Otra vez, Rachel
Capítulo 26
26
—Bueno, tampoco me chutaba todos los días —aclaró Chalkie—. Iba a rachas. Pasaba unos meses limpio; de hecho, en dos ocasiones duré casi un año, pero en ambas recaí justo antes de recibir mi medalla de Narcóticos Anónimos. Creo que pensaba que estaba curado. Pero ¿adivinad qué? Seguía siendo un yonqui. —Me lanzó una mirada velada—. Lo siento, Rachel, quería decir adicto. —Luego, algo más animado, añadió—: ¿Habéis reparado alguna vez en que los chicos de clase media nunca son «yonquis»? ¿Verdad? Pero los pobres cabrones, criados en pisos…
Carraspeé.
—Chalkie, no te desvíes… Así que decidiste dejarlo. ¿Por qué?
—No lo sé, la verdad. Estaba en una sala de estar asquerosa con otros tres pringados, los cuatro colocados, cuando supe que no quería hacerlo. Ya no. Un sendero nuevo a la cascada, ¿sí?
—¿Qué tenía de diferente ese día, Chalkie?
Se encogió de hombros. El azul de sus ojos llameaba.
—Es difícil decirlo, Rachel, nada que se me ocurra. Simplemente estaba agotado. Habría tenido más sentido en otro momento; por ejemplo, después de la muerte de Maarit…
Maarit era la madre de la segunda hija de Chalkie, Vida. Maarit había luchado contra la adicción y dos años atrás se había quitado la vida.
—O cuando robé el dinero de la fianza de Rixer y me lo pinché en el brazo… La vergüenza me acompañará hasta el día de mi muerte… Sin embargo, esas dos cosas no bastaron para que lo dejara. Y de repente un día… tomé la decisión.
Aunque todos conocíamos el desenlace de esa historia, estábamos conteniendo la respiración.
—¿Fue la esperanza? —susurró Ella.
Chalkie fijó en ella sus ojos azules mientras lo meditaba.
—No sé si lo llamaría exactamente esperanza, pero me pregunté si las cosas serían diferentes si probaba otro camino.
—Si nada cambia, nada cambia —intervino Trassa, y recibió varias miradas de alarma.
—¿Qué demonios te pasa? —aulló Dennis.
Trassa se mostró desconcertada, como si no supiera que había hablado.
—Sabía a lo que me enfrentaba… Al mono, que no es ninguna broma. —La risa de Chalkie terminó en una mueca—. «Pase de mí esta copa». Pero iba a hacerlo.
—Se le llama «momento de lucidez» —señaló Giles—. Priya habló de ello en una charla.
Giles tenía razón. Normalmente era una crisis lo que impulsaba a un adicto a rehabilitarse: la pérdida de un trabajo, la ruptura de una relación, un encontronazo con la ley. A veces incluso bastaba con la amenaza.
Pero había ocasiones en que, sin necesidad de un drama, los adictos decidían dejarlo, ocasiones en que una brecha en la nube de su negación iluminaba lo agotador que era mantener un hábito, lo extenuante que resultaba hacerse daño a sí mismos y a los demás una y otra vez.
Sin embargo, los momentos de lucidez solían ir precedidos de meses, puede que incluso años, de personas suplicando que lo dejaran.
Sea como fuere, había que aprovecharlos; los momentos de lucidez no duraban mucho antes de que la ventana se cerrara y volvieran a la Ciudad de la Negación.
De forma inesperada, me vi transportada en el tiempo a una lejana mañana en Nueva York. Me había despertado temprano y sola, y me sentía diferente, inexplicablemente tranquila.
Algo había cambiado y mi alma estaba en paz.
Abrí las cortinas de mi habitación. Al otro lado de la ventana, la primera insinuación del amanecer cubría el horizonte. Mientras lo contemplaba, el sol asomó y su luz comenzó a expandirse por la ciudad. La ventana estaba mojada, seguramente había diluviado durante la noche. Conforme el sol se elevaba, un rayo se posó en una gota del cristal y se descompuso en los siete colores del arcoíris, formando vetas difuminadas de colores transparentes en el suelo de madera, justo delante de mis ojos.
Ver «señales» nunca había sido mi fuerte, pero la extraña calma con la que me había despertado estaba insistiendo en que mi arcoíris personal era un mensaje muy claro: «Sé valiente y despídete. Estarás bien».
Chalkie seguía hablando y regresé rauda al presente.
—Decidí darle otra oportunidad a Narcóticos Anónimos —estaba diciendo—. Ya le había dado muchas.
Pero nunca se había quedado el tiempo suficiente para curarse, y tenía tanto que curar… Hijo de madre soltera y adicta, Chalkie no tenía ni tres años cuando ella murió de una sobredosis en su casa. Pasó setenta y dos horas a su lado, tratando de despertarla. Incluso intentó darle de comer, puso una sartén en el fogón y trató de abrir latas de sopa arrancando las etiquetas.
Su padre nunca había formado parte de su vida, de modo que Chalkie vivía con su abuela. Por desgracia, falleció cuando él tenía quince años.
