Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 79 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 79

79

 

Volvió a sonarme el móvil: Francesca, por quincuagésima vez como mínimo, pidiendo una actualización de mi ubicación.

—¡Mamá se está volviendo loca! —La tenía en manos libres en el coche—. Quiere una prueba de vida de las bolsas de regalo.

—Estaremos con vosotros en diez minutos —contesté, con la esperanza de que fuera cierto. Esas carreteras eran más estrechas y tortuosas de lo que recordaba.

Al fondo se oía despotricar.

—Mamá dice que te diga que ya deberías estar aquí —añadió Francesca en tono de disculpa.

—Va tan rápido como puede —intervino Anna.

—Que todo el mundo se tranquilice. —Angelo estaba agachado en el asiento trasero con cincuenta de las bolsas de regalos—. Estas carreteras tienen muchas curvas. Llegaremos cuando lleguemos. ¡Mira qué bien! — exclamó cuando apareció el hotel en el horizonte—. ¡Ya lo tenemos a la vista! ¿Veis?, todo bien.

Me desvié de la carretera en busca de un lugar para aparcar y un par de personas, que parecían dos glamurosos pibones zombis, surgieron desde las sombras, preguntando a gritos por las bolsas de regalos.

Uno de los glamurosos pibones era Francesca, de diecisiete años. Estaba impresionante, con el cabello peinado hacia atrás de forma moderna y un vestido negro muy corto de Balmain, que era una obra maestra.

—¡Madre mía! —Miré con asombro sus hombreras arquitectónicas y sus piernas desnudas—. ¿El vestido es… auténtico?

Hizo un gesto de disculpa.

—Me ha obligado mamá. Rápido, las bolsas de regalos.

El otro glamuroso pibón era Molly, de piernas largas y elegante con un ajustadísimo vestido rojo de una sola manga.

—Tom Ford. —Otra mueca de disculpa—. Me ha obligado Claire.

Y ahí estaba la propia Claire, con un extraño vestido negro sobre un extraño sujetador amarillo verdoso y unos pantalones color marfil aún más extraños. Y, sin embargo, lo llevaba con tanta confianza que funcionaba.

—Estás…

—Gracias. Es de Supriya Lele. Casi me lleva a la quiebra. Pero no pude contenerme, fue literalmente como estar poseída. ¡Luka, ven y lleva estas cajas!

Luka, de quince años, tan larguirucho y delgado como un galgo inglés, corrió hacia el coche, vestido con un chándal oscuro y suave. Era evidente que Claire le había convencido para que se pusiera algo caro para la noche. ¿Qué podías hacer? Solo admirarla.

—Deja que te mire. —Claire me inspeccionó la cara, maquillada de forma profesional, las pestañas postizas (de aspecto muy natural, debo decir), el costoso secado del cabello, el fabuloso vestido verde oscuro, el esmalte de uñas negro y las sandalias de tacón alto. Exhaló un suspiro—. Eres una auténtica belleza.

Antes de que me diera cuenta de lo que estaba haciendo, me deslizó su mano por el muslo.

—Claire —chillé—. Por el amor de…

Su mano se encontró con la piel desnuda y sus ojos con los míos.

—Te has decantado por las medias de ligero. ¿Y por qué?

—Yo…

—Está dentro, guapo a rabiar. Ha sido uno de los primeros en llegar. Cariño, te deseo mucha suerte y espero que consigas lo que necesites de esto. Vale, ¡vamos!

El ruido en la sala de recepción nos asaltó como un rugido. Estaban todos allí: las hermanas de mi madre, sus primos, sus amigos del golf, sus respectivos cónyuges. Por lo general, las mujeres vestían colores vivos y brillantes en tanto que sus cónyuges iban de traje en tonos sobrios, muchos de ellos apoyándose en bastones. Uno o dos incluso habían subido las piernas a las sillas.

—La temporada de prótesis de cadera acaba de terminar —dijo Claire, y luego se marchó, acompañada de Anna y de Angelo.

Adam me agarró.

—Alto ahí, señorita. —Inspeccionó mi atuendo—. Estás increíble. Ese vestido es de The Vampire’s Wife, ¿verdad?

—¿Cómo…?

—¿Que cómo lo sé? De hacer las muchas muchas devoluciones de mi esposa a Net-a-Porter, Mytheresa, y… ¿cuál es la italiana? ¿Luisaviaroma? Eso es.

—Tú también estás increíble.

Adam solía tener un estilo clásico, pero nunca aburrido. Esa noche llevaba un traje oscuro, que a primera vista parecía discreto. Pero el corte era impecable, le quedaba perfecto, la tela tenía un tacto seductor y era probable que el conjunto entero hubiera costado un millón de euros.

—Está junto a la ventana. —Señaló con la cabeza al otro lado de la habitación, y allí estaba Luke, con una ligera sonrisa, ataviado con un abrigo negro de estilo marinero, con el cuello levantado. Rodeado por mis puñeteras tías—. Malhumorado y guapo. —Adam suspiró con fuerza—. Estoy seguro de que te has enterado del desastre de Piet y Beatriz — comentó, y yo asentí con la cabeza—. ¡Me dijo que mantuviera la mente abierta! —siseó Adam—. Solo lo hice porque ella quería.

—Pero se sintió marginada.

