Otra vez, Rachel
Capítulo 75
75
—Hace seis semanas pensaba que estabais locos de remate. —Trassa se había subido a una silla de la cocina y, tambaleándose un poco, contempló la habitación repleta de caras sonrientes—. Solo había venido para que mi hijo pagara mis deudas. Pero, gracias a Rachel y a todos los de mi grupo, ahora sé que soy adicta al juego.
Lowry la miró con los ojos entornados, divertido y desdeñoso.
—Se me rompió el corazón, de verdad que sí, al ver que tenía que dejarlo. Pero me había convertido en una prisionera. Y ahora, a los sesenta y ocho años, por fin soy libre. —Recibieron sus palabras con gritos y vítores—. Tengo que trabajar mucho en mí y recuperar la confianza de mi familia; no será fácil, pero lo haré paso a paso. Ahora veamos si puedo bajar de esta silla sin dar un espectáculo. ¡Chalkie! ¡Dennis!
Ayudaron a Trassa a volver a tierra firme en medio de un caluroso aplauso. Mientras todos los demás se abalanzaban sobre la tarta, Trassa se acercó a mí.
—Gracias por hacerme esa pregunta. —Le temblaba la boca—. Ya sabes… aquel día.
—No, no, gracias a ti. —Jamás sabría lo agradecida que le estaba porque, a pesar de mi recaída, había sido capaz de ayudarla.
»¿Irás a las reuniones de manera regular? —pregunté—. ¿Trabarás amistad con otras personas en recuperación? ¿Asumirás un compromiso de servir y buscarás algún tipo de poder superior?
—Lo haré. —Asintió de forma enérgica—. Por supuesto que lo haré.
Había dejado que todo eso se desvaneciera en los días y semanas posteriores a la muerte de Yara. No era de extrañar que las cosas se hubieran torcido.
—Has sido muy valiente —le dije.
Nos dimos un fuerte abrazo y luego tuve que marcharme, para intentar arreglar las cosas con Luke.
Eran casi las seis cuando, siguiendo el arroyo y su murmullo, emergí de entre los árboles de Morrigan’s. Luke estaba en un banco de madera, iluminado por la luz del sol. Las sombras proyectadas por las ramas se movían sobre la mesa.
Se levantó al verme.
—Siento llegar tarde. —Estaba muy nerviosa; impaciente, aunque temerosa de admitir mis fallos—. El trabajo.
—No pasa nada. —De hecho, esbozó una sonrisa—. Esto es precioso. Es tranquilo. Siéntate. Asegúrate de que te dé el sol.
—Julio al sol, enero a la sombra —contesté.
—¿Qué te apetece? —Señaló el interior de la cafetería—. ¿Té de menta? ¿Algo de comer?
Me protegí los ojos para mirarle. Llevaba unos vaqueros oscuros y una camisa blanca holgada a la que parecía faltarle la mitad de los botones.
—Solo un té de menta.
La angustia, la furia y la pena de nuestra última conversación delante de mi casa parecían haberse esfumado.
«Va a ir bien».
Una taza y un plato llegaron a la mesa.
—Te he traído una porción de rocky road. —Volvió a ocupar su sitio frente a mí.
«De acuerdo. Vamos allá».
—Luke, quiero disculparme. Lo que quiero decir es que me estoy disculpando de verdad. Lo siento de veras. Ahora lo entiendo. Recaí, con toda la deshonestidad que conlleva. Fue un infierno para ti.
Parecía un tanto aturdido.
—Oh, entiendo… Yo, eh, gracias…
—Yo tuve la culpa —dije—. Que te fueras… La culpa fue solo mía. Pero no me había dado cuenta hasta hoy. Con sinceridad, pensé que, como las pastillas me las había recetado un médico, estaba justificado. —Luke guardaba silencio mientras escuchaba con atención—. Yo conocía los hechos. Los conocía, Luke. Pero la imagen que conformaban no era un problema: mi bebé había muerto y yo no podía dormir. Pensé que tomar las pastillas era algo temporal. Que dejaría de hacerlo cuando la pérdida fuera más soportable. Creía de verdad que era una elección… Parece una locura, pero nunca lo consideré una recaída.
—Aaah, vale, dame solo un… —Tomó aire una vez. Luego otra—. Hace tanto tiempo que esperaba escuchar esto y ahora no sé qué decir… Vale, responde a una cosa: ¿por qué creías que te había dejado?
—Pensaba que me culpabas por lo de Yara.
—¿Cómo pudiste…?
