Otra vez, Rachel
Capítulo 11
11
Ted me echó un vistazo sin más.
—Vete a casa.
—No. Estoy bien. —Bueno, lo estaría: zambullirse en el trabajo siempre ayudaba.
—No tienes buen aspecto —añadió Murdo—. ¿Y dónde están tus zapatos?
—Botas, en realidad. He tenido que quitármelas antes de que me reventaran las piernas. Solo necesito cambiarme de ropa, luego estoy lista.
—Rachel —dijo Ted—, Murdo puede sustituirte en…
—Ted —le dirigí mi mirada más sincera—, estoy bien. Gracias. Y gracias a ti, Murdo. ¿Ya está aquí mi nueva interna? ¿Sí? Vale, voy a buscar a Priya.
Puse fin a la discusión alejándome.
Estaré bien, me decía a mí misma. Estaré mejor que bien, estaré muy bien, en realidad… ¿no?
«Cuesta decirlo. ¿Quiiizá deberías haber ido a casa de Justin?».
A veces la voz de mi cabeza podía hacer gala de una suficiencia irritante.
Veinte años antes, Nola accedió a convertirse en mi madrina con la condición de que me buscara «un poder superior». No me apetecía nada: dejar las drogas ya era bastante duro sin para, encima, tener que ponerme espiritual.
Con el tiempo, sin embargo, se desarrolló algo vago, sutil, donde mantenía charlas en mi cabeza con algo que no era yo. Por aquel entonces era lo más concreto que podía manejar. Pero, con los años, la voz de mi cabeza había crecido y evolucionado, desarrollando toda una personalidad propia. A veces podía resultar insoportable.
—¡Rachel! —Y ahí estaba Priya.
En la oficina me puso al día sobre Ella Black. La había liado a la hora de entregar el móvil hasta que concluyera su estancia allí; nada raro. Todos lo hacían; yo misma lo habría hecho si hubiese tenido móvil por aquella época.
Tampoco me sorprendió enterarme de que Ella había preguntado por las clases de yoga: casi todas las mujeres reconocían estar obsesionadas con el ejercicio y pensaban que el verdadero beneficio de la rehabilitación sería la oportunidad de perder una talla. Para qué preocuparse por aprender las técnicas para superar una adicción, cuando lo que realmente las emocionaba eran seis semanas ininterrumpidas para ponerse fuertes pero no flacas. (Esa había sido yo).
Descubrir que no teníamos ni gimnasio ni piscina ni nada solía ser un momentazo: objeciones enfadadas y subidas de tono en las que lanzaban frases como «subidón natural», «me mantiene sana» y «derechos humanos». (También yo).
Aunque tenía su gracia que cuando descubrían que harían abundante ejercicio limpiando baños, pasando la aspiradora por los pasillos y, en general, manteniendo la casa entera como una patena, se ponían aún más furiosas. (De nuevo yo misma).
Habían registrado el equipaje de Ella y habían incautado el inevitable contrabando. (Y otra vez yo. Cuando llegué a The Cloisters, había intentado colar una caja de Valium).
—Pero los análisis de sangre han salido limpios —dijo Priya. Significaba que estaba dentro.
En el comedor había una mujer joven con el brazo en cabestrillo, tenía que ser Ella. En pantalones de yoga, zapatillas y un jersey con los bordes deshilachados que yo tenía igual pero de otro color, estaba en plena flor: cabello oscuro y brillante, con pecas, era guapa y de aspecto saludable.
—¿Ella? Soy Rachel, tu terapeuta. Ven conmigo, vamos a charlar.
En la consulta, nos sentamos una enfrente de la otra.
—¿Cómo lo llevas? —le pregunté.
—Ah, ya sabes. —Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Esto no estaba incluido en mi proyecto de vida.
—¿Engancharte a los somníferos?
—No, me refería… Me refiero a acabar en rehabilitación.
—¿Y engancharte a los somníferos? ¿Estaba en tu proyecto de vida?
—Bueno, no, porque no estoy enganchada. —Tenía la mirada lúcida, sincera—. No me he enganchado.
—¿Entonces…? —Fingí estar confundida—. ¿Por qué estás aquí?
