Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 58 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 58

58

 

Cuando me desperté, tenía una serie de mensajes de texto de Claire.

Devin Costello es la leche. ¡Luka y él han conectado al instante! Hasta Francesca ha dejado de tocarle las narices al cabo de un rato.

Luego:

Aunque está en el puto paro. ¿Es que nunca tienen trabajo? Los de la

generación X hacemos que el mundo siga girando y luego nos hacen sentirnos culpables por comprar ropa. No mola nada.

Luego:

Aunque soy de la generación X por los pelos. Casi soy tan joven como para ser

millennial. Ja. Aunque les encanta nuestro dinero y que les paguemos las cosas.

Luego:

La verdad es que no me recuerda tanto a Luke. Si no, habría sido raro. Parece

estar loco por Kate. Nunca me gustó ese tal Isaac.

Luego:

¿Qué vas a hacer esta noche? Luka y yo vamos a pasar un rato juntos, en plan

madre e hijo. Vamos a ir de compras, lo cual confirma lo que te comentaba antes. Luego iremos a por comida mexicana. Los adolescentes están obsesionados con los tacos.

Bueno. Era una buena noticia para Kate que Devin les cayera bien. Era más o menos toda la atención que podía prestarle a este tema, ya que la cabeza no me daba para más. Entonces me fui a trabajar.

A las diez y diez, Freya Tollemarche subió a toda prisa las escaleras, con su padre, el tirano de Eden, detrás.

Esperaba que la hija de Bronte fuera una rubia mística y finolis, pero en lugar de eso, tenía una mata de pelo espesa de un color castaño rojizo, que un gorro de punto apenas lograba mantener a raya. Aunque tenía la cara larga y fina y dientes prominentes, era preciosa gracias a un cutis lozano y elástico y unos ojos brillantes.

Eden me gritó a modo de saludo:

—Hoy todo debe girar en torno a Freya.

—¿Perdón? —El muy mamón tenía el santo morro de decirme cómo debía dirigir mis sesiones.

—Yo puedo estar aquí siempre que lo ordenes. Pero como Freya está de visita solo un día, debe tener la palabra.

—Ya veremos. —Esbocé una leve sonrisa y centré mi atención en su hija.

Emocionalmente, era un desastre, sonreía sin parar mientras estaba al borde de las lágrimas. Pobrecilla, solo tenía dieciocho años.

—Rachel —me dio dos besos con timidez, como si nos estuviéramos conociendo en un entorno normal—, te estamos tan agradecidos por ayudar a mi madre. —Me agarró de la manga—. Tu mono es divino.

Esbozó una breve sonrisa nerviosa, al tiempo que las lágrimas le resbalaban por la cara. Del bolsillo de los pantalones de sarga de color chocolate se sacó un pañuelo de algodón auténtico y se enjugó los ojos.

Debo decir que su aspecto era fascinante. En esos pies largos y estrechos calzaba unos zapatos oscuros de cuero calado abrillantadísimos. Se entreveía una camiseta de un verde intenso debajo de esa chaqueta de sarga con hombreras, sobre la que llevaba una bandolera que parecía una reliquia familiar. Podía haber llegado directamente de la pasarela de Margaret Howell o de un mercadillo de ropa de «Todo a diez euros» organizado por la sucursal local de Oxfam.

—¿Revoltosa? —preguntó Bronte, en voz baja, al ver a su hija—. ¡Oh! ¡Eres tú de verdad!

—¡Mamá!

Freya y Bronte se abrazaron con fuerza, mientras Eden se quedaba detrás de ellas.

—Siento mucho que estés en este lugar —dijo Freya.

—Revoltosa, no. —Bronte le estaba dando besitos por toda la cara—. Por favor, no te preocupes. Son todos majísimos. Pero… ¿cómo es que estás aquí? ¿Te has marchado de San Francisco?

—Solo estaré aquí hoy. Mañana cojo un vuelo de vuelta.

—¿Has venido solo por un día? ¿Por mí?

—¡Sí!

Entonces las dos se echaron a reír y a llorar, cara a cara.

Todos los demás estaban alucinando.

Freya le preguntó a Dennis:

—¿Puedo? —Y señaló a la silla de este, que estaba al lado de la de Bronte.

—Claro que puedes. —Dennis se puso en pie como un resorte y cruzó la habitación para sentarse junto al impávido Eden. Nervioso, le saludó con la cabeza y masculló—: Hoy es un gran día.

