Otra vez, Rachel
Capítulo 80
80
«Cambié la reunión habitual de los miércoles por la noche por el yoga para embarazadas, así que solo iba a dos reuniones a la semana…».
La alarma de mi teléfono sonó y, con un profundo suspiro de alivio, dejé de escribir. Sin perder un momento, Nola me obligó a repetir los Doce Pasos, haciéndome reflexionar sobre lo que había ocurrido seis años atrás, cuando me había convencido a mí misma de que debía volver a tomar las pastillas.
Llevaba los últimos quince días levantándome una hora antes de lo habitual para escribir antes de ir a trabajar. Ya en el cuarto paso estaba examinando mi comportamiento cuando me quedé embarazada. La culpa era de la autocomplacencia; llevaba tanto tiempo sin consumir que había volcado toda mi atención en el bebé que esperaba. Básicamente había olvidado que era una adicta. Cuando surgió la oportunidad de tomar pastillas para dormir, no había nada que me protegiera.
El proceso me estaba enseñando un nuevo respeto por mi adicción, por su paciencia, su sigilo, su tenaz determinación.
Y en ese momento, para mi alivio, tenía que ir a trabajar. El autoexamen era mucho más difícil que mi trabajo. Era mucho más agradable contemplar los delirios de los demás que los míos.
Pero lo estaba haciendo bien, sobre todo teniendo en cuenta todo lo que había pasado en los dieciséis días transcurridos desde la fiesta de mamá.
Ese domingo por la mañana, casi nada más irse Luke de mi casa, me había dado la ducha más minuciosa de mi vida para eliminar hasta el último rastro de él. Después activé el sonido de mi móvil, ignoré la veintena de mensajes de Claire y fui directa a casa de Quin.
Me dejó pasar solo hasta el vestíbulo.
—¿Te has acostado con él?
Asentí con la cabeza.
—Lo siento. —Hacerle daño fue horrible.
—Y… —Tenía la voz ronca—. ¿Has vuelto con él?
—Ha sido una única vez.
—¿Pero…?
—Ha despertado un montón de cosas del pasado, estoy como en una especie de montaña rusa.
—Sí. Yo también. —Su tono desafiante me hizo centrarme en él con más atención—. Sí. —Se movió en un intento de fingir incomodidad—. Golden y yo.
Tal vez no debería, pero aquello me dejó sin aliento.
—¿Anoche?
—La noche después de que volviéramos de Barcelona. —Luego añadió a la defensiva—: ¿Qué esperabas, Rachel?
Una vez que lo había dicho, estaba claro que Quin y yo habíamos terminado antes incluso de que pasara la noche con Luke; el mortificante suceso con el anillo en la sala de exposiciones del señor Navabi lo había demostrado.
Se negó a apartar la mirada, un tanto avergonzado, mucho más desafiante, contento de que lo supiera y enfadado por habérmelo confesado.
—Lo siento —dijo de mala gana.
—Yo también lo siento, Quin. Lo siento mucho.
Nos miramos, sumidos en un doloroso silencio. No se me ocurría nada más que añadir; por sorprendente que pareciera, nuestros dos años de relación parecían haberse finiquitado en un momento.
—No lo hagas —pidió cuando me dirigí a la puerta.
—Tú quieres que lo haga, Quin. ¿Acaso no es esa la razón de que te acostaras con ella? ¿De que me lo hayas contado?
—Y ahora quiero que te quedes.
—Si lo hiciera, volverías a cambiar de opinión. Lo siento, Quin, todo esto es culpa mía.
—¡Oye! —Un destello de miedo iluminó sus ojos—. Lo decidí yo. Fue mi decisión.
—Claro, por supuesto. —Ganar le importaba mucho más que a mí, así que podía quedarse con su victoria.
Sin saber qué hacer, volví a casa y llamé por FaceTime a Claire, que seguía en la cama del SugarLoaf Inn, con el carmín corrido, el pelo revuelto y las pestañas torcidas.
—Hola —le dije con cautela—. Estás…
—Ya —gruñó—. Lo pasamos muy bien todos. ¿Qué te cuentas? ¿Qué hay de ti y de Luke?
—Bueno, nada, en realidad. Sigue con Kallie…
—Pero ¿te has acostado con él? —preguntó casi a gritos—. ¡No me digas que no!
—¡Claire, tranquilízate, tómatelo con calma! Nos hemos acostado. Pero eso es todo, no hay más. Hemos terminado. En el buen sentido.
—No —repuso—. No, no, no, no, esto es un desastre. ¿Y qué pasa con Quin?
—Se acabó.
—¡Dios mío!
—Sí, pero… —No me lo había creído la noche anterior, cuando estaba hasta arriba de ilusión, pero esa mañana estaba preparada.
—Mira, tengo que irme. Tengo que vomitar. Nos vemos en casa de mamá a eso de las cinco para ponernos al día. No faltes. Está reescribiendo su testamento.
