Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 43 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 43

43

 

—¿Por qué no para de invitarte a cosas tu exmarido? —preguntó Quin.

—Me ha invitado dos veces. A dos cosas. Y, en teoría, fue Kallie quien nos invitó a la primera, y es su padre quien nos ha invitado ahora. ¿Y bien? ¿Vas a acompañarme o no?

—No, Rach. Sería una locura. ¡Oye! No me mires así, sabes que lo sería. Voy a ir a escalar el sábado. Pero si no tuviera que hacer eso, tampoco iría a la fiesta de cumpleaños del padre del exmarido de mi pareja.

—Pues la gente suele ser amiga los ex de su pareja y sus familiares.

—Ya, pero tú no eres amiga de tu ex.

Me di cuenta de que a mí también me resultaba inconcebible que pudiéramos ser amigos de verdad. El vínculo que habíamos compartido Luke y yo había sido demasiado intenso para poder transformarse en algo tan sano como una amistad sin morir en el intento. Yo deseaba otras cosas de él: que se arrepintiera, que expiara sus pecados. Y, en cuanto las tuviera, podría olvidarlo por completo.

—¿Tú quieres ir? —preguntó Quin.

—«Querer» no es la palabra. Tengo la sensación de que debería ir. Es como tener que tomar hierro líquido: sabe asqueroso, pero es por mi bien. Me gustaría que Luke me diera una explicación. En realidad, me encantaría. Y que se disculpara sería incluso mejor. Pero no va a hacer eso por iniciativa propia; si pretendiera hacerlo, a estas alturas ya lo habría hecho. No, eso no sucederá a menos que yo… insista. Pero tú me importas, Quin, muchísimo, y no pienso ir si te molesta.

Frunció el ceño y observó con detenimiento mi rostro.

—Si es por tu bien, deberías ir.

—¿Seguro que no te importa?

—No lo sé. —Me sorprendió que se mostrara tan vulnerable. Acto seguido, se puso la coraza de machote otra vez—: No, no me molesta, Rachel, haz lo que tengas que hacer. Nola dice que estás atascada. Pues desatáscate. Consigue que se disculpe. ¡Destroza a ese hijo de puta! Bueno, ¿qué tal está la sopa? —Se volvió hacia el puchero que estaba hirviendo en un fogón de mi cocina y probó una cucharada—. Madre mía, qué buena. Aunque quizá le falte un poco de sal.

Le indiqué con un gesto que se apartara. Siempre tenía que meterse en medio cuando yo cocinaba.

—Abre el vino —le dije—. Llegarán enseguida.

 

—Prométeme que no habrá vampiros.

Con los ojos entornados, Timothy miró a Quin a través del vapor de la cocina.

Quin chasqueó la lengua.

—Lo siento, tío. No puedo.

—¿Y osos pardos? —Taryn había investigado al respecto—. Sé que los hay en Transilvania.

—El año pasado no vimos ninguno —respondí. Probé la sopa una vez más y decidí que ya estaba.

—No nos pasará nada —dijo Quin—. Nada.

Taryn dio un sorbo con cautela al vaso; acto seguido, dio otro con más entusiasmo.

—¡Un momento! —Parecía sorprendida—. Este vino se deja beber. ¿Seguro que es de Transilvania?

—Sí —contestó Quin.

—Y, ahora, a por la comida. —Puse la cazuela encima de la mesa—. Sopa de comino, con ensalada de pimientos y cozonac, un pan dulce transilvano.

Timothy se abalanzó sobre el pan. Era una de esas criaturas con aspecto de malnutridas que podían comer hasta reventar.

—¿Esto es lo que nos darán de comer? —preguntó, con la boca llena de comida—. ¿Es una especie de paraíso terrenal?

Como hasta la fecha los cuatro habíamos ido de excursión un par de veces y todo había salido bien, ninguno se había quedado demasiado rezagado ni había habido ninguna bronca gorda a la hora de orientarse con un mapa (algo muy normal entre senderistas), decidimos arriesgarnos a pasar seis noches juntos en Transilvania.

Quin y yo habíamos estado allí en junio del año anterior. Aunque hubiéramos preferido hacer unos recorridos más duros, ambos habíamos vuelto encantados, sobre todo yo. Había prados de flores silvestres, aldeas de estilo medieval y castillos altos y puntiagudos, que de noche tenían un aspecto verdaderamente aterrador. Nos habíamos alojado en pensiones que habían oscilado entre lo espléndido y lo raro pero encantador.

Sin embargo, a veces me había sentido frustrada con la ruta recomendada, ya que sospechaba que nos estábamos perdiendo algunos tesoros ocultos.

Y como esa vez iba a ser yo la que llevase la voz cantante, prepararía un itinerario distinto al del año anterior.

—Seguidme —dije— y os mostraré la verdadera Transilvania.

—¿… Yyyyyy qué pasa con el tema de los osos pardos? —preguntó Taryn educadamente.

—Haré todo lo posible para evitar que los osos pardos nos hagan picadillo —contesté—. Es lo único que puedo prometeros.

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