Otra vez, Rachel
Capítulo 93
93
Me tambaleé hasta la cama y estaba profundamente dormida cuando me sonó el teléfono; era Claire.
—¿Ha muerto alguien? —Era ella la que se había burlado de Luke por hacer una llamada de verdad.
—No, nadie. Perdona que te llame, pero esto es gordo. ¿Has visto sus historias?
—¿Las de quién? ¿Las de Kallie? —Todavía estaba tratando de hacer que mi cabeza funcionara—. No.
—¿Lo de sus pensamientos y oraciones? Ha conseguido su gran oportunidad. Bueno, una oportunidad. Una de sus canciones estará en un nuevo programa de televisión. Algo en Hulu. Por el alboroto, cualquiera diría que va a entrar en el Salón de la Fama del Rock and Roll.
Hice clic en mi iPad. Y ahí estaba Kallie, rebosante de emoción. Sí, era real; una canción escrita e interpretada por ella iba a salir en el cuarto episodio de la primera temporada de Widow Spider, que se emitiría en octubre en Hulu.
«Chicos. —Kallie estaba llorando—. No sabéis cuántas veces he estado a punto de rendirme. He hecho muchos sacrificios para mantener vivo mi sueño. Muchos, muchísimos».
Y desde luego eso tenía que reconocerlo. Había hecho lo que tenía que hacer para vivir su vida mientras seguía manteniendo la fe en sí misma y en su talento.
De acuerdo, tratar de sacarle el dinero a Kate fue algo bastante burdo. Y, si seguía con Luke, estaba muy celosa de ella. A pesar de todo esto, admiraba su determinación.
Por curioso que pudiera parecer, también sentía un extraño alivio. Aunque la vida no tendía a repartir premios de consolación, la buena suerte de Kallie había mitigado los remordimientos por acostarme con Luke. Se merecía un respiro.
Seguía hablando, animándonos a que nos aferráramos a nuestros propios sueños. «Nunca, nunca, nunca os rindáis».
Pero no todos los sueños se hacen realidad.
Muchas veces era mejor alejarse. A menudo era mejor olvidarte de lograr una meta inalcanzable que desperdiciar tu vida.
—Escúchala. —Claire se mostró muy despectiva—. Como si hubiera ganado el Premio Nobel de Imitadores de Taylor Swift. ¡Bueno! Esa era su gran noticia. No casarse o lo que sea con Luke.
Pero Luke se mudaba de casa. Probablemente… bueno, posiblemente… con Kallie. ¿Y yo estaba tan cansada por el tormento de no saber que tal vez ya no me importaba?
¿Estaba sintiendo un cambio en mí, algún tipo de progreso? ¿Quizá lo estaba dejando ir realmente? ¿Quizá me estaba viendo obligada a dejarlo ir?
—Gracias, Claire, mañana hablamos.
—Ah, vale. —Parecía desanimada porque no me había emocionado más.
No creí posible que volviera a dormirme, pero cuando me sonó el teléfono de nuevo, estaba como un tronco. Mientras trataba de despertarme, pensé que si era Claire con alguna otra jodida noticia sobre Kallie, iba a… ¡Oh! No era Claire, era Helen.
Era la una y trece minutos, una hora curiosa para interesarse por mi estado.
—¿Qué tal? —preguntó—. Oye, hay algo que… No sé, pero estoy sangrando.
Me incorporé, horrorizada.
—¿Dónde está Artie?
—En Ginebra. Por eso te llamo.
—¿Sangras mucho? —Me levanté de la cama, saqué un chándal de un cajón, cogí las llaves y busqué el teléfono antes de darme cuenta de que lo tenía en la mano—. ¿Necesitas una ambulancia?
—Yo… —De repente parecía aterrada—. Rachel, no lo sé.
—¿Tienes una hemorragia?
—No. Es como cuando empiezas con la regla. No es fuerte. Pero está ahí.
—Vale. Voy a buscarte. —¿Sería mejor una ambulancia? No tenía ni idea. Pero la única persona en la que confiaba para hacer eso era yo misma —. Vístete, prepárate para salir. Estoy contigo en veinte minutos.
Estaba delante de su casa, pálida y asustada a la luz de una farola. La acomodé en el asiento del acompañante y conduje hasta el hospital. La hice entrar a toda prisa, tratando de ser delicada.
—¡Está de dieciséis semanas! —le dije a la recepcionista—. Está sangrando.
Era difícil no gritar: «¡Véanla ahora! ¡Ahora mismo! ¡Hagan que esto pare!».
Se llevaron a Helen para hacerle un escáner con satisfactoria rapidez. Entonces mi alivio se convirtió en terror: ¿y si el latido del bebé se había detenido?
De inmediato quise hablar con Luke.
Mientras inspiraba durante cuatro segundos y exhalaba durante siete, hablé con Yara y le rogué que hiciera que todo fuera bien. «Inspira cuatro, espira siete. —Diciéndome que Helen estaría bien—. Inspira cuatro, espira siete, inspira cuatro, espira siete». Una y otra vez.
Ya había pasado mucho tiempo, más de una hora, ¿era algo bueno? ¿Algo nefasto? «Inspira cuatro, espira siete. Inspira cuatro, espira siete».
