Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 72 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 72

72

 

 

—En serio, por un momento me he preguntado si me había muerto —dijo Quin, riendo—. Si eso era el infierno. Charlar con simpáticos italianos durante toda la eternidad.

Después de los churros en el muro del puerto, dormimos mucho y nos despertamos de mejor humor.

—A mí me pareció más bien una película de zombis —comenté—. Los dientes negros, el delineador de ojos… Y en cuanto nos librábamos de unos, otros ocupaban su lugar.

—Ahora en serio. —Se dio la vuelta en la cama y me miró—. Lo siento mucho.

—No pasa nada, Quin. Era un riesgo, y esta vez no salió bien. Pero, si siempre vas a lo seguro, no ocurre nada emocionante.

—E ir a lo seguro es lo más peligroso que puede hacer una mujer como tú. —Me decía eso muchas veces. Me encantaba, aunque ni por asomo fuera cierto.

—Bueno, ¿y si esta mañana vamos a la Casa Batlló, de Gaudí? — propuse—. ¿Y luego al aeropuerto?

—Y, si tenemos tiempo, me gustaría visitar a alguien. Hay un hombre aquí que se dedica sobre todo a los muebles, pero siempre tiene piezas bonitas e interesantes, artículos que tienen una historia. Me gusta ir, aunque solo sea para ver lo que tiene. Te gustaría.

—De acuerdo. Genial.

 

—Dios mío, estoy enamorada —le dije a Quin, girando en círculo en una de las habitaciones de la Casa Batlló mientras me dejaba envolver por los colores de las vidrieras—. No se contuvo, ¿verdad? Me refiero a Gaudí. No era un hombre dado a la moderación. Voy a remodelar mi casa en cuanto volvamos. ¡Que sea ondulada! ¡Toda ella, los suelos, todo!

Esa hermosa casa me tenía loca, pero estaba exagerando mi deleite. La sombra de mis inquietantes recuerdos de seis años antes era alargada. Combatirlos, desesperada por alcanzar la normalidad inicial, fue un duro trabajo.

Al final me permití reconocer que, durante gran parte de ese fin de semana, había estado haciéndome pasar por mi yo más feliz y despreocupado. Porque Quin se lo merecía. Había puesto mucho empeño, esfuerzo y dinero en esos días.

Pero había otras razones: necesitaba referentes. Que las cosas fueran bien con Quin importaba porque era la prueba de que, dejando de lado a Yara, mi vida había ido bien. Los hechos eran los siguientes: estaba limpia, era buena en mi trabajo y había conocido a un hombre encantador.

Sonreí a Quin.

—¿Estar en esta casa es como estar bajo el agua? —le pregunté.

—Sí. —Estaba contento conmigo—. ¿Ves que el techo parece un remolino? Y el efecto que tiene ese cristal…

—Eres un gran guía turístico.

Las paredes eran curvas, las ventanas eran onduladas, incluso el techo formaba ondas.

—No hay líneas rectas, ¿verdad? Ni una sola —le dije a Quin, riendo—. Seguro que lo odias.

—Yo no haría así mi casa, pero puedo apreciarlo.

—Bueno, yo… —Le agarré de la pechera de la camisa y me incliné hacia él—. ¡Estoy encantada!

Una amplia sonrisa se dibujaba en sus labios y parecía feliz de verdad, por lo que se me alegró el corazón, aunque no tanto como debía.

Cada habitación revelaba nuevas delicias hasta el techo. Los mosaicos de las paredes, las formas de las puertas, incluso el sistema de ventilación era precioso.

—Es un mundo de ensueño —declaré. Y cuando llegamos al tejado, miré a mi alrededor y pregunté—: ¿Qué es lo siguiente?

—Ya está —respondió Quin—. Ya lo has visto todo.

—¿De veras? ¡Oh, no! —Fue como una burbuja que se rompió. Esa casa mágica me había mantenido protegida de la dura realidad. No estaba preparada para volver a mis sospechas y miedos. «Recaíste, lo estropeaste todo»—. ¿Qué hora es? —pregunté—. ¿Qué? —Llevábamos dos horas y media—. Oh, Quin, ¿qué pasa con el hombre al que querías ver?

—Ha merecido la pena por verte feliz. De todos modos, todavía hay tiempo.

—Vale. Pues vámonos.

Quin hizo una llamada mientras caminábamos.

—¿Señor Navabi? Soy Nick Quinlivan. Vamos para allá, estaremos con usted en quince minutos.

—¿Tienes que concertar una cita? Venga, háblame de él.

—Se llama Omid Navabi. Por lo que ha ido contándome, creo que es iraní. A veces sus cosas son un poco estrafalarias, pero siempre son interesantes.

Llamamos al portero automático de una puerta anónima en una estrecha calle lateral, se abrió y subimos al primer piso. El señor Navabi era un hombre guapo, afable, bien vestido.

—Nicholas, viejo amigo, pasa. Y la famosa Rachel, ¿qué te parece la pulsera Minerva? ¿Puedo ofreceros una horchata? ¿Vermut?

