegiendo su adicción para dejar escapar ninguna verdad.
—Nací en… —Nos ofreció una retahíla de blablablás acerca de una infancia feliz en el Carlow rural: escuela, hermanos, pan de soda, dulce de azúcar… Nos regaló un par de historias potencialmente divertidas, una acerca de cómo intentó atrapar a un carnero a la fuga con sus hermanos. Por supuesto, alguien resbaló en el barro y «huelga decir» (aunque se dijo de todos modos) que el carnero fue recuperado.
La parte en la que conocía a su marido y se casaba con él fue un cliché detrás del otro, al igual que el nacimiento de sus cinco chicos. La frase «la mujer más feliz de Irlanda» fue utilizada en varias ocasiones.
Pero ¿de verdad podía una mujer ser «la más feliz de Irlanda» para cuando paría al quinto hijo en once años? ¿Sin analgésicos? ¿Sabiendo que lo llevaría a una casa abarrotada de tres dormitorios? ¿Donde pasaría cuatro semanas de baja por maternidad antes de retomar su puesto en la cadena de montaje de la fábrica de cemento local?
Siguieron páginas de tedio sobre la etapa escolar de sus hijos, además de una descripción excesiva de los achaques de Seamus padre. De pronto me pareció una vida muy solitaria. No hubo mención alguna a amigas, solo a sus tres hermanos, sus cinco hijos, el marido inválido, hombres inútiles por todas partes, que infestaban sus días sin aportar ninguna alegría auténtica.
Despachó la adicción al juego en un par de líneas: le encantaba la sociabilidad del bingo y rascar una tarjeta el sábado por la noche «era algo divertido». La razón por la que había sacado cuatro mil euros de una tarjeta de crédito era porque tenía una apuesta segura en el Derby de Kentucky. (Y esta vez era el Derby de Kentucky, no el Grand National; los adictos cuentan tantas mentiras que a menudo les cuesta no perderse). No era culpa suya que el caballo se hubiese caído.
—Fin —concluyó con una leve sonrisa. «Venga ya», pensé yo.
Como siempre, invité al grupo a intervenir, pero ese día se mostraron extrañamente reacios. Solo Roxy se atrevió:
—No nos has contado nada de tu adicción.
—Roxy, cariño —dijo Trassa con un gesto de impotencia—, tengo sesenta y ocho años y once nietos, y estoy esperando a que me pongan una cadera nueva. No tengo ninguna adicción.
—Estás intentando manipularnos —la reprendió Roxy—. Como si no pudiésemos llamarte adicta porque eres una señora mayor.
—Si tuviese alguna idea de qué me estás hablando… —La cara de Trassa era la viva imagen de la perplejidad benévola.
Me volví a la izquierda.
—Chalkie.
—¡Sí, señora! —Se enderezó y me hizo el saludo militar.
—¿Por qué le has cedido tu asiento a Trassa, al principio de la sesión?
—Porque el sitio de esta silla —se balanceó tanto que estuvo a punto de caerse— encajaría mejor en Guantánamo.
—¿Le habrías cedido tu silla a Giles?
—Hum, no. Porque no soporto al jefe.
—¿O a Harlie?
—¿Harlie? Esa es joven y fuerte… —Su voz se apagó de pronto.
—¿Y Trassa no es joven y fuerte? ¿Le has cedido tu asiento a Trassa en señal de respeto por su edad?
—… no. Sí. No sé. Puede.
—Ninguno de vosotros está ayudando a Trassa al protegerla de la verdad. —Me había puesto seria—. Esto es lo que deberíais haber dicho: «Trassa, un rasca y gana el sábado por la noche no es nada comparado con tomar prestados cuatro mil euros de una tarjeta de crédito que obtuviste fraudulentamente en nombre de tu marido, apostarlos a un caballo y ser incapaz de devolverlos». —Me centré en Chalkie—. Dile algo útil a Trassa.
—Eh, venga, Rachel… —Se retorció, violento—. A los soplones…
—… moretones, Chalkie, no hace falta que me lo digas. Trassa necesita vuestra ayuda. ¡Vamos!
—Trassa —carraspeó—, yo creí que esa apuesta sería de unos cien euros. Cuatro mil es muy distinto. Eso es mucho dinero.
La expresión de Trassa se volvió desdeñosa.
—Tú eres adicto a la heroína, lo peor de lo peor.
El grupo se quedó pasmado. Los adictos tendían a atacar cuando se destapaban sus mentiras, pero era la primera vez que veían a Trassa hacerlo. De pronto todo el mundo se miraba los pies, aterrados porque yo los escogiese.
—Giles —le di pie.
En su cara se dibujó un «Oh, mierda».
—¿Por qué sacaste la tarjeta de crédito a nombre de Seamus padre? —le preguntó a Trassa, nervioso—. ¿Eso no es… fraude?
Imitando el acento de Giles con una inquina impresionante, Trassa replicó:
—Hacer un trío con tu primera mujer y tu segunda mujer, mientras estás casado con tu tercera mujer, ¿eso no es… fraude?
La vergüenza silenció a Giles.
—Para ser más exactos —logró responder al fin—, es adulterio. Moralmente reprobable. Lo que hiciste tú, en cambio, es un delito real.
Tras un breve silencio de estupefacción, Trassa comenzó a tartamudear en su defensa.
—¡Vaya! ¡Para el señor Farlopero Giles todo es bueno, estupendo! Te sobra el dinero. Pero la gente como yo, gente decente, que se gana la vida de forma honrada, hace lo que puede para ir tirando. Lo que es mío es de mi marido, y lo que es de mi marido es mío. —Con desprecio, añadió—: Tú, con tus inauguraciones de exposiciones, navegando por las islas griegas mientras escuchas ópera, nunca comprenderás cómo es la vida de una mujer como yo, ¡así que mantén esa boca pija cerrada!
Giles obedeció religiosamente. Todos cerraron la boca. El control de Trassa sobre el grupo era extraordinario.
—Trassa —dije—. No lo estás entendiendo. Lo que hiciste es ilegal.
—Pero no está mal. —Trassa había levantado la voz.
Harlie, que hasta entonces había estado retorciéndose el pelo y mirando a media distancia, se incorporó con tal brusquedad que todos la miramos.
—Estoy harta de tus chorradas —espetó—. Mentiste al actuar como si no hubieses tomado prestados más que unos cincuenta euros.
Me dio un vuelco el corazón. Hacía casi una semana que Harlie estaba enfadada pero preocupantemente distante; aquel estallido apuntaba a un progreso.
—¡Que mentí! —Trassa explotó—. ¿Cuándo he mentido yo?
—Se llama «mentir por omisión» —alegó Giles, envalentonado de golpe.
Harlie le lanzó una mirada de desdén.
—Gracias, Giles, no tenía ni idea, de verdad. —Se volvió de nuevo hacia Trassa—. Eres una mentirosa.
Por fin estábamos avanzando. Trassa ya no estaba del todo convencida de sus propias mentiras y yo necesitaba aparcar esto un tiempo, para que su verdad empezase la bendita transformación.
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