—Mi novio y mi mejor amiga digamos que se han acojonado. Pasó algo con el coche de Jonah… Han exagerado.
—¿Y Boyd, tu jefe?
Pareció sorprenderla que supiera quién era.
—Él también ha exagerado.
—Eso es un montón de gente exagerando.
—Sé lo que parece. —Tenía tantas ganas de explicármelo—. Sobre el papel, los hechos son malos. Pero me conozco bastante bien… Lo sabría si tuviese un problema. Y créeme, si lo tuviese, querría afrontarlo.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
—Creí que si venía unas semanas dejarían de flipar.
—Claaaro. Así que ¿has venido para demostrar que no eres una adicta? —De vez en cuando también podía interpretar a la poli buena.
Me miró a los ojos.
—Y sé cómo suena eso también. Pero los tenía tan encima que creí que era más fácil ceder.
Los pacientes nunca dejaban de sorprenderme. Podían convencerse a sí mismos de que el día era la noche con tal de seguir consumiendo. De vez en cuando, la realidad podía abrirse paso, pero, en la mayoría de los casos, de verdad creían que podían justificar la bebida o las pastillas o las apuestas o aquel polvo sin importancia. Gente razonable, gente inteligente, gente educada… Eso no cambiaba nada. La adicción era la ola que se llevaba consigo hechos, sentido común, amabilidad, todo lo bueno.
—Vale. Pues me gustaría que escribieras la historia de tu vida. —Le pasé un impreso—. Esto es una plantilla. Como puedes ver, nos gustaría que pusieses especial énfasis en tu relación con las drogas.
—Pero yo no soy…
—Pero hazlo de todos modos.
—¡Claro! —Era tan alegre y positiva—. ¿Por qué no?
—Puedes volver al comedor, y nos vemos en terapia de grupo en quince minutos.
No había hecho más que asegurarme el mejor asiento de la Sala del Abad cuando Ella entró a trompicones, reclutada por Giles. Nada de lo que asombrarse: para Giles, cazar mujeres era igual de automático que respirar.
Señaló la silla tambaleante que me había tocado el miércoles por la mañana e instruyó a Ella:
—Evita esa silla a toda costa. Y esa también. Aunque esta está bien.
En cuanto Ella se hubo sentado, Dennis irrumpió por la puerta. Llevaba en The Cloisters menos de una semana y ya tenía «su» silla; se detuvo en seco al ver que la ocupaba Ella, quien —muy sensible al estado de ánimo de los demás— se levantó de un salto.
—¡Lo siento! ¿Es tu sitio?
Dennis, con su profunda necesidad de ser amado, declaró:
—Para nada, para nada. —Y de algún modo consiguió transmitir que sí, que sin duda se trataba de su silla, pero que era un ser tan extraordinariamente decente que se la cedería, y de nada.
—Siéntate, siéntate, siéntate. —Hizo un gesto.
—Gracias —respondió ella con timidez, y obedeció.
A continuación, llegó Chalkie, luego Harlie… y la energía de la sala cambió. Harlie y Ella se midieron, y algo pasó fugazmente entre ellas. Era evidente que Harlie pensaba que Ella, con sus pecas y su pelo rebelde natural, era patética. Y Ella pensó que Harlie, con sus extensiones y su elaborado maquillaje, era ridícula.
Fue odio mutuo instantáneo.
—Ella —comencé—, ¿puedes presentarte?
—Hum, sí, soy… Me llamo Ella, soy originaria de Waterford, ahora vivo en Dublín y tengo el mejor gato del mundo.
—¿Tienes perros? —preguntó Dennis—. Siento un gran respeto por los gatos, pero… ¿alguna vez piensas que tu colega te está juzgando? A un perro no le importaría lo que hicieses, pero un gato…
—Para nada. Mooch es la leche, él…
—Maaadre mía —siseó Harlie.
—¿Perdona? —El tono de Ella fue seco, lo que hizo que Chalkie sonriera. Lo cual, a su vez, hizo que Ella se centrara en él y en su magnetismo de ojos azules, luego se sonrojó levemente.
—Ella —intervino Roxy—, ¿por qué estás aquí?
—Lo siento. —Soltó una risita y su cara adoptó un rosa más oscuro. Era encantadora, muy simpática—. Podría pasarme el día hablando de gatos. Bueno, es una locura, tuve una reacción extraña a la medicación. Medicación con receta. De un médico.
