Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 53 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 53

53

 

En el parque volví la cara hacia el sol para animar a los rayos a que obraran su magia en la parte de mi cerebro que controlaba el sueño, fuera cual fuese. Al parecer, lo que necesitaba era la luz diurna. Había pasado tanto tiempo encerrada en el piso que no era de extrañar que hubiera caído en las redes del insomnio.

«Nadie ha muerto jamás por falta de sueño», había dicho Mia. Quizá no, pero podías volverte loco si no dormías. La noche anterior, la cuarta sin pegar ojo —a pesar de que me había tomado la melatonina de Mia—, me había sentido atrapada como una rata en mi propia mente, donde no paraba de saltar en el tiempo; se me olvidaba lo que había ocurrido, pensaba que seguía embarazada, esperando a dar a luz, y entonces me daba cuenta de que todo había acabado, pero que no había tenido ningún bebé; y en ese instante me entraba el pánico.

Recé y recé para poder dormir, para no volverme loca.

Esa mañana, cuando Luke me había llevado el té, me había dado la sensación de que, de alguna manera, estaba menos serio.

Me costó incorporarme, ya que estaba exhausta y mareada.

—¿No has dormido? —Estaba muy sorprendido—. ¿Ni siquiera con la melatonina de Mia? ¿Me estás diciendo que, literalmente, desde la medianoche hasta las siete de la mañana no has echado ni una sola cabezada? ¿Estás segura?

Por primera vez, me había dado la impresión de que eso le preocupaba.

Como el calor que notaba en la cara disminuyó —el sol se había ocultado detrás de una nube—, abrí los ojos y recorrí el parque con la mirada. Era pequeño y cutre, pero el más próximo a nuestro piso.

En el parque infantil había un hombre sentado en un columpio que llevaba un bebé atado al pecho. Con suavidad, se balanceó adelante y atrás, mientras hablaba a esa cosita…

… y, por un momento, me pregunté si eso que llevaba sobre el pecho era de verdad un bebé o no. ¿Y si estaba charlando con una bolsa de patatas o llevaba la sudadera enrollada de tal modo que parecía una pelota? Fue una ocurrencia extraña, casi graciosa, y consecuencia quizá de no haber dormido apenas en cinco días; todo parecía fuera de lugar, ligeramente demencial, como si estuviera soñando.

Entonces vi que se dirigía hacia mí un bebé en cochecito. Mi primer impulso fue levantarme y salir corriendo —tenía miedo de acercarme demasiado a lo que había perdido—, pero una sensación de fascinación espantosa me mantuvo petrificada en mi sitio. Se acercó más y más, mientras la mamá caminaba alborozada y le cantaba una canción.

El bebé ya estaba lo bastante cerca como para que pudiera tocarlo. Me miró a los ojos al pasar; tal vez tuviera tres meses, era muy achuchable e iba puesto de leche hasta las cejas.

En un par de segundos, el cochecito había desaparecido. Observé cómo se alejaba la mamá con sus sandalias Birkenstocks, y me pregunté qué se sentiría al ser ella, al ser una madre con un bebé sano. ¿Era consciente de lo increíblemente afortunada que era? Durante un momento pensé que me lo estaba imaginando, pero sí, iba apretando adrede las nalgas a cada paso que daba. Supongo que eso explicaba por qué andaba alborozada. No era porque se sintiera feliz, como había pensado en un principio, sino porque intentaba «recuperar el cuerpo que había tenido antes de dar a luz».

Mi propio cuerpo se había deteriorado mucho comparado con cómo era antes del embarazo. Quizá esa mujer me dejase a su bebé para que yo pudiera apretar las nalgas mientras paseaba… De repente me atenazó el miedo: temía que el bebé del cochecito fuera a morir por haber estado cerca de mí. Que yo fuera, de alguna manera, tóxica.

En el parque infantil, el hombre seguía con su bebé en el columpio. ¿Y si ese niño se moría también? ¿Y aquel otro de allí, al que estaban dando el pecho en el césped? ¿Y si lo relacionaban todo conmigo? Porque eso podría pasar. Ya había sido responsable de una muerte.

Sabía que era un disparate. Pero, con el tiempo que llevaba sin dormir, era de esperar. No obstante, una parte de mí lo pensaba de verdad, y esa parte estaba aterrada.

No podía seguir así.

Me levanté y fui directa a la farmacia, donde compré un paquete de Unisom. Al comprar esas pastillas, me adentraba en un territorio peligroso, pero estaba desesperada. El Unisom era básicamente algo horrible; un antihistamínico que me dejaría la boca seca y eliminaría toda sensación de felicidad, pero que tal vez me dejara roque.

Aun así, no podía decírselo a Luke. No podía contárselo a nadie.

Me tomé una pastilla a las 22.50, di una cabezada… y me desperté dos horas y trece minutos después, con la boca como la lija. Y eso fue todo lo que dormí esa noche.

Tumbada en la oscuridad, en silencio, me sumí en la desesperación. ¿Acabaría aquello alguna vez? ¿De verdad?

