Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 38 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 38

38

 

 

Me desperté temprano, con la cabeza llena de la noche previa. Reproducía en mi mente la ternura con que Luke la había llamado «Kal». Más doloroso aún era el atisbo que Kallie había mostrado de su vida juntos: cada vez que me los imaginaba fumados y bailando en la terraza, los celos me atravesaban las entrañas como cuchillos.

Sonaba tan sexy. Podía, de hecho, sentirlo, Luke deslizando las manos por la cintura de Kallie, apretándola contra sus caderas. Kallie alejándose de él con un giro mientras Luke la miraba embelesado. Luego ella regresando con otra vuelta hasta chocar contra su cuerpo, descubriendo lo mucho que él la deseaba.

Kallie.

Jodida.

Afortunada.

Esa mañana mi vida limpia se me antojaba abrumadoramente soporífera; una línea de pensamiento muy peligrosa. Quería ser la chica que había sido a los veinte, antes de que la adicción se apoderara de mí, cuando había noches de desenfreno y aventura, y nunca pensaba en el mañana.

Tendría que llamar a Brigit. Ella me describiría de forma detallada lo infeliz y temeraria que había sido entonces.

Eran solo las siete y media, pero, ya que estaba despierta, me pareció buena idea ir a trabajar. Trassa me tenía preocupada. Después de la revelación del día anterior, seguro que se sentía sumamente vulnerable.

Durante la estancia de una persona en The Cloisters, a menudo salía a la superficie un trauma que había permanecido enterrado durante tal vez décadas. Sacarlo a la luz y mirarlo de frente era algo positivo, pero a corto plazo Trassa iba a necesitar mucho apoyo.

Todos los terapeutas poseían formación en cuidados en situaciones de crisis, y el personal de enfermería habría estado pendiente de ella durante la noche, pero en última instancia Trassa era mi responsabilidad.

Si bien no sabía si despertar a Quin, emergió de entre las sábanas justo cuando me iba.

—Vuelve a la cama. —Me estrechó contra el calor de su pecho.

—No, cielo. Nos vemos mañana por la noche.

—¿No esta noche?

—Lavadoras —dije.

—Trae la ropa aquí —insistió—. Yo te la lavo.

¡Ja, me parto! Acabaría tocándole a Irini, su asistenta.

—Y tengo que ir al Aldi —añadí. «Y, si puedo, hablar con Brigit», pero esto último no se lo dije.

—Un truquito —masculló—. Haz la compra grande los lunes por la noche a las nueve menos veinte en Dundrum. El mejor momento de la semana. Estarás sola.

Pero era miércoles y no tenía nada en casa.

—Mañana por la noche, Taryn y Timothy y tú venís a mi casa para una cena transilvana, ¿recuerdas? —Le di un beso, bajé las escaleras corriendo y salí a la calle.

Al subirme al coche me vibró el móvil. Un wasap de Kallie.

¡Madre mía, Rachel, perdona, perdona, perdona!

En un delirante ataque de empatía, decidí llamarla. Estaba despierta, de eso no había duda.

—¿Rachel? —dijo—. Me odias, ¿verdad?

—No. —Luego añadí—: Pedazo de idiota. Lo digo con cariño. Es una cosa irlandesa, que te lo explique Luke.

—Estaba nerviosa —dijo—. Bebí demasiado vino demasiado deprisa. Estoy muy avergonzada por las preguntas que os hice a ti y a Quin sobre lo de drogarte. Lo siento mucho.

—No te preocupes.

—¿Mis razones…? Vale, Luke me quiere, lo sé, pero en algunos aspectos, bueno, en muchos aspectos es inaccesible. Sabes de qué hablo, ¿no? Así que cuando me enteré de que había estado casado… Guau, fue todo un shock. Tenía que tratarse de una mujer increíble.

—Ajá.

—Quiero entender a Luke, y pensé que tú podrías darme alguna pista.

¿Debía decirle que era probable que nunca lo entendiese? Admitámoslo, hubo un tiempo en que Luke estuvo absolutamente loco por mí y mira el resultado.

 

¡Alguien había comprado mi bolso de Chanel! Al principio no podía creerlo. Me puse a hacer clic y a desplazarme, arriba y abajo, arriba y abajo, cambiando los parámetros de búsqueda y empezando de nuevo. Cuando la verdad se hizo patente, me afectó casi tanto como si me hubiesen robado mi bolso de verdad. Durante unos segundos incómodos me sentí realmente vacía. ¿Con qué iba a obsesionarme entonces?

No obstante, si me basaba en mi comportamiento pasado, no debería costarme encontrar una nueva fijación. Mientras navegaba rauda por las emociones, aterricé en la expectación y me pregunté qué clase de locura sorprendente se adueñaría de mí. Confié en que fuera otro bolso inalcanzable: entretenían mucho a cambio de muy pocas molestias. No como, digamos, las carretillas, que eran asequibles-por-los-pelos y dificilísimas de manejar. (Me había comprado una el verano anterior después de trece días de obsesión imparable. Me la dejaron en el trabajo, resultó ser demasiado grande para caber en mi coche y Murdo tuvo que pedir prestada la camioneta de un amigo para llevármela a casa. Y, después de todo aquel drama, solo la utilicé tres veces).

