Otra vez, Rachel
Capítulo 56
56
Aunque nunca se lo había confesado a nadie, la verdad es que me encantaban los lunes. Mis patitos estaban en tal proceso de cambio constante que era emocionante sentarse en la Sala del Abad para ver qué podía haber pasado a lo largo del fin de semana.
Pero ese lunes, mientras me daba prisa por llegar, con la esperanza de coger una buena silla, el terror me tenía atenazada. Me sentía como en una nube, ligeramente desconectada de la realidad (lo cual tampoco era de extrañar, teniendo en cuenta que el fin de semana había sido movidito) y preparada para afrontar algo malo.
Estaba a punto de caerme encima un «arrebato de Luke».
Durante la noche anterior, en la que había dormido a ratos, me había dado cuenta, en algún momento, de que estaba enfadado conmigo. A pesar de los mensajes contradictorios que me enviaba (su despedida antes de Denver demostraba que intentaba limar asperezas), no había podido disimular su ira.
En realidad nunca me había dicho que me culpara de la muerte de Yara, pero estaba claro que lo había hecho. Y era probable que siguiese haciéndolo.
Iba a acusarme de ello; sí, eso era lo que tanto temía: oír esas horribles palabras. Aunque lo más irónico de todo era que yo ya no me culpaba. No desde el fin de semana de meditación en el que había conocido a Quin.
Aunque Quin no me conocía de nada, la extraña conexión que había sentido con él durante el ejercicio de Bondad Amorosa me había absuelto. Era el mejor regalo que me habían hecho jamás.
Daba igual lo que siguiera pensando Luke, la muerte de Yara no había sido culpa mía. Tenía que recordarlo.
Me sonó el móvil y me dio tal susto que casi se me sale el corazón por la boca. Madre mía, estaba de los nervios. Pero no era Luke, como esperaba, sino que se trataba del marido de Bronte, tan brusco y mandón como siempre.
—Nuestra hija mayor, Freya, llegará en avión desde San Francisco mañana por la mañana. Estará solo un día. Va a venir para confrontar a su madre.
¿Qué? ¿De verdad?
Así no funcionaban las cosas; él no decidía la agenda de su mujer. ¿No sabía que había otras seis personas en el grupo de Bronte? Podía haber una infinidad de cosas programadas ya para el día siguiente.
Con frialdad, le respondí:
—Tengo que consultar la agenda, quizá no haya un hueco para que Freya…
—Va a coger un vuelo de vuelta nada más acabar la sesión. Estaremos con vosotros a las diez de la mañana. Nos marcharemos a la once. —Y colgó.
Pero ¡qué puto déspota!
En realidad sí podíamos hacerle un hueco la mañana siguiente. Pero yo no tendría la oportunidad de hablar antes con Freya, de informarla. Su testimonio había sido peor que inútil, ya que solo tenía cosas bonitas que decir sobre Bronte. ¿Y para qué iba a ir si era incapaz de mantener una conversación difícil con su madre?
Apagué el móvil, cogí el mejor asiento de la Sala del Abad y observé cómo mis patitos llegaban de uno en uno. Trassa fue la primera. Madre de Dios, llevaba mucho dolor encima, pero había pasado un fin de semana tranquilo.
Dennis, sin embargo, parecía muy animado cuando entró pavoneándose. Demasiado animado, en realidad. Sospechaba que caminaba por la cuerda floja del autoengaño extremo; que se había convencido de que, a pesar de todas las pruebas, no era un alcohólico. Pero no era la primera vez que veía algo así.
Al parecer, a pesar de que Ella se había pasado el fin de semana deambulando cabreada de aquí para allá, poniendo a parir a Jonah y a Naaz, seguía aquí, por lo cual era obvio que no creía a pies juntillas que fuera inocente de todo de lo que ambos la acusaban.
Giles, que se marchaba ese día, irradiaba sabiduría y compasión. Podía resultar irritante, si eso era algo que te pusiera de los nervios.
Y si había alguien con esa predisposición, era Chalkie, quien llegó entonces. Había destrozado a golpes una raqueta el sábado y otra el día anterior, y había golpeado el saco de boxeo con tanta fuerza que este había acabado en el suelo, arrastrando consigo la mitad del techo del cobertizo. ¡Todo excelente!
