Otra vez, Rachel
Capítulo 7
7
En la sala de personal, Carey-Jane estaba calentando su repugnante sopa minestrone. Aquel olor me impregnaría la ropa los siguientes setenta años. El infierno es la comida de los demás. Tratando de insensibilizarme a los diferentes hedores que batallaban —del bocadillito de atún de Priya, de la ensalada de remolacha de Yasmine—, me comí mi propio humus con galletas saladas (con conciencia cívica y libres de hedores) y desconecté un rato, pensando en Luke.
Lo vería al día siguiente. Me costaba imaginarlo. Me sobrevino una oleada de gratitud hacia Quin.
Vale, mis sentimientos por él no eran lo que había experimentado por Luke. Pero ¿cómo iban a serlo? Quin no era Luke. Y yo no era la optimista sentimentaloide que se había enamorado de Luke, sino alguien mayor y más sabio.
A veces, cuando me planteaba que las cosas con Quin podrían no haber ocurrido, me quedaba helada.
El alivio que había sentido durante el ejercicio de Bondad Amorosa el fin de semana de la meditación había sido real, pero en las cuarenta y ocho horas posteriores me había preguntado si, en realidad, había tenido algo que ver con Quin. ¿Quizá solo había llegado por fin el momento de perdonarme a mí misma y Quin había aparecido como catalizador? «Cuando el alumno está preparado, aparece el maestro». (Es el tipo de cosa que decimos en los círculos de «crecimiento personal». Nola lo dice, Anna lo dice, hasta Brianna lo dice de vez en cuando, y eso que ella no cree en nada que no pueda firmarse o archivarse).
Menos de dos días después de que nos conociéramos, Quin me envió un mensaje, luego me llamó.
—Bueno. Deberíamos vernos. Como es debido.
Su seguridad en sí mismo era impresionante. Divertida, casi. Pero decir que yo había perdido la costumbre de verme con hombres era quedarse muy corta. El año anterior había tenido un par de citas, una con un primo de Brianna y otra con un compañero de trabajo de Claire, pero solo porque Brianna y Claire me obligaron. No era de extrañar que ninguna fuese más allá.
—Vayamos a una escape room —dijo Quin—. Si la cosa se pone fea y no tenemos nada que decirnos el uno al otro, al menos lo pasaremos bien intentando resolver el rompecabezas.
—Oiga usted un momento, ¿y si no podemos? Resolverlo, quiero decir. ¿Nos quedamos atrapados ahí dentro para siempre?
—Ja, ja, no, nos dejan salir al cabo de una hora. ¿No lo has probado nunca? Vale, lleva ropa cómoda, sin tacones ni vestidos ajustados, vamos.
«¿Vestidos ajustados?», pensé. «¡Qué más quisieras!».
—¿Va de mates y esas cosas? —pregunté—. Porque eso se me da fatal. No quiero ser la responsable de que perdamos.
—Nada de mates. En plan poli básico. Y yo soy muy competitivo; ganamos seguro.
¿Y bien?, le pregunté a la voz de mi cabeza. ¿Debería ir?
Ese día, sin embargo, guardó un silencio frustrante.
Así que chequeé todo el asunto con mis hermanas.
—¿Qué edad tiene? —me preguntó Claire.
—¿La misma que yo? ¿Quizá un poco menos?
—¿Críos? ¿Exmujer? ¿Trabajo? —prosiguió Margaret.
—No lo sé. Pero, según la ley de la probabilidad, tiene números de cumplir con alguno de esos criterios.
—¿Y te da igual si hay críos y una exmujer? —me preguntó Claire—. Porque más te vale. A tu edad, todo el mundo lleva equipaje.
—¿Es un Acariciador Meloso? —preguntó Helen—. Seguro que lo es, si estaba probando la meditación.
El término Acariciador Meloso se había originado hacía años en Nueva York después de que Jacqui, una amiga de Anna, se acostara con un hombre amable y respetuoso que se había pasado la mayor parte de la noche acariciándola con la presión de una pluma. «Insoportable», había dicho ella. Le iba mucho más que la arrojaran sobre la cama y arrasaran con ella.
Para ser justos, a mucha gente le encantaría disfrutar de una sesión de caricias melosas, pero la expresión cuajó y su uso se extendió para condenar a todos los hombres hetero que fuesen un poco, supongo, sinceros. Quizá algo sosos y progres de un modo pomposo: hombres que pontificaban sobre su marinada casera de tamarindos con ingrediente secreto (que siempre era tabasco), que defendían que se amamantase en público aunque no hubiera habido ninguna objeción al respecto, que te pedían tu opinión acerca de darle Valium al gato o que pronunciaban «artesanal» como si se hubieran quedado atascados en la ese («artesssanal»).
