Otra vez, Rachel
Capítulo 28
28
Necesitaba planchar una camiseta, así que salí en pijama al rellano en el preciso instante en que el pestillo de la puerta del cuarto de baño se abría y Devin Costello, sin más indumentaria que una toalla baja alrededor de la cadera, emergía envuelto en una nube de vaho.
Tras mirarnos sobresaltados, me retiré corriendo a mi cuarto, donde me reprendí por haber elegido tan mal el momento. ¡Había esperado con prudencia hasta que creí que sería imposible encontrármelo! ¡El agua seguía corriendo! ¿Qué hacía Devin saliendo del baño con el agua de la ducha todavía abierta?
Devin y Kate habían aparecido tarde la noche anterior. Entre risitas y arrumacos, entraron a saludar en la sala antes de dirigirse a la cocina, donde prepararon algo con halloumi. Incluso con la puerta cerrada, les oí exclamar:
—¡Está intensito! ¡Intensito! —Y partirse de risa.
Amor joven.
Muy joven.
Devin me parecía muy infantil, mucho más de lo que lo había sido Luke cuando solo tenía unos pocos años más. ¿Quizá porque los niños estaban más mimados hoy en día? ¿O porque sus padres no iban cortos de dinero?
… ¿O porque yo era vieja…?
Se habían ido a la cama poco después que yo. Durante un rato me llegaron el murmullo de sus voces y alguna que otra risa procedente del cuarto de Kate, luego se hizo el silencio y me dormí. Hasta que un gemido ahogado —masculino— se coló en mi sueño.
De repente me vi totalmente desvelada y asaltada por pensamientos catastróficos. No podía seguir viviendo en esa casa si tenía que escuchar con regularidad a un Costello haciendo ruidos sexuales en la habitación de al lado. Tendría que mudarme. O Kate tendría que hacerlo.
… Pero pobre Kate, todo ese trayecto desde casa de Claire. No, tendría que hacerlo yo. Me iría a vivir con Quin y buscaría a alguien que me ayudara a pagar la hipoteca compartiendo la casa con Kate. Alguien joven, relajado, que no le importara una casa mal insonorizada.
Sin embargo, no podía llevar la relación con Quin al siguiente nivel solo para escapar del sobrino de Luke Costello.
¿O sí?
Tardé horas en volver a conciliar el sueño, únicamente para darme de bruces con una pesadilla. Me encontraba en Nueva York, más de veinte años atrás, y Luke me estaba gritando:
—Mientes.
—No miento, Luke, te lo juro —tartamudeaba, muerta de miedo.
—¡He encontrado tu escondrijo! ¡Mira! —Con aire dramático, arrancaba un trozo de papel de la pared y cientos de pastillas salían volando y rebotaban por el suelo de toda la habitación—. ¿Por qué me has mentido? Sabes que eso es peor que drogarte.
Al principio del sueño los dos teníamos veintitantos; luego, como ocurre en los sueños, cambiábamos y teníamos el aspecto actual, él con su pelo corto y su extraño abrigo, yo con mi suave frente gracias al bótox y mis deportivas nuevas.
Cuando desperté, estaba temblando. Dios, había sido horrible. Desde la llamada telefónica de Joey Armstrong, cuántos sentimientos largo tiempo enterrados habían salido a la superficie…
De todos modos, eran las siete, casi la hora de levantarse. Entonces escuché:
—¡Es intensito!
O sea que estaban despiertos.
Al rato, uno de ellos (resultó ser Devin) entró en el cuarto de baño y cerró la puerta. Luego la abrió de nuevo y gritó:
—¿Qué gel cojo?
—El de Origins. ¿Adivina por qué?
—¿Porque es intensito?
—¡Exacto!
Él rio, ella rio, probablemente rieron los de al lado, Benigno y Jasline, sin duda Crunchie estaba partiéndose abajo, en la cocina. «Menos mal que ya estaba despierta», me entraron ganas de gritar.
Caí entonces en la cuenta de que iba a tener que esperar a que Devin terminara de ducharse porque el sistema de calentamiento de agua no soportaba dos duchas calientes a la vez. Resoplando irritada, me paseé por el cuarto organizando la ropa, hasta que recordé que todas mis camisetas estaban en el armario de la caldera.
