Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 42 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 42

42

 

—¿Dennis? ¿Cómo estás?

Era jueves por la mañana, llevaba tres días recuperándose de lo que habían revelado Juliet, Joya y Maudie, y había llegado el momento de presionarlo. Sus ojos, que en ese momento tenía clavados en mí, eran como las ventanas de una casa desvalijada.

—Vaya, Rachel, y lo preguntas…

—Te dieron un buen repaso —comentó Bronte con delicadeza.

—Pues sí —admitió Dennis—. Me está costando mucho asimilarlo…

El pobre Dennis tenía razones de sobra para estar alucinando: su esposa e hijas lo sabían todo sobre su novia; Juliet le había dicho que quería el divorcio; Joya le había despreciado de forma abierta. Y el gran problema que era la causa de todos los demás: era más que probable que de verdad fuera alcohólico y tuviera que dejar de beber.

—¿Creéis que lo dijo en serio? —preguntó Dennis, sin dirigirse a nadie en concreto—. Me refiero a Joya cuando dijo que era un padre horrible. — Estaba mirando a su vieja amiga, Ella, con la esperanza de que lo apoyara. Pero, después de la visita de Jonah y Naaz el día anterior, Ella estaba sumida en su propio pequeño infierno—. ¿Creéis que lo dijo en serio?

—Sí, ¿y tú? —preguntó Chalkie.

—Lo he dado todo por esas niñas. —Dennis se enfadó y se puso a la defensiva—. Les he dado todo lo que pedían. ¡Entradas para ver a Lizzo, bolsos de Jacquemus, leggings que cuestan más que mi traje!

El silencio subsiguiente se rompió cuando preguntó:

—¿Sabéis qué es lo que me está destrozando? Que Joya me viera y pensara que estaba muerto. Hacerle eso a una niña es algo atroz. Eso solía pasarme con mi viejo. Siempre que me lo encontraba sobado, pensaba que había palmado.

—¿Qué edad tenías? —preguntó Giles.

—Estiró la pata cuando tenía catorce años, pero lo suyo venía de lejos, desde que me llevaban en cochecito.

—Así que eras pequeño cuando te lo encontrabas así, ¿no? —señalé—. Debió ser aterrador.

—Lo fue.

Le temblaron los labios.

—¿Cómo te sentiste cuando murió?

Clavó la mirada en sus rodillas, intentando no llorar.

—Se me partió el corazón. Pero juré que, si alguna vez era padre, sería lo contrario a él.

—Y, en lugar de eso, has imitado su comportamiento.

Puso cara de espanto.

—¡Pero no era mi intención! ¿Pensáis que me perdonarán si les prometo que cambiaré? Me desespero cuando la gente se cabrea conmigo.

—Aprende a vivir con ello —le dije.

Se retorció de un modo muy triste.

—No. Las llamaré y les diré que lo siento. ¿Puedo hacerlo ahora?

Negué con la cabeza.

—Sé que esto es duro. Te quieres tan poco a ti mismo que mendigas el amor de los demás (por cierto, esto va para todos), pero debes aprender a convivir con el desasosiego.

—Voy a romper con Maudie. No me puedo creer que esa mujer tuviera las santas narices de venir aquí, comportándose como si fuera alguien especial…

—Le pediste que se casara contigo —señaló Harlie.

—Anda ya, ¿cómo iba a hacer eso si ya estoy casado?

—Dínoslo tú. Fuiste tú quien se lo pidió.

—¡Bah! Fue un momento de locura. Probablemente… La verdad es que no recuerdo habérselo pedido. Lo que recuerdo es que Maudie me metió en el coche una mañana, para que fuéramos a Athlone a escoger un anillo. Me dijo que se lo había pedido la noche anterior. ¡Pero a lo mejor no fue así! ¡Igual se lo inventó todo! De una cosa estoy seguro, voy a dar puerta a Maudie. ¡Cómo se atreve a hacerles eso a mi esposa y a mis hijas!

—Que te jodan —le espetó Harlie—. ¡Eres tú quien le ha puesto los cuernos a su esposa y luego, encima, has intentado casarte con tu amante! Maudie no ha hecho nada malo, todo esto es culpa tuya.

Dennis se defendió al instante:

—De lo único que se me puede culpar es de haberme arrejuntado con la mujer equivocada. La próxima vez no escogeré a una tarada. Jo, jo.

Un círculo de caras pétreas lo miraron fijamente, en silencio.

—¿Jo, jo? —repitió, un poco sudoroso.

Cuando, una vez más, recibió un silencio sepulcral en respuesta, sus ojos reflejaron un miedo auténtico.

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