Al menos la visita de la pobre Gemma Kaye había servido para algo positivo, ya que Harlie todavía no había llorado. De forma silenciosa, poco a poco, estaba empezando a entrarme el pánico. A Harlie solo le quedaban dos semanas, y si continuaba atascada en su ira mucho más, le habría fallado.
A veces sucedía: un cliente avanzaba hasta un punto determinado y se quedaba atascado. No ocurría a menudo, pero cuando pasaba, me mataba un poco.
Entonces llegó Bronte, fría y ligeramente inescrutable. Suponía un desafío, de eso no cabía duda, y era muy hábil a la hora de proteger su adicción. Probablemente porque ya sabía mucho sobre ella.
Su recaída era interesante. Resultaba innegablemente duro que un adicto tuviera que volver a tomar la medicina a la que se había enganchado en su momento. En muchos sentidos, era más fácil ser alcohólico: bastaba con no beber. Nunca hay ninguna razón médica que justifique el vodka (da igual lo que diga Claire).
Estaba casi segura de que Bronte había exagerado el dolor que sentía por culpa de su tobillo roto, pero seguro que también le había dolido de verdad. Por eso su caso era tan complicado, porque su sufrimiento había sido real. Lo mismo me había pasado a mí, cuando me había visto incapaz de dormir. Y en esas situaciones, el médico adecuado era crucial.
Carlotta había sido muy buena conmigo. Igual que el doctor Gagnon, el psiquiatra que había encontrado siguiendo sus instrucciones.
Una de las reseñas le describía como: «Un doctor que lo entiende de verdad, que sabe cómo es el insomnio real». En cuanto lo leí, sentí un gran alivio. Había cogido el móvil enseguida para pedir una cita.
Me había sentado delante de él y le había contado mi horrible historia. No tuve que exagerar; estaba destrozada de verdad.
—Madre mía —había dicho—, menudo trauma. Así que sufres insomnio agudo, ¿eh? ¿Sabes lo que es la higiene del sueño? ¿Sabes que no debe haber ningún aparato electrónico en el dormitorio? ¿Que hay que ponerse unas gafas para reducir el impacto de la luz azul?
—Ya hago todo eso. —De repente suspiré aterrada, pues temía que me fuera a recomendar baños calientes e infusión de manzanilla—. Ya hago mindfulness. Yoga. Me como un plátano antes de meterme en la cama. Hago absolutamente todo lo que recomienda todo el mundo.
Frunció el ceño.
—También da la impresión de que sufres de ansiedad.
Bueno, la estaba sufriendo en ese instante, desde luego, puesto que cada vez parecía más probable que me fuera a recomendar que empezara a hacer Yin Yoga (el más aburrido de todos los yogas).
—Pero el Ambien te resulta útil, ¿verdad?
—Es mi salvavidas.
Una vez más, no estaba exagerando.
—Si se toma tal y como se prescribe, no es adictivo. Incluso para una persona como tú, con un pasado de adicciones.
—Sí. Por supuesto. —Durante más de trece años había pensado lo contrario, pero las semanas anteriores me habían hecho cambiar de parecer.
—¿Debería añadir a tu tratamiento una medicación para combatir la ansiedad? —dijo—. ¿Qué tal te sienta el Xanax?
De repente me puse nerviosa y contesté:
—No, por favor, no. —No necesitaba tranquilizantes. A pesar de que, de todas formas, podría haberlos tomado, me parecía peligroso—. Solo somníferos.
Mi respuesta pareció sorprenderle.
—… Vale.
Sin más dilación, imprimió la receta, garabateó una firma en ella y me la entregó.
—Puedes pagar fuera.
Me dio la sensación de que había llegado el momento de marcharme.
—¿Cuándo debería volver?
—En un mes.
En las reseñas comentaban que era brusco, y, desde luego, lo era. También, caro; mi seguro no me cubriría todo lo que iba a cobrarme por la consulta. Pero me había prestado atención, me había escuchado.
