Otra vez, Rachel
Capítulo 84
84
No habían dado ni las siete cuando me desperté a la mañana siguiente. Era domingo y tenía un día muy ocupado: primero, una clase de yoga al amanecer; luego, una reunión de Narcóticos Anónimos, y después, el brunch de cumpleaños de Margaret, aunque no debíamos llamarlo «brunch», dijo Claire, porque ¿qué éramos, un Puñado de Ordinarias?
Mientras me ponía los leggings de yoga (que eran iguales que el resto de mis leggings), me acerqué a la ventana del dormitorio y miré una vez más el árbol de Yara.
—Florece —le rogué—. Por favor. ¿Por qué tardas tanto?
De repente me di cuenta de que me había reconciliado con el hecho de no haber tenido más hijos.
Comprendí que era cosa de la jardinería. Durante los últimos años, esas largas horas encerrada en un lugar, sin nada que me distrajera de mis propios pensamientos, dando testimonio de la vida, la muerte y una forma de resurrección, me habían obligado a hacer el duelo y después a sanar por fin de forma lenta y gradual.
Mi gratitud era tan inmensa que me mareaba. Me recosté durante varios minutos para asimilarlo.
Al fin volví a ponerme en movimiento y estaba hurgando en mi cajón, buscando calcetines antideslizantes, cuando recibí un mensaje en el móvil; alguien se había despertado temprano.
Solo quería comprobar… que no te has olvidado de enviarme fotos del árbol de
Yara. L :-x
¡Por favor! Prácticamente había estado murmurando conjuros de pie junto al árbol para que aparecieran las flores.
No lo he olvidado, pero está tardando mucho. ¿La semana que viene quizá? Crucemos los dedos :-x
Sin aliento, miré el teléfono a la espera de una respuesta.
¿Me envías una foto hoy igual? :-x
Vale. ¿O puedo llamarte por FaceTime ahora mismo y enseñarte imágenes no
muy emocionantes en directo? :-x
¡Hazlo! :-x
Mientras bajaba corriendo las escaleras y salía al jardín, pulsando los iconos desesperadamente, la cara de Luke apareció en la pantalla.
—Hola. —Me emocioné al verlo.
—Hola. —Lo noté cohibido—. ¿Te parece bien esto?
—Es perfecto. ¿Qué hora es allí?
—Justo pasada la medianoche.
—¿De anoche?
—Sí. —Se rio—. De anoche. ¿Esa es Crunchie?
Crunchie ladraba y corría en círculos presa de la emoción, pues captaba mi estado de ánimo.
—¿Te acuerdas de Luke? —Le mostré la pantalla—. Te gustó.
—A mí también me gustó ella. —Le oí decir a Luke.
—Bueno. —Me moví alrededor del árbol, mostrando los pequeños brotes desde todos los ángulos—. No hay mucho que ver ahora mismo. Pero una semana o diez días más deberían bastar. Lo siento, este año va más despacio. Así que haré algunas fotos o… ¿Puedo llamarte?
—¡Llámame! Sería genial. Oye, no te estoy… entreteniendo, ¿verdad? ¿Tienes que irte?
—No, en absoluto. —A la mierda la clase de yoga…
—Entonces… ¿te quedas a hablar conmigo? ¿Unos minutos?
—Hum, claro.
Me senté con las piernas cruzadas en la hierba, y Crunchie se abrió paso en la pantalla.
—¿Estás teniendo un buen fin de semana? —preguntó Luke.
—Ocupado. Ayer por la mañana Claire y yo fuimos de excursión, y luego planté capuchinas y amapolas. —Me levanté y me dirigí a un parterre —. Te lo voy a enseñar. Mira. Acianos. Estos de aquí son girasoles; hoy no son muy impresionantes, pero lo serán en algún momento. Más tarde tengo una reunión de Narcóticos Anónimos y luego la comida de cumpleaños de Margaret. ¿Y tú?
—Solo… cosas. —Fue un poco cauteloso. Cosas de Kallie, supuse. Me dolió.
«No seas así».
Yara tenía razón. Así que, en un lugar de mi interior se produjo una transacción: no tenía derecho a sentir celos de Kallie. Luke me había ofrecido amistad, y era algo que yo quería.