La sala de exposiciones estaba decorada como un apartamento sacado de Mad Men; no era de extrañar que a Quin le encantara ese lugar. Había sillones Knoll, una mesa de centro Peekaboo, un moderno piano de madera de palisandro y lámparas tan bonitas que me daban ganas de comprarlas todas.

En un extraño carrito de bebidas había un elegante decantador de whisky redondo y vasos a juego. Encima de un aparador modular se veía un dispensador de cigarrillos de cromo y nogal.

Había una pared de estanterías abiertas con todo tipo de cosas bonitas, probablemente inútiles, que solo podían denominarse «objetos»: una vieja cámara en un maltrecho estuche de cuero marrón, una agenda Lucite, gafas de sol vintage, coches deportivos de juguete.

—Mira en la parte del dormitorio. —Quin me señaló un espacio más adelante.

Vaya, era precioso: alfombras tejidas a mano, más lámparas bonitas y una cama con un cabecero acolchado de forma exagerada. Abrí el armario y descubrí caftanes de Pucci, un abrigo plateado de Courrèges, vestidos de Biba y una pila de maletas de Hermès.

—Todo vintage —dijo Quin detrás de mí—. ¿Has visto las joyas? Ahí, a tu derecha, en el tocador.

Miré y me quedé boquiabierta; había brazaletes, colgantes, pendientes y gemelos. Todo elaborado con metales y piedras preciosas, que brillaban y resplandecían sobre un fondo de terciopelo.

—Y… —Hubo una breve pausa—. Hay anillos.

Sentí un cosquilleo en la parte posterior del cuello. Madre mía, ¿no estará a punto de…? Me giré y vi que me tendía un gran anillo verde.

El pánico surgió. «No, Quin, no, Quin, no, no, no, no, no, no, no, no».

Me aparté de él sin querer y solo entonces advertí su confusión.

—¿Qué ocurre, Rachel? —Su mirada pasó de mi cara de malestar al anillo que tenía en las manos. Vi que caía en la cuenta—. ¡Por Dios! — Parecía sorprendido—. ¿De verdad has pensado…? —Balbuceó con incredulidad—: No te estaba pidiendo que te casaras conmigo, Rachel.

—Ah. Una de mis piezas favoritas. —Apareció el señor Navabi—. Turmalina verde y diamante. Un anillo de cóctel.

—¿Un anillo de cóctel? —acerté a decir.

—Se usa en ocasiones especiales. Estoy a su disposición si necesita información. —Y se escabulló de manera discreta.

El anillo seguía en las manos de Quin.

—Entonces ¿estás segura de que no quieres casarte conmigo? —El tono era sarcástico—. Muy segura, diría yo. Sí, no cabe duda.

—Quin. Lo siento, no sé qué…

Le había hecho mucho daño. Incluso había logrado sorprenderme a mí misma.

Con lo bien que nos estaba yendo.

Nos dirigimos al aeropuerto, facturamos, pasamos por el control de seguridad, pasamos setenta minutos en la sala de espera y subimos al avión, todo ello sin intercambiar una palabra.

Al cabo de dos horas de vuelo, Quin soltó de pronto:

—No sé por qué pensabas que me estaba declarando.

—Yo tampoco. —De verdad que no tenía ni idea. Pero lo que estaba claro era que en ese momento la idea de un compromiso a largo plazo con él había resultado aterradora. Tanto, que no había sido capaz de ocultarlo.

—Si alguna vez había estado en mis planes, y no digo que fuese así, ahora tienes mi palabra de que nunca lo estará.

—Quin, siento mucho haberte hecho daño. No sé qué…

—Necesito que te quedes en tu casa esta noche.

—Quin.

—Te dejaré en la mía —añadió—. Tu coche está allí.

—Quin…

—No quiero hablar contigo.

Me mordí el labio y guardé silencio. A esas alturas creía entender el origen de mi reacción exagerada. Quin y yo habíamos pasado unos días tensos. A él le molestaba el examen de conciencia que había estado haciendo sobre mi pasado, sobre Luke.

Y a mí me molestaba que a él le molestara.

Nuestro glamuroso fin de semana había hecho una labor titánica tratando de ocultar la tensión, pero no habían dejado de aflorar quejas por ambos lados.

En el aeropuerto de Dublín, subimos a su jeep e hicimos el trayecto en silencio. Cuando llegamos a su casa, sacó mi equipaje de mano del maletero y lo tiró al suelo. Cerró el coche con un pitido furioso y a continuación abrió la puerta principal y la cerró de golpe tras de sí, dejándome fuera en la fría noche.

Me sentí triste y tonta, y me quedé esperando que volviera. Vi que se encendían las luces dentro de la casa y después que se apagaban todas de nuevo. Cuando todo se sumió en la oscuridad, no tuve más remedio que volver a casa, preocupada ya por lo que me depararía el mañana.

Fuera lo que fuera, intuía que iba a ser malo.

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