A mí, personalmente, me habrían entusiasmado las caricias melosas, pero, a medida que se ampliaban los círculos de la definición, cada vez descartaban a más hombres: los que utilizaban habitualmente la palabra «ultramarinos»; los que tenían opinión acerca del suavizante para la ropa; los que dedicaban más de treinta segundos al sexo oral o los que no tenían reparos en comerse un mango en la calle.
Si a alguno de esos pobres desgraciados le gustaba una de mis hermanas o sus amigas, quedaba descartado entre carcajadas. Y si te gustaba un hombre, lo ultimísimo que querías era que lo etiquetasen como un Acariciador Meloso.
Dado que Quin había ido a un fin de semana de meditación, estaba a punto de verse descartado y —lo que me sorprendió a mí misma— dije:
—No es un Acariciador Meloso. Tiene pinta de hacer triatlones y es posible que lleve ropa transpirable. —Y añadí a toda prisa—: Aunque también es posible que no. —Dar la brasa sobre ropa que disipaba el sudor también resultaba sospechoso.
Helen gruñó.
—Madre mía, es uno de ellos. Te apuesto a que tiene un cuchador.
¡Y me vi fuera de peligro! «Podría tener un cuchador» era otra clase de insulto.
Una encuesta rápida reveló que yo era la única de mis hermanas que no había ido nunca a una escape room.
—¡En serio, es divertidísimo! —declaró Margaret—. Garv y yo fuimos a una con los niños. El tiempo corre y tú intentas descifrar las pistas y, cuando acabas antes de tiempo, nos quedaban como diez segundos cuando escapamos, ¡sientes que eres la leche!
—Son la cosa más estúpida que se ha inventado nunca —dijo Helen. Me lo tomé como que ella no había acabado a tiempo.
—A Angelo y a mí nos encantan —dijo Anna, emocionada. Estaba de vuelta en casa, en una de sus numerosas visitas a Irlanda. Se dejaba caer más o menos cada seis semanas para pasar el fin de semana—. Es como volver a ser una niña. Si encima vas a uno muy especializado, fliparás en colores. Fuimos a una caza de zombis en un centro comercial desierto, ¡fue alucinante!
—Esto es Dublín —le recordó Helen—. Aquí no tenemos nada muy especializado. O poco especializado. No tenemos nada y punto. Somos unos cutres.
—No siempre —replicó Margaret—. La nuestra fue en un laboratorio de ciencias. Se había liberado un virus y teníamos…
—Ah, sí —dijo Claire con vaguedad—. Yo estuve en esa. Ejercicio para fomentar el espíritu de grupo con los voluntarios.
—¿Tú? —soltó Margaret—. ¿Y lo hiciste todo?
—¿Yo? ¿Con un vestido de Simone Rocha? ¿Poniéndome de rodillas para arrastrarme por una cámara? Ni de coña.
—¿Quién se pone de rodillas? —Mi madre había entrado en la sala de estar por primera vez durante aquella conversación.
—Rachel tiene una cita —la informó Helen—. La va a llevar a una escape room.
La cara de mamá adoptó un tono ofendido.
—¿Es algo de las Sombras de Grey?
—¿QUÉ?
—¿La ata y la azota con una fusta? ¿Y ella intenta escapar con una pelota de ping-pong en la boca? He oído hablar de ello por la radio, en Liveline.
—Hashtag me cago en la leche. —Helen suspiró.
La escape room de Quin estaba en un polígono industrial de almacenes grises y anónimos más allá de la M50.
Se había ofrecido a pasar a recogerme, pero rehusé.
—¿Y si, como dijiste, la cosa se pone fea? Entonces ¿tendrías que llevarme a casa? Ir sentados codo con codo en tu coche durante cuarenta y cinco minutos me quitaría diez años de vida.
—A mí también. Nos vemos allí.
Llegué puntal al lugar y no había ni rastro de Quin. Me quedé mirando el móvil y vi cómo los números avanzaban: dos minutos tarde, luego tres… Cuando llegaba seis minutos tarde, un coche entró ruidosamente en el aparcamiento y, con un chirrido de frenos, paró a mi lado. Era Quin, esta vez en un todoterreno.
¿Tarde? ¿Dos coches ostentosos? Estaba teniendo serias dudas.