No suponía ninguna sorpresa que me viera atrapada en fantasías sobre Luke: esas nueve horas con él habían sido trascendentales. Pero…
«… se pasará».
—¡Cuéntame todo sobre eso de que ahora eres jardinera! —dijo.
Me senté de nuevo, y Crunchie saltó en mi regazo.
—Fue algo completamente accidental. Cuando estaba con Garvaret…
—¿Quién?
—Garv y Margaret. Viví con ellos al volver de Nueva York. —Había dicho aquello y lo crucial era que lo había hecho sin amargura; ese asunto de la amistad con Luke estaba funcionando—. Garv es un gran jardinero y me enseñó la magia.
—¿Y cuál es la magia?
—Proteger mis plantas de semillero, verlas brotar de la tierra, alcanzar la belleza, luego morir y después que crezcan más en su lugar. Me llevó tiempo entenderlo, pero me ha ayudado a vivir con su pérdida. —Una repentina curiosidad me llevó a preguntar—: ¿Hay algo que te haya ayudado a ti?
—Montar a caballo. —Su seguridad fue inesperada—. En serio, me salvó. En algún momento de ese segundo y horrible año en Denver lo probé. Enseguida supe que había encontrado lo mío.
—Daba por hecho que habías empezado por Kallie.
—Al revés. Cuando la conocí, a menudo pasaba fines de semana enteros recorriendo senderos. Me decía que nunca me veía. Tenía razón. Pero supongo que yo era demasiado… egoísta para comprometerme, así que, aunque a ella le daban miedo los caballos, dio clases. Ahora es muy buena.
—Vaya. Es muy decidida.
Se rio. Su voz desprendía afecto.
—Sí que lo es.
—Luke —me obligué a decirlo—, me cuesta imaginarte como a alguien egoísta. Tú no eras así.
—Aaah. La vida. —Parecía triste—. Pasa y nos cambia… En fin… Bueno, ¿quién va a la fiesta de cumpleaños de Margaret?
—Nada de hombres, solo todas las mujeres Walsh. Nosotras cinco, además de mi madre, Kate, Francesca y Molly. Y Emily, la amiga de Margaret.
—¿Y Holly? —preguntó.
—Demasiado joven. —Pero me conmovió que se acordara de ella.
—¿Y la Mejor Amiga de Helen, Bella Devlin?
Me eché a reír.
—¿Cómo es que la conoces?
—La conocí en la fiesta de tu madre. —Sus ojos se desviaron. Hubo un segundo, un atisbo de incomodidad, al recordar esa noche, luego continuamos—: Dime, ¿Anna está otra vez en Irlanda? ¿Va de visita… con qué frecuencia?
—Cada dos meses, a veces más a menudo si está en París por trabajo.
—¿Piensa alguna vez en volver? Ya que tus padres son…
—¿Viejos? No pasa nada, puedes decirlo, Luke.
—Mayores. ¿Le preocupa a Anna?
—No creo. Su vida está en Nueva York; su trabajo, su apartamento. Y no me imagino a Angelo viviendo aquí. De todos modos, viene mucho. Transporte aéreo, ¿sabes? ¿Cómo te sientes desde que tu madre…?
—Dilo, Rachel. —Estaba sonriendo—. Puedes decir la palabra.
—Desde que falleció.
—Todavía es pronto. Pero estoy bien. No ha hecho que odie a todo el mundo…
—¿Así es como te sentiste después de lo de Yara?
—Sí. —Exhaló un suspiro muy sentido—. Con sus tonterías y su lástima. No sabía lo enfadado que estaba. ¿Y tú?
—Bueno, ya sabemos cómo lo «sobrellevé» yo. —Y añadí—: Lo siento mucho, Luke.
—Para. Por favor, Rachel. —Incluso con la incomodidad de la pantalla, nuestras miradas parecieron cruzarse.
—¿Cómo está tu padre? —pregunté.
—Es un incordio. —Se rio—. No piensa irse de este mundo sin dar guerra.
—Solo tiene… ¿cuántos? ¿Setenta y ocho años? Es joven.
