Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 10 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 10

10

 

 

El viernes por la mañana, el día era seco y el cielo, azul. El enorme aparcamiento de la iglesia estaba casi lleno, y Kate y yo tuvimos que dejar el coche en el extremo más alejado. Eran casi las diez en punto para cuando llegamos a la entrada. El director de la funeraria y algunas otras personas de aspecto oficial deambulaban por el patio delantero, pero no había ni rastro de los Costello.

—Hace un frío que pela. —Me estremecí en mi abrigo negro. ¿Qué me esperaba, a principios de marzo?

—No hace frío. —Kate parecía preocupada—. Rachel, ¿estás bien?

—Sí. Yo… ¿De verdad no hace mucho frío?

—De verdad que no.

—Entonces seré yo. —Estaba buscando unas risas, pero no funcionó.

—Venga, entremos. —Me cogió de la mano.

De pronto se produjo un movimiento, un murmullo, entre los oficiales que esperaban. «Allá vamos».

Clavada donde estaba, vi cómo se acercaba el coche fúnebre, seguido de otros dos coches negros. Todo se movía a cámara lenta cuando salió un grupo de Costellos, todos vestidos de negro. Estaban los dos hermanos de Luke, sus esposas e hijos, su hermana, el marido de esta y sus hijos; hubo un tiempo en el que yo había formado parte de esa familia.

Uno de los sobrinos se parecía tanto a Luke de joven que, por unos instantes, el tiempo se detuvo y volví a tener veintisiete años.

—Rachel… —me susurró Kate, y me di cuenta de que le estaba clavando las uñas en la palma de la mano.

—¡Perdona! —La solté.

No veía a Luke por ninguna parte… Entonces, Dios mío, ahí estaba, levantando a un anciano —su pobre padre, ¡qué frágil estaba!— hasta una silla de ruedas. Con ternura, le colocó las piernas y le abrochó la chaqueta.

Me sorprendió lo poco que había cambiado el aspecto de Luke. Nada de vaqueros ajustados y chaqueta de cuero, claro; para la ocasión, llevaba un traje oscuro y una expresión aún más oscura. Tenía el pelo igual de brillante, pero más corto que antes. Por aquel entonces solía cortárselo yo; me pregunté quién se lo cortaría ahora.

—Rachel —Kate me acarició el brazo—, deja de mirar.

Demasiado tarde, advertí la mujer que había cogido a Luke de la mano. No fue más que una breve impresión de un abrigo negro, carmín de un color vivo y zapatos elegantes. A pesar del frío que sentía, de repente me vi empapada en sudor.

«¿Esto es real? ¿De verdad está ocurriendo?».

Desde la trasera del coche fúnebre, deslizaron el ataúd y los hombres de la familia —Luke, sus dos hermanos, su cuñado, el sobrino que se parecía a Luke y otro tipo de pelo oscuro— se adelantaron para cargarlo a hombros.

—Deberíamos entrar —susurró Kate, guiándome hacia delante.

Claire había dicho que lo más importante era escribir mi nombre en el Libro de Condolencias, que estaría junto a la puerta. «Así, si alguien lo comprueba —había dicho—, sabrán que has aparecido. Ni siquiera tienes que quedarte, puedes firmar sin más y salir pitando».

Con el ataúd pisándonos los talones, sin embargo, no nos daba tiempo.

Claire también nos había aconsejado que nos sentáramos cerca de una puerta por si necesitábamos huir, pero el lugar estaba atestado y sentarse era un regalo. Kate y yo avanzamos a toda prisa por la nave, los tacones de mis botas martilleaban mientras buscábamos un par de asientos vacíos desesperadamente. Madre mía, si no encontrábamos algo pronto, nos tocaría sentarnos delante, ¡junto a la familia! Solo de pensarlo… La exmujer, arruinando el funeral, como una loca con el corazón roto.

—Ahí —susurró Kate, y me condujo hacia un sitio a unas seis filas del primero.

Nos abrimos paso.

—Perdón, perdón, lo siento. —En realidad solo había espacio para una persona, pero cuando no hay pan, buenas son tortas.

Sintiéndome como si todo aquello fuera un sueño, advertí al grupo de hombres situado a la derecha, un par de bancos más adelante. Mayores pero no desmejorados, los Hombres de Verdad habían acudido en masa. Mi impulso inmediato fue desaparecer en mi abrigo negro. (Claire —que parecía saber todo lo que había que saber sobre funerales— me había dicho que la gente ya no iba de negro en los funerales, pero me había parecido lo apropiado).

Desde el cuello del abrigo, eché un vistazo, preguntándome cómo les habría ido a los chicos en los últimos seis años. Largo tiempo atrás, habían sido mis amigos; cuando perdí a Luke, los perdí también a ellos.