Bajó de un salto.
—Siento llegar tarde. Mi hijo no encontraba el inhalador.
¿Un hijo? Vale, pues tiene al menos un hijo.
—¿Podrías haberme enviado un mensaje, quizá?
—Lo he hecho. —Había un tono de crispación en su voz.
Eché un vistazo rápido y vi que así era.
—¿Por qué no lo he visto?
—La cobertura por aquí es irregular. —Se ablandó—. Pero, sí, lo siento.
Necesitaba saber de sus hijos.
—¿Solo tienes un hijo?
—Dos. Un chico de once años y una chica de quince. Son geniales. Yo tengo cuarenta y dos, y llevo cinco divorciado. Mi exmujer y yo nos llevamos bien. —Con aspecto ligeramente divertido, añadió—: ¿Algo más que quieras saber antes de que empecemos?
Negué con la cabeza.
—Por aquí. —Me condujo todo serio a uno de aquellos almacenes gigantes—. Sé que no parece prometedor —dijo—, pero confía en mí: estos tíos son buenísimos.
Me dio un repaso y concluyó:
—Te veo bien. —Primero me lo tomé como un cumplido; luego añadió —: La ropa adecuada.
Su equipación era lo que yo recordaba: ropa deportiva oscura y elegante.
Enfilamos un pasillo largo y vacío, y pasamos por una serie interminable de salas cerradas, hasta que Quin se detuvo delante de una puerta.
—Aquí.
En una zona de recepción pequeña pero elegante, un hombre repeinado, vestido con frac y corbata negros, sostenía una bandejita redonda sin propósito evidente. Parecía un mayordomo. A su lado había una mujer ataviada con el vestido negro y el delantal blanco de una sirvienta al estilo de Downton Abbey.
—¿Señor Quinlivan? ¿Señora Walsh? —preguntó el hombre-mayordomo—. ¡Gracias a Dios que están aquí! Soy Smythe, sobrecargo del transatlántico Queen Anne. Han desaparecido unos pendientes de diamantes del camarote de lady Glenrother. Se sospecha de la joven Mabel, aquí presente, la doncella de lady Glenrother.
Mabel hizo una reverencia en ese punto.
Como no estaba segura del protocolo, le devolví el gesto a medias.
—Yo sé que Mabel es un alma honesta —continuó Smythe—. Es del todo inocente. Pero si no localizan ustedes las joyas perdidas, enviarán a Mabel a juicio y la declararán culpable.
—Son ustedes mi única esperanza —dijo Mabel—. ¿Aceptan la misión?
—Acepto —contestó Quin.
Los tres se quedaron mirándome a mí.
Ay, Dios. No respondía bien a ese tipo de presión.
—Vale, yo también acepto.
Madre mía, ¿no podríamos haber ido a tomar un helado y punto? Las citas con helado se habían puesto de moda y yo votaba por ellas.
Smythe nos cogió los abrigos y los teléfonos.
—Tienen una hora para encontrar las joyas y salvar a Mabel —anunció —. La cuenta atrás empieza… ¡ya! —Acto seguido, nos empujaron por una puerta y echaron el cerrojo a nuestra espalda.
Estábamos en una habitación pequeña, en penumbra, quizá una oficina antigua. De un perchero polvoriento colgaban una chaqueta y una gorra de aspecto oficial. Una pipa aún humeante de carey yacía abandonada en un pesado escritorio de madera sobre el cual pendía una bombilla amarilla.
En un rincón había un alto montón de maletas y baúles de cuero vintage. En una pared, un tablón de anuncios mostraba las horas de las mareas y una fotografía en tonos sepia de un militar con un bigote exuberante nos miraba. Había otra pared cubierta casi por completo con tomos encuadernados en cuero.
Aquello, sorprendentemente, no tenía nada de cutre.
—Pues buscamos llaves, interruptores, cosas raras en cuadros, lo que sea. —Quin ya estaba tirando de los cajones cerrados del escritorio.
—¿Como esto? —Sostuve en alto una pesada llave de latón.
—¿De dónde la has sacado?
—He metido la mano en el bolsillo de la chaqueta. —Señalé el perchero.
—Guau. —Sus ojos grises destellaron.
Recorrí la pequeña habitación con la mirada y di con una bandeja en un rincón; tenía una tetera y dos recipientes de porcelana. Sabía sin más que había algo escondido allí dentro. El primer recipiente estaba lleno de hojas de té, le di una buena sacudida, que desplazó las hojas y, claro, apareció una tarjetita en la que se leía «67».