—¿Cómo voy a saber las reglas? Nadie lo explicó. Lo único que sabía era que ella dijo que, si no me divertía, se reiría de mí. Así que hice lo que me dijeron, me divertí y ahora está furiosa. Madre mía, se está quitando el abrigo.

Luke se estaba quitando el abrigo de los hombros, revelando unos vaqueros oscuros y una camisa negra ajustada.

—Muy… esbelto, ¿no? —preguntó Adam—. ¿Es esa la palabra adecuada?

No lo sabía, pero me dolía el corazón de lo mucho que lo deseaba.

—Te juro que parece que haya practicado eso del abrigo. He oído que últimamente monta a caballo. —Y agregó con resentimiento—: Menuda sorpresa. Si te soy sincero, Rachel… Bueno, tampoco es que me alegrara cuando rompisteis, porque era majo antes de dejar de serlo… pero nunca me sentí cómodo con él. No entiendo su aspecto y no tenemos nada en común. Quin es mucho más mi tipo. —Miró a su alrededor—. ¿Dónde está?

—No ha venido.

Su mirada se dirigió a Luke y de nuevo a mí, luego exclamó:

—Joder, estás de coña. —Parecía muy preocupado—. ¿Por él? —Señaló con la cabeza a Luke.

—No. Bueno…

—No puedo —logró decir Adam—. De verdad que no puedo. —Vio a una camarera que pasaba con una bandeja de champán y se lanzó hacia ella —. Gracias —susurró, aceptando con gratitud una copa—. Es usted muy amable.

—¿Qué le pasa? —Helen había aparecido con un vestidito negro ajustado.

Junto a Helen estaba su Mejor Amiga, Bella Devlin.

—Bella —saludé—. Qué agradable… Estás… —no conseguía encontrar una palabra adecuada para describir su belleza de piel pálida—, preciosa.

Para ser exactos, parecía que Bella respirara el oxígeno más puro, que solo bebiera agua de glaciares que se habían fundido y que todos sus pensamientos fueran buenos y afectuosos.

—Rachel —Bella tomó mis manos entre las suyas; sus habilidades sociales eran impecables—, estás impresionante.

—Tú más. Estás total y absolutamente impresionante. —Tarde o temprano, suelo decepcionarme a mí misma cuando está ella—. Háblame de tu vestido. —Porque siempre había una historia. Bella Devlin nunca diría: «¿Este trapito? ¡Es de Karen Millen! De hace dos años. Tenía un desgarrón en el dobladillo, así que me descontaron veinte euros».

—Era el vestido de novia de mi madre —dijo Bella. Pues claro; el vestido era rojo y, aparte del cuello mandarín, supersoso—. Es de Dior — añadió—. Crepé de China. Vintage.

—Un vintage vintage —aclaró Helen—. Ya era vintage cuando Vonnie se casó. Así que ahora es vintage al cuadrado.

Apareció una camarera con otra bandeja con copas de champán, y Adam, que se había dedicado a beberse la copa que ya tenía, volvió a arremeter.

—¿Tiene algo sin alcohol? —le pregunté al camarero—. Agua del grifo está bien.

—Y para mí —añadió Bella. (Ella no bebía, aunque sus padres decían que podía hacerlo).

—Para mí no —agregó Helen—. Agua, por favor, pero la más elegante que tenga.

—Pues yo estoy encantado con el champán. —Artie, en vaqueros y con una camisa que habría agradecido un buen planchado, se había unido a nuestro grupo.

—Qué bien que te hayas puesto elegante, hermano —le dijo Adam a Artie.

—Cómo no —respondió este, con una sonrisa serena.

Artie era muy tranquilo. Imposible ponerle nervioso.

—Entonces ¿tres aguas? —preguntó la camarera.

—Uh… antes de que se vaya. —Adam se abalanzó sobre la bandeja con impaciencia—. Voy a coger otra copa para mí… porque bebo deprisa. ¡Hola, Anna! ¡Y Angelo! ¡Hola!

El pobre Adam se sentía casi tan incómodo con Angelo como con Luke.

—Alguien debería ir a hablar con Luke —me dijo Anna al oído—. Esto no puede ser fácil para él. Cuando digo «alguien», me refiero a ti, Rachel.

En realidad fue un alivio recibir la orden de acercarme a él. No me hacía tan patética como si lo hubiera decidido por mi cuenta. Aunque tampoco es que él fuera a saber eso.

—De acuerdo. Voy.

Nerviosa, me infiltré en el círculo de mis tías y me puse al lado de Luke.

—Hola —le dije.

Él se sobresaltó y se dio la vuelta.

—Hola. —Su cara pasó de la seriedad a una sonrisa dulce e inesperada —. Estás preciosa —dijo después de echar un vistazo rápido a mi vestido.

—No hace falta que te sorprendas tanto. —Y me apresuré a añadir—: Es una broma.

—¿Dónde está Quin?

—No ha venido.

—¿Está… bien?

—Yo… Es que… En realidad no sé…

No habló, solo se quedó mirándome con gesto preocupado.

Un cambio de energía desvió mi atención; ¡Kate y Devin! Kate con el vestido azul noche, de corpiño ceñido y estrecho con ballenas y voluminosa falda de tul; Devin con un traje de estilo ochentero del mismo color. Habían ido a juego y estaban deslumbrantes.

La gente se volvía para mirarlos mientras se movían por la sala, preguntándose por qué era tan cautivadora la pareja. «Oh, ya veo, son jóvenes y están enamorados. Bueno, qué cosa tan bonita de ver».

