Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 6 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 6

6

 

En cuanto me desperté, oí en mi cabeza: «Tienes que ir al funeral».

¡Vaya!, pensé. ¡Has tardado lo tuyo!

«Sí. Je, je».

Pues ya estaba. Tanto si me gustaba como si no, iría al funeral.

Entonces me marché a trabajar.

—Giles ha pasado mala noche —explicó Hector en la reunión de la mañana—. Abrumado por la culpa. No ha parado de llorar.

Ted se volvió hacia mí.

—¿Quieres una sesión con él? Murdo, ¿estás disponible para cubrir grupo?

Murdo asintió.

—Y siento no haber avisado antes —dije—. Pero, Murdo, ¿puedes cubrirme mañana por la mañana también? Tengo que ir a un funeral. La madre de mi ex.

—¿El ex? —exclamó Murdo.

—¿Estás segura de que es buena idea? —me preguntó Ted—. ¿Estará el ex allí?

Estuve a punto de reírme.

—Ted, es su madre. De todos modos, volveré a tiempo para el grupo de la tarde.

—Genial. Y tu nueva interna llega mañana por la mañana —añadió—. Priya te enviará el informe por email.

Fui a buscar a Giles y, en el pasillo, me crucé con Dennis, que se arrimaba a Roxy; hablaban muy concentrados. Solo Dios sabía qué quería Dennis de ella, pero, por la energía de camello embaucador que emitía, sin duda no era consejo sobre la recuperación. Más bien parecía estar intentando venderle una fosa séptica («un solo propietario cuidadoso») o esforzándose por comprar una roller disco a precio de saldo…

Me vio, y una expresión teatrera de miedo le atravesó el rostro.

—Jesús, ahí está Rachel —declaró—. ¡Me tiemblan hasta las botas!

(Las botas en cuestión eran de goma, hasta el tobillo, y llevaba por dentro el dobladillo de los pantalones, hecho trizas. Pese a que Dennis era de pueblo, era la clase de tipo hábil que no se lo pensaría dos veces a la hora de ayudar en el parto de una oveja si creía que con ello cosecharía un par de votos en las elecciones locales).

—Buenos días, Dennis, Roxy. —Intenté sonar altiva.

Ser mala no me salía de forma natural, pero era importante causarles pavor.

—Temblando —repitió Dennis en un tono bajo falso.

«Deberías», pensé, casi con tristeza. «Estoy acumulando un montón de información acerca de ti y tus correrías, y pronto te va a caer una de miedo».

En el comedor, Giles, flanqueado por Chalkie, estaba poniendo mantequilla en una tostada mientras lloraba.

—¿Quieres parar, pedazo de burro? —le decía Chalkie, no sin cariño—. Te estás poniendo en evidencia.

—Deja que llore. —Trassa se mostraba muy comprensiva—. Después de las cosas terribles, terribles, que ha hecho, las vidas que ha arruinado, ¿quién no lloraría? —Cuando Giles echó un vistazo a la mesa, preguntó—: ¿Qué estás buscando, cielo?

—Mermelada —lloriqueó Giles.

—¡Harlie! —gritó Trassa—. Pásale la mermelada al pobre Giles.

—Giles —dije yo. Alzó la vista, con la cara empapada—. Nos vemos en la Consulta Tres a las diez en punto.

Asintió sin pronunciar palabra.

—¿Esta mañana no haces grupo? —Chalkie se mostró preocupado—. ¿Quién te cubre?

—Murdo.

—Vale. —Su cara adoptó varias expresiones hasta que por fin aterrizó en la decepción. Murdo, mi joven sustituto, lleno de tatuajes y piercings, era duro, y eso a Chalkie no le iba bien, porque aún estaba intentando evitar quién era realmente.

Al cabo de seis minutos, Giles, hecho un mar de lágrimas, se sentó en el sillón que tenía delante. (Los asientos eran mucho más cómodos en esas salas individuales).

