Otra vez, Rachel
Capítulo 37
37
Probablemente no era la mejor noche para quedar con Luke. Aunque me hallaba dotada de las herramientas para protegerme del dolor de mis pobres pacientes, ¿cómo no iba a afectarme el calvario de Trassa?
No obstante, había hecho cuanto podía por el momento. El personal de noche estaba en alerta máxima, y una terapeuta especializada en abusos sexuales se encontraba con ella.
Cuando llegué a casa de Quin, lo encontré trajinando en el cuarto de baño, de espaldas a mí. Agarró del estante un frasco de Luttens 5 O’Clock y se puso un buen chorro con unas palmadas.
—Me encanta ese olor —dije.
—¿Ah, sí? —Nuestras miradas se encontraron en el espejo—. ¿Debería…?
Fue a coger el frasco de nuevo, pero grité:
—¡Ya es suficiente!
Como es lógico, yo quería que Luke flipara con mi atractivo y fragante novio, pero ni por un momento podía parecer que se había esmerado.
Quin se dio la vuelta y exclamó:
—¡Estás fantástica!
Me había pasado la hora de la comida en la diminuta peluquería del pueblo, donde me habían hecho unas ondas brillantes y playeras con el secador. (Nunca sabías si iba a tocarte el espabilado joven gay o la mujer mayor enganchada a sus rulos calientes. Ese día la suerte me había sonreído). Después del trabajo, me fui disparada a casa, donde me puse un vestido camisero engañosamente informal y unos botines.
Quin me inspeccionó las rodillas.
—Deduzco que a tu exmarido le ponen las piernas.
Torcí el gesto.
—No estamos en los setenta, pero sí —porque le había prometido a Quin que nunca le mentiría sobre Luke—, le gustaban mis piernas. No estoy intentando… —agité las manos—, recuperarlo ni nada de eso, pero no sería humana si no quisiera dar una buena impresión.
—A mí también me ponen tus piernas, que lo sepas.
—Puedes mirármelas siempre que quieras.
—¿En serio? Porque… ¿cuándo fue la última vez que te vi con un vestido?
Lo atraje hacia mí y susurré:
—Cállate…
Y estallamos en una carcajada un pelín histérica.
Luke y Kallie aún no habían llegado al restaurante, concurrido y ruidoso. Quin y yo acabábamos de sentarnos cuando noté que se estremecía.
—Mierda —farfulló—, qué día tan terrible para tener ojos.
Le seguí la mirada: Luke estaba en lo alto de la escalera. Acababa de quitarse la cazadora, dejando al descubierto una camiseta blanca y un pantalón negro de cuero con los bajos remetidos de manera desenfadada en unas botas de motorista.
Quin se había afanado en igual medida. Vestido con un pantalón deportivo de sarga de Z (la versión «asequible» de Zegna) y lo que GQ había descrito como una «sudadera de negocios», iba moderno y sutilmente elegante.
Pero Luke Costello con pantalón de cuero era imbatible, una demostración de poderío imposible de superar.
Luke y Kallie estaban dejando unos cascos en el guardarropa. Por lo visto habían ido en moto, de modo que el cuero de Luke tenía una función práctica. Aun así, se me formó un nudo en el estómago y me pregunté por qué había accedido a esa terrible, terrible idea.
Luke me vio y nos señaló. Rodeándola por la cadera, condujo a Kallie escaleras abajo. Los músculos frontales de sus muslos se tensaban con cada escalón que descendía.
Quin se levantó, dio un paso al frente y —no lo estaba imaginando— estiró el cuerpo hacia arriba y ensanchó el pecho antes de estrechar la mano de Luke.
—Soy Quin. Me alegro de conocerte. Mi más sentido pésame por la muerte de tu madre.
—Gracias —murmuró Luke. Me saludó con la cabeza—. Rachel.
Kallie, con un vestido de puntas vaporoso, tenía un delicioso aire a Stevie Nicks.
—¡Hola, hola! —Sus ojos azules brillaron cuando se abalanzó sobre mí, y luego sobre Quin, para abrazarnos.