Se la enseñé a Quin.
—¡Madre mía, has nacido para esto!
Advertí que su respeto hacia mí aumentaba.
—No la pierdas de vista —dijo—. Pero primero deberíamos intentar abrir este escritorio con tu llave.
El escritorio tenía nueve cajones, todos cerrados con llave. En el cuarto intento, uno se abrió y reveló seis llaves más.
—¡Madre mía! Supongo que ahora las probamos todas en cada cerradura, ¿no?
Nos dividimos la tarea, tres llaves para cada uno. Muy cerca el uno del otro, fuimos avanzando, pero no funcionó nada hasta que —por supuesto— la última llave abrió el último cajón, que se deslizó para revelar un libro encuadernado en cuero. Lo hojeamos a toda velocidad, tratando de encontrar una pista, pero todas las páginas estaban en blanco.
—Tiene que significar algo —dije.
—No siempre, hay muchas maniobras de distracción.
Me concentré mucho y revisé el muro de libros.
Quin comenzó a hablar:
—¿Y la tarjeta que…?
Sin embargo, muy por delante de él, yo había advertido un hueco diminuto entre dos tomos. No me hizo falta comprobar que los números que aparecían a cada lado eran el 66 y el 68; estaba segura. Deslicé el libro entre ellos y entonces se produjo un sonoro clic, seguido de un zumbido.
—¡Quin! ¿Qué está pasando?
Asombrosamente, el muro de libros se estaba abriendo del suelo al techo.
—Hay otra habitación.
Quin sonaba complacido.
—Detrás de esta.
Como si estuviera soñando, me adentré en el nuevo espacio: un enorme dormitorio art déco de techos altos, una maravilla de cristal Lalique, espejos ahumados y suelo de parquet claro. A lo largo de una pared, por unas grandes portillas, se veía un océano de verdad. También se oía, el batir de las olas y el chillido de las aves marinas.
Alguna clase de milagro audiovisual, era convincente y excitante.
—Alucinando. En colores —dije—. Dios mío, Quin, me encanta esto.
—Sí, ¿verdad? —Me transmitió aprobación—. Pero piensa en la pobre Mabel. Ponte a buscar.
—Sí, pero… —Señalé el cabecero de la cama, un abanico teatral de láminas de espejo superpuestas—. Tiene clase. ¡Y la lámpara! —Una supernova gigante de cromo y cristal blanco opaco se extendía en una explosión congelada por encima de nuestras cabezas.
—Rachel, nos quedan treinta y cuatro minutos.
—¡Oh! Vale. —Repasé la habitación con la mirada—. ¿Ese cuadro? — Señalé—. Bájalo, apuesto a que tiene algo pegado detrás. —Pasé la mano por las paredes, de un gris plateado—. Quin, ¡es tela! ¡Puede que seda!
—Treinta y tres minutos. —Y añadió—: Rachel, ahora me estás asustando. —Había retirado el cuadro de la pared y estaba desdoblando algo que había encontrado pegado en la parte posterior—. Un acertijo. ¿Cómo es que se te da tan bien esto?
—¿La suerte del principiante?
Atravesé la habitación a toda prisa y encontré un opulento baño de mármol negro iluminado con una luz blanca difusa. Luego un vestidor decadentemente espejado que contenía un juego de maletas tan bonito que casi se me doblan las rodillas; cinco piezas de cuero de un azul clarísimo: un baúl grande, una maleta más pequeña, una sombrerera, un neceser y un maletín que podría haber pertenecido a un médico.
—¡Eh! —Quin me había seguido hasta el interior del baño.
—Lo sé.
—No. —Estaba tirando del cierre de combinación del baúl más grande —. Apuesto a que es lo que estamos buscando, los números para esto. Concéntrate en el juego, Rachel.
Finalmente, me concentré.
El acertijo del cuadro nos condujo a cuatro números distintos, ocultos por la habitación. Las patas cromadas de la mesilla de noche, que tenían la forma de una X gigante, nos dieron un 1 y un 0. Un diseño geométrico recurrente en el tejido de una alfombra resultó ser un 8. Y en la pared del baño apareció un número 9 al haz de una linterna de luz ultravioleta.
Pero aún debíamos dar con la combinación correcta de los cuatro números, y solo quedaban tres minutos.
Yo estaba tan comprometida con el resultado que apenas podía respirar. Primero Quin introdujo los números y yo los recordé.
—Tengo las manos demasiado torpes —dijo luego—. Toma el relevo.