—Porque yo me culpaba, Luke.
—Madre mía. Vale. —Siguió una larga pausa—. Lo cierto es que yo también lo siento —añadió finalmente—. Fui demasiado duro contigo. Cuando me marché, estaba muy enfadado y muy dolido porque habías elegido las drogas antes que a mí. Pero había olvidado lo poderosa que es la adicción. Al cabo de un año… o quizá más… el tiempo suficiente para tomar distancia, empecé a preguntarme si habría manejado las cosas de otra forma de no haber estado tan destrozado por lo de Yara.
¿Oh?
—Los dos primeros años en Denver bebía demasiado. Entonces dejó de funcionar, no me aliviaba para nada. Recuerdo que una noche pensé que daría cualquier cosa para que esto parara. En ese momento tendría que haber comprendido cómo había sido para ti. Estabas sufriendo, había algo que aliviaba tu sufrimiento y lo tomabas.
—No. Estás siendo demasiado amable. Y te creo sobre Mia…
—Jamás habría hecho eso. Ya sabes cómo era. Tan… no sé… tan cuadriculado.
—Yo diría «estable», Luke. O «leal». Eras un hombre decente. —Sentía el corazón maltrecho y dolorido—. Lo siento, Luke, éramos felices y lo estropeé todo.
—Aun así, nuestro bebé había muerto. —Negó con la cabeza con suavidad—. Nada podía arreglar eso.
—Quizá podríamos haberlo superado. La gente lo hace. —Me callé porque no servía de nada pensar así.
Él meneó la cabeza de nuevo.
—Hay que afrontar las cosas según se presentan. —Al cabo de un silencio prolongado, Luke preguntó—: ¿Cómo estás ahora? ¿Ahora mismo?
—Creo que sigo en estado de shock. Juro por Dios que en todo este tiempo jamás pensé que estuviera equivocada. Antes del funeral de tu madre tenía una buena vida. Ahora está patas arriba, ¿sabes? Resulta desconcertante estar abatida por una época que ya he superado.
Asintió con la cabeza.
—Pero todo se arreglará —dije—. Y a la gente le pasan cosas peores. Mucho peores. Por ejemplo, nunca dejaré de estar triste por Yara, pero ahora puedo vivir con ello. ¿Y tú?
—Lo mismo. Ya no estoy enfadado contigo; es de gran ayuda saber que tu versión de la realidad coincide con la mía. Aunque no llegamos a conocer a Yara, sigo estando muy agradecido por ella.
—Oh, Dios, yo también. —Se me quebró la voz—. Nunca cambiaría eso.
—Y siempre me alegraré de que tú y yo estuviéramos juntos. —Su voz era ronca—. Fuiste el amor de mi vida.
Se me cortó la respiración.
—Y tú fuiste el mío.
—Pero aún nos queda mucha vida por delante. Todavía somos jóvenes. Más o menos. —Con una sonrisa deslumbrante, añadió—: Habrá otros amores de nuestras vidas.
Asentí con la cabeza, impresionada por su sabiduría, por nuestra sabiduría, por nuestra madura perspectiva.
—¿Rachel? —Su tono cambió—. ¿Qué te llevó a dejar de tomar pastillas?
—Sé que puede parecer una locura, pero creo que fue Yara… —Me encogí de hombros, casi avergonzada—. Creo que ella quería que lo hiciera. Una buena mañana, como dos meses después de que te fueras, vi un arcoíris. Fue más que eso, fue casi como si el arcoíris entrara en nuestro apartamento: los colores se reflejaban en el suelo de nuestra habitación. ¿Recuerdas que en la fiesta de tu padre te dije que siempre había pensado que los arcoíris eran mensajes de Yara…?
—Lo recuerdo. —Parecía triste—. Pero ¿has olvidado que habíamos hablado de ella, de los arcoíris, una semana antes de que… antes de que… me fuera? Los había visto, estaba seguro de que eran señales, mensajes, como quieras llamarlos. Tú y yo estábamos… hablando sobre tus pastillas, cuando un arcoíris apareció al otro lado de la ventana de la cocina. Te conté mi teoría, te gustó y dijiste que ibas a dejar de tomarlas. Estaba convencido de que estarías bien, de que estaríamos bien. Pero entonces tú…
… seguí tomando pastillas. Lo recordé y me arrepentí.
—Oye —repuso—. No pasa nada. Para ya. Por favor.
El sol estaba bajo en el cielo; el calor del día se había desvanecido de golpe. Me froté los brazos, deseando haberme puesto algo más que una camiseta y unos vaqueros.