Me puse a repasar mentalmente el día y me acordé del bebé del cochecito. ¿Y si, al volver a casa, a su piso, le había subido la fiebre? ¿O había tenido problemas para respirar?

Me sobrevino una ola de pánico. Tal vez estuviera ya en el hospital, donde sus padres se morirían de preocupación.

Era absurdo, y lo sabía, solo se debía a la falta de sueño.

Pero ¿y si no lo era?

De pronto dejé de pensar en ese bebé anónimo del cochecito y me acordé de Carter, el niño de Olga Mae. Tenía trece meses y no podía ser más mono. ¿Y si se moría?

Entré en tal estado de pánico que tuve que salir del dormitorio y encender la tele. Eso me calmó. Pero el miedo volvió a apoderarse de mí hasta tal punto que me convencí de que Carter estaba en peligro.

Debería llamar a Olga Mae.

Pero no hacía falta: Carter estaba bien y yo solo necesitaba dormir un poco.

Pero ¿y si por la mañana recibía la noticia de que Carter había muerto? En cuanto pensé eso, cogí el móvil.

—¿Rachel…?

—¿Puedes ir a ver a Carter? ¿Para comprobar si está bien?

—… Son las cinco de la mañana. ¿Qué pasa?

—Solo ve a ver si está bien. Por favor.

—… Claro. —Entonces añadió—: Está todo bien. Está durmiendo. Está bien.

—¿Respira con normalidad? ¿No tiene fiebre?

—Le he tocado y tiene una temperatura normal. Rachel, ¿qué pasa?

—Nada. Gracias por echarle un vistazo. Vuelve a dormir.

El tremendo alivio que sentí al enterarme de que Carter estaba sano y salvo no me duró nada, porque, de repente, fue Luke quien me preocupó. Volví andando de puntillas al dormitorio y, para mi incredulidad, no lo oí respirar. Me acerqué más con sigilo. Estaba tumbado, tan quieto que resultaba antinatural; su pecho ni subía ni bajaba.

Le palpé el estómago, aterrada ante la posibilidad de que estuviera frío. Noté calor, pero si acababa de morir, aún no estaría frío… De pronto se despertó y, cuando me vio sobre él, puso cara de espanto.

—¡Rachel! Pero ¿qué…?

—¿Estás vivo?

—¡Sí! ¿Qué está pasando?

—Luke, ¿la maté yo?

—¿Qué? ¡Cariño, no! —Tiró de mí para que me metiera en la cama con él—. Claro que no. Ya hablaremos de eso por la mañana. Vamos a dormir.

En unos instantes, él había vuelto a la tierra de los sueños.

Estaba pegada a él por culpa del sudor; además, me roncaba suavemente al oído y, con cada exhalación, me elevaba un mechón de pelo. Intenté no odiarlo, pero me costó.

Cuando se despertó a las siete de la mañana, me solté de su abrazo y me fui a ver la tele otra vez. Él entró deambulando en la sala de estar, mirando el móvil, leyendo el mensaje de texto que le había enviado Olga Mae.

—Cariño, ¿qué está pasando? —me preguntó.

Y yo le respondí que tenía miedo de ser peligrosa.

—Esto es… tan triste. Nada de esto es culpa tuya. Pero esto no puede seguir así. Tienes que ir a ver a Carlotta de nuevo.

—¿Qué puede hacer ella?

—Es doctora. Quizá pueda recetarte algo.

Luke era mucho más inocente que yo. El problema estribaba en que yo sabía que no había ningún somnífero que pudiera tomar de forma segura.

Carlotta volvió a sugerirme que tomara antidepresivos, lo cual también podría ayudarme a dormir.

—Pero si no estoy deprimida —respondí—. Estoy… no sé… ¿de luto? ¿Traumatizada?

—No tengo nada claro que esos matices importen realmente cuando estás tan mal.

Cavilé al respecto. Pero quería ver qué más podía ofrecerme Carlotta.

—Puedo recomendarte un buen terapeuta especializado en duelos —me dijo—. Pero el proceso llevará tiempo. Como no puedes dormir ahora mismo, ¿qué te parece si te receto un tratamiento breve de Ambien? Si se toman solo durante un periodo corto, no son adictivas.

—Quizá para la gente normal no lo sean, pero para mí… —dudé—, es probable que sí. Soy una adicta. Los somníferos fueron parte de mi problema.

—Cinco pastillas —replicó—. No más.

Era tan tentador. Cinco noches de bendito sueño reparador. Me sentiría mucho más normal después y seguro que no podía engancharme en solo cinco noches, ¿verdad?

Estaba bordeando un abismo muy peligroso. Llevaba limpia más de trece años, un logro del que me sentía muy orgullosa y agradecida. Si me tomaba esas pastillas tal y como me las había prescrito, no estaría haciendo nada malo. Las cosas solo se complicarían si me tomaba el doble, si alteraba la dosis recetada o si las tomaba cuando no fuera a acostarme.

«No estaría haciendo nada malo».

Y, así, tomé la decisión.

—Solo cinco —dije—. Ni una más, ¿prometido? Aunque te lo ruegue.

