Otra vez, Rachel
Capítulo 62
62
—Buenos días —dijo Brianna—. Tu nuevo paciente está en la habitación tres.
—Gracias.
Debía concentrarme en el trabajo y, en concreto, en Lowry Cooke. Tenía treinta y nueve años, era adicto al alcohol y la cocaína, y lo habían convencido para que ingresara después de que su vida se hubiera ido al traste: su novia lo había dejado, sus amigos le habían dado la espalda y una pareja de recién casados lo había denunciado por arruinarles la boda.
Abrí la puerta y ahí estaba: guapo, con un aire desgarbado, larguirucho y algo sucio, llevaba unos vaqueros efecto piel por debajo de la cintura y el pelo oscuro le tapaba la frente.
—¿Lowry? Soy Rachel, tu terapeuta.
Parpadeó y me miró con cara de sorpresa de un modo teatrero.
—Vaya. —Una sonrisa se dibujó lentamente en su cara y me estrechó la mano entre las suyas.
«¡Oh, Dios, no, uno de estos no! ¡Un patético monstruo del flirteo que no parará hasta que le guste a todo el mundo!».
Aunque era un fotógrafo cotizado, vestía como el cantante de una banda indie; con una camiseta descolorida de Karen Carpenter, como dictaba la moda, y unas botas vaqueras bordadas. Llevaba brazaletes de la amistad y otras chorradas similares en las muñecas, tatuajes que le cubrían ambos brazos por entero y una pesada placa de identificación del ejército que le pendía del cuello, y tenía escrito en la clavícula: «Con las horas contadas».
—Por favor, siéntate —le dije.
Se apoltronó en la silla, abriendo las piernas a tope como si nada, de tal modo que, con sus largas extremidades y sus botas aún más largas, casi llegaba hasta la pared más alejada.
—¿Y bien? —pregunté.
—¿Y bien? —Sonrió con suficiencia, como si fuera una primera cita.
—¿Por qué estás aquí?
—Porque este sitio tiene buena reputación. Es como un campo de entrenamiento militar para la mente. Tenéis que arreglarme.
—¿Qué quieres decir con eso?
Respiró hondo.
—Depresión. Y de las malas. Llevo años superándola y recayendo en ella sin parar. Es la razón por la que bebo y me coloco. Pero vosotros llegáis a la raíz de los problemas, ¿verdad? —Se sacó un paquete de cigarrillos de los vaqueros, se llevó uno a la boca y masculló—: ¿Te importa que fume?
—Hay una zona para fumadores en el jardín.
—Vaya. —Se hizo el dolido y volvió a meter el cigarrillo en el paquete —. Pues eso —añadió—. En cuanto descubráis qué se torció, no tendré que beber tanto.
Eso era algo habitual: adictos que se presentaban en el centro, convencidos de que la causa de todo lo que les afligía era un trauma olvidado. Esperaban que rebuscáramos hasta dar con él y se lo arrancáramos, como un pelo enquistado, para poder seguir bebiendo o metiéndose el veneno que fuera y todo iría genial.
Pero en diez de cada diez ocasiones, cuando indagábamos, descubríamos que la razón por la que se sentían deprimidos era que bebían como cosacos o que consumían drogas como si no hubiera un mañana.
Aun así, tenía que ser clara con él.
—Esto es un centro de rehabilitación, no un hospital. Aquí no hay médicos. Tratamos a alcohólicos y adictos. Si no es eso lo que quieres, deberías marcharte.
—Me has entendido mal. No soy alcohólico.
—Lowry, te contrataron para hacer las fotos de una boda. De un día muy especial para alguien. Te emborrachaste tanto que la mayoría de las fotos que sacaste no valen. Te caíste en un estanque ornamental. Tiraste la tarta nupcial al suelo y la pisaste…
—No pretendía…
—Vomitaste en el coche de los novios. Le entraste a la novia…
—Eh…
—Luego le entraste al padre del novio.
Hizo un gesto despectivo con la mano.
—El amor no tiene género.
—A mí me suena más bien a alcoholismo.
—Sí, vale, no estoy orgulloso de cómo me comporté aquel día. Pero por eso estoy aquí. Cuando descubra por qué bebo, estas cosas ya no me pasarán.
—¿Que ya no te pasarán? El alcohol no entró en ti por arte de magia, Lowry. Te lo bebiste.
—Solo porque estaba en un momento muy oscuro. Era la única manera de sobrevivir a ese día. Mi chica me había dejado… Hacer el reportaje fotográfico de una boda con el corazón roto fue muy duro.
Podía haberme echado a reír. Lowry Cook no podría haber encarnado mejor al alcohólico de toda la vida. Se aferraba a su papel de víctima, se negaba a asumir la responsabilidad de sus actos, insistía en justificar cualquier acto bochornoso.
—Ese día —dijo— me pasé bebiendo. Pero no es lo normal.
Consulté mis notas.
—Pero ya tenías una amonestación de la policía por desorden público por ir borracho el mes anterior…
—Rachel, mi ruptura con Sienna me dejó hecho polvo aquí. —Se tocó el pecho—. Bebí como loco, me descontrolé… —Negó con la cabeza—. Yo no soy así.
Una vez más, podía haberme echado a reír. Ojalá fuera consciente de que no era más que un cliché. Con suerte, se quedaría el tiempo suficiente para darse cuenta.
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