 

—Odio hacer esto. —Jonah, un muchacho flaco y delicado, clavó la mirada en su té, ya frío.

—Sé que es difícil —dije—, pero la estás ayudando.

—¡Se pondrá como loca! —Naaz se mordió el labio y agarró otra galleta—. En serio, Rachel (¿puedo llamarte Rachel?), será un desastre.

—Puede que no. ¿Vamos?

Murdo ya estaba en la Sala del Abad. Cuando entré seguida de Jonah y Naaz, Ella nos miró estupefacta. Abrió la boca y se quedó clavada. Solo se movían sus ojos, que bailaban nerviosos mientras Jonah y Naaz tomaban asiento.

Me remonté veinte años atrás, cuando Luke y Brigit me sorprendieron apareciendo una mañana en esa misma sala y lo destaparon todo. Madre mía, casi me muero de la impresión y la vergüenza.

—Buenos días a todos. —Sonreí—. Como podéis ver, nos acompañan dos personas. —Les pedí que se presentaran.

Jonah se aclaró la garganta.

—Soy el novio de Ella. Llevamos casi tres años. Vivimos juntos.

—Y yo soy su amiga Naaz. Comparto casa con ella y con Jonah.

—¿Y has venido esta mañana porque…? —Miré a Jonah para que arrancara.

—Ella ha estado tomando somníferos…

—Porque me asaltaron —le interrumpió Ella acaloradamente.

Sin perder la calma, dije:

—Jonah ha pedido la mañana libre en el trabajo para ayudarte. Ten la delicadeza de escuchar lo que tiene que decir.

—Pero es men…

—Calla —le ordenó Murdo.

Sorprendida, Ella obedeció.

—Ya sabéis lo de que se estrelló con el coche, ¿verdad? —continuó Jonah—. Pero ya llevaba tiempo rara. Faltaba mucho al trabajo alegando que estaba «enferma». Estaba «enferma» muchas veces.

—¿Enferma cómo?

—Dolores de regla, gripe. —Jonah buscó la ayuda de Naaz con la mirada.

—Intoxicación alimentaria —intervino Naaz—, mononucleosis. Pero la mononucleosis se la diagnosticó ella misma.

—Y lo de la intoxicación alimentaria no cuadraba —dijo Jonah—, porque todos habíamos comido lo mismo. Y no vomitaba, solo decía que le dolía la barriga. Luego, como hace dos meses, yo estaba en el trabajo, ella estaba «enferma» y me envió un mensaje loquísimo en el que decía que había un intruso en el tejado. La llamé, pero no me cogió el teléfono, así que me asusté y fui corriendo a casa. La encontré trajinando en la cocina y me dijo que estaba haciendo crepes. Le pregunté por el intruso y no tenía ni idea de lo que le estaba hablando. Estaba totalmente ida. No estaba borracha, sino ausente por completo. Tenía la mirada vacía.

—¿Qué pensaste?

—Pensé que había sufrido, no sé, un derrame cerebral o algo así. Pero ya llevaba tiempo preguntándome por los somníferos. Todos oímos historias al respecto, pero nunca piensas que pueda tocarte a ti.

—¿Qué historias?

—Que después de tomarse la pastilla, la persona hace cosas y parece que está despierta, pero no lo está. Y al día siguiente no se acuerda.

—¿Le ocurría eso a Ella?

—Sí. A veces manteníamos relaciones sexuales y al día siguiente no se acordaba. O llamaba a gente y quedaba con ella… Una noche le dijo a su madre que iría a verla al día siguiente después del trabajo, lo cual era una locura porque son tres horas de coche. Por la mañana, antes de irse al trabajo, me pidió que esa noche hiciera yo la cena. Le recordé que había quedado en ir a Waterford, pero no tenía ni idea de lo que le estaba hablando.

—Otra noche —dijo Naaz— se metió en la cama conmigo y Oliver, mi novio. Desnuda, como buscando un trío.

—¡Ya te gustaría! —estalló Ella.

—Sabes que es cierto, Ella.

—¿Le pediste que se fuera? —le pregunté a Naaz.

—Sí, pero… dijo que a Oliver le gustaba y que yo estaba celosa.

—¡Yo nunca dije eso!

—Sí lo dijiste —intervino Jonah—. Yo estaba delante. Pero como estabas ida, no lo recuerdas.

—Jonah, ¿intentaste hablar con ella de su situación?

Se encogió de hombros, impotente.

—La habían atracado y eso la afectó mucho. Cada vez que intentaba hablarle de las pastillas, me lo recordaba. Quería apoyarla, así que pensé que mejor me callaba. Pero Naaz y yo sospechábamos que estaba tomando más pastillas de las recetadas, así que nos pusimos a buscar y encontramos recetas de dos médicos de Dublín y de un médico de Waterford. Y había comprado otras por internet. Para esas no necesitaba receta, pero costaban una pasta.

