Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 40 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 40

40

 

 

—… Y entonces me dieron ganas de colocarme y bailar con él en la terraza…

—¡No! —me interrumpió Brigit—. Eso no sería ni sexy ni agradable, no para ti. Acabarías cayéndote de la terraza o inconsciente encima de un macetero. Algo malo ocurriría porque, cuando empiezas, eres incapaz de parar.

—Sí —dije, en voz baja, mientras se me pasaba el mareo—. Vale.

—Lo siento.

—No. Tienes razón.

—Pero nunca tienes resaca. Nunca tienes que despertarte y pensar: ay, maaaaaadre, pero ¿qué hice anoche? ¡Rach, ser tú es la leche!

Lo era, o eso suponía. Solo debía reconectar con esa parte de mi ser que se sentía agradecida.

Después de colgar, me encontraba en el lavadero, comprobando la salud de mi siguiente remesa de plántulas en tiestos, cuando llegó Kate a casa.

—¿Y bien? —pregunté—. ¿Qué has decidido sobre los vestidos de fiesta?

Se echó a reír.

—En serio. No. ¿El que me gustaba? ¿El de la capa? Rachel, era carísimo. Sinceramente, no puedo permitírmelo.

—Pero…

—Lo sé. Mamá dice que tiene el dinero. Pero cuesta el doble de lo que gano en un mes y… —Hizo un gesto de contrariedad—. Necesito tener un poco de dignidad. ¡En fin! Hoy he conocido al abuelo de Devin. Me ha dicho que te diga que… ¿cómo era? Ah, sí, «que te dé recuerdos de su parte».

—¿… Es cosa mía o ha sonado algo amenazador? ¿Como cuando un mafioso dice: «Tienes una hija muy guapa, sería una pena que le pasara algo»?

—Me ha dicho que quiere que vayas a su fiesta de cumpleaños.

—¿A una fiesta de cumpleaños? Pero… si su esposa acaba de morir.

Kate parecía nerviosa.

—Lo único que sé es que es el sábado, a la hora de la cena, en casa de los padres de Devin. Pizza y prosecco. Bueno, ¿qué le digo?

Me quedé pasmada.

—Que no, Kate. Dile que no.

¿Qué demonios quería de mí? Había sido mi suegro en su día, y aunque sin duda habíamos tenido una relación cordial, no había sido muy estrecha. Incluso cuando las cosas habían ido bien con Luke, el señor Costello y yo habíamos vivido en continentes distintos.

Y después de que Luke se marchara, me había sentido tan avergonzada que no había mantenido el contacto con los Costello.

—Ah, sí. —Kate buscó algo en su bolso—. ¿Necesitas algo de Zara? Tengo un vale de compra.

—¿Y eso?

—Le he prestado cincuenta euros a Kallie. Y ella me los ha devuelto con este vale de sesenta y siete. Pero ahora mismo no puedo permitirme el lujo de comprar ropa.

Extendí la mano.

—¿Puedo verlo?

Me fijé en el código del artículo del vale de descuento y me percaté de que se trataba del vestido que Kallie había llevado en el restaurante la noche anterior. Tras intentar darle algún sentido, llegué a la conclusión de que lo había comprado, se lo había puesto, lo había devuelto y, por alguna razón (¿quizá porque era obvio que se lo había puesto?), no le habían reembolsado el dinero.

Entonces… ¿Kallie andaba mal de dinero? ¿Quería lucir un nuevo vestido y había timado a Zara? Me costaba cabrearme en serio por eso, pero jugársela de ese modo a Kate cuando de verdad necesitaba la pasta… no molaba nada.

—He estado mirando una camisa en Zara; te compro el vale —dije.

—¿En serio? —Se sintió tan aliviada que se le iluminó la cara—. ¡Gracias, Rachel!

 

Justo antes de acostarme, me sonó el móvil: era Luke.

—El sábado es el cumpleaños de mi padre —me dijo—. Sarina va a celebrarlo en la casa, con pizzas, tarta. Seremos unas veinte, veinticinco personas. A mi padre le gustaría que vinieras. Y Quin también.

—Pero… ¿por qué?

—Para atar cabos sueltos, dice. Eras miembro de su familia y, de repente, dejaste de serlo. —Un tanto a la defensiva, añadió—: Eso es lo que me ha dicho. Interprétalo como te dé la gana.

—Solo han pasado dos semanas desde que murió tu madre.

Con tono cansado, contestó:

—Sí. Se le ha ido un poco… Mira, a todos se nos va un poco la cabeza ahora mismo. Ha insistido mucho, dice que podría ser su último cumpleaños… Es un maestro del chantaje emocional.

«Ve».

No.

«¡Ve!».

No sabía qué hacer. No sabía qué quería hacer. Todos esos sentimientos y recuerdos que llevaban tanto tiempo enterrados estaban emergiendo, y resultaba agotador.

—Me costaría mucho entrar en una casa donde sé que me esperan un montón de familiares tuyos. Sería… —solté—. Después de todo lo que pasó, lo encontraría humillante.

Silencio. Una respiración muy honda.

—Si te sirve de consuelo, todos me culpan a mí. Todo el mundo te sigue teniendo cariño.

«¿Quédeberíahacer? ¿Quédeberíahacer?».

—¿Tú quieres que vaya?

—Me harías la vida más fácil. Te lo agradecería, porque me está poniendo de muy mala leche con este tema.

—¿A Kallie no le importará?

Se quedó callado un instante más de lo debido.

—¿Por qué iba a importarle a Kallie?

«Genial; sí, sé así».

—Me lo pensaré. Te aviso.

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