Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 50 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 50

50

 

 

Estaba sentada en un sillón en la sala de estar de Sarina, hecha un ovillo, intentando alejarme de Luke lo máximo posible. Lloré y lloré y lloré.

—Lo siento. —Tenía un nudo en la garganta—. Lo siento mucho.

—Yo también lo siento. No te habría traído aquí si hubiera sabido lo de la foto. —Estaba sentado al borde del sofá, inclinándose mucho hacia delante, ocupando mi espacio, pero no me tocó.

Solo tenía que dejar de llorar y, entonces, podría marcharme.

—Quédate aquí —me dijo—. No te muevas. —Se levantó de un brinco, abandonó la habitación y, al cabo de unos momentos, regresó con un rollo de papel de cocina del que arrancó unas hojas.

Me sequé las lágrimas con ellas.

—Ojalá yo pudiera llorar —afirmó.

Lo miré a los ojos.

—Ojalá yo pudiera dejar de llorar.

A ambos se nos escapó una risita débil y bajé la vista al suelo.

—¿Rachel? —Empleó un tono de voz que me hizo alzar la mirada—. Solo porque no esté llorando no quiere decir que no lo sienta.

—Yo no he dicho eso. No pienso eso.

—Seguramente piensas que yo… Sé que debes odiarme.

Sorprendida, le dije:

—Bueno. A ver…

—Tienes que saber que perderla me cambió para siempre. —De repente, ahí estaba: el hombre al que conocía, sufriendo pero reconocible—. No pude evitarlo. Me sentía impotente.

—Oh…

—Por favor, créeme. —Estaba tan tremendamente serio que se me erizó el vello de la nuca. Me di cuenta, de pronto, que esa era la disculpa que llevaba seis años esperando. Su mirada transmitía sinceridad… y culpa—. Ojalá las cosas hubieran sido distintas… —Se calló y, entonces, añadió—: Ojalá yo me hubiera portado de un modo distinto.

Llevaba mucho tiempo esperando a que admitiera que se arrepentía, pero para nada lo había hecho como me había imaginado; no obstante, me había dado una razón creíble por la cual me había dejado de amar.

—A menudo me he preguntado… —dijo—. Ya sabes cómo…

Pero algo estaba ocurriendo al otro lado de la ventana. Algo que no podía ignorarse.

—Luke, espera un mo… —Fui a descorrer el visillo como una exhalación—. ¡Es un arcoíris! Ven aquí.

Me volví hacia él.

—Los arcoíris son ella. Los veo en los momentos importantes de mi vida; sé que parece una locura, pero es ella, está aquí.

—¿Hablas en serio? —Parecía sorprendido. Descolocado.

—Totalmente.

Frunció el ceño.

—Así que tú no…

Llamaron con suavidad a la puerta, que se abrió de inmediato y —para sorpresa de nadie— ahí estaba Kallie.

—¡Chicos! —exclamó—. Solo venía a ver si estáis bien.

Luke ya se hallaba a una distancia prudencial de mí.

—Estamos bien —contestó él—. Sí, bien.

Kallie me agarró de los hombros.

—¡Cómo son los suegros! Créeme, Brian es de los buenos; solo que nunca sabe cuándo parar.

Confundida, asentí.

—Te habría traído una copa de brandi, pero… —se encogió de hombros —, no puedes beber eso. Qué mal. —Se giró hacia Luke—. ¿Y tú qué, tesoro? ¿Quieres algo medicinal?

—No, Kal, gracias.

—Deberíamos… —dije avanzando hacia la puerta.

Mientras bajaba corriendo la colina, sintiéndome tan aliviada como si me hubiera fugado de la cárcel, llamé a Quin para contarle que iba de camino.

 

Nada más entrar en su casa, le dije:

—Ha sido la última vez. No voy a volver a verlo.

—¿Y eso por qué?

—Se ha disculpado. —Se lo expliqué a Quin—. O sea, no se ha arrastrado como yo hubiera querido en su día. Pero me ha dado una explicación realista. Con eso me basta.

—Bueno. Genial. —Y añadió—: ¿Estás bien?

—Sí. Bueno, creo que sí.

—Ven aquí. —Me atrajo hacia sí.

Llevaba varias semanas saliendo con Quin cuando le conté lo de Yara. Necesitaba estar totalmente segura de que lo entendería.

—No me puedo ni imaginar… —había tartamudeado, visiblemente conmovido—. Quiero tanto a mis hijos que si les pasara algo… no estoy seguro de si podría llegar a superarlo algún día. Madre mía, Rachel. — Había negado con la cabeza—. Sí que lo has pasado mal.

Me había sorprendido que se mostrara tan vulnerable. Sin duda alguna, eso nos había unido más y había reforzado nuestro amor. Y aunque nunca había intentado compartir la pena conmigo, siempre se había mostrado tierno y atento.

—¿Qué te gustaría hacer esta noche? —preguntó—. El doctor Quin sugiere que reposo en cama.

—¿Ah, sí? —Me reí—. Vale, la doctora Rachel está de acuerdo.

—Espera, ¿qué clase de reposo en cama está recetando la doctora Rachel?

—Reposo del bueno —respondí de manera provocativa—. Del mejor.

Más tarde, cuando estábamos tumbados en la cama, charlando sobre esto y aquello, mencioné lo raro que me había parecido el tema de Kallie y el vale de compra.

—¿Qué? —exclamó Quin—. Menuda jeta tiene.

—Creo que solo anda corta de dinero.

—Mira, Rach… ¿esa gilipollez del condón? Aunque fuera verdad, que te pidiera ayuda a ti fue muy sospechoso. Y no llevaba dinero para pagar al médico. Y tampoco me ha devuelto la pasta; tampoco es que me importe, no pasa nada. Pero hacerle eso a Kate, no me jodas. Insisto, Rach, Kallie le echa mucho morro.

—Ah, no.

—Es simpática, no digo que no. Es divertida. Pero es una aprovechada.

—… Luke no estaría con alguien así.

—Oh, sí que podría. —Me sorprendió la seguridad con la que afirmó eso—. O sea, no es que sea muy espabilado, ¿verdad? Me refiero a Luke.

¿No lo era?

Vale, no se parecía en nada a Quin, a quien le encantaban la información seria y la cultura popular, que devoraba todo con ansia e impaciencia, para intentar captar la esencia de algo lo más rápido posible. Además, al contrario que Quin, Luke tendía a pensar lo mejor de los demás hasta que se demostraba lo contrario; bueno, así había sido en el pasado, las cosas podían haber cambiado. Pero eso no lo convertía en poco espabilado.

Sin embargo, no abrí la boca. Quin tenía derecho a dar su opinión. Además, mostrarme abiertamente en desacuerdo con él, defender a Luke de verdad, sería raro.

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