Luke frunció el ceño.

—¿Es… uno de tus vestidos? —Parecía apenado—. Recuerdo cuando solías…

—No, no, por favor —le pedí—. No nos pongamos tristes. Solo por esta noche.

—No sé si puedo. —Y añadió—: Vale, lo intentaré… ¡Angelo! ¡Amigo mío!

—¡Holaaa! —Con abrazos y palmadas en la espalda, Angelo se anexionó a Luke. En su día habían sido colegas.

—¡Y Anna! —Luke tomó los nudillos de Anna y los besó, luego se abrazaron.

De todas mis hermanas, Anna era la que mejor se llevaba con Luke, sin duda porque ambos habían vivido en Nueva York. Ah, y ahí estaba Claire, buscando su parte de la trama de los Costello.

El teléfono me sonó de pronto. ¡Mi madre estaba a cinco minutos de distancia!

Claire, Anna y Helen habían recibido el mismo mensaje y a todas nos entraron los nervios.

—A vuestros puestos, por favor —dijo Claire, que recorrió la sala agrupando a las tías en filas—. Las más altas al fondo. ¡Phyllis, Imelda! — Chasqueó los dedos—. Me refiero a vosotras.

—Los tíos políticos, Donagh, Dónall, Deaglán, Diarmuid y Daithí, de rodillas en la primera fila. Molly, Luka, ¡ayudadles a arrodillarse!

Mientras Molly y Luka intentaban desesperadamente engatusar a los artríticos octogenarios para que se arrodillaran, Francesca gritó, con voz de pánico:

—¡Se acaba el tiempo! Dad una patada a los bastones.

—Recordad. —Helen pasó revista a las tías como una sargento con sus reclutas—. Si alguna de vosotras no grita SORPRESA lo bastante alto, os quedaréis sin la bolsa de regalos de Nueva York, cada una con un valor de venta de más de trescientos euros. ¡Os estamos vigilando! —Y añadió—: Chisss. ¡Chis! Está fuera. Ya viene. Va a… ¡¡¡SORPRESA!!!

Los globos volaron, los silbatos sonaron y todo el mundo gritó con fuerza. Mi madre pareció sorprendida y encantada con suma credibilidad.

Después no pararon de preguntarle una y otra vez:

—¿De verdad no sospechabas nada?

—Nada de nada.

Mirando alrededor de la sala, busqué a Margaret, que, a pesar del papel vital que había desempeñado en ese drama, no recibía ningún agradecimiento. La encontré con Garv. Él le acariciaba el rostro con ternura mientras ella sonreía y jugueteaba con su corbata… y, francamente, estaba impresionante.

Llevaba el brillante cabello fresco y alborotado, pero ¡oh, madre mía, menudo vestido! El vestido de color piedra, que le llegaba por debajo de la rodilla, era aparentemente sencillo. Sin embargo, desde el suave movimiento de la falda hasta el escote pronunciado, que dejaba ver su clavícula, era perfecto.

—Margaret. —Tal vez no debería haber interrumpido la intimidad que se estaba produciendo, pero Garv y ella vivían juntos, qué narices, y podían compartir momentos así cuando quisieran—. Estás muy guapa.

Se giró hacia mí con su increíble cabello.

—¡Pero espera!

—¡Sí! —exclamó Garv—. ¡Tienes que ver la mejor parte!

—Mira. —Deslizó las manos por las caderas—. Tiene… bolsillos. —Se le congeló la sonrisa—. Oh. ¡Hola, Luke!

—Siento interrumpir… —Besó a Margaret en la mejilla de manera respetuosa y estrechó la mano de Garv—. Me alegro de veros a los dos. Solo quería felicitar a Margaret por traer a tu madre aquí. Y además a tiempo. No todo el mundo podría haber logrado algo así.

—Oh… eh… ya sabes…

Margaret ya se disponía a hacer autocrítica, pero Garv la interrumpió:

—Muy buena, Luke, no la felicitan lo suficiente. Por mi maravillosa esposa. —Alzó su copa.

 

Los demás comensales de mi mesa eran Anna y Angelo, Kate y Devin, la tía Dolores —la menos mala de las cinco hermanas de mamá— con su marido Daithí, y Luke.

Me sentaron entre Angelo y Devin, y justo enfrente de Luke, que estaba entre Kate y Anna.

Con una eficiencia sorprendente, nos sirvieron el primer plato… y rozaba lo comestible, que es mucho más de lo que suele conseguirse en una noche como esa. Pero cuando llegó la carne, no fue ninguna sorpresa que mi comida vegetariana no lo hiciera.

El camarero dijo que no sabía nada al respecto, pero que preguntaría.

—En serio —protestó Anna—. ¡Que no estás pidiendo polvo de hadas!

En la mesa no había ningún vegetariano más. Oh, más flexitarianos de los que cabría imaginar, todos reconociéndolo: «Yo como carne roja dos veces al año, y solo si ha sido alimentada con pasto, es orgánica y de origen local».

—Empezad —dije mientras sus cenas se enfriaban delante de ellos—. La mía no tardará en llegar.

Daithí y Dolores ya estaban atacando la suya. Devin y Angelo cogieron sus cuchillos con expresión vacilante.

—¿Seguro?