—¿Sabes que tu madre me ha invitado a su fiesta sorpresa? —dijo Luke —. ¿Y bien? ¿Nos vemos allí?
—Aaah, estaba pensando en no ir…
—¿Qué? ¿Por qué?
—La idea de que todas mis tías se rían de mí porque te marchaste…
—Oye, pues no voy.
Me lo pensé.
—Puedes venir. No pasa nada, no me siento tan… humillada. Tuviste que dejarme, aunque no pienso explicárselo a la tía Imelda.
—No voy a ir si vosotros no vais. Quin y tú.
—Genial. —Sin duda Quin y yo estaremos bien de nuevo para entonces, ¿no?—. Allí estaremos. —Morrigan’s estaba cerrando—. Hora de marcharnos.
Luke cogió su chaqueta y nos pusimos de pie.
—He venido en moto —dijo—. Está en el camino.
—Yo he venido andando.
—¿Qué vas a hacer esta noche? —preguntó mientras volvíamos a salir entre los árboles.
—Reunión del comité para la fiesta de mi madre. La última antes de la gran noche. Oye, Luke, ¿puedo preguntarte una cosa? —dije—. Cuando Joey llamó para contarme lo de tu madre, ¿lo hizo por iniciativa propia o…?
—Se lo pedí yo.
—¿Por qué?
Se quedó mirando a media distancia.
—Porque incluso cuando más furioso estaba, nunca dejé de querer que estuvieras bien. —Se quedó callado—. Ahora voy a decirte una cosa y puede que te… Esto es espeluznante. Una especie de acoso. Pero le pedí a Joey que te echara un ojo.
—¿Que me echara un ojo?
—Sí. Bueno. Necesitaba saber que estabas bien. Que seguías viva, más bien. No los pequeños detalles, no estoy tan mal de la cabeza. Sino las cosas importantes, como que te mudaste a Irlanda. Que conseguiste un trabajo en The Cloisters… de lo que deduje que estabas limpia de nuevo.
Una maraña de emociones se apoderó de mí: humillación, profundo interés, indignación y, de nuevo, interés. Así que ¿todavía le importaba?
—¿Cómo lo hizo Joey?
—Mediante Instagram, sobre todo.
Bueno, eso le había costado lo suyo. Apenas había publicado nada durante un par de años después de que Luke se marchara. Incluso entonces, alrededor del noventa por ciento de mi contenido era sobre Crunchie siendo adorable.
—¿Por qué lo hiciste? —pregunté.
—Porque te quería. Eso no terminó de golpe y porrazo. —Después de titubear, añadió—: Sabía lo de Quin. —Tenía una expresión traviesa—. Eso sí que fue duro. ¿Qué? ¿Acaso no era lo bastante machote para ti?
—Mira quién fue a hablar. Kallie y tú.
—Sí, fíjate. —Sonrió—. Hemos sobrevivido. Hemos reconstruido nuestras vidas. Después de lo que perdimos, deberíamos estar orgullosos. Como mínimo, agradecidos.
Llegamos hasta su moto y nos detuvimos.
—Me voy por ahí. —Señalé un desvío de la carretera—. Hay un atajo campo a través. Luke, ¿crees que podríamos intentar ser amigos? ¿Aunque solo sea para hablar una vez al año, en el aniversario de Yara?
—Claro. Por supuesto. Podríamos intentarlo.
Me acordé de otra pregunta a la que quería dar respuesta.
—Luke, la otra noche en mi casa… ¿Cuándo fue, el jueves…? ¿Por qué dijiste que ibas a entrar y te marchaste de inmediato? ¿Qué me perdí?
—No dije que fuera a entrar, dije que me gustaría.
—¿Qué?
—Dedúcelo, Rachel.
—¿Que lo deduzca? —Volví a repasar la frase en mi cabeza.
«Oh. ¿En serio?».
Apenas podía hablar.
—Pero…
—Mi madre murió hace menos de un mes. El pasado, el presente, está todo mezclado en mi cabeza. Estoy hecho un lío, cariño. —Se detuvo, avergonzado—. Viejas costumbres. Siento haberte llamado…
—Cariño. —Esa única palabra trajo una multitud.
—Eso. —Tomó aire—. Rachel, tienes que saber que, aunque estaba muy enfadado cuando me fui de Nueva York, aquello pronto se convirtió en culpa. Y, Dios, cuánto te echaba de menos.
—Luke…
El ambiente se tensó de repente.
Parpadeé en un intento de romper la tensión.