—Hueles geniaaal —le dijo a Quin, en plan visto bueno coquetón—. Este sitio mola, chicos, gran elección. ¿Nos sentamos? ¡Venga, nos sentamos!
Me hizo sentarme enfrente de ella.
—Un vestido precioso —dije.
—¡Zara! Hoy. ¡Lo sé! —Y añadió—: ¡Ups! —Se precipitó sobre las copas de vino de mi sitio y las levantó—. Perdone. —Había agarrado a un camarero que pasaba en ese momento—. ¿Puede llevárselas? —pidió en un tono severo—. Mi amiga no puede beber ni una gota de alcohol.
—No importa —dije.
—¿No te incitan?
Me reí.
—No.
—Ah, pensaba que… No, vale, todo bien.
Quin bajó la cremallera de su sudadera de negocios y se la quitó, dejando al descubierto una camiseta ceñida que se aferraba a sus definidos bíceps y pectorales. Bien hecho, pensé. Excelente contraataque del Quinster: «Veo tus muslos de cuero y subo unos bíceps impactantes».
Le miré de reojo y le hice la señal de «Buenísimo».
Con una sonrisita de lo más sutil, respondió: «Cuenta conmigo, nena».
—¿Para beber? —El camarero que había retirado las copas estaba de vuelta.
—Agua con gas para mí —dije.
—Es verdad —declaró impávido—, creo que usted no puede beber ni una gota de alcohol.
Esperaba que le sonriera, pero me habría sentido mal. Kallie tenía buena intención.
—Agua para mí también —dijo Kallie, y Luke la miró atónito.
—¿No quieres vino, Kal?
—No. —Le lanzó un mensaje urgente con la mirada y entonces comprendí.
—Kallie, no lo hagas por mí, ni siquiera me doy cuenta. Y Quin también beberá, así que no te cortes.
—¿Estás segura? No quiero incomodarte.
—Puedes estar tranquila.
—Pero ¿no te preocupa que Rachel tenga una recaída? —le preguntó a Quin.
—Rachel es la persona más fuerte que conozco. —Su tono era una pizca afilado—. Además, no soy su dueño.
—Entonces ¿no vais en serio?
—Claro que sí —solté. Luego, de un tirón—: Llevamos juntos casi dos años. Pronto nos iremos a vivir juntos. —No tendría que haber dicho eso—. ¿Y vosotros dos?
—Dieciséis meses. —Kallie me guiñó un ojo—. Por el momento cada uno en su casa. Luke es muy independiente. Pero, claro, eso tú ya lo sabes.
Bueno, pues ya me había enterado. Ojalá lo hubiera sabido antes de que nos casáramos.
—Dentro de una semana es nuestro aniversario —continuó Quin—. El fin de semana que viene me llevo a Rachel a Barcelona…
—Eso está en España, ¿verdad? —preguntó Kallie.
—No, en Texas. —Otra vez Quin siendo un pelín capullo, aunque no me importó. No mucho—. Lo siento, era una broma. Sí, está en España. He alquilado la Sagrada Familia al completo, ya sabes, la iglesia de Gaudí. Le propondré matrimonio a Rachel allí…
—¿Q… qué? Felici…
—No, no, ¡es broma! —Quin estaba aturullado. Apurado—. Rachel y yo… —desesperado, me hizo señas—, siempre bromeamos sobre…
—… proposiciones de matrimonio en lugares «obvios» —expliqué.
Al ver la expresión inalterable de Kallie, Quin añadió:
—¿En lo alto de la torre Eiffel? ¿Sobrevolando el Gran Cañón del Colorado en helicóptero…?
Un manto de bochorno cayó sobre nosotros, hasta que, con la voz engolada de un presentador de telediario, Quin anunció:
—Y por eso las bromas privadas deberían mantenerse en privado. Lo siento, Kallie.
—No pasa nada. —Su sonrisa era sincera.
Durante un rato, los comentarios sobre la carta generaron la falsa sensación de una conversación fluida. No obstante, en cuanto pedimos —y todos nos mostramos partidarios de saltarnos los primeros, pues nadie quería que la velada se prolongara demasiado—, cayó en picado. Kallie y Quin tuvieron que ocuparse de remontarla.