—Por supuesto. —Pero Kate, Anna y Luke se contuvieron—. Por favor —rogué—. Esto me hace sentir mal. —Al escudriñar la sala, me pareció ver a nuestro camarero en el extremo más alejado, pendiente de otras personas.

Todo el asunto era extrañamente humillante.

Luke se puso de pie y tiró su servilleta sobre la mesa.

—¿Es ese el tipo? —Señaló al hombre que había estado observando.

—Creo que sí…

—No te muevas de aquí.

Se abrió paso entre las mesas y sentí que ardía de deseo al observar el giro de su estrecha cintura. Cuando llegó al final de la sala, abordó al camarero y se puso a charlar con él, señalando hacia mí. A continuación, ambos se dirigieron a la puerta batiente que daba a la cocina y desaparecieron.

Estaba convencida de que no volvería a ver a ninguno de los dos.

Sin embargo, reaparecieron en un tiempo inesperadamente breve; el camarero con un plato que, con cierta ceremonia, llevó por la sala y colocó ante mí.

—Gracias —murmuré sin levantar la vista.

La amabilidad de Luke me pareció apabullante. Como si mi mal de amores fuera tan lastimoso que ir a buscar mi risotto fuera lo más caritativo.

Decidí que me largaría en cuanto fuera aceptable hacerlo. Me iría a casa y pasaría desapercibida, esperando a que todo se calmara, a que mis sentimientos volvieran a la normalidad, y, acto seguido, retomaría mi vida, que estaba bien antes de todo eso. Mejor que bien, en realidad. Buena, era buena. Aparte de la escasez de bolsos vintage de Chanel, no tenía ninguna queja.

Retiraron los platos de la cena en la mitad de tiempo y los sustituyeron por el postre con pan de oro. A continuación, mi padre se subió a un pequeño escenario, sujetando un micrófono con nerviosismo. Comenzó a dar las gracias a la gente, a un estratosférico número de personas, por hacer posible esa noche. Luego llegó el momento del discurso de mi madre, que tenía mucho en común con el largo discurso para ajustar cuentas del padre Ted cuando ganó el premio Clérigo de Oro. Y ya casi estábamos. Pronto todo el mundo estaría tan borracho que podría escabullirme sin que nadie se diera cuenta.

Me sorprendió un toque en el hombro; era Artie.

—Helen te necesita —me dijo al oído—. Está en el baño.

Me levanté con rapidez.

Helen estaba sola en el recargado baño de señoras, sentada en un puf de terciopelo rosa. Parecía llorosa, y Helen nunca lloraba.

—Rachel, no estoy embarazada.

—¿Creías que lo estabas?

—Sí. Se me ha retrasado la regla un solo día, pero, sí, eso creía.

—¿Es el primer mes que lo intentáis?

—Lo sé. Pero pensé… Tenía esperanzas. Puedes abrazarme si quieres.

La rodeé con los brazos con sumo cuidado y entonces sí se puso a llorar.

—Helen… —Me sentí impotente—. A mí me pasaba igual. Cada mes pensaba que por fin me había quedado. Y al final pasó.

Por la rigidez de su cuerpo, estaba claro que había recordado lo que había sucedido después.

—Eso no te va a pasar a ti —aduje.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé. —Pero no lo sabía. No podía saberlo. Y me preocupaba que, si Helen no conseguía el resultado deseado, aquello pudiera desencadenar otro descenso a la oscuridad—. Tienes que recordar que intentar quedarse embarazada cuando no tienes dieciséis años es un maratón, no un esprint.

—Un maratón, no un esprint —repitió. Y añadió con una mirada displicente—: No puedo creer que acabes de decir eso.

No cabía duda de que ya estaba bien.

—Vamos, será mejor que volvamos fuera.

Esperaba que mi madre no hubiera notado nuestra ausencia. Pero, con su vista privilegiada desde el estrado, por supuesto que lo había hecho. Sus ojos láser me perforaron la espalda mientras me apresuraba a volver a mi mesa.

«¿Va todo bien?», me preguntó Luke moviendo los labios en silencio.

Avergonzada por su compasión, asentí con brusquedad y giré la cabeza.

Detrás de mi madre, un grupo musical de verdad, de carne y hueso, se estaba acomodando en el pequeño escenario. Cuando por fin cedió el micrófono, el líder de la banda anunció que iban a empezar con una serie de valses antiguos, lo que generó un auténtico goteo en la pista. Mi madre estaba allí con mi padre. El tío Donagh, exhibiendo sus nuevas rodillas, tenía a la tía Phyllis agarrada. Imelda y Philomena bailaban juntas, y todos parecían alegres y joviales, lo que, a pesar de todo, me hizo sonreír.

Aunque algo ocurría con Claire y Adam. La vi tirarle de la corbata para darle un abrazo voraz. En la jerga de nuestros primos del pueblo, Claire le estaba «comiendo los morros». Devorándolo. Desde lejos se podría confundir con pasión, pero para mí estaba claro que era presa de una furia ciega. Si alguien pudiera morir por ser besuqueado, Adam habría sido hombre muerto.

Estaba a punto de levantarme e intervenir, cuando de repente Claire retiró su rostro del de Adam, lo apartó de un empujón y se alejó, para caer en manos de Anna y Angelo, que le prodigaron su preocupación.

Mientras tanto, en nuestra mesa, la tía Dolores estaba de pie, intentando sacar a su marido a bailar. Él se negó.

—Para. No.