Como hombre de éxito, privilegiado, se había pasado la vida coleccionando y descartando mujeres e hijos. Lo había conseguido todo sin esfuerzo. En los últimos años, sin embargo, su exclusiva vida, jugando al tenis y saliendo a navegar, había descarrilado cuando sus buenos tiempos sobrepasaron el límite de una adicción atroz.

Pero su segunda esposa y la tercera habían competido por permitírselo el mayor tiempo posible. En cuanto una se atrevió a formular la opinión de que empezar cada día con cuatro rayas de coca quizá no fuese lo ideal, se había largado con la otra, sin más. Este ping-pong de exmujeres se había prolongado durante más de un año, con Giles rebotando adelante y atrás.

Sus compañeros de trabajo también lo protegían porque era «altamente funcional», lo que se traduce como «capaz aún de atraer a clientes potenciales». (Mientras quien sea siga haciendo dinero, todo el mundo parece feliz de fingir que está perfectamente).

La junta directiva solo se decidió a despedirlo tras un ataque de paranoia en un viaje de prensa, lo cual fue el catalizador que lo empujó hasta The Cloisters. Todavía no había visto nunca a un adicto que buscara ayuda si no corría el riesgo de perder —o no había perdido ya— a alguien o algo importante para él.

Durante las cuatro semanas anteriores, había desplegado un bombardeo de realidad sobre Giles. Sus amigos, mujeres, exmujeres e hijos adultos habían aparecido para revelar la verdad sobre él.

Aquello lo había desgarrado, y en ese instante gimoteaba con una caja de pañuelos de papel en el regazo.

—¿Por qué lloras? —le pregunté en tono suave.

—Por todo —contestó con la voz pastosa—. Por haber dejado a Danielle. —La primera esposa—. Estaba destrozada… y me dio igual, porque creí que amaba a Ingrid. —La tercera esposa. (Sí, de algún modo se las había arreglado para colar una esposa extra entre la primera y la mujer por la que había dejado a esta. Giles estaba lleno de giros argumentales)—. Y mis hijos. No eran más que niños y los desatendí…

Este momento era peliagudo para cualquiera en rehabilitación, y Giles necesitaba que lo guiasen con suavidad. Si se veía demasiado abrumado por el dolor o el arrepentimiento, cabía la posibilidad de que se marchase, para volver corriendo a su viejo analgésico.

El régimen de The Cloisters era duro. Sí, los pacientes se veían empujados muy lejos de su zona de confort, pero siempre con una atención exquisita. Se les vigilaba de forma constante para saber cuándo echar el freno, cuándo presionar, cuándo cambiar de estrategia de golpe y mostrarles algo de amor.

—Has avanzado muchísimo en los últimos veintinueve días —le dije—. Te estás convirtiendo en una persona completamente nueva. Es dolorosa, toda esta claridad, pero valdrá la pena. Con el tiempo, puedes intentar arreglar las cosas con la gente a la que has hecho daño.

—No me perdonarán jamás.

Quién sabía si lo perdonarían o no, estaban en su derecho… Pero…

—Sea como sea —continué—, puedes superar esto, y cualquier otra cosa que la vida te eche encima, sin recaer.

Lo acompañé de vuelta al grupo y se me antojó hacer una señal con el dedo a Harlie para que saliera, solo para comprobar que estaba bien después de que Simon se fuera.

Entró deslizándose en la consulta; iba a la última: cejas, pestañas, piel y pelo. En el mundo exterior, dirigía una clínica CosMedical (llamada Rich Girl Face, me encantaba el nombre), donde tenía acceso a todo tipo de retoques.

—¿Y bien? —dije—. ¿Simon?

—¿Qué pasa con Simon? —Se mostraba reservada.

—Él y tú estabais… ¿unidos?

—¿Te refieres a si me gustaba? —La mirada que me lanzó era combativa. Luego añadió—: Puede. Durante treinta segundos. Gran error.

—No te flageles por ello —dije—. Ocurre constantemente aquí dentro. Cuando te quitan tu droga preferida, buscas otras formas de sentirte mejor.

