Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 83 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 83

83

 

—Yara… —Sin poder contenerme, le supliqué a mi cerezo—: ¿Cariño? ¿Dónde están tus flores? Estamos en pleno mes de mayo, ¿dónde las tienes? —Al girarme, vi la cara de Devin en la ventana de la cocina. Parecía preocupado—. No pasa nada —le dije—. Solo estoy hablando con… —¿Mi hija muerta? ¿Un árbol? Tú eliges.

—Vale. —Con aspecto aún más asustado, Devin desapareció de la vista como si fuera sobre ruedas.

Una vez que se hubo ido, reanudé la charla.

—En serio, ¿qué ocurre? —Señalé los pequeños brotes de color beige —. ¿Estás esperando más lluvia? ¿Temperaturas más cálidas?

Pero la voz de Yara —o la voz que yo «oía» en mi cabeza— permaneció en silencio. Y era muy frustrante, porque, hasta que el árbol no floreciera, no tenía ninguna excusa para contactar con Luke.

En la cocina, Kate me preguntó con tacto:

—¿Estás bien?

Por raro que pareciera, lo estaba. A veces, sin ninguna razón evidente, el universo decide darnos un respiro, porque seis semanas después de la fiesta de mamá, a pesar de las funestas predicciones de mis hermanas, no me había derrumbado. Es innegable que me asaltaban emociones por todas partes, y eran muchas, pero las estaba sobrellevando.

Dado que estaba de buen ánimo, decidí echar un vistazo al Instagram de Kallie. Había estado echando un ojo a su página de forma casual, intentando no obsesionarme. Últimamente había publicado mucho sobre su música; había hecho coros para la maqueta de alguien y había pasado una semana en un campamento de escritura de canciones. Pero nada sobre Luke.

Cada día sin una foto de él, respiraba un poco más aliviada.

Pero esa mañana era diferente.

Esa última foto era un selfi, con la bonita cara de Kallie en primer plano. Varios metros por detrás de ella estaba Luke, junto a un enorme caballo oscuro. Parecía estar hablándole de forma tranquila. El pie de foto decía: «Haciéndonos los difíciles». Seguido de varios emoticonos riendo y luego un corazón rojo.

No dejé de mirarla, paralizada y sorprendida por lo celosa y lo profundamente decepcionada que me sentía.

Me armé de valor y pinché en sus historias. Allí estaba ella, con los ojos brillantes y tan guapa. «¡Hola, chicos! —dijo—. ¡En fin! Sí, ha sido un “en fin” positivo. —Se rio—. Estoooy… esperando buenas noticias, sí. Algunos… cambios positivos en mi vida. Es demasiado pronto para hacerlo público, por si acaso… —Enseñó sus manos ahuecadas a la cámara, y luego las separó—… desaparecen. Os pido vuestras oraciones y energía positiva. Cualquier cosa que tengáis, enviádmelo».

Lo vi cinco o seis veces más, preguntándome qué demonios podía ser ese cambio de vida positivo. ¿Mudarse con Luke? ¿Casarse con Luke?

¡Por Dios!

Y ahí entró Claire. En las seis semanas transcurridas desde el inicio de la Operación Apoyo, la caminata de los sábados por la mañana se había convertido en algo habitual.

—¿Estabas en Insta? —preguntó.

Asentí con la cabeza.

—¿Qué buenas noticias espera?

—¡Quién coño sabe! —Claire no estaba dando un giro positivo a eso, lo cual era preocupante.

—¿Y qué pasa con la foto? —pregunté—. ¿Quién se hacía el difícil? ¿Kallie?

—No lo sé, cariño. Podría ser Luke. Incluso podría ser el caballo.

La auténtica cuestión, lo único que de verdad importaba, era que mis sentimientos por Luke no se habían calmado todavía. Ni mucho menos. La dopamina generada por las feromonas Costello había mutado en una especie de enamoramiento trágico. A última hora de la noche, cuando no podía dormir, me permitía disfrutar de todo tipo de fantasías en las que, de alguna manera, Luke y yo volvíamos a estar juntos.

Pero sabía que nunca ocurriría.

O eso pensaba. Esa mañana, la foto de Kallie me había demostrado que me había apegado demasiado a la idea.

Lo más descabellado era que también echaba de menos a Quin. Había sido mi amigo además de mi novio, y me topaba con su ausencia todos los días.