—Daithí, baila conmigo, por favor.

—No quiero.

Roja de humillación, se sentó y se abalanzó sobre su vaso. Luke se levantó al instante de su silla y le tendió la mano.

—Vamos, Dolores, ¿por qué no les enseñamos cómo se hace?

—¿Quieres decir…? —A Dolores se le iluminó la cara—. ¡Bien, vamos!

En cuanto Luke la condujo al centro de la pista de baile, se oyeron unos cuantos silbidos soeces. De pronto, un pequeño grupo de tías, que tenían la desgracia de tener maridos reacios, se mostraron atentas e interesadas. Cuando Dolores quedó de cara a ellas en un giro y Luke no podía ver lo que estaba haciendo, agitó la lengua hacia su barbilla de forma sugerente.

¡Mamá los había visto! Recorrió una enorme cantidad de terreno a gran velocidad mientras seguía bailando el vals con mi padre y se metió a la fuerza, endosándole a Dolores a mi padre y alejándose con Luke.

—Soy la siguiente —oí que decía la tía Peggy, alisándose el vestido y avanzando con convicción.

De manera inesperada, varias tías y primas, incluso las que tenían maridos a los que les gustaba bailar, estaban formando una fila improvisada.

—Treinta segundos —dijo una voz—. Todo el mundo dispone de treinta segundos.

Parecía haber un acuerdo, y cuando el tiempo se agotaba, quitaban de en medio a su predecesora y se colocaban en los brazos de Luke para ocupar su lugar.

La tía Dolores regresó a nuestra mesa, vació su vaso de un trago agradecido y miró a su alrededor, buscando a una camarera con desesperación.

Me levanté.

—Te traeré una copa. —Luego vería cómo estaba Claire y me iría, decidí. No iba a pasar nada con Luke, era una ilusa por haber esperado lo contrario—. ¿Qué quieres?

—Un coñac grande —respondió ella—. Que me siente el estómago. Aunque no sé si volveré a estar bien.

Atravesando la pista de baile, de camino a la barra, Luke se lanzó en mi camino.

—Dos segundos, Imelda —pidió por encima del hombro. Y, a continuación, añadió para mí—: ¿Cuándo podré bailar contigo?

Eché un vistazo a la impaciente cola con tristeza.

—¡Ja! —Reí de manera forzada—. Me comerían viva.

—Rachel —dijo en voz baja—, baila conmigo.

Se me secó la boca.

De repente se quedó muy quieto, con sus oscuros ojos clavados en los míos.

—El mensaje del otro día era para ti. Me acobardé.

«Oh», formaron mis labios en silencio.

—La única mujer con la que quiero bailar eres tú —añadió.

Examiné su rostro durante largo rato. Hablaba muy en serio.

—Aquí no —dije, y se lo entregué a Imelda.

Diez minutos después, me acorraló.

Estaba de nuevo en la mesa, intentando por todos los medios concentrarme en una conversación con Angelo, cuando Luke apareció en la silla junto a la mía. No estaba ahí y, al segundo siguiente, sí. Me sobresalté al verlo.

—Entonces ¿dónde? —preguntó, con la mirada fija en mí.

—Luke, no debería haber dicho…

—¿Dónde?

Negué con la cabeza en silencio.

Él me miró fijamente.

Respiré de forma entrecortada.

—En mi casa. Ven a casa conmigo. Solo esta noche.

Luke asintió con la cabeza, su cara no delataba nada.

—Gracias.

 

«Conduce con cuidado —me recordé a mí misma otra vez—. Conduce con cuidado».

Las carreteras eran estrechas y oscuras en el campo. El faro de la moto de Luke, justo detrás de mi coche, me iluminaba el camino.

Éramos los dos únicos vehículos en la carretera.

Daba la impresión de que éramos los dos únicos vehículos del mundo.

Pensé en Quin, por supuesto que sí. Estaría muy dolido y puede que no sobreviviéramos, pero eso era algo inevitable. No se trataba exactamente de deseo, al menos no para mí, se trataba de decir un último adiós.

¿Y Kallie? No, no podía hacerme eso a mí misma. Kallie no era responsabilidad mía.

Las casas alrededor de la mía estaban a oscuras; todos dormían en sus camas. Vi a Luke apearse de la moto. Era inconfundible incluso en la oscuridad. Mientras se acercaba, me sentía como si estuviera soñando.

Entonces, de repente, volví a mi cuerpo. Eso era real.

Vaciló al llegar al círculo de luz que proyectaba la luz del porche.

—Rachel, ¿qué es esto?

—Aún no lo sé. ¿Y tú?

—Tampoco. Pero es algo…

Mi alivio fue breve.

—Luke, ¿qué pasa con Kallie?

Tomó aire.

—¿Qué pasa con Quin?

Nos observamos con tiento y llegamos a un acuerdo tácito: no era algo de lo que estar orgullosos, pero sabíamos lo que estábamos haciendo.

Crunchie ladró a Luke cuando entramos en la penumbra del pasillo, pero al cabo de un momento se tumbó boca arriba y mostró la barriga. Luke se arrodilló y la acarició, y luego levantó la vista, con esa mirada oscura tan familiar.

—¿Necesita salir?

—Benigno, el vecino, la ha sacado antes.

Crunchie intentaba lamerlo con ahínco. «Sí, yo también».

Pero bastaba de Crunchie. Silbé y señalé hacia la cocina.