—Sí, pero me he enterado de lo suyo con Prissie —repuso—. Son todos gentuza, ¿verdad? Mentirosos e infieles, todos esos inútiles.

—¿A quién te refieres exactamente?

De inmediato frunció la boca como si se la hubiesen tensado con un hilo. No quería dejar escapar ningún nombre. En nuestra primera sesión, dos semanas y media antes, había bramado:

—Ese cabrón está muerto para mí.

—¿Quién? —repetí yo.

—Nnnnnn… —murmuró, tras los labios sellados, con los ojos brillantes y saltones. Lo juro por Dios, a pesar de la furia, era divertidísima.

Al final soltó el aire y se permitió hablar.

—Caleb.

Su exmarido. La había dejado alrededor de un año antes. Yo le había mandado mensajes de texto, emails, le había llamado, intentando convencerlo de que fuera a confrontarla, pero lo único que obtuve fue un silencio ensordecedor. Probablemente estaba tratando de seguir adelante con su vida, ¿quién podía culparle?

Sin embargo, dos amigas suyas habían acudido, y sus testimonios vívidos y exhaustivos sobre sus aventuras de borracha la habían horrorizado hasta el punto de que vio que no era una simple fiestera, sino una verdadera alcohólica.

—Aparte de Simon, ¿cómo estás? —le pregunté.

—De perlas, Rachel. ¿Y tú?

Esperé.

—Solo vine aquí para aprender a beber con normalidad. —Le tembló la voz, no supe si de dolor o de ira—. Pero, según tú, no puedo volver a beber nunca. Mi vida se ha acabado y no tengo más que veintinueve años.

—¿Y qué hay de Tegan? —pregunté—. ¿Y si ella hubiese tenido la oportunidad de dejar de beber?

—¡Deja de intentar hacerme sentir culpable!

—Tegan murió de intoxicación etílica —le recordé con suavidad. Tegan había sido una de sus mejores amigas. Tras su muerte, los padres y amigos de Harlie habían realizado una intervención para que no se convirtiera en la siguiente víctima.

—Si Tegan hubiese podido elegir entre morir y dejar de beber, ¿tú qué crees que habría escogido?

—No lo sé.

Sí lo sabía, pero, en ese preciso momento, le causaba demasiado dolor aceptarlo.

Después de que se marchara, abrí el informe de la novata que llegaría al día siguiente. Ella Black, de veintiocho años, su veneno particular eran al parecer los somníferos. La habían convencido de que necesitaba ir a rehabilitación después de que cogiera el coche de su novio para dar una vuelta a las tres de la madrugada y lo estrellara contra el ventanal de una casa. A pesar de que se había roto la clavícula, había salido del coche, había caminado hasta casa, se había vuelto a la cama y se había despertado sin ningún recuerdo de lo ocurrido.

También había habido varios incidentes con Facebook a altas horas de la noche. Trabajaba como proveedora de contenidos de redes sociales para una aerolínea, un trabajo bien remunerado, de alto estatus, según su novio, Jonah, el propietario del coche estrellado.

En las últimas siete semanas, ella había subido material extraño a la cuenta de la empresa: una teoría de la conspiración alocada sobre el gobierno estadounidense y una afirmación acerca del «verdadero» padre del príncipe Luis. De no ser porque el jefe de Ella —alguien llamado Boyd— lo había bajado antes de que despertara algún interés, sin duda la habrían despedido.

Siempre eran todo prisas cuando entraba alguien nuevo a mi cargo; la oportunidad de ayudarla a cambiar su vida era emocionante. El potencial, el futuro que tenía aquello…, que tenía aquella persona. A veces, por supuesto, no funcionaba. Creían que no eran adictos de verdad o aún no estaban preparados para abandonar a su mejor amigo.

Con frecuencia, reaparecían en The Cloisters al cabo de un año o dos, mucho más maltratados, mucho más humildes.

Empecé a enviar emails y a llamar a las personas importantes en la vida de Ella, intentando establecer el mayor número de detalles posible. Además de Jonah, estaban su mejor amiga, Naaz, sus padres y sus dos hermanos. Allí dentro, los clientes solo proporcionaban la versión más saneada, más trágica, de sí mismos. Para obtener una imagen completa, había que hablar con todos aquellos que los conocían. Era un poco como investigar un crimen.