Estaba Joey el Cascarrabias, la estrella emergente. (Por aquellos días, en un principio Brigit y yo estábamos de acuerdo en que, si tenías que acostarte con uno de los Hombres de Verdad —en una situación tipo último hombre en la faz de la Tierra, por ejemplo—, la elección evidente habría sido Joey, que era sexy en plan huesudo y desdeñoso. Resultó que Brigit sí que se acostó con él).

Para entonces a Joey se le veía adinerado y sexy, con un traje de corte elegante y un corte de pelo elegante. No era el caso de Gaz, que seguía llevando vaqueros negros alarmantemente ajustados, una chaqueta de cuero negra y lo que parecía medio bote de laca para el pelo para contener las greñas, peinadas hacia atrás. Bien por él. Se había mantenido fiel a sus principios. Johnno, casi irreconocible, se hallaba en plena decadencia de padre de alguien, relleno y calvo. Y estaba Shake, que tenía buen aspecto y aún llevaba la excelente cabellera que le había dado el mote.

El órgano comenzó a sonar y un buen número de Costellos tomó asiento en los bancos de delante. Yo intenté echar un vistazo a la mujer que había ido de la mano con Luke, pero tenía la cabeza inclinada, así que solo capté un atisbo de cabello rubio a la altura del hombro y una cara de rasgos marcados pero delicados.

Se acercaba el señor Costello, cuya silla empujaba la hermana de Luke, Vanessa. Cuando llegó a la altura de nuestro banco, nuestras miradas se encontraron. Sus ojos oscuros destellaron de sorpresa y —¿quizá?— cariño.

A continuación, llegó el féretro. Luke se encontraba en «mi» lado y, cuando pasó, con el rostro rígido, el corazón me latió con tanta fuerza que pensé que llegaría a oírlo. Depositó el ataúd en el soporte que había junto al altar y fue a sentarse en un banco cerca de la parte delantera, sin parar de disculparse, hasta que estuvo al lado de su chica. Desde atrás, vi que ella le cogía la mano entre las suyas y se sentaban juntos, con los cuerpos muy cerca el uno del otro.

Con un coro de carraspeos y susurro de pies en el suelo, la misa comenzó y la realidad empezó a cuajar. Luke estaba ahí, al otro lado de la nave. Con otra mujer.

En los meses, incluso años, previos a ese día, me había sentido bien. Por el modo en que habíamos terminado, era probable que siempre me doliese, pero me había sentido bien. En paz, en realidad.

Pero en ese momento, en esa iglesia, el viaje en el tiempo me estaba mareando; en un momento Luke y yo éramos la persona más importante del mundo para el otro, y al siguiente había transcurrido más de media década, y desde entonces habíamos permanecido consignados al pasado del otro. Era una locura.

Fue entonces cuando advertí algo horrible que tenía lugar por debajo de mis rodillas, una sensación palpitante, como si la parte inferior de mis piernas fuese a estallar a través de las botas altas, igual que el Increíble Hulk cuando reventaba la camiseta.

El problema eran mis pantorrillas. En general, tenía una talla mediana, pero la parte inferior de mis piernas se veía anormalmente abultada. Me resultaba casi imposible encontrar botas cuya cremallera me subiera hasta las rodillas. Ese par habían pasado el examen porque, si me tumbaba en el suelo y le pedía a Kate que utilizara una percha metálica, casi se cerraban hasta arriba. Pero no debería haber malgastado el dinero. Y sin duda no debería habérmelas puesto ese día. Como una tonta, había esperado que el cuero negro, en conjunción con el abrigo negro, impresionase a la gente.

Bueno, a ver cuánto les impresionaba si me reventaban las piernas.

A continuación, sacándome de mis preocupaciones acerca de espinillas que estallaban, el cura anunció que Luke haría una lectura.

Con su traje oscuro, subió despacio los escalones hasta el altar y se instaló en el púlpito; tenía la cara tan pálida como la camisa blanca que llevaba, y su gesto era tan serio que resultaba imposible creer que había habido un tiempo en que su frase para entrarme era: «Supongo que si te propongo un polvo me mandarás a paseo, ¿no?».

Sin alzar la vista en ningún momento, tragó saliva y comenzó, en voz baja y rasposa:

—Recuérdame cuando me haya ido…

Dios, ese poema, no. Al instante se me llenaron los ojos de lágrimas, que empezaron a resbalarme por la cara.

Luke hizo una pausa. Transcurrió un segundo o dos antes de que continuara:

—Muy lejos, a la tierra silenciosa.

Otra pausa.

—Cuando ya no puedas tomarme de la mano…

Se le quebró la voz en las dos últimas palabras, pero continuó:

—Y yo me vuelva para marcharme… y decida quedarme.

Esta vez la pausa se prolongó demasiado. Su hermano Mattie ya estaba subiendo para rescatarlo.