—Lo siento —le susurré a su rostro apenado, cerré la puerta con firmeza, me di la vuelta… y me topé directamente con el calor del cuerpo de Luke.

Me apretó contra la pared, moviendo los pies, ajustando su postura para que sus caderas estuvieran a la altura de las mías. Enmarcó mi rostro entre sus dedos extendidos.

—Cariño —susurró contra mi boca.

Su aliento, sus labios, su calor, su dulzura… El alivio me inundó a medida que el beso se intensificaba, llenándome.

—Rachel —gruñó con su boca aún en la mía—, eres preciosa.

Desesperada por tocar su piel, le quité la chaqueta de los hombros. La prenda cayó al suelo y empecé a desabrocharle la camisa.

—Te deseaba tanto —murmuró—. Esta noche ha sido un infierno. — Nuestras manos forcejearon a la vez con sus botones—. Verte —dijo—. Desearte. Preocupado porque te fueras y…

Al separar el algodón oscuro y cálido de su cuerpo, su piel desprendió un fragante efluvio, un intenso aroma tan almizclado y dulce que me hizo gemir.

—Hueles a ti.

Luke se rio, y sus dientes brillaron en la penumbra.

—¿A quién voy a oler, si no?

—La noche que viniste, quejándote de Kate y de Devin, estabas diferente.

Se estremeció.

—Esa noche. Lo siento.

—No. Calla. —Acerqué su cabeza para besarlo de nuevo, enredando los dedos en sus rizos—. He echado de menos tu pelo —susurré.

—Yo he echado de menos todo de ti.

Acaricié la suave piel de su torso y deslicé el pulgar por la línea de sedoso vello oscuro que descendía desde su ombligo. Al llegar a la cintura, las yemas de mis dedos se dirigieron a la hebilla de su cinturón, y cuando los pasé por el metal rayado, le oí contener la respiración con brusquedad.

Levanté la vista hacia él, con repentina impaciencia. Tal vez Luke lo había entendido mal. ¿Tal vez lo había entendido mal yo?

—Oh, Dios, Rachel. —Su voz sonaba ronca—. No pares.

—Si esto es solo porque estás cachondo… Entonces no lo hagas. Por favor.

Sus manos se afanaban con algo mientras me sostenía la mirada. Oí el clic y el tintineo de su hebilla al abrirse. Cuando miré hacia abajo, vi que el cinturón estaba desabrochado, lo mismo que el botón superior.

—Soy tuyo. —Y añadió—: Si me deseas.

Podría haberme reído.

—¿Me deseas tú a mí?

Señaló su cuerpo, el grueso bulto ladeado hacia la derecha, bajo la cremallera.

—No tiene mucho sentido negarlo, ¿verdad?

Sentí la tibieza de su mano en mi muslo, que se introducía por debajo del vestido y ascendía. Se estremeció cuando las yemas de sus dedos tocaron la piel desnuda en la parte superior de mis ligas.

—Madre mía, Rachel. —Su voz sonaba ahogada—. ¿Podemos seguir con esto arriba?

Me dieron ganas de reírme. Me encantaba cuando decía ese tipo de cosas, cosas que rayaban en la cursilería.

En mi habitación, la lámpara emitía un suave resplandor. Tumbé a Luke en mi cama, sin camisa.

—Déjame hacer esto. Por favor. —Deslicé las manos por sus suaves hombros y por el revoltijo de plata y cuero trenzado alrededor de su cuello.

Lo desnudé con cuidado. Primero las botas y luego los vaqueros. Me observó con gran expectación, apoyado en los codos.

—Rachel —pronunció mi nombre con voz apremiante y grave, apretando los dientes—, ¿no podrías ir más rápido? Me muero.

—Esta será mi única oportunidad. Quiero recordarlo todo. —Le desabroché los vaqueros y se los bajé poco a poco, saboreando sus piernas cubiertas de vello, la piel más pálida de la parte superior de los muslos y luego todo el espectáculo de su entrepierna mientras su erección emergía de la ropa interior.

No pude evitar enterrar mi cara e inhalar el aroma almizcleño.

—Ojalá se pudiera embotellar.

Luke se rio, repentinamente alegre, y se levantó de la cama.

—Lo siento, cielo. —Se acercó a mí—. Se me acabó la paciencia.

La fluidez con la que me bajó la cremallera del vestido fue como un ballet. La prenda cayó al suelo y me aparté, ardiendo de deseo cuando mi piel desnuda rozó la suya.

Pero se detuvo cuando sus dedos llegaron al cierre del sujetador.

—¿Rachel? ¿Estás segura?

—Esto no es sexo —contesté—. Es la única forma de expresar nuestros sentimientos.

—Es sexo.

—Sabes lo que quiero decir —repliqué—. Bueno, yo sí lo sé. Sí, estoy segura. —Él seguía dudando, así que repetí—: Luke, estoy segura.

—¿Por qué discuto siquiera? —preguntó casi en voz baja. Y con tres o cuatro hábiles ganchos y movimientos de los pulgares, me quitó el resto de la ropa.

Me acomodó en la cama y, en el momento en que sus labios me tocaron el interior del muslo, mi cuerpo lo recordó todo. La respuesta fue tan intensa como siempre. En un momento estaba palpitando en el calor de su boca, entre breves y entrecortados jadeos.

Paró hasta que cesaron los últimos estremecimientos y rio con suavidad.