Luke, sentado en diagonal frente a mí, permanecía callado, pero su madre había muerto, no podía esperar de él una charla animada. Entretanto, yo me veía asaltada por sucesivas oleadas de incredulidad. Luke, yo y nuestras nuevas parejas cenando civilizadamente en un restaurante. ¿Cómo había ocurrido?
Las manos de Luke jugueteaban con el salero. Tres de sus dedos lucían anillos de plata, pero no había alianza. Recordaba exactamente cuándo se la había quitado.
«Madre mía».
Tenía que hacer un gran esfuerzo para no mirarlo. Intenté concentrarme en Kallie, la persona sentada justo delante de mí, pero me vi embestida por otro azote vertiginoso del pasado y mis ojos se clavaron en Luke. Y descubrí que me estaba observando. Nuestras miradas colisionaron con tal violencia que un calor intenso me recorrió el cuerpo.
Bajé la vista al mantel enseguida, pero al cabo de unos instantes sentí la necesidad de levantarla de nuevo y constatar que Luke Costello de verdad estaba a medio metro de mí.
Seguía escrutándome. Había un ligero ceño en su frente y muchas cosas pasando en sus ojos, y me remonté seis años atrás, a la mañana que se marchó.
Estábamos en el recibidor de nuestro piso cuando me sobresaltó un tintineo: su alianza. Se la había quitado y la había dejado en la mesa del recibidor. Luego, con un crujido de plástico y metal, dejó caer también sus llaves de la casa.
Una parte de mí seguía pensando que era algún tipo de artimaña. No obstante, la convicción de que la cosa iba en serio se estaba apoderando rápidamente de mí. De repente me costaba respirar.
Traté de detenerlo, pero, frío e impenetrable, me apartó las manos y me agarró por los hombros para mantenerme a raya.
—Luke, te lo suplico. —Tenía el rostro bañado en lágrimas—. Te quiero con locura. Podemos arreglarlo, iremos a terapia, lo que quieras.
Buscando un pedacito de conexión, un vínculo con el hombre que conocía, un camino de vuelta, habría prometido cualquier cosa.
Por su mirada gélida, supe que no le interesaba.
—¿Es que no tienes corazón? —susurré.
Me miró a los ojos, evaluando mi patente desesperación, y su respuesta fue la indiferencia.
Temblando, traté de reconectar con el presente. Estoy en el año 2018. Estoy a salvo. He sobrevivido.
Quin estaba preguntándole a Kallie:
—¿Cómo has podido cogerte tanto tiempo en el trabajo para estar en Dublín con Luke?
—¿Estás de broma? —exclamó Kallie—. Estoy teletrabajando. Puedo trabajar desde cualquier parte del mundo, solo necesito wifi y café. Tengo un concierto dentro de dos semanas, así que volveré para eso.
—¿Y tú? —le preguntó Quin a Luke.
—Lo mismo. Hago teletrabajo mientras cuido de mi padre.
—Tiene su propia empresa. —Kallie sonaba orgullosa.
Luke meneó la cabeza.
—Es pequeña.
—Ocho empleados, cariño. Casi una decena.
Pese a ser alguien que nunca reparaba en lo que bebían los demás, advertí que la primera botella de vino había desaparecido en un plis.
—¿Qué os parece…? —Quin miró a Kallie y luego a Luke—. ¿Pedimos otra?
—¡Claro! —respondió, encantada, Kallie—. Si a Rachel no le importa.
Rauda, dije:
—A Rachel no le importa.
Ni por asomo iba a dar la imagen de Señorita Juzgona. Esa noche no.
—¿Cómo os conocisteis? —Kallie dirigió su pregunta a Quin.
Quin se aclaró la garganta.
—En un fin de semana de meditación. —Se enderezó en la silla.
—¡Qué monos! La pareja que reza unida permanece…
—Ja, ja, yo no he dicho nada de rezar. —Quin zanjó rápido el asunto—. Y en nuestra primera cita fuimos a una escape room. Fue entonces cuando supe que era la mujer para mí.