El agua de la ducha seguía corriendo. «Bien —pensé—, significa que estoy a salvo». De modo que salí y… se produjo la catástrofe.
En el tiempo que Kate llevaba viviendo allí se habían quedado otros chicos a dormir: dos o tres veces el infame Isaac (un gilipollas) y algún que otro tío que había conocido a saber dónde. Me importaba un rábano lo que pudieran pensar de mí, pero existía el temor real de que Devin pudiera de pronto hacer alguna observación desdeñosa durante la cena con Luke presente. Ya sabéis cómo hablan los hombres jóvenes de las mujeres mayores de dieciséis, el desprecio que vierten sobre nosotras. «Buf, cómo está la tía de Kate. ¡La vi en pijama y os juro que me clavaría un compás oxidado en el ojo antes que volver a pasar por eso!».
Una panda de capullos.
Ahora en serio, ¿qué demonios estaba haciendo Devin?
Tal vez había dejado el grifo abierto para que Kate se encontrara el agua calentita. Pues menudo desperdicio, de ser así. ¡Piensa en el planeta! O a lo mejor quería atraerla a la ducha para hacer cochinadas matutinas. Pues menudo maleducado, de ser así.
La situación era muy muy incómoda.
«Te acostumbrarás».
—Ni de coña —farfullé.
«Ya verás como sí».
—Un paquete para ti —anunció Brianna en cuanto llegué al trabajo. Sostuvo a trasluz una caja envuelta en papel de regalo y entornó los párpados—. Parecen bombones. De Lily O’Brien’s.
Gemí de deseo, pero, dado mi estado de ánimo, si le hincaba el diente a uno, acabaría zampándomelos todos.
—Quédatelos.
—¿En serio? —Brianna estaba encantada.
—En serio.
Abrí la carta que los acompañaba, que era de un hombre que dos años antes había ingresado en el centro por alcoholismo. Fui directa al final de la carta para ver si seguía sobrio —así era— y me la guardé en el bolso para leerla más tarde. En ese momento tenía que comprobar cómo estaba Trassa.
—Los repartiré —dijo Brianna.
—Como quieras, pero a mí no me des ninguno. —No ese día.
Trassa estaba sentada a la mesa del desayuno con una taza de té en la mano y la mirada perdida. Por lo visto, apenas había probado la cena la noche anterior y se había acostado a las ocho.
Veinte años antes, yo me había comportado igual cuando ya no pude huir del hecho de que era una adicta, cuando de súbito se me hizo patente que no era una consumidora meramente recreativa, que no podía parar.
La avalancha de realidad fue abrumadora. Ver el daño que había hecho a otros —y a mí misma— me dejó conmocionada y avergonzada. Peor aún, saber de repente que mi mejor amiga, aquello que más quería en el mundo, la única sustancia que me aportaba genuino alivio, ya no podía formar parte de mi vida, fue una puñalada mortal. El final de la más bella historia de amor.
Pero había que pasar por ahí. Yo tuve que hacerlo. Trassa tenía que hacerlo. No podía haber recuperación sin eso.
Estaba previsto que mi nueva interna llegara por la mañana. Me encerré en una de las salitas destinadas a las entrevistas, dotada de una ventana con vistas a los jardines de delante, y repasé su historial. «Bronte, cuarenta y tres años, adicta a la heroína. Casada con Eden Tollemarche, vizconde Kilsharvan». No era la primera vez que un miembro de la aristocracia aterrizaba en The Cloisters: las adicciones no respetaban los títulos.
Ha abusado de la heroína de forma discontinua desde los veinte años, pero se
descontroló hace seis. Tras un año de abuso intravenoso, hizo rehabilitación en el Reino Unido. Permaneció limpia hasta que se rompió el tobillo el pasado junio y le recetaron calmantes opiáceos. Culpa a estos de su recaída. Los últimos ocho meses ha estado inyectándose heroína. En la reunión de evaluación, su marido parecía apoyarla.
Atrajo mi atención un Land Rover embarrado que cruzó la verja un tanto demasiado rápido. Se detuvo en una plaza de aparcamiento y, casi al instante, un hombre alto y rubicundo se apeó del vehículo, fue hasta el maletero, sacó una bolsa y se la colgó del hombro.