—Bien. —Parecía muy contento—. Ha sido fácil.

—Como montar en bicicleta. —Estaba flotando y aturdida—. Ven aquí. Antes de…

Su furiosa erección parecía a punto de explotar.

—¡Espera! —Chasqueó la lengua al recordar—. Mi chaqueta… — Estaba abajo, en el suelo del pasillo, donde la habíamos tirado.

—No pasa nada. —Ya estaba abriendo un cajón—. Aquí.

Sacó un cuadrado de papel de aluminio, lo abrió con los dientes, lo desenrolló a medida que se lo colocaba. Observé sus manos, que se movían de un modo que me resultaba familiar y tremendamente erótico. Y, oh, Dios, el peso de su cuerpo, la fluidez cuando cambió de posición y se deslizó dentro de mí. Le ceñí con fuerza, casi ahogándome con tantas sensaciones.

—Lo sé —susurró, con los ojos tan oscuros que parecían negros.

Estábamos pegados el uno al otro, con su mirada clavada en la mía, y aun así no estaba lo bastante cerca. Despacio, con ternura, cada movimiento tenía sentido, cada respiración parecía sagrada.

Nuestros movimientos se aceleraron hasta que, sin previo aviso, su respiración se volvió más áspera, más urgente.

—Rachel… —dijo con voz ronca—, no puedo… —Entonces se estremeció contra mí al tiempo que se le erizaba la piel.

Permanecimos aturdidos y sin palabras durante una eternidad. Podría haberme quedado así para siempre, con la cara pegada a su pecho, inspirando su olor.

—Siento que haya sido tan rápido —dijo al fin.

—Debo de gustarte mucho —repuse con un poco de humor.

—No es ninguna novedad. Pero no es que no haya… —Se detuvo de golpe.

—¿Que no hayas qué?

—Oh, ya sabes. —Se dio la vuelta y me sonrió en la cara—. Desde… ¿qué día fue? ¿El miércoles? El lugar junto al arroyo. Tú, detrás de mí en la moto. —Cerró los ojos con fuerza—. Madre mía.

—¿En serio?

—En serio.

—Cuéntame.

—Te dejé en tu casa, volví a casa de Justin y conseguí llegar a mi habitación por los pelos. Casi no me dio ni tiempo a desabrocharme los vaqueros… —Se encogió de hombros—. Cada vez que pienso en ti, se me pone dura. Y el problema es que no puedo dejar de pensar en ti. No he estado así desde que tenía catorce años. Duele. —Vaciló—. ¿Hace que resulte patético? ¿Desagradable? Te lo dije, el pasado, el presente, está todo mezclado. Soy un desastre.

«¡Oh!».

Escuchar que había pasado los últimos días tan afectado como yo me llenó de alegría. Pero la insinuación de que solo le gustaba porque sus emociones estaban descontroladas…

Me decepcionó. Me decepcionó mucho.

Sin embargo, era una prueba de realidad que debía agradecer.

—Yo también —dije—. Un desastre.

 

Nos despertamos en algún momento antes del amanecer, somnolientos y saciados, con las extremidades entrelazadas. Me penetró con un movimiento fluido, y mi cuerpo ya estaba en llamas incluso mientras todavía me maravillaba, «Ay, Dios, es Luke».

Después nos sumimos en un silencio infinito, con la cabeza sobre su pecho y rodeada con fuerza por sus duros brazos. Una profunda paz anidaba en mi alma y en mi cuerpo. Ahí, en esa cama con él, incluso la pérdida de Yara era más ligera.

Los primeros pájaros comenzaron a cantar, y la luz se coló bajo las cortinas.

—¿Estás bien? —preguntó Luke.

Me moví para verle la cara.

—Mejor que bien. Estoy muy agradecida al… ¿universo? Bueno, a quienquiera que esté a cargo, por esto.

—Dime, ¿qué tal duermes ahora? —Había compasión en su voz, no crítica.

—Sigue siendo mi punto débil, lo primero que desaparece cuando estoy disgustada. Nunca seré una de esas personas afortunadas que se apagan como una luz en el momento en que su cabeza toca la almohada. Pero estoy bien la mayor parte del tiempo.

Al cabo de un rato, le pedí que bajara a por agua.

—En la nevera —le indiqué—. Trae una botella. Ten cuidado de que Crunchie no te mate a lametazos.

A pesar de que estábamos solos en casa, se puso los vaqueros. Siempre había sido una extraña mezcla de provocación y modestia.

En su ausencia tuve que repetirme una y otra vez: «Esto es real. Esto es real. Esto es real». Luke estaba ahí de verdad y era como si los años que habíamos estado separados nunca hubieran ocurrido. Pero durante unos extraños segundos decidí aterrorizarme pensando que lo había imaginado todo, que estaba sola… y, ¡oh!, volvía con una botella verde. Con el torso desnudo y despeinado, se detuvo a los pies de la cama y me observó pensativo mientras hacía rodar la botella de un lado a otro de su torso.

—¿Qué? —pregunté.

—Siempre estás preciosa, ¿verdad? —Y añadió—: Solo… para recordarlo.

Dejó la botella. Con los ojos clavados en los míos, se bajó la cremallera de los vaqueros —debajo estaba desnudo y ya erecto, y se los quitó. Se subió a la cama con un solo movimiento fluido, y se aproximó hacia mí con aire decidido.