—Nosotros nunca hemos ido a una escape room, ¿verdad, cariño? —le preguntó Kallie a Luke—. ¡Me encantaría!
—Si vais, tenéis que incluir a Rachel en vuestro equipo. —Quin sonrió en torno a la mesa. Estaba dándolo todo—. No hay pista que se le resista.
Llamadme patética, pero me gustó el elogio.
—Lo lleva en la sangre —continuó.
—¿En serio? —dijo Luke. Había algo raro en su tono.
—En serio —insistió Quin—. Encontraba cosas escondidas en los lugares más insospechados. No os hacéis una idea.
Desenganché la mirada de Luke y choqué con una emoción que no fui capaz de identificar. ¿Angustia? ¿Rabia? Decididamente, algo potente. Entonces, rompiendo la extraña atmósfera, un ejército de veloces camareros armados con paños aislantes y promesas de «más patatas» apareció con un frenesí de platos.
—¡Guau! —Kallie contempló su montaña de comida—. Esto parece…
—¿Comestible? —preguntó Quin, a lo que siguió una risa torpe—. Esperemos.
Empecé a ver la luz al final del túnel. Quin había recibido instrucciones de no pedir postre ni café, por lo que el tormento acabaría pronto.
Cogí el cuchillo y el tenedor, pero algo me impedía atacar la comida. Estaba esperando a que Quin fotografiara el plato, como solía hacer en los restaurantes, eso era. Entonces, con igual rapidez, comprendí que ni muerto iba a alardear de la cena de esa noche.
—Rachel, ¿puedo hacerte una pregunta? —dijo Kallie.
—Claro. —No fue hasta ese momento cuando me percaté de que ya estaba pedo.
—¿Alguna vez echas de menos… emborracharte? ¿Hacer locuras? Es tan divertido colocarte con tu hombre… ¿Lo echas de menos?
—No. —Sonreí a través de una mandíbula que empezaba, solo ligeramente, a tensarse.
—A veces Luke y yo fumamos hierba en su terraza, ponemos la música a tope y bailamos y… ¿no? ¿No lo echas de menos?
—Kal —dijo Luke—, déjalo ya, ¿quieres?
—No pasa nada. —Esbocé una sonrisa forzada. No necesitaba que Luke me defendiera.
—Pero, Quin, ¿no desearías a veces tener una novia que pudiera beber? ¿Fumar un porro? Eh, si te molesta la pregunta, dímelo, por favor. Solo… quiero entender.
Me puse tensa. Había veces que a Quin sí le importaba, pero como en ese momento lo insinuara siquiera, le retiraría la palabra para siempre.
—¿Bromeas? —respondió—. Rachel es una mujer increíble en millones de cosas, y, además, así siempre tengo chófer privado. Pero, oye… — dándole un giro a la conversación tan brusco que casi nos provoca un latigazo, dijo—: ¿por qué no nos cuentas cómo es la vida en Denver?
—Nuestra vida es muy de aire libre —Kallie miró a Luke—, ¿verdad? ¿Muy de aire libre?
—Por supuesto. —Luke encogió ligeramente los hombros—. Cuando no estamos fumados y bailando en la terraza.
A Kallie se le desencajó la cara. Miró a Luke y luego a mí.
—Oh, no, lo siento, Rachel. ¿He sido una idiota? —Asintió—. He sido una idiota.
Kallie se ajustó la tira del casco y se recogió las puntas del vestido, desvelando un tramo de muslo delgado y ligeramente bronceado. Luego se subió a la moto detrás de Luke y se agarró a su cintura.
—¡Adiós, chicos! —exclamó—. ¡Ya os echo de menos!
Quin y yo los despedimos con la mano.
—Se congelará —dijo Quin cuando regresábamos a mi coche.
—Bien. —Me sentía rebajada y vulnerable.
—No me puedo creer que le haya dejado pagar —farfulló Quin.
Eso había estado mal, sí. Cuando llegó la cuenta, Luke y Quin se habían abalanzado sobre ella, pero había ganado Luke.