Se rio.

—Aunque me lo ruegues.

—Vale. —Exhalé un suspiro; ya me sentía mejor.

Me fui andando a casa, aferrando agradecida esos cinco circulitos mágicos que llevaba en la bolsa de la farmacia. Aunque no quería contárselo a nadie. Temía que me juzgaran en las reuniones.

Sin embargo, tenía que contárselo a Nola, a Olga Mae y a Luke. Esas relaciones eran muy importantes para mí.

—¿Qué te ha dicho Carlotta? —preguntó Luke.

—Igual no te gusta lo que me ha dicho. Me ha recetado Ambien.

—¿… Somníferos? —Puso cara de preocupación por un instante—. Rachel, no.

Exasperada, le pregunté:

—¿Qué creías que iba a poder hacer por mí? Los médicos no hacen milagros.

—¿No había ninguna otra opción?

—Sí, antidepresivos.

—A lo mejor estás deprimida, ¿no?

—No lo estoy. Estoy… —intenté dar con la palabra exacta que resumiera mi tristeza, mi consternación, mi sensación de culpa, mi ansia—, de luto. Ambos lo estamos.

—Pero son somníferos. Sabes que no puedes tomarlos sin correr un gran riesgo.

—Me ha dado cinco pastillas, lo suficiente para poder dormir cinco noches. Le he dicho que no me dé más, aunque se lo ruegue. Esto es una emergencia que se solucionará en breve.

Se sentó y se llevó las manos a la cabeza.

—¿Y si vuelves a engancharte? No quiero perderte a ti también.

—No me perderás. Ya sabes lo fuerte que soy. Pero te juro, Luke, que perderé la cabeza si no duermo algo.

 

Aquella primera noche fue como un milagro. Estaba consciente y, al instante, eran las siete de la mañana y Luke estaba levantándose para ir a trabajar.

—¡Oh! —Estaba maravillada—. ¡He dormido ocho horas!

Había sido genial. No me había despertado en ningún momento, no había tenido pesadillas, solo me había sumido en una nada perfecta, como si hubiera estado muerta temporalmente.

¡Me sentía como nueva! Sí, mi bebé había muerto, pero ese día podría con ello. Sobre todo porque sabía a ciencia cierta que llegaría un momento más adelante, a lo largo del día, en que dejaría de sentir todo ese dolor.

La segunda noche me sumí en el mismo olvido delicioso.

La tercera noche, cuando vi que me quedaban tres (solo tres) pastillas en el blíster, me entró el pánico.

La quinta noche me desperté a ratos. Si me hubiera quedado alguna pastilla, me habría tomado una segunda.

A la sexta noche llegó el momento de que intentara dormirme sin ayuda… y, cuando salió el sol, seguía despierta.

—Nadie ha muerto jamás por falta de sueño —dijo Luke, repitiendo como un loro las palabras de Mia.

Pero esas cinco noches me habían cambiado. Ya sabía la magia que podían obrar esas pastillas, era una esclava de sus maravillas.

De pronto, sobrellevar el día me costaba mucho más que antes, porque no iba a haber un punto de inflexión en el que pudiera tragarme una pastillita blanca con la que todo el dolor se esfumara.

No podía soportarlo. No cuando sabía que había una solución. Así que volví a ver a Carlotta para suplicarle misericordia.

—Me dijiste que no debería darte ninguna más —me recordó.

—Sí, pero me equivoqué. No comprendía lo mal… lo tremendamente mal que estaba. No dejo de preguntarme qué clase de madre es capaz de seguir dormida mientras su bebé se muere.

El brillo de la compasión le iluminó las pupilas.

Albergando serias dudas, me observó.

—¿Puedo confiar en que serás sensata?

—Claro que sí. Lo último que quiero es recaer, las cosas ya me van bastante mal.

Suspiró.

—Vale. Te daré una receta para un mes, que podrá prorrogarse hasta tres, pero solo debes tomarlas si las necesitas, solo si las necesitas, ¿vaaale?

—Por supuesto, por supuesto. —Sentí tal alivio que me quedé sin aliento.

—Y debes empezar a ir al psiquiatra. Necesitas más ayuda de la que yo puedo darte.

Habría aceptado cualquier cosa con tal de poder dormir.

—¿A quién debería…? ¿Hay alguien que puedas recomendarme?

—Será mejor que investigues por tu cuenta. Todo irá mejor si te trata un médico con el que te sientas cómoda. Tal vez alguien con experiencia en adicciones.

Prometí que lo buscaría y, a continuación, me marché agradecida, agarrando con fuerza la receta.

Pero en esa ocasión no podía contárselo a Luke. Se volvería loco.

Para él era fácil; podía beber whisky, podía optar por automedicarse como le diera la gana. Yo necesitaba dormir, si no, iba a perder la cabeza, y me sentía sumamente agradecida por tener aquellas pastillas. Era consciente de que no me quedaba más remedio y de que era algo solo temporal, hasta que me hubiera curado un poco. Por suerte, sabía bastante sobre adicciones como para manejar aquella situación.

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