—¿Otra vez? —le pregunté.

—Oh, Dios, sí. Otra vez, Rachel.

 

Nos quedamos dormidos una vez más y me desperté pasadas las ocho. Tenía que irse pronto.

Abrió los ojos.

—Eres tú de verdad —dijo débilmente—. Esto parece un sueño.

—Es real. —Le pasé la mano por el estómago—. Lo sigues teniendo plano. ¿Cómo lo haces? No me digas que has empezado a ir al gimnasio.

—Nosotros… —Su voz se tambaleó—. Monto a caballo.

Le había hecho recordar a Kallie.

—Lo sé —dije de inmediato—. No deberíamos haber hecho esto.

—Ya…

—Pero no ha sido sexo de verdad —repuse—. Ha sido parte de nuestra recuperación. —Me miró en silencio y de repente sentí una vergüenza abrumadora—. Kallie no estará de acuerdo —reconocí, sintiéndome aún peor—. No me quiero ni imaginar a Quin diciéndome que se había acostado con Shiv, su exmujer, pero que no pasaba nada porque era por pena, no por lujuria. Luke, lo siento mucho. Espero que ella te perdone.

—Espera, nadie me ha apuntado con una pistola a la cabeza. Yo lo deseaba. Pero ¿qué pasa con Quin?

—Él… entiende que los humanos somos complicados. —Me costó encontrar las palabras adecuadas—. Se sentirá dolido. Y se enfurecerá. Pero puede que lo comprenda.

—Rachel, eso suena… delirante.

Una vez que lo había dicho, me di cuenta de que tenía razón. Fue como salir de un trance.

—Oh, Dios. —Cuando me di cuenta de la magnitud del posible daño, tartamudeé—: Lo siento. No debimos, no debí… En ese momento tenía sentido, pero… tenemos nuestras vidas. Nos ha llevado mucho tiempo reconstruirlas.

—Esas vidas siguen ahí —dijo—. No pasa nada. Ha sido solo una vez. No volverá a ocurrir.

—Pero yo quiero que seamos amigos. —Me mostré inflexible—. ¿Podemos intentar olvidarnos de esto?

—Por supuesto.

—¿Cuidarás de Kallie? —Estaba recordando la desolación que sentí cuando pensé que me había engañado con Mia—. Siento mucho haberle causado dolor.

—Por supuesto que lo haré, Rachel. Pero no debes…

—¿Luke? —insistí—. ¿Lo prometes?

Se tomó un momento.

—Lo prometo. Bueno, ¿me enseñas el árbol de Yara?

El temprano rocío de la mañana y el olor a tierra húmeda perfumaban el aire en el jardín. Luke, descalzo y con un jersey de lana que se había dejado Devin, miró a su alrededor para contemplar todas mis flores.

—¿Lo has hecho tú? Es increíble. ¡Espera! ¿Tienes un cobertizo?

—No sabes ni la mitad. Estoy obsesionada con las palas. Y con el abono. Por aquí. Es allí. —El cerezo en flor de Yara tenía apenas dos metros de altura, y los diminutos capullos cerrados estaban muy lejos de florecer —. Hoy no hay mucho que ver —añadí—. Pero a mediados de mayo estará… —Agité los brazos para darle énfasis—. Este derroche de pétalos rosas parecen confeti, es tan bonito, es tan ella…

—Tendré que volver —bromeó.

Luego se quedó en silencio y dejé que tuviera su momento. Mientras estaba concentrado, desprendía sosiego y movía ligeramente los labios; ¿estaba rezando? Porque me di cuenta de que entre los otros accesorios que llevaba en el cuello había una pequeña cruz de plata en una fina cadena de plata.

Siempre había tenido esa tendencia, pero parecía que se había intensificado.

Advirtió mi escrutinio y rio, un tanto avergonzado.

—Lo que sea que ayude a seguir adelante.

—¡Ja! —dije—. No soy nadie para juzgar.

—Aun sin el… ¿cómo lo has llamado? ¿El «derroche de pétalos, como confeti rosa»?, es un árbol precioso.

—¡Me alegro de que digas eso! —Su aprobación era importante—. Me ayuda. Ver que, en cierto modo, sigue viva, como algo hermoso.

De la nada cayó un manto de tristeza: todas nuestras esperanzas y todo lo que habíamos perdido. Nos miramos con cautela, pensando en la niña que no tuvo la oportunidad de vivir. Le estreché entre mis brazos mientras las lágrimas se derramaban de sus ojos y lloré con él. Era triste, era muy triste, pero estábamos llorando juntos, y eso era correcto y bueno.

Por fin volvimos a casa, y Luke se puso la chaqueta, preparándose para marcharse. El impulso de arreglarle el cuello de la camisa fue automático, pero me resistí. Eso ya se había acabado y estaba bien.

—Buen viaje. —Mi corazón se hinchó de gratitud, arrepentimiento, pena, aceptación… Demasiadas emociones para conocerlas.

—Gracias. Yo… —Luke cambió el peso de un pie al otro con torpeza —. ¿Estaremos…?

—¿En contacto?

Asintió con la cabeza. Esbozó una sonrisa. Su mano abrió el pestillo de la puerta.

Y le dejé marchar.

 

«¿Sabes que no tiene por qué ser uno u otro? No tiene por qué ser Quin o Luke. Puedes tener una vida muy feliz sin ninguno».

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