Estaba de vuelta en la calle cuando me di cuenta de que me había doblado la dosis recetada por Carlotta, y eso me sorprendió. Pero también me sentí muy agradecida. Recordé entonces que en una de las reseñas lo habían criticado por «resolver los problemas a pastillazo limpio».
Pero a veces eso era justo lo que requería el problema.
Al final de la sesión de grupo, Dennis se me acercó bailando.
—Rachel, a chara, ¿podríamos hablar?
«Oh, ya estamos…».
—Claro. ¿Te va bien ahora?
—Me va que ni pintado. ¡Como anillo al dedo! De perlas… A las mil maravillas.
Fuimos a una consulta, donde él se sentó en el borde de la silla, con los ojos brillantes clavados en los míos.
—Estaba pensando en Trassa. En lo que… Lo que le ha pasado es tremendo, uno no desearía que le pasara a nadie. Pero, Rachel, ¿no crees que yo habré sufrido un trauma o algo así?
—¿A lo mejor sí?
Se irguió.
—¿Pude traumatizarme aquella vez que Patch, delante de mis narices, me ganó esa carrera del huevo en la cuchara? Ahí estaba yo, pensando que iban a recibirme como a un héroe en casa y, en el último instante, el muy mamón me arrebató una victoria segura.
Lo observé con atención.
—Vale, hablando en serio, Rachel. Si eso es lo peor que se me ocurre, es que no hay nada.
—¿Qué estás insinuando?
—Pues que, bueno, que es lógico que Trassa se enganchara a algo. En plan causa y efecto. Pero en mi caso no hay ninguna causa. Así que no hay ningún efecto. —Se le movieron los rizos cuando se incorporó y anunció—: ¡Así que no puedo ser alcohólico!
—Oh, Dennis. —En circunstancias menos trágicas, sería realmente gracioso—. Trassa es Trassa. Todo el mundo es único. Las personas son adictas o alcohólicas por toda clase de razones, y algunas por ninguna en absoluto. Bueno, por ninguna evidente.
Ladeó la cabeza.
—¿Qué quieres decir?
—A veces una persona no recuerda el trauma porque lo sufrió siendo muy joven. Otras veces en realidad no hay ningún trauma, solo excusas y justificaciones.
—¿Y eso cómo puede ser?
—Al adicto se le da genial inventarse historias trágicas: como sus padres no lo querían o su jefe no lo valoraba o su mujer era una desagradecida… tiene que beber o colocarse. Pero, Dennis, tú beberías aunque no tuvieras ninguna excusa. Aquí lo único que importa es que eres alcohólico y debes recuperarte.
Parecía haberse quedado hecho polvo. En voz muy bajita, dijo:
—No quiero ser alcohólico.
Asentí. Lo sabía.
—¿Dennis? Cuando te encontrabas a tu padre desmayado, cuando parecía que estaba muerto, ¿cómo te afectaba?
Agachó la cabeza.
—¿Y cómo voy a saberlo? —masculló—. La experta eres tú.
—Me imagino que, si eres un niño de seis o siete años que se encuentra a su padre en ese estado y piensa que se ha muerto, tiene que ser devastador.
Continuó con la cabeza gacha. Luego me miró muy cabreado.
—Lo fue —afirmó con la voz quebrada y los ojos llorosos—. Lo fue.
Se hizo un ovillo, con lo que dio la sensación de que empequeñecía. Se frotó la cara con violencia y se convirtió en ese niño ante mis ojos.
Bueno, había sido fácil, mucho más de lo que me esperaba.
Dejé que llorase. Tenía que derramar las lágrimas que no había derramado en toda su vida.
—Seguramente he hecho cosas peores. —Era la última sesión de grupo de Giles y estaba de muy buen humor—. Pero este recuerdo es lo peor que se me ocurre. —Con una voz muy dulce, preguntó—: ¿Estáis listos, niños? Pues empecemos. Una noche, ya de madrugada, creí que estaba sufriendo un ataque al corazón, así que fui a Urgencias. Quería que me hicieran un electrocardiograma. En mi mente puedo verme en esa sala de espera, chillándole a toda esa gente enferma y herida: «¡Me está dando un ataque cardiaco! ¡A mí! ¡A Giles Freyne! ¡Y sabéis quién soy!».