Dormí el resto del día y luego fui a casa de mis padres. No porque me importara mi herencia. Mamá siempre estaba reescribiendo su testamento, reasignando sus relojes chapados en oro y sus medallas milagrosas. A nadie le importaba aparte de a ella. Pero a mí me gustaba el análisis posterior de una fiesta tanto como a cualquiera.
Me puse algo encima y tanteé mis emociones; había una montaña de vergüenza por haber herido a Quin. Y mucho remordimiento por Kallie.
El hecho de que Quin se acostara con Golden también me dolía, pero de una forma curiosamente indirecta, como si me protegiera una capa de algodón. Tal vez el dolor llegaría más tarde.
El sentimiento más extraño de todos era el de Luke. Una calma vibraba en mí, una sensación de conclusión, como si la tormenta se hubiera desvanecido, revelando un mundo a la vez tranquilo y benévolo.
Llamé a Nola. Me ordenó con brusquedad que empezara a escribir mis pasos de nuevo.
—Empieza con el primer paso mañana —dijo—. Una hora al día. Que sea tu prioridad.
—De acuerdo. —Luego me fui a casa de mis padres.
Reinaba un ambiente apagado en el Salón Bueno de Mamá, mis cuatro hermanas estaban pálidas y calladas, acurrucadas en los sofás, vestidas con el pijama o ropa cómoda de estar por casa. Claire parecía llevar un edredón de verdad.
—Siento haberme molestado en vestirme —dije.
A mi madre, que era con diferencia la que estaba más cansada, se la veía tremendamente exultante.
—¿Verdad que fue una gran noche? —Tenía un ligero tic debajo del ojo derecho.
—Un triunfo total —contesté—. Voy a saludar a papá.
—Está viendo el golf.
En la sala de televisión, mi padre y Angelo estaban tan campantes sentados delante de la tele, cada uno comiendo una bolsa de patatas fritas Monster Munch. Pobre papá, era tan feliz en las raras ocasiones en que tenía compañía masculina…
—¿Todo bien por aquí? —pregunté.
—Dabuti. Angelo guiñó un ojo.
—Lo que ha dicho —mi padre asintió— es la abreviatura de «de buten», según dice.
Todo muy cordial.
Pasé de su sana armonía al ambiente de ruinas humeantes de la sala.
—¿Traigo la ginebra? —preguntó Anna, que estaba monísima con un quimono de seda.
—No, por Dios. —Margaret, con un pijama azul de tartán, torció la cabeza hacia un lado.
—Dejadme adivinar —dije—. ¿Ninguna va a volver a beber?
—¡Oh, cállate! —gritó mi madre—. Tú, boba engreída.
—¡Oye! —La voz de Helen surgió de las profundidades de una bata negra con capucha—. Dispone de una noche por siglo para ser engreída, déjala que aproveche.
—¿Tenemos algo para el estómago revuelto? —le preguntó Margaret a mamá.
—Mira en la cocina. Está en el frutero.
—Trae también analgésicos —añadió Helen cuando salía.
—¿Qué necesitas? —Claire abrió su bolso—. Tengo de todo.
Margaret había vuelto con el frutero, que contenía un puñado de uvas manchadas de moscas, un kiwi arrugado y una auténtica cornucopia de pastillas.
—Vale, ¿quién necesita qué?
—Algo para parar las náuseas —respondió Helen.
—¿Motilium?
—¿Algo más fuerte?
Margaret rebuscó.
—¿Stemetil? —Leyó en una caja—. Es con receta. Será bueno.
—Rachel —la cara de mamá se asomó a mí, alarmantemente cerca—, ¿crees que la gente piensa que estaba presumiendo?
—¿Quién?
—Cualquiera. Todo el mundo.
—Mamá tiene el Temor —intervino Claire—. Yo también.
—Y yo —dijo Margaret, y luego Anna.
—Yo también —añadió Helen.
—Pero tú ni siquiera estuviste bebiendo.
—Sí. Pero… —Era el estrés de intentar quedarse embarazada. Lo entendí.
—¿Hay algún tranquilizante en el frutero? —preguntó Claire.
—¿Diazepam? —inquirió Margaret.
—Eso es Valium —dijo Claire—. Dame dos. No, que sean seis.
—¿Cómo sabéis que tengo el Temor? —interrumpió mamá.
—Describe tu estado de ánimo.
—Muy avergonzada. Aunque no sé muy bien qué he hecho mal. Tengo la impresión de que todo el mundo se ríe en secreto de mí, de todo el dinero que gastamos en los bistecs y en el pan de oro…
—No cabe duda de que eso es Temor…
—Y de que no le caigo bien a nadie. Así que voy a borrarlos a todos de mi testamento. Creo que alguien debe haberles dicho que solo saqué un aprobado en Historia en mi examen final, aunque siempre he dicho que saqué un notable. —Se le crispó la boca—. Y todo el mundo piensa que soy demasiado alta…
—Lo eres —apuntó Helen, por supuesto.