Y vino una enfermera. Me levanté de un salto.
—Está bien. Solo ha sido un sangrado irregular. Es aterrador, pero sucede. Ha hablado con su pareja y le ha tranquilizado. La mantendremos aquí toda la noche, solo para asegurarnos, pero podrá irse a casa por la mañana.
—¿Puedo quedarme con ella?
—Necesita descansar.
—¿Había dos latidos en el monitor? —Me atreví a preguntar.
—Sí.
—¿Está segura?
—Sí —reiteró de forma educada—. Tienes que irte ya.
No. Tenía que vigilar. Ahí era donde me había equivocado con Yara.
«Estás loca», me dije.
«No puedo evitarlo», respondí.
En plena noche me monté en mi coche, pero me resultó imposible marcharme. Al menos no todavía. Así que inspiré durante cuatro segundos y espiré durante siete, luego repetí el proceso una y otra vez, y el tiempo fue pasando poco a poco.
De vez en cuando veía circular un taxi. En algún momento pasaron dos mujeres, luego un hombre solo, pero la ciudad estaba tranquila. Mientras seguía cogiendo aire durante cuatro segundos y soltándolo durante siete, me mantuve despierta, en guardia. En algún momento oí un ruido que pareció un pájaro piando. Esperé, aguzando el oído. Volví a captarlo. Era un pájaro. Un turbio resplandor se alzó en el cielo por encima de los tejados.
Otro pájaro gorjeó, y luego más. El resplandor del cielo se tornó en un marrón radiante y después en un ocre brillante.
El día despuntaba.
Pero yo seguía atrapada en el horror de la noche anterior.
Volví al hospital. La hemorragia de Helen había parado, estaba lista para que le dieran el alta y reinaba el optimismo. La llevé a casa y llegamos justo cuando Artie volvía de Ginebra.
Tras una ducha y un café en su casa, me fui a trabajar. Fue un día ajetreado, productivo, en el que por fin se produjo un muy esperado progreso con uno de mis patitos más testarudos.
Había momentos en los que era realmente buena en mi trabajo. Más o menos una vez al año, me impresionaba a mí misma, y ese era uno de esos días.
Pero todo tenía lugar a gran distancia, como si estuviera observando desde una habitación pequeña y oscura.
Al salir del trabajo me fui a una reunión de Narcóticos Anónimos y traté de explicar mi temor. Luego visité a la pobre Nola y hablé dando rodeos incoherentes hasta agotarla. Después de asistir a una segunda reunión a última hora, me fui a casa, conseguí tener una charla con Kate y con Devin en la que debí de parecer normal, y me fui a la cama.
Pero no podía dormir, seguía atrapada en un lugar en el que acababa de experimentar la pérdida más espantosa.
Las instrucciones de Nola eran que siguiera centrándome en los hechos. Y los hechos eran que habían pasado siete años, que había sobrevivido y que tenía una buena vida.
Aun así, había acabado de nuevo en ese lugar intermedio, ya olvidado, en el que nada parecía real pero todo resultaba terrible.
Por fin me dormí. Fueron dos horas y media de dichosa inconsciencia, pero, a eso de las cinco de la madrugada, una descarga de adrenalina me devolvió a mi infernal vigilia.
Cuando los pájaros empezaron a anunciar el día, supe que no podía ir a trabajar. Podía aguantar una noche sin dormir, pero no dos.
Envuelta en una silenciosa desesperación, pensé de nuevo en llamar a Luke, pero sin duda era demasiado tarde, ya que en su zona horaria era la una de la madrugada.
Sentí una inesperada punzada por mis padres. Quería que me hicieran caso, aunque sabía que ni ellos ni nadie podían arreglar nada. Pero ¿podría tranquilizarme al estar en casa de mi familia? Valía la pena intentarlo.
Aparqué fuera y vi que las cortinas de su habitación seguían corridas.
Eran las nueve de la mañana y aún no se habían levantado. No los juzgaba. Entré, me dirigí a la cocina y puse la tetera a hervir en el acto. Iba a probar con una taza de poleo menta.
—¡Qué haces aquí! —Mi madre había aparecido, impresionantemente espectral con sus rulos y su ondeante camisón blanco.
—Nada. Es que no puedo dormir.
—¡Has dado un susto de muerte a tu pobre padre!
—Lo siento, mamá.
—¿Por qué no puedes dormir? —preguntó después de mirarme larga y fijamente—. ¿Helen te ha dado un susto? ¿Te acuerdas de tu bebé?
—Me siento tan mal como entonces —confesé, demasiado agotada para fingir—. Como si acabara de ocurrir.
—¿Quieres una galleta?
—No.
—¿Quieres una pastilla para dormir?
—¿Qu… qué?
Empezó a rebuscar en el frutero.
—Hay unas cuantas en alguna parte. De cuando pensamos que tendríamos jet lag, pero no fue así. Aquí están. —Me acercó una caja blanca pequeña y familiar—. Tómate un par con un vaso de agua y luego duerme un poco. La cama de tu antigua habitación está hecha. Voy a vestirme.
En cuanto se fue, saqué el blíster de pastillas de la caja.
Con las manos temblorosas, empecé a hacerlas saltar a través del papel de aluminio y luego me volví hacia el grifo de la cocina.
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