Hablando de lo cual… ¡Dennis! Aunque contaba con varios testimonios escritos de sus correrías, me estaba costando que acudieran a confrontarlo seres humanos de verdad.

Su mujer, Juliet, le había obligado a entrar en rehabilitación amenazando con dejarle. Sin embargo, las pocas veces que habíamos hablado desde entonces, me había quedado claro que había gastado toda su energía en empujar a su marido lejos, hasta nosotros. Lo que ella quería a continuación era alguna especie de transformación mágica y que le devolviéramos a Dennis arreglado. Pero no ocurriría sin su intervención, así que la llamé de nuevo.

—No sé, Rachel —dijo—. La semana que viene lo tengo mal…

—¿Y tus hijas?

—No quieren ir. Ya fue bastante duro para ellas escribir aquellos testimonios.

Ya me había visto rechazada por el médico de cabecera de Dennis y su mejor amigo y dos hombres con los que trabajaba en el ayuntamiento local. Tenían miedo, los tres, lo cual no era poco habitual ni de lejos. Exponer a un ser querido como un adicto o un alcohólico solía ser un proceso doloroso. Debido a que lo querían, deseaban que obtuviera ayuda, pero también deseaban evitar la confrontación.

A veces un amigo o un familiar llegaba con un arranque de furia justificada, predispuesto a destrozar al adicto. Pero con la misma frecuencia, la gente se veía envuelta en la culpa y la confusión.

—Juliet, tienes que venir. Si no, estás malgastando el dinero.

—Quizá la semana siguiente. ¿Qué hay de…? —Aligeró el tono—. Podrías probar con su hermano, Patch. Le enviaré tu número y le diré que te llame.

—Pero… —Había colgado.

 

¡Me habían llegado las zapatillas!

—¿Tres pares? —preguntó Brianna.

—De números diferentes.

Me dedicó una mirada.

—¿En serio?

«Ejem, ejem, no es sano mentir, aunque sea sobre cosas sin importancia…».

—No —reconocí—. Eran todas bonitas y no me decidía, y ya que estaba pagando por un envío, podía aprovechar para echar un vistazo a las otras…

—Te han llegado más cosas. —Señaló con el bolígrafo una pila ordenada de paquetes—. Si fuese de las que apuestan —me pasó un paquetito cuadrado—, diría que es una vela de granada negra.

Y lo era. Entonces leí la tarjeta.

—¡Qué bonito! De… ¿recuerdas a Fiona Headley?

—¿Adicción al sexo? ¿Hace unos catorce meses? Es evidente que sigue bien, si te manda velas en señal de agradecimiento.

—Sí.

—¡Yo también les ayudo! —dijo Brianna—. Hago todo el papeleo a la perfección. Pero a mí nunca me mandan velas caras.

—Quédatela. —La empujé hacia ella—. En serio, te la has ganado con creces. ¡Insisto!

—Vale, gracias, ¡acepto!

—Pásame ese otro paquete. ¿Qué es? —Leí los detalles del remitente y exclamé—: ¡Es mi palita de jardinería!

—¡Ábrelo!

Al igual que yo, Brianna hacía sus pinitos con la jardinería.

Saqué la herramienta de acero inoxidable del embalaje y la sopesé en las manos.

—¡Mira qué ligera es!

Me la cogió.

—Y eso que el mango es de madera de cerezo.

Nos maravillamos ante semejante eficiencia ergodinámica.

—Nunca se tienen demasiadas palitas —declaré.

—Ni regaderas.

—Ni azadas.

—Ni tijeras de podar.

Y era la verdad. Una vez que emprendías el camino de la compra de herramientas de jardinería, siempre iba a haber algo más sofisticado, más robusto, más ligero, de un metal mejor o en un color más bonito.

Ya lo he dicho: era capaz de engancharme a cualquier cosa.

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