Bronte tardó un poco más en aparecer. Bajó del coche a regañadientes. Vestida con vaqueros, una americana encogida y una enorme bufanda de fieltro alrededor del cuello y los hombros, aparentaba unos catorce años.
Hizo una pausa para lanzar una mirada aprensiva a la casa. Para la mayoría de la gente, ingresar en un centro de rehabilitación es el peor momento de su vida. No pueden creer que esté ocurriendo de verdad. Durante mucho tiempo, sus mentiras y manipulaciones los han mantenido por delante del pelotón, pero finalmente el juego se acaba y todo está a punto de cambiar para siempre.
Sin embargo, para Bronte esa era su segunda vez, y el segundo asalto era aún peor. Las recaídas generaban mucha vergüenza. Cuando un adicto dejaba la adicción por primera vez, tenía que esforzarse sobremanera para recuperar la confianza de sus seres queridos, y cuando lo lograba era precioso. A menudo las relaciones se volvían sinceras y puras, quizá por primera vez en la vida.
Conseguirlo en dos ocasiones era infinitamente más difícil. La gente estaba dispuesta a perdonar una vez, pero una recaída lo echaba todo a perder.
Fuera, Bronte y el marido intercambiaron unas palabras. Él le acarició el rostro y ella asintió. Acto seguido, se volvieron hacia los escalones que conducían a la entrada y desaparecieron de mi vista.
Aunque mi presencia no era necesaria, acudí a la oficina de admisiones, donde todo se hallaba en marcha ya. Brianna y Eden estaban procesando el papeleo, y Priya tenía el equipaje de Bronte encima de una mesa y estaba hurgando el contenido en busca de contrabando.
Bronte se encontraba sentada con pasividad en una silla, con el brazo doblado por el codo mientras la enfermera Moze le extraía una muestra de sangre. Tenía la cara muy blanca, con excepción de un racimo de capilares rotos en medio de cada mejilla. Ni una gota de maquillaje; las cejas y las pestañas eran tan rubias que parecían invisibles, y el pelo, ralo y apagado, estaba recogido de cualquier manera con una goma. Me moría de ganas de decirle que utilizara una cinta como es debido, que con razón tenía el pelo lacio y quebradizo dada la manera en que lo trataba. Por desgracia, eso quedaba fuera de mis competencias.
Su ropa era especial. Los vaqueros parecían haber viajado en el tiempo desde 1973, donde habían sido vistos por última vez en un muchacho de diez años que conducía una motocicleta como un rayo. ¿Era algo típico de la aristocracia? Los dedos, largos y elegantes, no lucían las uñas pintadas, pero era imposible no reparar en la alianza del dedo anular, una cosa de oro y rubíes de estilo victoriano tremendamente recargada.
—¿Qué es esto? —Priya había encontrado un blíster en el neceser de Bronte.
—Anticonceptivos. —La voz de Eden retumbó en la pequeña estancia.
—¿Lo son, Bronte? —preguntó Priya.
—¿Eh…? Sí.
Priya examinó el nombre de la marca, anotó algo en el dosier de Bronte y trasladó las pastillas a una bandeja.
—Necesita tomarlos —dijo, muy serio, Eden.
—Tenemos que comprobar qué son.
—¿Cree que mi mujer podría intentar pasar…?
«No sería la primera vez, tío».
En un tono cordial, Priya repitió:
—Tenemos que comprobarlo.
—Devuélvale los anticonceptivos. Es mi mujer e insisto en ello.
Bronte observaba el intercambio sin inmutarse.
Sinceramente, ¡estaba encantada de haberme colado! Esta clase de información no tenía precio.
—Bronte está ahora a nuestro cargo. —Priya se mantuvo firme.
—¿Eden…? —Bronte meneó la cabeza—. Por favor…
—De acuerdo. —Haciendo un esfuerzo patente por calmarse, dijo—: Debo irme. —Nos lanzó una mirada asesina—. ¿Puedo besar a mi mujer en privado?
—No —respondí—. Su mujer está ahora en rehabilitación.