Pero mi vida distaba mucho de estar vacía. Helen comprobaba cómo estaba de manera regular. Eso era lo que decían sus mensajes:

Soy yo. Comprobando cómo estás de manera regular. ¿Estás bien? ¿Sí? ¿No?

Me conformo con un monosílabo como respuesta. No es necesario escribir Guerra y Paz.

Nunca había tenido tantas invitaciones como durante el último mes y medio. Mientras rehacía mis pasos, ayudé a Murdo a pintar su piso nuevo, pasé una tarde de tías y sobrinas con Holly (manicura, voluntariado), me quemé al sol en una comida al aire libre con Brianna y sus vecinos, disfruté de un glorioso fin de semana de borrascas atlánticas y sol deslumbrante con Brigit, y probé una clase de tallado de madera con Margaret. (No era para ninguna de las dos).

A pesar de mis muchas actividades, me sentía sola. Pero era culpa mía. Nadie me había obligado a acostarme con Luke.

Y no estaba rota, como cuando me había dejado Luke seis años antes.

—Rachel, no importa lo que pienses, tu vida no ha terminado —dijo Claire mientras subía por la ladera de una colina—. Seguro que no estarás sola para siempre.

—No estoy sola. Quiero a mucha gente y ellos me quieren a mí.

—Sí, pero… —Vaciló—. ¿Sobrinas? ¿Hermanas? ¿Gente con la que trabajas? —Meneó la cabeza—. No.

—Para ser una supuesta feminista, tienes algunas ideas preocupantes.

—Solo estoy siendo sincera, diciendo lo que todo el mundo piensa pero teme decir. ¿Igualdad salarial? Muchas gracias. ¿Hombres jinetes? Gracias, también me los quedo. ¿Y qué me dices de Murdo? Ahora está soltero. Por eso se ha mudado al nuevo apartamento.

—No metas al pobre Murdo en esto. De todos modos, en mi vida no hay lugar para los hombres —dije de forma irónica—. Estoy trabajando en mí.

—Sé que estás siendo graciosa, pero ¿qué significa eso exactamente, Rachel? Oigo a la gente decirlo y, sinceramente, no tengo ni idea.

—Significa que debo sentir mis emociones incómodas y no adormecerlas.

—Pero ¿cuál es el verdadero «trabajo»?

—Sentir las emociones es el trabajo.

—¿Es así de pasivo? Siempre hacen que parezca que estuvieran… qué sé yo… hurgando en su interior, moviendo el bazo dos milímetros a la izquierda, echando un buen vistazo a su páncreas. ¿No adormecer los sentimientos? ¡Eso es fácil!

No para todo el mundo. Claire era la leche.

—¿Qué edad tiene Murdo? —preguntó.

—Demasiado joven.

—¿Significa eso que te gusta?

—No me gusta. —Tal vez Murdo fuera sexy, no lo sabía, porque tenía esos gigantescos lóbulos de las orejas perforados, tan grandes que podrías pasar una zanahoria por ellos. Eran un obstáculo inmediato.

—Mi sentido arácnido me dice que, si fueras hasta Quin y te arrastraras, probablemente te aceptaría de nuevo —dijo Claire con aire pensativo.

—Y, con la misma facilidad, podría haberse casado con Golden. O haber conocido a otra persona. Seguro que me odia.

—¿Tú le odias a él?

—No. —Al ver su mirada incrédula, añadí—: Casi siento… lástima por él.

—¿Por Quin?

—Claire, sé que parece seguro de sí mismo y, supongo, privilegiado. En algunos aspectos lo es. Pero en otros es inseguro, se ofende con facilidad. No lo odio en absoluto.

—¿Aunque se haya acostado con la de la cara roja?

—Eso fue… duro. Pero la gente dolida hace daño a otras personas.

Negó con la cabeza.

—Madre mía, Rachel… Yo tendría ganas de matarlo, joder.

—Hablando de eso… ¿Cómo van las cosas entre Adam y tú?

Claire hizo una pausa, apoyando una fuerte bota de montaña en una roca para estabilizarse, y sonrió.

—Adam y yo… sííí. Él es… —Otra sonrisa soñadora—. Genial.

—Así que ¿ya no le odias?

—Le quiero —respondió con sequedad.

¡Por el amor de Dios! Era imposible mantenerse al día.

—El intercambio de parejas no era para nosotros —sentenció—. Las cosas fueron bastante complicadas durante un tiempo. Pero hemos vuelto a la normalidad, sexo tres veces al año, y al menos lo intentamos.

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