Otra vez, Rachel
Capítulo 45
45
—Sabía que ella estaba bebiendo mucho. —Gemma Kaye se llevó un pañuelo de papel a los ojos—. Demasiado. —Esa pobre mujer era la madre de Tegan, la amiga de Harlie—. Pero nunca pensé que se fuera a morir.
Carraspeé; oír aquello era muy duro.
—Cuando los policías llamaron a nuestra puerta el domingo por la mañana… —tenía la voz ahogada por la emoción—, fue el peor momento de mi vida.
¿Quién sabe qué clase de mujer había sido antes de que su vida diera un giro tan dramático? Lo que estaba claro era que había vivido algo devastador. Se había dejado totalmente: llevaba la ropa muy holgada y tenía la piel gris y ajada.
—Harlie —imploró—, si no puedes dejarlo por ti misma, ¿por qué no lo haces por tus padres? No quisiera que nadie pasara por lo que yo estoy pasando. Darragh, mi marido, lleva en paro desde entonces. Toma pastillas. Te aseguro, cariño, que nunca superaremos esto.
Harlie permaneció imperturbable y me quedé petrificada por el pánico: ¿y si no podíamos avanzar más con ella?
—Si me hubieran dado a elegir, habría preferido morir —dijo Gemma —. Si no fuera por Darragh, estaría muerta.
Trassa estaba llorando abiertamente… y algo le pasaba a Chalkie. No decía esta boca es mía, tenía los ojos desorbitados y parecía estar… ¿horrorizado?
—Harlie, eres joven —suplicó Gemma—. No puedes ni imaginarte qué se siente al ser madre y perder a tu niña. No hay nada peor, eso te lo puedo asegurar ahora.
Oh, Dios, entonces era yo la que estaba a punto de llorar.
—La quería tanto, siempre la querré, siempre será mi niña, y nunca dejaré de sentir este dolor.
Súbitamente, me puse de pie. Ya era suficiente… para todos. Y hacer sufrir más a Gemma habría sido cruel. Me la llevé a tomar un té y, cuando ya estuvo en condiciones, la metí en un taxi y la envié a casa.
Cuando volví a entrar, Brianna me abordó.
—Chalkie te está buscando. Está fuera, ahí atrás, fumándose un cigarrillo.
Me lo encontré solo en el jardín, donde un grupo formado por otros fumadores lo miraba con preocupación.
—¿Chalkie?
Ay, Dios, qué mirada.
—Acompáñame. —Lo llevé hasta una de las consultas más acogedoras —. Siéntate.
—No puedo. —Apretó los dientes.
—¿Qué te pasa, Chalkie?
—Al oír hablar a esa mujer —no paraba de andar arriba y abajo— sobre cómo amaba a su pequeña, me he puesto a pensar en mi madre. Ella… se largó y me abandonó, joder, cuando no tenía ni tres putos años, Rachel.
—Estás furioso. —Ya era hora.
—Estoy cabreado de co… —Casi gruñó—. Si estuviera aquí, la mataría, me cago en la puta.
—¿Crees que no te quería?
—No me jodas, pues claro que no. —Estaba sufriendo tanto que me costaba mirarlo—. Si me hubiera querido lo suficiente, no habría muerto.
—¿Dices eso a pesar de que sabes lo fuerte que es la adicción, Chalkie? Cuando estás en sus garras, no puedes elegir.
—Sí. Eso es lo que más asco me da… ¿Cómo puedo estar enfadado cuando yo también soy un yonqui? Pero lo estoy, Rachel, lo estoy, joder.
—Sabes que puedes sentirte así, ¿no?
Puso los ojos en blanco.
—La gente…, o sea, los profesionales…, me dicen que soy un yonqui por culpa del gran vacío emocional que dejó mi madre.
—¿Y?
—Es muy simplista. «Buscas un hogar». Esa es la conclusión obvia, ¿verdad? Pero hoy, cuando esa mujer estaba hablando, he notado una sensación… Ha sido como una avalancha… y creí que iba a vomitar.
—¿Y lo que has sentido era…?
—Ira. Estoy cabreado de cojones, Rachel. Quiero matar a alguien. No. Quiero salir por esa puerta, ir a la ciudad, comprarme una bolsa enorme de caballo y metérmelo en vena.