—Entonces Skye me dice que estoy en su seguro médico.
Era difícil ponerle un nombre a la relación de Skye con Chalkie. Era la madre de su hijo de ocho años, Tito. Tras la muerte de Maarit, Chalkie le había pedido a Skye que adoptara a Vida. Vida había pasado a vivir permanentemente con Skye, pero Chalkie iba y venía.
Skye era asistente social y muy activa en la comunidad. Chalkie había dicho —con afectuosa admiración— que era «una mujer de clase obrera atrapada en un cuerpo de clase media».
—El seguro médico hizo posible que viniera aquí. —Chalkie me obsequió con una gran sonrisa—. Ser el beneficiario de la considerable sabiduría de Rachel, recibir tres comidas al día y disponer de una cama caliente por la noche. Pero pensad por un momento en los pobres cabrones tirados en el hueco de la escalera de los pis… —Reparó en la expresión de mi cara—. Perdón. Pues eso, que pensé que era el momento de dejarlo. No lo ves hasta que lo ves, no lo oyes hasta que lo oyes. «La verdad debe deslumbrar paulatinamente, o acabarán todos ciegos». Emily Dickinson.
Ella hizo una inspiración corta, jadeante. La barbilla le temblaba mientras miraba embelesada a Chalkie.
—Lo sé. —Chalkie se volvió hacia Giles con los ojos entornados—. ¿Qué puede saber de poesía alguien como yo?
—Eh…
—Tranquilo, Gilito. —Chalkie sonrió—. Solo te estoy pinchando.
Puede que fueran imaginaciones mías, pero estaba segura de que allí, en algún lugar, había cariño.
Las lágrimas de Ella salían ya a borbotones, y Harlie la estaba observando con evidente desprecio.
Harlie me tenía preocupada. Parecía atascada en la ira.
Por lo general, cuando un adicto cobraba conciencia de la verdad, una de las reacciones era la ira. Con el tiempo, no obstante, la traspasaba y conectaba con el dolor, y a partir de ahí cabalgaba entre ambos, añadiendo alguna que otra negociación a la mezcla. Harlie, sin embargo, había aterrizado en la ira, le había gustado y había decidido quedarse.
Desde su llegada, no había conseguido que llorara ni una sola vez, un fracaso que me pesaba enormemente. ¿Y si no lograba ir más allá con ella? A veces —las menos, cierto, pero ocurría—, los pacientes aguantaban todo lo que les lanzaba durante sus seis semanas y se marchaban asfixiados todavía por su adicción. Eso era lo peor. Naturalmente, lo sentía por el adicto y por la gente que lo quería, pero —y he aquí algo superficial y vergonzoso— también sentía que había fracasado.
Me pregunté si debía intentar de nuevo que fueran los padres de su amiga Tegan. Si le hablaran a Harlie de su hija muerta, tal vez cambiara algo.
Entretanto, Ella seguía llorando.
—¿Qué te pasa? —le pregunté.
—Nada —sollozó—. Me alegro de que Chalkie esté aquí, de que vaya a ponerse bien.
—¿Y qué me dices de ti? ¿Te alegras de estar aquí? ¿Te alegras de que te vas a poner bien?
—Pero si yo estoy bien.
Cuando el grupo empezó a desfilar después de la sesión, Trassa, que parecía angustiada, se quedó atrás.
—Rachel, ¿sabes si…? —Me agarró del brazo—. Estoy pensando en Ronan.
Aguardé. Me apretó el brazo un poco más y se inclinó hacia mí.
—Tengo miedo —dijo con la voz ronca— de que Collie Byrne pueda hacerle daño.
Seguí aguardando.
—En realidad no es un tipo violento, Collie Byrne. Lo más seguro es que le quite a Ronan algo de maquinaria para saldar la deuda. Pero estaba tumbada en la cama y no podía parar de pensar en… —Apretó la mandíbula, y su piel se tornó blanca como el papel—. Ronan no es un chico duro —continuó—. Es más bien apocado, no sería capaz de defenderse y… ¿Puedes ayudarme, Rachel?
—¿Qué te gustaría hacer?
—A lo mejor podría hablar con Collie Byrne y elaborar un plan para devolverle el dinero.
—Tengo entendido —dije con cautela— que ya le hiciste otras promesas a Collie Byrne en el pasado.
—Pero esta vez hablo en serio. Las otras veces también —añadió rápidamente—, pero ahora es distinto.
—¿En qué? Siempre has sabido que Collie operaba fuera de la ley.
—Nunca me paré realmente a pensarlo. —Parecía perdida y asustada—. Solo… solo sabía que tenía que conseguir el dinero de donde fuera. Pero mañana es viernes, el día que Collie Byrne dijo que… No quiero que le pase nada malo a Ronan.
Por fin se derrumbó. De sus ojos brotaron gruesas lágrimas y una tormenta de sollozos la sacudió.
—Es mi pequeño —jadeó—. No quiero que le hagan daño.
OceanofPDF.com