Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 69 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 69

69

 

 

No podía pensar en ello. No en ese momento. Me iba a Barcelona con Quin, no podía desmoronarme. Ya pensaría en ello cuando volviera. Ya me preocuparía entonces.

Aunque a lo mejor no había nada de qué preocuparse. A lo mejor iba todo bien.

En casa, Kate y Devin se estaban partiendo de risa porque Crunchie llevaba un bonete.

—Quería llevarlo —insistió Kate—. Lo ha sacado de un cajón.

Crunchie parecía bastante contenta, lo cual era un alivio, ya que Kate y Devin iban a cuidarla el fin de semana y no quería que la tratasen como una muñeca a la que ponerle vestiditos.

—¿Se están riendo de ti? —le pregunté a Crunchie con el tono especial que usaba con ella—. ¿Se están burlando de ti?

—Claro que no —contestó Devin—. Si parece una sabia…

—… sacada de una serie de Jane Austen —completó la frase Kate.

—¡Sí! —Devin chocó los cinco con Kate.

Quizá sí. Crunchie tenía unos ojos marrones que transmitían mucha bondad y, tal vez, inteligencia.

O, mucho más probable, yo veía lo que quería ver.

Subí a mi habitación para acabar de hacer el equipaje; metí un par de vestidos cortos para salir y un par de zapatos con tacones de vértigo en mi maleta de ruedas. La noche de Jake’s Place, cuando Quin se había quejado de que nunca me veía las piernas, me había sentido mal por él.

Darle una alegría no me costaba nada, y menos en esos momentos.

Por esa misma razón, metí también unas bragas y unos sujetadores muy caros.

—¡Venga, Crunchie! —Se me acercó corriendo para dar su último paseo de la noche—. Vamos a quitarte ese puñetero bonete.

En el bosque, mientras iluminaba el camino con una linterna, en perfecta armonía con Crunchie, mi mente me dijo de repente: «Recaíste y lo fastidiaste todo».

Aterrada, me tropecé con una raíz. Incluso después de haber recuperado el equilibrio, seguí teniendo la sensación de que me estaba cayendo.

Tenía que volver a casa.

Pero, una vez allí, no quise quedarme. Así que tomé la decisión impulsiva de sorprender a Quin: estaría en su cama cuando llegara a casa a las cinco de la madrugada. Tenía una llave, me sabía el código de la alarma y estaba invitada a ir cuando quisiera, así que ¿por qué no?

Como tenía muchas ganas de marcharme, a pesar de que aún sentía algo de pánico, metí las últimas cosas en el equipaje de mano, me despedí de Crunchie, Kate y Devin, y me fui.

No obstante, me sentí rara estando sola en casa de Quin. Cada vez que crujía un tablón del suelo o hacía ruido una cañería, pensaba que se trataba de un ladrón o un fantasma… Algo malo, en definitiva.

Aunque quería acostumbrarme. Podía ser mi hogar en breve. Lo cual era algo bueno, ya que demostraba que, daba igual lo que me hubiera pasado con Luke (incluso aunque hubiera recaído), había sobrevivido y había rehecho mi vida. Las cañerías ruidosas de Quin y los posibles ladrones eran señales reales y tangibles de que estaba progresando.

Cuando me metí en la cama y estaba apagando la luz, me di cuenta de pronto de que, si mi vida fuera una película, en unas horas, Quin entraría semidesnudo abrazando de forma apasionada a otra mujer, con la que se besuquearía a lo loco. ¿Y ella quién resultaría ser…? ¿La azafata de vuelo del avión? ¿Shiv? ¿Golden?

Seguramente, apostaría por Shiv.

El mero hecho de pensarlo hizo que me sintiera… mal. No pude concretar qué era lo que sentía. Solo era una sensación rara. Mala y rara.

Pero estaba demasiado cansada para levantarme, vestirme otra vez e irme a casa. Si, al cabo de cinco horas, Quin se dejaba caer allí con su esposa, tendría que lidiar con ello, sin más.

 

La luz del dormitorio se encendió y me desperté, parpadeando deslumbrada.

—¡Eh! —Quin parecía confundido—. Estás aquí de verdad. He visto tu coche, pero… —Soltó el equipaje y afirmó—: Bueno, esto es genial.

Me hizo reír al darme unos besazos ruidosos en la frente, los párpados, la oreja.

—Pero ¿cómo es que estás aquí? —preguntó.

—Quería darte una sorpresa.

—Pues me encantan estas sorpresas. Vale, deja que me cepille los dientes y todo eso, luego dormiremos un poco.

Instantes después, salió del baño, desnudo y oliendo a pasta de dientes.

—Hazme sitio. —Se metió en la cama—. Pero apretados.

Apagó la luz y, una vez a oscuras, me preguntó:

—¿Cómo es que llego a casa y te encuentro en mi cama? —Seguía sin tenerlo claro—. O sea, me alegro y eso…

—¿Cuánto te alegras?

—… Eso es una pregunta trampa.

—Veamos. —Me deslicé hacia abajo por su cuerpo.

—¿Qué está… pasando? —Entonces añadió—: No. No respondas. No sabes cuánto me alegro de que esto esté pasando.

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