—¿Pero…? —preguntó Dennis.
—Mi novio estaba flipando… —dijo Ella—, y mi mejor amiga, también… por cómo había reaccionado a las pastillas. Se pusieron en plan: «Vas a acabar muerta». —Lo dijo con una voz divertida que arrancó una risa a Dennis y a Trassa. El resto, sin embargo, se quedaron igual—. Sé que estoy bien, pero para que dejasen de preocuparse, me pareció más fácil registrarme aquí.
—¿Te gustaría hablar al grupo de los hechos que lo desencadenaron todo? —dije.
—… Ah… ¡Vale! Pues sí, en febrero, el del año pasado, volvía a casa del trabajo. Tarde. Así que estaba oscuro. Iba caminando desde la parada del tranvía hacia mi casa, y dos personas, dos hombres, aparecieron sin más y… y… —Había bajado la cabeza hasta el pecho y susurró—: Lo siento…
—Tómate tu tiempo, Ella.
—Me agarraron y… me quitaron la mochila. Lo tenía todo dentro, el móvil, el portátil, todo mi trabajo y mis cosas…
—¿Te violaron? —preguntó Dennis. Siempre tan sensible.
Ella levantó la cabeza y se quedó mirándolo.
—No… Pero me hicieron daño y me cagué de miedo. —Miró en mi dirección—. Perdón por la expresión.
Aquella educada disculpa resultó graciosísima. En cuestión de días, si era como todos los demás, Ella estaría echando pestes fuera de control.
Esperé en silencio. Tenía la sensación de que Harlie se lo sacaría por mí.
Esta, por supuesto, se apartó la gruesa cortina de pelo y preguntó:
—¿Qué pasó entonces?
—¿A qué te refieres?
—No estás en rehabilitación porque te atracaran. —Oh, cuánto desdén —. ¿A qué te enganchaste?
—A nada.
—Pastillas —le recordó Harlie—. Has dicho que estabas tomando pastillas. Y tus amigos dijeron: «Vas a acabar muerta». Por tanto, ¿qué hiciste?
—Era incapaz de dormir. Cada vez que cerraba los ojos era como si sintiera sus manos sobre mí, tenía tanto miedo… Mi médico me dijo que sufría trastorno de estrés postraumático… Me recetó somníferos.
—¿Y? —inquirió Harlie—. Nadie entra en rehabilitación porque su médico le diese una receta.
—… Vale… —Ella me miró en busca de orientación.
Yo seguí con cara de póquer. Era algo que me había costado mucho al principio, todo el rollo impasible. Mi primer impulso siempre era correr a ayudarlos. Si me dejan sin supervisión, yo también soy una complaciente devota.
—Pues sí, ocurrió algo extraño. Una noche, la semana pasada, cogí el coche de mi novio. Me había tomado el somnífero, estaba dormida en la cama, y es una locura, pero no recuerdo haberlo hecho…
—¿No recuerdas haber conducido? —saltó Harlie.
—A veces ocurre con esas pastillas. —Ella estaba en plan explicación sincera—. En Estados Unidos hay juicios por esto. Es culpa de las pastillas.
—¿Llegaste bien a casa esa noche? —pregunté yo.
—Hum, no. Estrellé el coche contra un muro…
—El ventanal de una casa —corregí.
—¡Eh, un momento! —exclamó Roxy—. ¿Así es como te rompiste la clavícula? ¿Ese fue «el accidente»?
—¡Sí! —Ella sonreía, pero tenía la cara roja, la habían pillado.
—Pensé que te habías resbalado en el hielo o algo así —dijo Roxy.
Por supuesto, Ella se había mostrado vaga acerca de la lesión, tratando de confundir para evitar cualquier conexión entre huesos rotos y somníferos.
Había intentado mantenerse firme en su versión saneada y simplificada de lo que había hecho, pero la historia real se revelaría a lo largo de los días y semanas siguientes. A menos, claro, que empezase a practicar sexo con algún otro paciente detrás del sofá en la sala de juegos. Y, por las miradas anhelantes que no paraba de lanzar a Chalkie, todo era posible.
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