Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 13 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 13

13

 

 

En casa no había ni rastro de Kate. Después de sacar a Crunchie a dar una vuelta rápida alrededor del edificio, me fui dando tumbos a la cama y llamé a Quin por FaceTime. Esperaba una llamada rápida, un gesto de cortesía básica antes de ir a dormir. No era el momento apropiado para una conversación profunda y significativa.

—¿Qué tal ha ido el funeral? —me preguntó—. ¿Has hablado con tu ex?

—No. Pero ha estado bien. Podemos hablar de ello el domingo. Bueno, si lo necesitamos. Pero está todo bien, de verdad.

Nos despedimos y me sobrevino una ola de gratitud porque, dos años antes, había escuchado la recomendación de Claire y le había dado una segunda oportunidad.

—Pregúntame lo que quieras —me había dicho—. Y te responderé con sinceridad.

—¿Por qué engañaste a tu mujer? ¿Porque eres el Señor Perfeccionamiento?

—Qué va, con Shiv no fue nada parecido. Pero ella estaba haciendo el tonto, ya sabes, flirteando con un hombre con el que trabajaba. Yo estaba… herido. Herido, asustado, humillado… De modo que decidí devolvérsela. Lo cual es patético, no hace falta que me lo digas. Esperaba que ella viera lo que se perdía, pero el caso era que ella se había hartado de mí y yo era demasiado estúpido para darme cuenta.

—Eso es mucho drama, Quin.

—Shiv es… tiene un carácter fuerte. Ella y yo éramos bastante parecidos. Pero todo aquel drama fue temporal. Y ocurrió hace cinco años. Ahora cuidamos el uno del otro. Aunque no como antes. —Hizo una pausa —. Tú, en cambio, me gustas mucho.

—¿Por qué?

—¿Por qué le gusta una persona a otra?

—Tengo la sensación de que la única razón de que me desees es porque crees que no puedes tenerme.

—¿No puedo tenerte? —replicó—. Entonces ¿por qué me has escrito? —Era la primera vez que lo veía sonreír—. Rachel, quizá tengas razón, quizá el único motivo por el que te deseo es porque no puedo tenerte. Pero no lo sabremos hasta que lo probemos. Vamos a tener que arriesgarnos.

Me sostuvo la mirada y me quedé paralizada por que no fuera la de Luke. Sinceramente, pensaba que nunca volvería a considerar a ningún otro hombre y, si bien eso parecía haber cambiado, la falta de familiaridad con Quin me confundía.

Esa fantasía de «Al cabo de diez minutos sentía como si lo conociera de toda la vida» no ocurría con tanta frecuencia en la realidad. A nadie le gusta oír esto, pero la intimidad no es un regalo concedido por los Dioses del Amor a Primera Vista, sino que es algo en lo que ha de trabajarse, como aprender a mantenerse erguido en un monociclo.

Ese relativo desconocido quería cosas de mí: mi tiempo, mis pensamientos, acceso a mi cuerpo. Y, por primera vez en una eternidad, la idea no me resultó espantosa. Se lo achaqué al extraño asunto que había tenido lugar entre nosotros el fin de semana de la meditación.

No sería fácil. Yo había perdido la práctica. Pero si quería una vida con amor, tendría que pasar tiempo con esa persona a la que no conocía, tendría que soportar silencios que a veces distaban mucho de ser cómodos, tendría que aceptar todos aquellos aspectos en los que no era Luke.

Y de repente me pareció bien.

 

«No va a durar». Eso fue lo que pensé al principio. Me reía de la impaciencia de Quin, y no estaba por la labor de que me intimidasen sus rápidos cambios de humor. Y, sin saberlo, esa era la actitud perfecta.

Él era interesante. Intrigante. Con frecuencia divertido.

Y sexy. Dios, sí. Tenía un punto que hacía saltar chispas en la pila gastada que era mi corazón.

Sin embargo, había un montón de cosas malas en él. Aunque contaba con una o dos mujeres con el corazón roto en su pasado reciente, podía decirse que no era un encantador de serpientes, al menos no de buenas a primeras. Sus sonrisas eran raras y podía mostrarse directo hasta el punto de resultar ofensivo. Su estado de ánimo tendía a dispararse y a caer en picado a continuación; su energía era inquisitiva, casi codiciosa, y estaba demasiado ansioso por los rápidos.

Este era el tipo de cosa que ocurría a menudo: un sábado, hojeando el periódico, se topó con una reseña entusiasta de un libro.