—Hostia puta —masculló Chalkie—. Qué vergüenza, tío.
—Los guardias de seguridad intentaron detenerme, pero me puse a dar vueltas por todo ese sitio, corriendo a toda leche, mientras abría de par en par las cortinas de esos cubículos. En uno le dije a la mujer que estaba en la cama que se levantara, que la necesitaba yo. Luego le dije que tenía un arma.
—¿Y la tenías? —preguntó Chalkie.
—¿De dónde iba a sacar yo un arma?
—Ah. Vale. Continúa.
—Intenté arrancarle el gotero del brazo a una mujer —continuó Giles —. Entonces llegó la policía y me arrestaron. Les dije que había ido al colegio con el ministro de Justicia y que iban a estar dirigiendo el tráfico el resto de su carrera. Esa es la clase de cosas —añadió— que no quiero repetir nunca.
—No tienes por qué —afirmó Trassa— mientras vayas a las reuniones y hagas el seguimiento.
—Por supuesto —le contestó con un brillo pícaro en los ojos, pues sabía que, junto a Chalkie, Trassa pasaba a ser una de las veteranas del grupo—. No veáis qué ganas de no sentirme abochornado. O de no tener que recordar qué mentira le he contado a quién. Y es un alivio no pasarme todo el día planificando: dónde conseguir pasta, cuándo poder hacerme una raya, cómo disimular que estaba colocado. Era un esfuerzo tremendo.
—Y recuerda, Giles —le dije—: la adicción es un parásito que nunca descansa. Que se te quede grabado a fuego. En cuanto vea que flaqueas, volverá a entrar en acción con la misma intensidad de siempre. —Tuve un momento de confusión muy extraño, algo parecido a un déjà vu, y enseguida volví a la realidad. Madre mía, qué estresada estaba—. Necesitas reforzar tus defensas todos los días. No puedes bajar la guardia nunca. ¿Vale?
—¡Vale!
Me puse de pie.
—Es la hora de la tarta.
Tristemente, no teníamos un Gateau Diane casero para Giles, ya que no despertaba mucha simpatía entre los empleados del servicio de catering. Pero había un enorme Victoria Sponge del supermercado Spar y un buen número de personas preparadas para interrumpirlo.
—¡Hace seis semanas no me habría creído que estaría interno de un lugar tan espantoso! —Se hallaba subido a una silla, lanzando su discurso de despedida—. La única razón por la que vine era recuperar mi trabajo…
Brianna se me acercó por detrás, me agarró del brazo y susurró:
—Drama. Su primera esposa se ha presentado para llevarlo a casa. Y la tercera esposa, también. Están las dos arriba, en el despacho, y no me extrañaría que se acabaran liando a bolsazos. ¿Qué hago?
—Nada.
Giles podía ocuparse de eso. Decirles a esas dos que, en realidad, se iba a vivir con su segunda mujer podía ser el primer desafío al que se enfrentara limpio y sobrio. Iba a arrancar a toda marcha, por decirlo de algún modo.
Cuando se bajó de la silla, la gente hizo cola para darle un abrazo. Siempre se me saltaban las lágrimas al ver que, a pesar de que allí dentro se decían palabras muy duras, al final todo el mundo le deseaba lo mejor a los demás.
Lo vi abrazar a Trassa, luego a Dennis, un tipo de gente con la que, probablemente, no se había cruzado en la vida.
Ah, y entonces le tocó a Chalkie. Él y Giles se miraron y, durante un momento, ninguno de los dos se movió; se palpaba la tensión entre ellos. Entonces se dieron un fuerte abrazo de oso.
—Cuídate, colega —le dijo Chalkie con una sonrisa maliciosa—. Ve a tus reuniones.
—Y tú a las tuyas.
—Si ambos vamos a nuestras reuniones, lo más seguro es que acabemos encontrándonos. Imagínatelo. Tú y yo, juntos, charlando. Maaaaaadre mía.
—¿O —Giles le guiñó un ojo— podríamos jugar al tenis?
—Ah, querido Giles, solo por eso volvería a chutarme.
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