Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 59 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 59

59

 

 

En cuanto me despedí de Freya y de Eden, y ambos abandonaron las instalaciones, me dirigí al despacho, ansiosa por revisar la cadena de acontecimientos que habían provocado la recaída de Bronte. Estaba casi segura de que tenía la respuesta que había estado buscando… cuando Brianna me abordó con un paquete pequeño pero cargado.

—Supongo que es de otro cliente agradecido.

Debería haber seguido andando, pero Brianna se moría de ganas de ver qué contenía; resultó ser un trozo gigantesco de turrón.

Brianna se echó para atrás.

—Le tengo fobia, literalmente. ¿No te preocupa quedarte sin dientes al morderlo?

—No. Me encanta. —Aunque sabía de alguien al que le encantaría aún más: a Harry, el marido de Nola. Le chiflaba el turrón.

Le tenía mucho cariño a Harry. Por supuesto, él nunca me conocería tan bien como su mujer porque Nola lo sabía todo, literalmente, sobre mí. Pero, por el mero hecho de que me abriera la puerta docenas de veces al año, había acabado cogiéndole un gran afecto.

Debe ser raro ser la pareja de una madrina, ver cómo llega gente a tu casa, en toda clase de estados, buenos y malos, y no saber ningún detalle al respecto.

Luke se había visto en esa misma posición. Como aquella época en que yo era madrina de una mujer encantadora llamada Jessamay, quien lo iba llevando muy bien y, de repente, había recaído tres veces en cinco meses. Su novia, Britt, la amenazó con marcharse si volvía a hacerlo. Acabó cumpliendo la amenaza: se largó en cuanto Jessamay metió la pata de nuevo.

Jessamay me llamó totalmente hundida, y le dije que fuera a mi piso. No sé cómo, Luke llegó a la puerta primero y Jessamay se le echó encima.

—¡Oh, Luke! ¡He recaído! ¡Britt me ha dejado! ¿Podrías hablar con ella, por favor, decirle…?

Luke me miró aterrado.

—Lamento oír e…

—Jessamay. —La cogí de la mano, la llevé a mi dormitorio e intenté calmarla. Hablamos largo rato y luego fuimos a una reunión. Después la acompañé a su piso.

Cuando por fin llegué a casa, Luke se levantó del sofá como un resorte, muy angustiado.

—¿Está bien? ¿Britt la ha dejado de verdad? —Luego añadió—: Lo sé. No es asunto mío. No puedes hablar de ello. Pero eso ha sido muy duro de ver.

Apreté los labios en un intento de que las palabras quedaran atrapadas en mi boca.

—Sé que no puedes contármelo —repitió Luke—. Pero ¿de verdad se ha largado Britt? ¿Y si no vuelve?

—Tal vez sea lo mejor. —Con esa respuesta no estaba revelando nada confidencial, me dije a mí misma. Era una respuesta hipotética a una pregunta hipotética.

—¿Qué? ¡Rachel, no! —Luke parecía ofendido, enfadado, incluso—. ¿Por qué?

—Escúchame, bobo romántico. ¿Cuántas veces te he dicho que si un adicto no pierde algo no tiene ningún incentivo para cambiar?

—Ya. —La respuesta, sin embargo, no le gustó.

—De hecho, si… aunque esto no va a pasar… si yo recayera alguna vez, no podrías quedarte conmigo.

—¿Y si quisiera quedarme?

Me eché a reír.

—No querrías quedarte. No sería yo misma. Y no me estarías ayudando, estarías haciendo justo lo contrario.

Negó con la cabeza.

—Esto de que quien te quiera te hará llorar es muy duro. No me gusta. No me gusta ni un pelo.

 

Cuando revisé la cadena de acontecimientos que habían empujado a Bronte a recaer, me llevé tal alegría que, literalmente, me froté las manos. Nada más volver al grupo después de comer, me lancé.

—¿Bronte? ¿Te ha alegrado ver a Freya?

Se le iluminó la cara.

—¡Me ha dejado bouleversée!

—¿Qué ha dicho? —preguntó Dennis.

—Palabra francesa —contestó Chalkie—. Quiere decir «ha molado un huevo».

—La adoro —dijo Bronte—. Adoro a mis tres hijos.

—Entonces ¿cómo puedes ser una buena madre y meterte heroína a la vez?

—Pero ellos no estaban ahí. —Parecía sorprendida—. Estaban lejos, en la escuela. Nunca tomé drogas con ellos en casa.