—Pero no lo harás. No mientras yo esté aquí.
—Hablo en serio —dijo muy nervioso—. No quiero hacerlo, pero no puedo lidiar con estos sentimientos. Tengo que hacer algo.
—Vale. —Cogí el teléfono y llamé a Brianna—. Busca a Giles. Tráelo a la habitación siete, gracias.
—¿A Giles? —farfulló Chalkie—. ¿Para qué quieres a ese capullo?
Levanté un dedo para pedirle que se callara y llamé a Waldemar por el walkie-talkie.
—Soy Rachel. ¿Puedes venir a la habitación siete?
—¿Qué ocurre? —inquirió Chalkie—. En serio, Rachel, me…
Llamaron a la puerta, era Giles, y Waldemar le pisaba los talones.
—Giles —dije—, Chalkie necesita tu ayuda…
—… ¡los cojones!
—Waldemar, ¿tienes las llaves de la puerta? ¿Y del cobertizo? ¿Sí? Vale, chicos, vámonos.
Como fui a toda prisa (después de todo, tenía una cita para recibir un Tratamiento Facial con Pistola de Carboxy que no me quería perder), a los tres hombres les costó seguirme el ritmo mientras me dirigía a los jardines.
Waldemar abrió la puerta que daba al campo pelado y nos guio hasta el cobertizo.
—¡Madre mía! —exclamó Giles—. Es un gimnasio.
Oh, no lo era en realidad. Aunque había un saco de boxeo gigante que pendía del techo y una caja llena de guantes de boxeo, pelotas de tenis, combas y demás parafernalia básica para mantenerse en forma.
—¿Qué necesitas? —me preguntó Waldemar.
—Unas raquetas y unas pelotas de tenis.
—¿De tenis? —Chalkie no se lo podía creer—. No voy a jugar al puto tenis. Y menos con él.
—Venga ya —repuso Giles—. ¿Quién se perdería la oportunidad de (cómo lo describiste) pavonearse y chillar: «Cuarenta iguales»?
Ojalá no hubiera dicho eso. Chalkie era peligrosamente inestable; estábamos corriendo un riesgo de la hostia.
Rápidamente, le quité una raqueta a Waldemar y se la di a Chalkie.
—Sal ahí y dale a esa pelota. Giles te enseñará cómo hacerlo. Hazlo hasta que te agotes. Hazlo hasta que se te pase el cabreo.
—Ni de coña.
Lo agarré de la muñeca con fuerza.
—Hazlo. La ira volverá, seguirá volviendo. Cuando lo haga, se lo dirás a Waldemar o a Florian, y ellos te prepararán el saco de boxeo, o Giles jugará al tenis contigo… ¿verdad, Giles?
—Por supuesto.
—Es viernes. —Miré con determinación a Chalkie—. Ahora me voy a marchar, pero cuando vuelva el lunes por la mañana, más te vale que sigas aquí.
Estaba tan furioso que me fulminó con la mirada.
—¿Vale?
Siguió sin hablar.
—Si te vas —le prometí—, te encontraré y te mataré.
—Tiene un talento especial para eso —le aseguró Waldemar.
Me estremecí. No era momento para hacer bromas. Pero como Chalkie no le había dado un empujón a Giles ni había salido corriendo hacia la puerta, decidí mantener la esperanza.
De vuelta en la casa, les dije a los trabajadores del turno de fin de semana que tuvieran mucho cuidado con Chalkie y tampoco les quitaran el ojo de encima a Trassa, Harlie, Dennis y Ella (había sido una semana tremenda); a continuación, me fui a por mi tratamiento facial.
Unas carcajadas y unos chillidos me saludaron al abrir la puerta. Devin debía de estar en casa. A menos que Kate hubiera empezado a hablar sola. Y si teníamos en cuenta los antecedentes genéticos de los Walsh, todo era posible.
No, ahí estaban los dos, en la cocina, preparando algo.
—¡Hola, Rachel! —Kate parecía tan feliz…
—¡Hola! —Devin asomó la cabeza por detrás de ella.
—Hola. —Le sonreí mirándole a los ojos mientras pensaba: «No me importa NADA oír los ruidos que haces cuando te corres».
—Hemos hecho la cena —dijo Kate—. Ya solo hay que meterlo en el horno una hora. ¿Cenarás con nosotros?
