Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 22 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 22

22

 

 

—Roxy —dije—, como te vas el jueves…

—¡AUUU! —aulló Dennis.

Le clavé una mirada que lo calló de golpe.

Tenía mejor aspecto ese día, mucho más limpio y pulcro, porque la noche anterior había convencido a varias mujeres para que le lavaran la ropa, le cosieran los botones que le faltaban a las camisas y le quitaran las peores manchas del traje. Había delegado todo el trabajo, y eso era una metáfora de su vida: siempre habría alguien que lo salvara.

—Roxy —dije de nuevo—, a la vista de tu inminente partida, ¿te gustaría decir algo a cada una de las personas que están aquí? Un consejo, quizá, o…

—¡Claro!

Productora discográfica de treinta y largos, adicta al alcohol y la marihuana, Roxy había experimentado una gran transformación a lo largo de las últimas seis semanas. Yo tenía muchas esperanzas puestas en ella.

—Trassa —Roxy la observó detenidamente y asintió despacio—, estás llegando.

—¿Llegando adónde? —preguntó Trassa con voz trémula.

—A donde necesitas estar. —Como el miembro más veterano del grupo, a Roxy se le había subido la sabiduría a la cabeza. En el reino de los ciegos, la tuerta es la reina.

El siguiente fue Chalkie.

—Todo el mundo quiere a Chalkie. —Roxy esbozó una sonrisa cálida —. Hablar es bueno, amigo, pero ¿estás haciendo el camino?

Había dado en el blanco. Chalkie era tan generoso con los detalles sórdidos de su drogadicción que podía llevarte a creer que había abrazado la recuperación. Sus batallitas, sin embargo, eran meras distracciones para impedirme ahondar demasiado. Enterrada en Charlie, había o bien una tristeza profunda o bien una rabia candente —ignoraba cuál de las dos— que explicaba sus recaídas. Su pareja, Skye, ya había estado en el grupo, pero su doloroso testimonio no había producido el avance que yo esperaba.

Roxy se volvió hacia Giles.

—Querido Giles, ¿estás seguro de que la coca es tu droga favorita? ¿Y no el sexo? Es solo una sugerencia.

»En cuanto a ti —Roxy se dirigió a Dennis—, demasiado ja, ja, ja, je, je, je. —Alzó la mano—. No. Paso totalmente de ti.

La carcajada de Dennis no fue una sorpresa, pero el dejo de dolor resultó audible.

—Harlie, me rompes el corazón. Sí, eres alcohólica, sí, es una mierda, pero hazle frente. Deja. De. Estar. Tan. Enfadada.

Harlie la miró impasible.

—No pasa nada, cariño —continuó Roxy—. El alma se me hizo trizas cuando comprendí que nunca podría volver a recurrir a la bebida y las drogas. Pero lo que recuerdo ahora es lo mal que me sentía siempre, al despertarme en el apartamento de un desconocido, ignorando si era de día o de noche. No era nada fácil vivir así.

—¿No echarás de menos la bebida? —soltó Harlie.

Roxy se encogió de hombros.

—En esa plaza ya he toreado, y era la peor. Se acabó, cielo. Elijo estar limpia y sobria o… me despido de tener una buena vida.

—Si no pudiera beber, mi vida estaría acabada. No sería capaz de divertirme.

—Pero ¿realmente te lo pasabas bien?

—¡Basta, por Dios! ¡Eres peor que Rachel!

Roxy la obsequió con una sonrisa empática y se volvió hacia Ella.

—Bieeeeeen. —Juntó las yemas de los dedos. Me parecía fantástico lo que estaba haciendo con el pequeño poder que tenía—. Te miro y pienso: una persona que tolera todo no tolera nada.

—¿Qué? —A Ella le temblaba la voz.

—Eres tan «Oh, quiéreme, acéptame, soy tu amiga, oye, yo también soy tu amiga».

Lo que Ella hiciera a continuación sería muy interesante. Si le seguía el rollo, era una mala señal.

Por fortuna, reaccionó:

—Perdona, Roxy, ¿tú qué eres? ¿Una alcohólica? ¿Una adicta a la hierba? No te juzgo, pero ¿quién eres tú para creerte que me conoces? Ni siquiera tendría que estar aquí.

Roxy rio y otros intercambiaron sonrisitas.

—Es cierto —insistió Ella—. Sin ánimo de ofender, me parecéis todos geniales…

Se produjo otro cruce de miradas.

—En fin —espetó Ella—, da igual.

—Ella —dije—, ¿puedes hablarnos de los tres blísteres de pastillas que Priya encontró cosidos debajo del forro de tu bolso la mañana que llegaste?

Ella empalideció. Hasta los labios se le pusieron blancos. Carraspeó.

—Pero ¿por qué no lo…?

Yo no lo había mencionado hasta ese momento, de manera que Ella había decidido que no lo sabía. Pero todos lo sabíamos todo.

—Si no eres una adicta, Ella, ¿por qué necesitas pasar somníferos a escondidas?

—… Tenía… miedo de no poder dormir aquí, eso es todo —replicó tropezando con las palabras—. Me cuesta dormir la mayoría de las noches desde que me asaltaron, y pensé que me costaría aún más en una cama extraña.

—¿Cómo te ha ido las últimas cuatro noches? —pregunté.

—Oh. Bien, supongo.

—Según Moze y Hector, estás durmiendo bien.

—¿Han estado espiándome?

—Sí.

—¿En serio?

—Sí. Estás en rehabilitación. Así funcionan las cosas.

Por un momento pareció desconcertada, perdida incluso, luego apartó la mirada.

Me había llegado un mensaje de Claire.

Llámame. ENSEGUIDA.

¿Y ahora qué?

Con mano temblorosa, pulsé su número y respondió al instante.

—¿Kate? —Resopló—. ¿El sobrino de Luke?

—Sí…

—¿Cómo es? ¿Simpático? ¿Amable? ¿Tan sexy como Luke?

Madre mía.

—¿Es demasiado pronto para invitarlo a cenar?

—Lo es, Claire.

—Les preguntaré qué día les va bien. ¿Te gustaría venir?

—… No, gracias.

—¿No? Vale, genial. ¿Le gusta el marisco?

—Adiós, Claire.

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