Introduje. Nada. Introduje. Nada. Introduje. Nada, Introduje. Y… un clic.
—Quin, ¡creo que lo tenemos! Como los pendientes no estén aquí dentro… —estaba temblando de nerviosismo y anticipación—, me muero de verdad.
El cierre se deslizó, los dos tiramos para abrir la maleta, y el subidón de adrenalina cuando vi los dos brillantes en el interior casi me pone en órbita.
—¡Dios mío, sí, aquí están!
Con el subidón de la victoria, fui a chocar los cinco con Quin en el momento en que él se acercaba para darme un abrazo y, de manera accidental, le pegué un tortazo.
—¿Y bien? ¿Seguro que no te colaste anoche para hacer una de prueba? — me preguntó más tarde.
—Seguro.
—Pero tienes un don innato para encontrar todas las cosas escondidas.
Me encogí de hombros.
—No es verdad. Solo me parecían sitios evidentes para esconder algo. Aunque todo el asunto era arriesgado. Si no hubiésemos encontrado los pendientes, la pobre Mabel habría estado perdida, y nos habríamos culpado el uno al otro.
—Yo sabía que daríamos con ellos.
—¿Es algo masculino? ¿Esa seguridad?
Se encogió de hombros.
—Es algo mío. —Y añadió—: Me gustas.
—No me conoces.
—Hay algo entre nosotros. Y lo sabes.
—Yo no estoy buscando nada.
—Te entiendo. Yo tengo fobia al compromiso. Soy un solitario y me puede la intimidad, pero aun así la cago. ¿Cuál es tu historia?
—Mi marido… —Aún me costaba demasiado pronunciar aquellas palabras. «Mi marido me dejó». Empecé de nuevo—: Mi matrimonio se rompió. Nos habíamos querido muchísimo… No estoy segura de que vaya a superarlo alguna vez.
Aquello pareció divertirle.
—Pues claro que lo superarás. Solo estabas esperando a conocerme a mí.
—¿Por qué os separasteis tu mujer y tú?
—Sí. Bueno… Me acosté con otra.
Pese a que era la historia más vieja del mundo, me molestó.
Quin suspiró.
—El caso es que he pensado: ¿y si soy sincero contigo? Pero si no lo digo desde el principio, la gente se enfada cuando se lo cuento…
—¿Con «la gente» te refieres a las mujeres?
—Sí. De modo que o se me juzga directamente en las puertas o cuando ya llevo rato en la cola.
—Quizá no deberías haberla engañado.
—Eso está clarísimo. Pero estoy intentando mejorar. He estado yendo a terapia. Desde hace once semanas ya, no me he saltado una sola sesión. Y estoy practicando voluntariamente… —dudó antes de pronunciar la palabra —, el celibato.
—¿Ah, sí? —Me había sorprendido. Amigos célibes no era para nada la onda que estaba captando.
—Nunca he tenido intención de que fuese para siempre —añadió rápidamente—. Solo tenía que dejar los rollos sin importancia.
—¿Ha habido muchos «rollos sin importancia»?
Me miró con recelo y encogió los hombros de un modo levísimo.
—Algunos, supongo.
Me lo creía.
—¿Y cuánto tiempo llevas con ese «celibato voluntario»?
—Veaaamos… Me gustaría decir ¿cinco meses?
—¿Desde octubre, entonces?
Se lo pensó.
—Tal vez no sean cinco meses. ¿Qué estamos, en marzo? No ha habido nadie en todo el calendario de este año.
—Eso no son ni tres meses.
—… Pensé que era más. Desde luego, me lo ha parecido.
«¡Rachel! Esto es una alerta roja».
Estaba completamente de acuerdo con mi voz interior, algo que no siempre ocurría. No era que me preocupase que Quin fuese a hacerme daño; nunca querría a otro hombre como había querido a Luke, lo que me hacía invulnerable. Pero lo último que me apetecía eran dramas.
En la escape room había habido un momento en que, mientras nuestros cuerpos trabajaban diligentemente el uno junto al otro, intentando abrir los cajones, había saltado una chispa en mi interior. Quin olía… El único modo de describirlo que se me ocurre era «atractivamente no seguro». Por primera vez en años, mi cuerpo había reaccionado como el animal que era y había sentido un fuerte deseo.
Así que en ese momento, a la luz de las alertas rojas, me sentí decepcionada.
Cogí las llaves y el móvil.
—Gracias, Quin, hoy me lo he pasado bien, pero me voy ya.
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