Madre mía, ¿es que estaban todos en fase de negación? Era de esperar en los clientes, era parte de su afección. Lo sorprendente era cuando lo estaba la misma gente que los ingresaba.
Incrédulo, el marido preguntó:
—¿Piensa que podría pasarle algo mientras la beso?
—¡Ha ocurrido otras veces! —exclamamos al unísono Moze, Priya, Brianna y yo.
Eden Tollemarche se marchó echando humo.
Era la hora de la terapia de grupo y, ya que Bronte estaba ahí, podía acompañarme.
—Las muestras que ha extraído la enfermera Moze —dije—, ¿saldrán limpias?
—No lo sé… Quiero decir que me he desintoxicado, no he tomado nada desde…
—Está bien, vamos.
En la Sala del Abad, mientras Bronte se sentaba, Harlie le dio un repaso de arriba abajo y pude leerle el pensamiento: «Tinte en cejas y pestañas, toque de tapaporos antirrojeces seguido de una buena capa de maquillaje. Puede que incluso un puñado de extensiones para dar algo de cuerpo a esos mechones quebradizos».
Bronte se quitó la chaqueta, desvelando una camiseta que rezaba: «Perdón por llegar tarde, no quería venir».
—Buenos días a todos —dije—. Como veis, se ha unido a nosotros un miembro nuevo. Bronte, ¿te gustaría presentarte?
—Eh, vale. —En tono quedo, comenzó—: Me llamo Bronte. Soy… — carraspeó—, adicta a la heroína. Estuve más de cuatro años limpia. Hace nueve meses me rompí el tobillo, me dieron Vicodina y… recaí.
Chalkie estaba fijándose en todo: el anillo mastodóntico, los miembros esbeltos y elegantes, todo.
—Me gusta tu camiseta —dijo.
—¿Oh? —Bronte apenas la miró—. Es de mi hija.
—¿Tienes hijos?
—Tres. Una hija de dieciocho y dos hijos de dieciséis y trece.
—¿Y qué edad tienes tú, Bronte? —preguntó Dennis.
—¡Dennis! —susurró Giles—. ¡No seas grosero! Sabes que esas cosas no se preguntan.
—No te preocupes. —Bronte se encogió de hombros—. Tengo cuarenta y tres.
—¿Cómo consigues llegar a fin de mes, Bronte? —preguntó Chalkie—. Dar de comer a tus hijos, pagar el alquiler.
—Con… el dinero de… mi marido.
—¿Cómo se… gana el pan?
—Tiene… Bueno, tenemos una granja.
—¿Es granjero? —Unos ojos inquietos la recorrieron—. No pareces para nada la esposa de un granjero.
—¿Qué sabrás tú? —disparó Giles—. ¿Alguna vez has salido de, cito tus palabras, «las zonas marginales de la ciudad»? ¡Nos dijiste que tú, hombre del pueblo, no mancillarías tus pulmones con el «oxígeno de la clase privilegiada»!
—¿Dónde tenéis la granja? —Chalkie no apartó la vista de Bronte.
—En el condado de Meath.
Dennis intervino.
—¿Cuántas hectáreas? —Era una de sus áreas de interés.
—… Dos mil.
—¡Joder! —Chalkie casi levita.
—¿Es mucho? —le preguntó Ella a Dennis por lo bajo.
—La hostia. —Dennis se inclinó hacia Bronte—. Menudo pedazo de tierra. ¿Tenéis vacas? ¿Cultivos? ¿Las dos cosas?
—… La mayor parte está arrendada. Criamos caballos.
—¿Criadores de caballos? —Chalkie estaba encantado. He ahí una oportunidad para dar rienda suelta a su indignación—. Lady Bronte.
—En realidad soy vizcondesa.
—¡Estás de guasa!
—Chalkie —pregunté—, ¿qué importancia tiene esto?
—Si yo llevara una vida privilegiada —espetó— porque le he robado la tierra a otros, la culpa me haría salir corriendo a comprar heroína. No me extraña que la puta lady Bronte…
—Puta lady Kilsharvan —le corrigió Bronte.
Perplejo por su arrogancia, Chalkie se volvió hacia ella.
—Aunque no hace falta que te dirijas a mí por el título. —El tono de Bronte era mordaz, pero la sonrisa era pícara.
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