Sus ojos estaban fijos en los míos. Entre nosotros bullía la irresistible atracción que una vez habíamos compartido, poderosa y familiar.
No quería eso, pues era peligroso. Pero reaccioné como hacía en el pasado.
Me sorprendió al deslizar la mano alrededor de mi cintura, su dedo índice bajo mi camiseta, sobre la piel desnuda por encima de mis vaqueros. Nuestros cuerpos se tocaron con un único y fluido movimiento.
Abrumada por la intensidad de mi repentino deseo por él, observé su rostro en busca de pistas sobre lo que debía hacer. Para mi incredulidad, sentí que empezaba a ponerse duro contra mí. Me sostuvo la mirada; él sabía que yo lo sabía. Casi sofocada por tanta intimidad, dejé de respirar.
—¡Joder! —Dio un paso atrás y se apartó de mí—. Rachel, lo siento. Lo olvidé, yo…
—No pasa nada —logré decir, aturdida, rechazada.
Estaba respirando de nuevo, y el oxígeno no me llegaba lo bastante rápido, tuve que luchar contra el impulso de jadear.
—Por un momento… —ya podía mirarme—, me he sentido confuso. — Con una risa incómoda, añadió—: No soy capaz de controlarme contigo. Y sin Kallie aquí…
¿Qué… significaba eso? ¿Que porque no estaba allí Kallie para tirársela, cualquiera le servía? ¿Incluso alguien tan repulsivo como su exesposa drogadicta?
Me quedé pasmada.
—Me voy ya.
Parecía que le había pillado por sorpresa.
—Uh. Claro, sí. Cuídate…
Cabrón.
Maldito cabrón.
Atravesé el campo a paso rápido, tratando de poner distancia entre ese desgraciado y yo.
Madre mía, había cambiado. Antes era un buen hombre, pero en ese momento era…
—¡Rachel!
Me giré. Su silueta se aproximaba en medio de la noche que avanzaba.
—¿Qué? —Mi tono era cortante.
—Lo siento. —Le faltaba el aire—. No quería que sonara así. Como si dijera que, si Kallie no está aquí para… ocuparse de mí, soy un incordio que se tiraría cualquier cosa. —Yo seguía esperando una explicación—. Al estar en Irlanda, al verte, parece que no haya pasado el tiempo. Soy un desastre. Kallie me mantenía anclado a la vida que tengo ahora. Pero desde que ha regresado estoy… Tengo un montón de emociones, la mayoría del pasado, aunque parece que acaben de surgir. Estoy confuso y no debería haberte tocado… Lo siento mucho.
—No pasa nada. De verdad. —Lo decía en serio. Me había afectado tanto como a él. Hasta tal punto que tuve que alejarme de él—. No te preocupes. Nos vemos el sábado.
—Vale, nos vemos… ¡Oye! ¿Vas muy lejos? —preguntó. Yo me giré una vez más hacia él—. Casi es de noche —explicó—. Aquí fuera está oscuro. Ven conmigo y te llevo a casa en la moto.
No. Después de lo que acababa de ocurrir, estaba asustada.
—No es necesario.
—Pues te acompaño a pie.
—Pero ¿cómo vas a volver a por la moto? —Y añadí—: Vale. Es más fácil acceder que pasar quince minutos discutiendo a oscuras en medio de un campo.
Luke se rio con sincero regocijo. Me sorprendió escucharlo tan alegre, aunque tal vez no debería haberlo hecho, ya que en otro tiempo él había sido así.
Insistió en que me pusiera su casco cuando llegamos a la moto. Una vez más, fue más fácil seguirle la corriente. Me sentía dividida; desesperada por él, pero aterrorizada por mi deseo. Cuanto antes me subiera a la moto, antes podría bajarme.
Él se montó primero, pasando la pierna con facilidad por encima, y yo me subí detrás de él.
—¿Ya? Agárrate fuerte. —Quitó la pata de cabra y nos pusimos en marcha.
Le rodeé la cintura con cuidado y recorrimos las estrechas carreteras de forma veloz, hasta que un brusco giro me apretó contra él. Resultaba muy difícil resistirse al calor de su cuerpo y me permití relajarme, apoyándome contra su espalda e inspirando el olor del cuero.
«Si bajaba la mano unos diez centímetros, podría ahuecarla sobre su…».
Una imagen gráfica surgió de la nada en mi cabeza. La idea, un recuerdo real, de que se pusiera duro en mi mano me hizo estremecer, después hizo que me sintiera muy avergonzada y, a continuación, que mi temor aumentara todavía más.
