Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 36 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 36

36

 

 

Había reprogramado el grupo de la tarde del martes para concentrarme en Trassa.

—¿Cómo estás? —le pregunté.

—Estoy… —De pronto se agarró el estómago y lloró durante lo que parecieron varios minutos. Y comenzó la cadena tipo extinción-de-incendios-medieval con los pañuelos—. He ido acordándome de cosas — acertó a decir al fin—. Empeñé mi anillo de compromiso. Había pertenecido a la abuela de Seamus padre y tenía algo de valor. Michael se enteró y se puso furioso. Me dio el dinero para que lo recuperara, pero… me lo gasté. Por eso no me habla.

Otro aluvión de lágrimas.

—Hace mucho que ya no lo tengo, y me siento… —se atragantó—, como si me hubieran partido el corazón.

—¿Por qué?

—Porque era precioso. Era la única joya auténtica que había tenido en mi vida. Y tenía un valor sentimental. Cuando Seamus lo puso en mi dedo, me sentí feliz. Y me deshice de… ééél.

—¿Disfrutaste de lo que hiciste con el dinero?

Sus ojos llorosos me observaron con suspicacia.

—¿Qué quieres decir?

—La apuesta que hiciste, ¿la disfrutaste? —Con dulzura, añadí—: No es una pregunta capciosa, Trassa.

—La disfruté. —Casi en un tono de disculpa, dijo—: No hay nada en el mundo que se le parezca. Cuando me asalta el anhelo, siento… siento como si estuviera llena de chispas, de destellos. Es como si la vida fuera un árbol de Navidad. —El mero recuerdo de le emoción le sacó una sonrisa—. Es como cuando tu padre sale el sábado por la noche con los chicos y te quedas sola en casa con mamá. Tiene caramelos para las dos y veis una película juntas en la tele. Esa es la sensación. Me hace feliz.

Rompió de nuevo en sollozos.

—Echo mucho de menos a mi madre, muchísimo.

La mitad de los presentes tenían un nudo en la garganta o lágrimas en los ojos, yo incluida.

—Desde que se fue —susurró Trassa—, desde que nos dejó, no he vuelto a sentirme segura. Era la única persona con la que me sentía a gusto. Ahora siempre estoy en guardia.

—¿Qué edad tenías cuando murió?

—Trece.

—¿Y a qué edad te casaste?

—A los diecisiete. Pasé de una tanda de varones a otra.

—Tu primer hijo, Michael, ¿cuándo nació exactamente? ¿Cuánto tiempo llevabas casada?

Tras un breve titubeo, dijo:

—Cuatro meses.

—Trassa —traté de sonar desenfadada—, ¿existe alguna razón para que no llamaras a tu primer hijo Seamus?

Desesperada por interpretar las señales de Trassa, tenía todas mis células en alerta máxima. Ese era su momento. Si así lo deseaba, zanjaríamos el tema de inmediato. O podíamos dejarlo para una sesión individual. Pero no podíamos hacerlo desaparecer.

—¿Seamus es tu segundo hijo? —pregunté—. ¿Lo llamaste así por tu marido?

Asintió.

Nos sostuvimos la mirada en un intercambio intenso de confianza y responsabilidad.

—Trassa —mi voz era casi un susurro—, ¿quién es Michael?

Después de un largo, larguísimo silencio, en que el mundo dejó de respirar, respondió:

—Mi padre.

Me levanté de inmediato y puse fin a la sesión. Sumisos y callados, los otros seis abandonaron la sala mientras Trassa y yo nos trasladábamos a una sala privada.

—Se me empezó a notar a los dos meses y medio. Me aseguré de que todo el mundo pudiera verlo. Me paseaba por el pueblo pidiendo… — tartamudeó Trassa—, pidiendo a gritos que me vieran. Estoy segura de que todo el mundo lo sabía. No había secretos, sigue sin haberlos, pero nadie dijo nada.

—Cuando tu madre vivía, ¿te protegía?

—A ella también la tenía aterrorizada, pero hacía lo que podía. Cuando murió, ya no hubo quien lo parara.

—¿Lo sabe tu marido?

—Nunca dijo una palabra, pero confié en que, si le ponía a mi hijo el nombre de mi padre, quizá… Porque sabe que lo odiaba. Pero no, nadie me lo preguntó nunca. Ni una sola persona. Tú eres la primera.

—¿No había mujeres en tu vida? ¿Una maestra? ¿Tías? ¿Amigas?

—Mis maestras eran monjas. Intenté contárselo a mis compañeras de colegio, pero… es difícil describirlo. No tenía sentido porque nada podía hacerse. ¿Ir a la policía? Me habrían echado la culpa a mí. Tenía diecisiete años y no tenía novio. Me paseaba por el pueblo sin ocultar mi embarazo con la esperanza de que alguien… Lo único que ocurrió es que mi padre y el padre de Seamus trazaron un plan: Seamus Higgins, con su asma y su corazón débil, se casaría con la estúpida zorra preñada. Aunque podría haber sido peor —dijo—. Seamus es un hombre decente. Pero siempre está enfermo, siempre.

Temiendo hablar por si metía la pata, me limité a asentir.

—¡Bien, Rachel! —continuó Trassa en un tono más animado—. Ahora que ya conocemos la «raíz» de mi problema, ¿puedo volver al rasca y gana?

Se me cayó el alma a los pies.

—Trassa, siento mucho por lo que has pasado y haremos lo posible por encontrarte la ayuda especializada que necesitas y mereces. No obstante, sigues siendo una adicta, y nada puede cambiar eso. Después de lo que te ocurrió, es comprensible que buscaras una válvula de escape. Lo siento, Trassa.

—O sea que, después de todo lo que te he contado, ¿todavía tengo que dejarlo?

—Sabes que sí.

Me miró a los ojos un largo instante. Luego lloró desconsolada.

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