—Sí, claro. Será genial. Gracias. —«Mierda».
—Mientras, ¿puedo pedirte un favor? La fiesta sorpresa de la abuela… ¿Puedo cogerte algo prestado?
—¡Claro! Bueno, si encuentras algo. —No me iban demasiado los vestidos de fiesta.
—¿Puedo echar un vistazo a las cosas vintage que tienes en el cuarto de invitados?
Llamar a eso vintage era exagerado. Solo era ropa vieja que no me había puesto en años pero a la cual todavía tenía cierto cariño.
—Sí, quizá haya algo ahí dentro.
—¡Genial! ¿Echamos una ojeada? —Kate le dio un toquecito a Devin, y ambos subieron a todo correr por las escaleras.
No mucho después, Kate gritó:
—¿Rachel? ¿Podrías subir aquí?
En el minúsculo dormitorio pude ver que no cabía en sí de gozo.
—¡Este! —Sostenía en alto un vestido de noche vintage de color azul oscuro… que era vintage de verdad, de 1980. El corpiño emballenado carecía de tirantes y tenía bordados unos planetas metálicos, la falda era una explosión de tul—. ¿Puedo probármelo? —Se agachó para quitarse las mallas; después, la muy remilgada se sonrojó y ordenó a Devin—: Mira para otro lado.
—¿Ahora eres tímida? —Con una lenta sonrisa, se volvió hacia la ventana.
—Ya te diré cuándo mirar —le dijo a su espalda—. Rach, ¿puedes subirme la cremallera?
La cremallera subió sin problema; la tela brillante se le ciñó a la cintura y las costillas; la melena ondulada le cayó sobre los hombros desnudos. Estaba preciosa. Al mirarse en el espejo, tiró del tirante del sujetador.
—Me va a hacer falta un sujetador sin tirantes.
Yo nunca había llevado sujetador. La primera década del siglo XXI había sido una época muy distinta.
—Dev —dijo—, ya puedes mirar.
Él se volvió… y se quedó ligeramente boquiabierto.
—Gatita, estás tremenda. ¡Madre mía!
—¿Ah, sí? —Le brillaban los ojos como si fueran estrellas—. Aunque todavía le falta… algo.
—Ponte un pañuelo en el pelo. Sí, un pañuelo te quedará bien con esa melena grande y alborotada. Y quizá deberías llevar un collar. ¿Unas cruces?
A pesar de los molestos ruidos que hacía durante el sexo y el agua que había desperdiciado en la ducha aquella mañana de la semana anterior, Devin estaba empezando a caerme bien. Era admirable que mostrara tanto entusiasmo sin disimulo por el aspecto de su novia.
—¿Cuándo te ponías esto? —me preguntó Kate.
—Cuando iba a fiestas, quizá hace quince años, después de desengancharme y mudarme a Nueva York. Era El Mejor Vestido del Mundo.
Eché un vistazo a las perchas del armario, y cada prenda me trajo recuerdos de otra vida. Entonces mis dedos acabaron aterrizando sobre un picardías rosa, de satén resbaladizo. Lo saqué, junto al cárdigan corto y suave que iba a juego y un bolsito ridículo.
—¡Madre mía! —exclamé—. Me encantaba este conjunto.
—Es mono. —A Kate no le interesaba demasiado, pero yo tenía que hablar de él.
—Lo llevé en la boda de Johnno y Elaine, alrededor de 2006. Íbamos tan mal de pasta que no tenía nada que ponerme, pero Luke vendió un disco, uno muy raro…
—¿Cuál era? —preguntó Devin.
—Un álbum de Led Zeppelin… —Intenté recordarlo—. ¿La edición limitada de Houses of the Holy?
—¡Uf! —Devin hizo una mueca—. Qué dolor.
Me eché a reír.
—Eres demasiado joven para conocer a Led Zeppelin.
—Como para no conocerlos cuando uno tiene un tío como Luke. — Negó con la cabeza—. Vender eso debió de dolerle.
—Sííí. —Yo todavía estaba sumida en mis recuerdos románticos—. Supongo. —Acaricié la escurridiza tela—. Pero se lo compensé.
Al salir de mi ensimismamiento, me fijé en que los dos me miraban un tanto avergonzados y estallé en carcajadas. Ya sabían cómo me sentía.
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