—Bueno, él quiere ver el mundo «mientras pueda». A ver, me parece bien. Vamos a llevarle a Las Vegas y a Palm Springs el mes que viene. Después de eso ya está hablando de Cuba. Pero me alegro de pasar tiempo con él. —De pronto se puso serio y dijo—: Sin duda la muerte de mi madre ha cambiado mi perspectiva… —Y entonces saltó—: ¡Tienes que ir a tu reunión y yo debo irme a dormir!
—Luke, ¿estás bien?
—Sí. Lo que pasa es que… Supongo que siento no haber visitado a mi madre más a menudo. Ya nunca recuperaré esos momentos. Pero no somos adivinos. Y teníamos una gran relación, de eso no cabe duda. Pero sí, es algo con lo que tendré que vivir.
—Luke…
—Entonces ¿me avisarás de cómo va el árbol de Yara? ¿Piensas que dentro de una semana? ¿Más?
—Pongamos una semana. ¿Cuándo te viene mejor que te llame? ¿Por la mañana? ¿Por la noche? Con esto de la diferencia horaria… —Fue un intento furtivo de averiguar su rutina con Kallie.
—Me viene bien a cualquier hora. —Eso no me proporcionó ninguna información—. Lo digo en serio. Cualquier hora está bien. Cuídate, Rachel.
—Tú también.
Y desapareció con un ruido sordo.
Soy yo. Comprobando cómo estás de forma regular. He oído que has empezado
a hablar con los árboles. ¿Estás bien? ¿Sí? ¿No? Me basta con una respuesta monosilábica. No es necesario que escribas Juego de Tronos.
Sí, respondí.
—Bienvenidos al brunch de bebida ilimitada. —Una joven camarera con coletas y un bonito sombrero nos pasó las cartas.
—La comida —dijo Claire con firmeza—. Son casi las dos. Es hora de comer.
—Claire… —La miré de reojo—. Déjalo.
—Sí, lo siento. —Apartó la jarra de mimosa—. Nada de esta mierda para mí, me gusta que mis bebidas alcohólicas tengan alcohol de verdad, ya sabes. Tomaré un negroni, gracias.
—¡Hola! —La amiga de Margaret, Emily, había llegado, y nos levantamos para darle un abrazo.
Francesca y Molly fueron las siguientes en aparecer, luego Helen y Kate, y por último mamá y Anna.
—No sé qué es peor —murmuró Claire, volviéndose hacia mí—. Que sea un «brunch» o que sea un «brunch de chicas».
—Es el cumpleaños de Margaret —repuse entre dientes—. Puede escoger lo que quiera.
—Oye —dijo Helen—. Tengo una pregunta. Si mi bebé es una niña, ¿sería raro llamarla Bella Devlin?
—Sí —contestó Claire—. Maldita lunática. Serían hermanas.
—Y se llamaría Bella Devlin Devlin —intervino Kate.
—Bueno, ¿qué bebé? —preguntó Anna.
Todas miramos a Helen de golpe, electrizadas al comprender.
—¿Qué bebé?
Ella se movió con incomodidad.
—Sí. —Se mostró avergonzada—. Sí. Estoy de seis semanas.
—¿Por qué no nos lo has contado?
—No lo sé. Puede que estuviera en shock.
—¿Qué dice Artie?
—Todavía no se lo he dicho.
—¡Helen!
—Bueno, estoy de seis semanas, lo que en realidad significa solo cuatro. No es nada. No es una garantía de… —Parecía inesperadamente afligida.
Su mirada se dirigió a la mía. Nos fundimos en un abrazo solemne mientras el miedo me atenazaba el corazón.
Más tarde, cuando ya nos íbamos, la agarré.
—Helen, si alguna vez notas algo raro, lo que sea, llámame a mí, díselo a Artie, haz algo —insistí—. Pero no lo ignores. ¿Me oyes?
—Sí, vale. Gracias.
—Aunque sea una pequeñez. No te avergüences por lo insignificante que pueda parecer. Tómatelo en serio.
—Pero en tu caso no hubo señales, ¿verdad?
—Puede que las hubiera. Tal vez no me diera cuenta. No cometas los mismos errores que yo.
—¡Oh, Rachel!
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