Desear aquello, a él, era demasiado complicado. Todavía estaba lidiando con los daños del pasado. Si empezaba a desearlo de nuevo, también arruinaría el presente.
Frente a mi casa, él se quedó en la moto, con los pies en el suelo y el motor todavía en marcha. Me desaté el casco con torpeza.
—Gracias por traerme. Nos vemos el sábado.
Los movimientos de sus manos al abrocharse el cierre del casco me tenían un tanto cautivada.
—Adiós —dijo, moviendo los labios, con una sonrisa que no entendí, y en cuanto se fue lo eché de menos.
Crunchie me esperaba junto a la puerta y, en vez de recibirme con sus desenfrenados y alegres ladridos, lo hizo con una amabilidad inquisitiva.
—Estoy hecha polvo —le dije.
«Era de esperar».
—Me siento como si hubiera engañado a Quin.
«Tener pensamientos fortuitos sobre las “partes” de Luke no es engañar».
—Pero ¿qué pasa con el engaño emocional?
«No estás haciendo nada de eso. Algunos de tus viejos sentimientos se han mezclado con otros más actuales. La confusión es comprensible, pero no hay de qué preocuparse».
—¿Estás segura de eso?
«Sí. Bueno, casi segura. Es evidente que no puedo saberlo con certeza. No soy Esther Perel, solo soy una perra».
Después de dar de comer a Crunchie, eché un vistazo a mis plantas de semillero y finalmente subí las escaleras. Tenía que ponerme en marcha, pues la reunión del comité estaba prevista para las ocho y media y ya eran casi las ocho. En lugar de eso, cerré la puerta del dormitorio, me quité las zapatillas y me tumbé en la cama, pensando en Luke.
Sabía que no debía, pero el anhelo por él colmaba mi cuerpo.
Posé una mano en mi cintura y fingí que era suya. Y que no se había detenido cuando lo hizo.
Comportarme así era una locura, solo empeoraría las cosas, las haría reales. Pero los sentimientos eran demasiado intensos.
Hasta que, haciendo que cada nervio de mi cuerpo se encendiera, mi móvil sonó con un mensaje.
De él.
No puedo dejar de pensar en ti.
La euforia me paralizó al verlo. Leí y releí las siete breves palabras, sorprendida y agradecida. Entonces el texto desapareció. Desapareció… sin más. Pulsé el botón de actualizar como una loca, tratando de encontrarlo. No lo encontré. Se había esfumado.
Sin poder contenerme, escribí:
¿Acabas de enviarme un mensaje?
Lo siento. Era para Kal.
Dejé el teléfono en la cama muy despacio y me acurruqué de lado. «Soy patética. Patética hasta decir basta».
Momentos después empezó a sonarme el móvil; era él.
—Siento lo del mensaje —dijo—. Soy muy torpe. Oye, quería decirte que el vuelo está reservado, me voy a casa el domingo.
—Vale. —Eso me molestó de un modo absurdo.
—El sábado es la misa del mes por el fallecimiento de mi madre. Me quedaré para la fiesta de tu madre el sábado por la noche y luego volaré de vuelta el domingo.
—Es lógico —me obligué a responder—. Gracias por contármelo. No tenías por qué hacerlo.
—Ya. Pero lo he hecho. Bueno, quería hacerlo. Vamos a intentar ser amigos, ¿no? Bueno, ¿somos amigos?
—Claro. —No sabía lo que éramos.
Debió de captar mi desolación, porque su tono cambió al de «animemos a la pobre boba».
—¡Oye! ¿Qué tal si tú y yo salimos el sábado? Podríamos ir a dar un paseo. Os veré a ti y a Quin en la fiesta, pero será una locura. Allí no hay ocasión para charlar. Pero ¿el sábado? Cuando quieras, solo tú y yo.
Todo sonaba muuuy a «pobrecita Rachel».
—Es muy amable por tu parte, pero el sábado voy a tener mucho lío. Mi madre, Anna, Angelo, todo el mundo, ya sabes. —Me obligué a reír.
—Genial, genial. —Parecía tan indiferente—. Oye, ¿qué debería regalarle a tu madre?
—Dios, no sé… —Y con una risita nerviosa, dije—: Una foto tuya.
Se produjo un momento de silencio antes de que hablara.
—El Night Repair de Estée Lauder. —Decidió comportarse como si yo no hubiera estado muy rara—. Eso era lo que mi madre pedía siempre. Así que… eh… nos vemos allí.
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