Freya le estaba acariciando la mano a Bronte y esta le estaba alisando el pelo a su hija. Estaban mimándose la una a la otra, literalmente. Si quería obtener algo coherente de Freya, debían estar separadas, así que mandé a Dennis de vuelta al asiento que ocupaba en un principio.

Cuando todo el mundo estuvo instalado, comencé:

—Freya, tenías trece años cuando tu madre fue a rehabilitación por primera vez. ¿Cómo fue crecer con un progenitor adicto?

Freya era un amasijo anguloso, en el que destacaban las rodillas, los codos y los dedos, largos y expresivos.

—Lo que debéis entender es que mamá es un pedazo de pan. Sabíamos que había ido a rehabilitación, pero no la recuerdo nunca… ¿cómo decirlo? ¿Colocada? ¿Drogada? ¿Flipada?

«Ah, por aquí vamos bien».

—¿Nunca? —pregunté.

—Sinceramente, jamás. Siempre era muy dulce y divertida, siempre. Siempre me he sentido muy querida por ella. Igual que Hugo y Gerald. La adoramos.

Por raro que parezca, me lo creía.

Bronte lanzó unos besitos al aire a la otra punta de la habitación.

—Bisous —dijo, con lágrimas en los ojos.

—¿Bi… qué? —susurró Dennis, inclinándose de lado hacia Chalkie.

—«Besos» en francés —contestó Chalkie, con cara de exasperación.

No todo el que tenía a un adicto como progenitor acababa desquiciado. Quizá Freya también tuviera sus problemas, aunque fueran menos obvios, pero yo estaba segura de que amaba a su madre.

—Me encantan los caballos —comentó Freya—. A las dos nos encantan. Para nosotras… tanto para ella como para mí… nuestros caballos son los grandes amores de nuestra vida.

—¿Irás a ver a Bubble mientras estás aquí? —la interrumpió Bronte.

—¡Sí! —exclamó con una voz aguda Freya, animándose de repente—. Después de esto, si me da tiempo, me pasaré por casa para hacerle cariñitos.

Miró a Eden, quien asintió.

Él me había dicho que después irían directos al aeropuerto.

—Dale un beso de mi parte —dijo Bronte.

—Por supuesto. También podría ver a Merryweather, si quieres.

—¡Oh, sí, por favor!

Había algo en todo ese amor por los caballos que me llevó a preguntarme por qué Freya trabajaba en otra cosa.

—En San Francisco —pregunté—, ¿no trabajas en un banco?

—En un banco de inversión. Pero solo voy a estar un año, hasta que empiece la uni.

—¿Te ves siendo una empleada de banca en el futuro? ¿No preferirías trabajar con caballos?

—Sí, sí. Pero no. —Lanzó una mirada furtiva a su padre—. No es una profesión de verdad.

—¿Ah, no? Seguro que hay toda clase de trabajos en el mundo de los caballos, ¿no?

—Que compensen económicamente no, no hay.

Me habría gustado presionarla aún más, pero ella no era mi paciente, no era asunto mío.

—¿Cómo te sentiste —pregunté— cuando te enteraste de que tu madre había recaído?

—Me…

Pude ver cómo se le movía la nuez.

Tras un largo silencio, pregunté:

—¿Te sorprendió?

—Pues sí, porque nunca la había visto… ¿cómo podría describirlo? ¿Siendo una adicta? Pero es una mujer frágil. Creo que para ella la vida es más dolorosa que para el resto.

—¿Quieres que deje de tomar heroína?

Después de otra pausa, contestó:

—Quiero que sea feliz. Hugo y Gerald también lo quieren. Por encima de todo.

—Freya —intenté tener mucho tacto—, quieres a tu madre, quieres protegerla del dolor. Pero la heroína es una droga muy peligrosa, con un índice de muertes muy alto.

Eso no era muy justo, Freya era joven e inocente. Pero Eden me la había jugado y había obligado a su hija a volar ocho mil kilómetros para que dijera verdades incómodas y así ahorrarse él el mal trago.

La pobre Freya estaba sufriendo.

—Pues entonces debe dejarlo. —Volvió a llorar—. Lo siento, mamá, te queremos demasiado. Debes dejarlo.

Bronte se quedó helada. Entendí, de repente, que esa era la clave para lograr que se abriera. Eso era lo que se me había pasado por alto: que adoraba a sus hijos.

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