Las peregrinaciones médicas. Veía muchos casos así.

—Además de los somníferos, tenía recetas de Valium y Xanax. Había pastillas escondidas por todo el piso.

—¿Dónde?

Jonah y Naaz se encogieron de hombros.

—En bolsillos de chaquetas, en fundas de cojines, pegadas con celo debajo del sofá.

Dentro de mí sonó una alarma. Esa clase de subterfugio aparecía en muchos testimonios. ¿Qué tenía esa vez de diferente?

Lo rumié unos segundos, pero tenía que avanzar.

—Había cortado los blísteres en trozos pequeños —explicó Naaz—. De dos pastillas, sobre todo; a veces de cuatro. Encontramos dos pastillas en una bolsa de patatas congeladas. En ese caso fue por casualidad —añadió.

—Las dejamos todas en la mesa de la sala —dijo Jonah—, junto con las recetas, y la llamamos.

—Hablas como si fueran miles —gritó Ella—, cuando había como mucho veinte.

—Había treinta y un somníferos, dieciocho Xanax y veintinueve Valium —enumeró Jonah—. El problema no era la cantidad, sino el hecho de que estuvieran escondidos.

—Pero…

Una vez más, Murdo hizo callar a Ella.

—Confiábamos en que eso le hiciera decidir dejarlo —continuó Jonah —, pero se puso fatal. Empezó a llorar y a decirnos que no entendíamos lo traumatizada que estaba. Me sentí muy culpable… aunque también estaba enfadado, porque ¿cómo iba a ayudarla a dejarlo si no podía decirle nada?

—Yo igual —convino Naaz.

—Antes del atraco, ¿alguna vez notasteis en Ella patrones de conducta compulsiva? —A fin de no dejar nada al azar, ya habíamos hablado de ello por teléfono.

—¡Eh! —El rostro de Ella se contrajo de ira—. ¿Qué tiene que ver eso con los somníferos…?

Logré silenciarla con una mirada, pero el pobre Jonah estaba agobiado. Asentí para indicarle que prosiguiera.

—Sí. Por ejemplo, nosotros hacemos maratones de series, como todo el mundo, pero cuando a Ella le gusta algo, se tira literalmente toda la noche. Lo hace a menudo, lo cual es malo para el trabajo. Y malo porque es algo que deberíamos compartir. Yo siempre me quedo dormido, pero por la mañana me la encuentro ahí sentada, viendo el último episodio.

Ella soltó un chillido de rabia y Jonah susurró:

—Lo siento.

—Una vez estábamos viendo un K-drama. —Se volvió hacia mí—. Es una serie coreana.

«¡Sé qué es un K-drama! ¡Estoy al tanto de las tendencias, jovencito!».

—Hablamos de lo mucho que molaba Corea y de que nos encantaría ir, pero son cosas que se dicen, nada más. El caso es que me dormí y cuando me desperté, Ella había reservado dos vuelos a Seúl y un Airbnb.

—¿Te había preguntado si podías pedir vacaciones en el trabajo? — Sabía que no.

—No, y cuando las pedí, me dijeron que no. Y no podíamos pagarlo. Logramos cancelar el Airbnb, pero no los vuelos. Tuvimos que apoquinar.

Ella se levantó.

—¡Vete a la mierda! —le gritó a Jonah. Se volvió hacia Naaz—. Y tú también. —Y al resto de nosotros—: ¡Y todos vosotros! ¡No pienso seguir en esta puta pocilga ni un segundo más!

—Ella —intervine con contundencia—, siéntate. —Si Ella decidía largarse, no podría detenerla, así que tenía que canalizar a la Rachel Intimidadora—. Todas las personas que te quieren desean que estés aquí — dije—. No solo Jonah y Naaz, también tus padres y tus hermanos. Y todos los del grupo, ¿verdad?

—Sí —contestó Chalkie—, sí.

Trassa, Bronte, Giles, incluso Harlie emitieron ruiditos de confirmación. El pobre Dennis, todavía hecho polvo después de su paliza del lunes, era el único incapaz de armarse de entusiasmo.

Embargada por la indecisión, Ella vaciló. Sabía en qué punto se encontraba: convencida de que eso era una parodia inaceptable, pero temerosa de que algo extraño y terrible estuviera sucediendo y que todo el mundo lo supiera menos ella.

—Por lo menos quédate a comer —la engatusó Chalkie—. Vamos, Ella, ¿quién si no hará el crucigrama conmigo?

—Venga, muchacha —intervino Trassa.

—Está bien —balbuceó Ella—, pero me largo esta misma tarde.

Me pareció un buen momento para poner fin a la reunión. El grupo se levantó, rodeó a Ella y se la llevó a tomar el té y las galletas de chocolate. Se pasaría las dos horas siguientes despotricando, pero, por mis experiencias pasadas, estaba casi segura de que se quedaría.

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