«¿De verdad?». Bueno, tal vez. Encajaba con la versión de los hechos que nos había contado Freya.

—Cuando te casaste… en general… dejaste de tomar heroína, ¿verdad? Pero volviste a empezar hace unos seis años, ¿no? ¿Por qué?

—Pues no lo tengo muy claro…

—¿Tu hijo menor tiene trece años? ¿A qué edad fue al internado?

—A los siete.

—¿Cuántos años han pasado desde entonces?

—… Seis.

Esperé un rato para que pudiera asimilarlo.

—Eden te envió a rehabilitación hace cinco años, ¿verdad? Y te desenganchaste y has estado limpia hasta hace ocho meses, ¿no? Antes de romperte el tobillo, ¿cómo te iba? ¿Se había producido algún cambio en tu vida? ¿Grande o pequeño?

Puso los ojos como platos.

—No, que yo recuerde.

—Vayamos para atrás. Tuviste el accidente en junio. ¿Qué más ocurrió el junio pasado?

—Hummm. Casi todas las yeguas habían parido…

—¿Pasó algo con tus hijos? ¿Con Freya? ¿Acabó el instituto, hizo la selectividad, volvió a casa? ¿Cuánto tiempo estuvo contigo?

—Dos semanas.

—¿Esperabas que se quedara más tiempo?

—Creía que había vuelto a casa para siempre. Para estudiar Ciencias Equinas en la uni de Dublín.

—¿Y qué pasó?

Se le contrajo la cara.

—Eden le consiguió unas prácticas en un banco. En San Francisco. Fue una gran sorpresa para Freya. Y para mí. Según él, cuando termine el año que va a estar en el banco, en lugar de ir a la uni en Irlanda, Freya va a hacer Económicas en Durham.

—¿Cómo te sentiste al respecto?

—Me sentí fatal —respondió con un hilo de voz—. Nosotras… Freya y yo… teníamos unos planes maravillosos, íbamos a trabajar juntas con nuestros caballos. Estábamos las dos muy emocionadas. Había sido una agonía estar lejos de ella, lejos de los tres. Pero había aguantado porque sabía que llegarían tiempos mejores. Entonces me enteré de que acabar con el internado significaba que la vería aún menos que nunca.

—Así que te caíste del caballo.

Sobresaltada, preguntó:

—¿Estás sugiriendo que lo hice a propósito?

—¿Lo hiciste? Mirémoslo de otro modo. Habías estado esperando mucho tiempo a poder tener una relación como es debido con tu hija y, entonces, te enteras de que nunca vas a disfrutar de esos momentos tan especiales entre madre e hija que tanto habías estado deseando compartir con ella. ¿Te sentiste…?

—Desolada.

—Entonces te caíste del caballo. No dudo de que sufrieses un gran dolor físico. Pero conocías de sobra los medicamentos que te ofrecieron. Sabías que adormecerían la angustia que sentías por lo de Freya. Sí, había muchas maneras de calmar el dolor por ese hueso roto. Pero solo una capaz de anestesiar la pérdida de Freya —me encogí de hombros—: la heroína.

Dennis dio un grito ahogado. Aunque, para ser justa, todos se quedaron pasmados, pensando que yo era una especie de bruja.

—Así que es culpa de Eden, ¿no? —preguntó Bronte.

—Eres tú la que toma heroína.

—Pero Eden es tan… —Se calló de golpe.

—¿Tan prepotente? —sugirió Dennis—. ¿Mandón?

—¿Déspota? —dijo Chalkie—. ¿Autoritario? ¿Dominante? ¿Un tocapelotas?

—A mí me ha parecido encantador —murmuró Ella, lanzándole una mirada malévola a Bronte.

—Basta —intervine—. No estamos hablando de él.

—Oh, Rachel, con lo bien que me lo estaba pasando —comentó Chalkie.

Sí que parecía que Eden Tollemarche era bastante tirano, pero The Cloisters no era un paraíso de la reinvención al que iban las mujeres sometidas para recuperar su vida. Bronte ya arreglaría su matrimonio más adelante —o quizá no, a saber—, pero por mucho que me hubiera encantado meter baza en ese asunto y darle toda clase de consejos sobre cómo debía vivir su vida, mi trabajo consistía únicamente en ayudarla a estar —y, lo más importante, permanecer— limpia.

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