—Lo de hoy fue idea nuestra —había protestado Luke con cierta dureza.
—Podéis pagar la próxima vez —replicó Kallie.
Pero no habría una próxima vez. Quin tuvo que contentarse con dejar una propina demasiado generosa.
—¿Te importa que no hablemos de ellos? —supliqué—. No soporto tenerlos en mi cabeza ni un segundo más. Podemos hacerlo mañana, pero ahora mismo necesito ver dos episodios de Ozark, puede que tres, y no pensar en nada. ¿Hay helado en tu casa?
—Si Fin no se lo ha pulido, sí. Pero si no queda, saldré a comprarte más.
Había formas más sanas de lidiar con las desagradables emociones que me había provocado la cena, pero no podía más. Así que tuve mi helado y mis dos episodios. No podía dejar de pensar en Kallie. Me tenía fascinada. ¿Qué le había atraído de ella a Luke? ¿Su jovialidad? ¿Era auténtica, siquiera?
Cuando Quin se metió en la cama, le pregunté:
—¿Te parece que Kallie está buena?
—Muy buena. —No lo dudó ni un segundo.
—¿Quién está más buena, ella o yo? Y Quin, la respuesta es yo. — Porque a veces Quin era sencillamente demasiado sincero.
—Tú, por supuesto. —Su mirada era franca—. Pero hay algo en ella… No sé, me parece una tía… curiosa —rumió con los brazos detrás de la cabeza—. No acabo de pillarla. Dulce y divertida por fuera, pero dura por dentro. Fría. Todavía no sé si me fio de ella.
—¿Por qué no?
—Quizá porque es una superviviente. Siempre estará bien. —Y añadió —: Mira que atreverse a insinuar que somos religiosos. Lleva un rollo un poco cristiano, ¿no te parece?
—Hummm, puede. Es muy positiva. —Eso me hizo reír—. No tiene nada de malo que lo sea. Míranos a nosotros, menudo par de amargados, aquí tumbados destripando al personal.
—Seguro que están haciendo lo mismo con nosotros.
Uf, eso me dolió.
—¿Crees que Luke también lo es? —preguntó Quin—. ¿Practicante?
—No sabemos a ciencia cierta si Kallie lo es. Pero Luke… Cuando lo conocí tenía ciertas tendencias. Tiene sus… —no encontraba la palabra exacta—, principios morales, supongo. No es un hombre religioso como tal. Creo que «tradicional» es la mejor palabra para describirlo. Fíjate en cómo ha reaccionado esta noche con la cuenta. Desde su punto de vista, tenía que pagar él porque fue él quien nos propuso quedar. O imagina que se encuentra cincuenta euros que se le han caído a un pobre desgraciado en el asiento de un taxi. Jamás diría: «¡Hala, qué suerte!», y se los metería en el bolsillo. Se los daría al taxista aun sabiendo que el taxista se los quedaría. Luke no lo dudaría ni un segundo.
—Guau. —Quin parpadeó en broma—. Eso es… guau.
—Ja, ja, lo sé. Pero dime, ¿soy yo una superviviente como Kallie?
Me escudriñó con la mirada.
—Tú eres más complicada. En teoría el hecho de ser adicta te hace vulnerable. Pero si permaneces limpia, eres una campeona.
—¿Con quién preferirías acostarte, conmigo o con Kallie?
Soltó un largo gemido.
—Me estoy imaginando un trío con las dos.
—¡Ni se te ocurra! —Quin me ponía de los nervios, pero me hacía reír.
Rasgueó una guitarra imaginaria y cantó:
—¡La exmujer de mi novio está como un tren! Fingí que se nos rompió el condón para ver qué tenía de especial. —Y añadió—: Tú, por supuesto, Rachel, siempre tú. Te deseo más que a nadie, y eso no va a cambiar.
Habíamos apagado la luz y estábamos acomodándonos para dormir cuando, en medio de la oscuridad, dijo con voz chillona:
—¡Nuestra vida es muy de aire libre! —Y añadió, recuperando su voz —: Menudo par de tarados.
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