—¡Rach, escucha esto! —Leyó unas líneas en voz alta y exclamó—: ¡Voy a comprarlo! —Se lo descargó de inmediato en el Kindle y se sumergió en la lectura, pero al cabo de media hora la abandonó quejándose de que el crítico «no tenía ni idea».

—No le has dado una oportunidad —le dije.

—¡Sí que se la he dado!

—Todo te decepciona.

—Tú no.

—Pero lo haré. Tú dame tiempo.

Así que íbamos saliendo, y me lo pasaba bien, pero me resistí a tener nada físico con él. La intimidad con un hombre que no fuera Luke siempre iba a ser un paso importante, y más tratándose de Quin. Actuaba como si estuviese enamorado, pero era bastante crítico con las apariencias. Había bastantes números de que concluyese que mi cuerpo de cuarenta y tantos era demasiado fofo o demasiado celulítico. Demasiado algo, vamos.

—¿Me has relegado al papel de amigo? —me preguntó en torno a la marca de la quinta semana—. ¿Tiene algún sentido ser paciente?

—Así que ¿no quieres quedar si no hay ninguna posibilidad de…?

—No. —Fue bastante claro al respecto.

—Estoy… —Intenté dar con la palabra adecuada. «Aterrada», eso era.

Habían pasado casi veinte años desde la última vez que me había acostado con alguien que no fuese Luke. Luke me había gustado mucho, solo necesitaba olerle para que mi cuerpo se encendiera. Pero nuestra vida sexual había sido sencilla. Había funcionado para los dos, pero en ese momento me dejaba en desventaja.

—¿Qué te da miedo exactamente con Quin? —me había preguntado Claire.

—Que sea demasiado «técnico». Que empiece a bramar instrucciones tipo «¡Vamos, Rachel, hazme el perro de tres patas!». O «¡Cabálgame de costado!». Como si fuésemos acróbatas en plena función. Llevo demasiado tiempo fuera de juego y, por lo que tengo entendido, las cosas han cambiado. Yo necesito una conexión emocional además del lado físico. Y quiero tomármelo con calma.

—Bueno, pues díselo.

¿Qué alternativa tenía?

—Vale.

De modo que le expuse mis preocupaciones concretas, que él aceptó con tanta calma que le dije a Claire:

—La verdad es que no sería un suplicio acostarme con él.

—¿Que no sería un suplicio? —repitió. Luego, el colmo del sarcasmo, añadió—: ¡Voy a comprarme un sombrero para el gran día! Tienes a Luke idealizado; eres como una vieja con un altar. Ya es hora de que avances. Serías capaz de jurar que Luke y tú erais perfectos.

—Éramos perfectos.

—Si lo hubieseis sido, seguiríais juntos. Venga, disfruta acostándote con Quin.

¡Y lo cierto es que lo hice! La verdad sea dicha: sin los efectos desinhibidores de media botella de vino, fui tímida. Sin embargo, nuestra primera vez fue…

—En realidad fue… algo así como… fabuloso —le conté a Claire—. Se interesa por lo que me gusta, pero no de un modo acariciador meloso. Y no paraba de comprobar que yo estuviera bien.

—Suena maravilloso. ¿Alguna acrobacia?

—… Aaaaaah, nada demasiado complicado. Pero sí que sabía qué… teclas tocar. Él… —carraspeé—, traía la lección aprendida. Pero no tanto como para preocuparme.

—¿Algún flashback de Costello?

—… No. —No tenía nada que ver con lo mío con Luke cuando, mucho antes del final, habíamos caído en rutinas probadas. Con Quin me sentía como si nos embarcásemos en una aventura con incontables y emocionantes posibilidades.

—Creo que va a ser… —tardé mucho en dar con la palabra exacta—, divertido. Se concentra en lo que desea. Y me desea… ¿a mí? —Las dos soltamos una carcajada—. Creí que nunca volvería a gustarme ningún hombre.

—¿Y te gusta Quin?

—¡Dios, sí!

Claire dio una palmada de felicidad.

—¡La abuela aún tiene cuerda para rato!

—Ahora que sé… —noté que me sonrojaba—, lo bueno que es, es lo único que quiero hacer.

—¿Con eso de la escalada que hace? ¿Tiene… abdominales? ¿Y cosas?

—Sí. ¡Abdominales! ¡Brazos! ¡Y se depila! Pero no demasiado. Sin duda, no lo suficiente para hacerme sentir mal a mí.

—Suena perfecto.

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