—Y que mi nariz es demasiado abultada. Y…
—Ah, para —la interrumpí—. Anoche bebiste mucho y quemaste demasiada adrenalina, por lo que hoy tienes un gran déficit. Es ciencia pura y dura. Ninguno de esos pensamientos es cierto. No cambies el testamento.
Mamá desvió su atención hacia mí.
—¿Y tú qué? Claire dice que el Capitán Cuchador ha cortado.
—¡El Doctor Cuchador! —exclamó Helen.
—Bueno, ambos estuvimos de acuerdo en que…
—¿Has vuelto con Luke?
—No, pero estoy bien.
—¿Cómo vas a estar bien? —Mamá estaba angustiada—. ¡Ahora no tienes novio!
—Porque me siento… —No encontraba la palabra correcta—. Lo de Luke se ha acabado. Y se ha acabado del todo, como es debido. Como debe ser. —Un mar de rostros desconcertados me observaba, y de pronto se me ocurrió la analogía perfecta—. Es como la cerradura de mierda de la puerta de mi habitación de invitados: nunca cierra del todo, ni siquiera cuando doy un portazo. Casi se cierra, parece cerrada, pero siempre estoy en tensión porque sé que se va a abrir. —Los mismos cinco rostros estaban fijos en mí, y uno o dos parecían algo preocupados—. ¡Pero de vez en cuando sucede lo que debe suceder! El clic. —Chasqueé los dedos para demostrarlo—. ¡Clic! —repetí—. La cerradura hace lo que tiene que hacer: engancha bien y se cierra de verdad. ¿Me entendéis? ¡Clic!
Helen miró a Claire.
—Tú la sujetas y yo llamo a la ambulancia.
—¿Qué es exactamente lo que ha hecho «clic»? —preguntó Anna con voz suave.
—Luke y yo terminamos hace mucho tiempo, pero nunca sentí que era… —Busqué la palabra adecuada—. ¿Real? ¿De verdad? Ahora sí. ¡Clic!
—¡Ajá! —exclamó Margaret, que se remangó de forma literal—. Ya sé lo que está pasando aquí.
No solía hacer ese tipo de declaraciones, así que presté atención.
—En algún momento, a todas nos han sacado una muela… —comenzó —. Durante un tiempo no te duele la boca y para tus adentros estás orgullosa de tu alto umbral de dolor. Pero es solo porque no se te ha pasado el efecto de la anestesia. —Se encogió de hombros—. Entonces se pasa y te ves llorando en el sofá mientras comes clavos de olor como si fueran M&M’s. Lo siento, Rachel.
—Has dado en el clavo —dijo Claire—. Rachel, estás colocada, literalmente colocada, con todas esas varoniles feromonas Costello.
—Eso es. —Margaret se mostró seria—. El fenómeno está bien documentado. Las feromonas Costello han generado un montón de dopamina en ti.
—Adoro a Angelo —dijo Anna, sin que al parecer viniera a cuento—. Pero no diría que no a una noche de pasión con Costello.
—Y no me queda más remedio que estar de acuerdo contigo en eso — murmuró mi madre.
—No hay muchas mujeres que rechacen una noche de amor con Costello.
—De pasión —corrigió Helen, y luego con salvaje desprecio—: Yo lo rechazaría. Es un desastre.
—Cuenta. —Estaba interesada, casi divertida.
—Tiene el pelo demasiado largo y aún lleva los vaqueros demasiado ajustados. Es ridículo.
—Ejem, ejem. —Margaret tosió a modo de disculpa—. A fin de que haya un equilibrio, Luke siempre me ha caído bien, pero no me pone. —Y se apresuró a añadir—: Tampoco creo que sea ridículo. Lo que pasa es que… no es para mí.
—Hablando en serio —dijo Claire—. Debes tener cuidado, Rachel. Te vas a derrumbar y no va a ser agradable. —De repente me puse muy nerviosa—. Pero te apoyaremos —añadió—. ¿Verdad que sí?
—¡Por supuesto! —exclamó Margaret.
—Yo no soy muy de dar ánimos —adujo Helen—. Pero estoy dispuesta a intentarlo.
Mi madre me agarró del brazo.
—Estarías mejor sin ella.
—Hum, vuelo de vuelta a Nueva York el martes —se disculpó Anna—. Pero, por supuesto, te apoyaré en espíritu. Puedo pedirle a Angelo que haga reiki a distancia.
—Tal vez no deberías estar sola. —Margaret se quedó pensativa—. ¿Por qué no te quedas unos días con nosotros?
—Estoy bien.
Claire meneó la cabeza con tristeza.
—Estás al borde de una crisis nerviosa.
—¿Qué pasa entre Adam y tú? —preguntó mamá de repente.
—Le odio —dijo Claire.
—Le estabas besando. Comiéndole los morros, más bien. Y luego le diste tal empujón que estuvo a punto de aterrizar en el condado de al lado.
—Le odio.
—Pero…
—Tenemos mucho sexo de odio.
Después de un silencio sorprendente, Anna murmuró:
—Todo forma parte del elaborado tapiz de la vida.
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