Cuando Luke bajaba, con la cara blanca y la cabeza gacha, alzó la vista de pronto y recorrió a la congregación con la mirada. Entre aquel mar de rostros, me vio a mí. Nuestros ojos establecieron contacto y los suyos reflejaron reconocimiento.

Intenté advertir algo —lo que fuera— en su expresión, pero su mirada se quedó vacía, y entonces apartó la vista con desdén y me dejó con todo el cuerpo temblando.

Me sentí totalmente mortificada. Solo entonces pude admitir que había estado albergando una levísima esperanza, una fantasía absurda en la que Luke caía de rodillas y declaraba que nunca había dejado de quererme.

Me sentí humillada. Estúpida. Completamente destrozada.

Pasé embotada el resto de la ceremonia, que acabó con el féretro empujado por la nave y la familia saliendo apenada en tropel detrás de él. Cuando Luke pasó a la altura de nuestro banco, mantuvo la cabeza gacha.

La familia estaría esperando fuera, delante de la iglesia, donde la gente podía presentar sus respetos en persona, así que le dije a Kate:

—Saldremos por la puerta lateral.

—¿No quieres verlo?

Madre mía, no. Necesitaba alejarme todo lo posible. No había ninguna esperanza de que fuésemos a ser amigos. Su mirada apagada me había sacado de toda duda.

La realidad era que había pasado mucho tiempo, que él había conocido a otra persona, y yo, también. La situación era tan inamovible como lo sería siempre.

—Será mejor que firmemos el libro —dijo Kate.

No hacía falta, él me había visto, sabía que había estado allí.

Salimos con sigilo, pero para llegar al aparcamiento, teníamos que atravesar el patio delantero de la iglesia, donde iba congregándose la multitud. Con la cabeza gacha, Kate y yo nos escabullimos a toda prisa; me dolían horrores las espinillas, que —de un modo inexplicable— también tenía entumecidas.

—¿Rachel? —me llamaron.

—Oh, no —susurré.

Kate y yo correteamos aún más rápido.

—¡Rachel! —La voz estaba mucho más cerca.

No había escapatoria, así que me detuve y me volví hacia el hermano de Luke, Justin, y un hombre más joven, el que se parecía al Luke de veintitantos.

—¡Me había parecido que eras tú! —declaró Justin.

Encontré natural abrazarlo.

—Siento mucho lo de tu madre. Era encantadora.

—Margie era un personaje. —Consiguió reír levemente—. Es un día triste. —Se volvió hacia Kate y le tendió la mano—. Justin Costello.

—Nos conocemos —dijo ella con timidez—. De hace mucho tiempo. En su boda, la de Rachel y Luke. Soy Kate, la sobrina de Rachel.

—Madre mía. —Parecía algo impactado—. No te das cuenta de cómo pasan los años. —Indicó al joven que se acercara—. Este es Devin, mi hijo mayor.

—¿Devin? —No pude ocultar mi sorpresa—. ¡La última vez que te vi tendrías doce años!

De cerca, tampoco se parecía tanto a Luke de joven. Tenía el mismo pelo negro y una constitución similar, pero sus ojos eran muy distintos de los charcos de oscuridad de Luke.

El chico nos estrechó la mano educadamente a las dos.

—¿Te vienes a casa? —me preguntó Justin—. A mi casa, en Rathmichael. Está invitado todo el mundo, nos encantaría que vinierais.

«Ir a casa».

De ninguna manera. Tenía que alejarme de los Costello, de todos ellos.

—No creo que sea muy buena idea… —Sobre todo con Luke y su nueva señora allí—. Pero… —Se me saltaron las lágrimas de nuevo—. Solo dime: ¿él está bien? —Medio riendo, añadí—: Aparte del hecho de que acaba de morir su madre, quiero decir.

Justin pareció triste y avergonzado.

—Está bien, está bien. No te preocupes por él.

—¿Podrías darle el pésame de mi parte?

—Puedes dárselo tú misma si vienes a comer. Vamos, Rachel, nos encantaría verte. Mi padre está deseando que vengas.

Automáticamente, miré por detrás de Justin, a la colección de Costellos reunidos cerca del coche fúnebre. Desde su silla de ruedas, el señor Costello nos observaba. Me miró a los ojos y levantó la mano con gesto amistoso. ¿Qué demonios?

«Ve a la comida».

Apreté la mandíbula.

—Vale. Iremos.

—Genial. Nos vemos allí.

Me aferré al brazo de Kate y nos escabullimos hasta el coche. Cuando estábamos lo bastante lejos para poder hablar tranquilas, Kate me preguntó:

—¿De verdad vamos a ir?

—No. No puedo ir solo por complacer al padre de Luke.

—¿Has mentido?

—Solo estaba siendo irlandesa. Justin no habría parado hasta que hubiese accedido. Era más fácil seguirle la corriente.

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