Otra vez, Rachel
Capítulo 44
44
Era viernes por la mañana, y Bronte estaba leyendo la historia de su vida. Debo admitir que me interesaba mucho. La pequeña tribu angloirlandesa de Irlanda era muy distinta al resto de nosotros. Tendían a ser grandes terratenientes y tenían fuertes vínculos con Inglaterra, a cuyos internados solían enviar a sus hijos.
Bronte procedía de una familia de cuatro hijos y se llevaba bastantes años con su hermano más pequeño; su padre era el «tercer vástago» de su familia, lo cual quería decir que «no tenía dinero». Había crecido en el condado de Tipperary, en lo que ella definía como una granjita, donde se criaban caballos y «ganadería cárnica». (Yo no tenía ni idea de qué quería decir eso, pero Dennis emergió brevemente de su catatonia para afirmar que era un buen negocio con el que ganar dinero).
—¿Vivías en una bonita casa antigua? —preguntó una melancólica Trassa—. ¿Con tapices y cortinas bonitas?
—Oh, no. En un adosado de los años setenta. Todo el mundo tenía más dinero que nosotros.
—¿Todo el mundo? —pregunté para que me diera algo más de contexto.
—Ah. —Se sonrojó—. No me refería a la gente del pueblo…
—… los campesinos —agregó Chalkie.
—Me refiero a nuestros primos, a nuestros amigos. Siempre fuimos los parientes pobres. Era deprimente. Todos los demás fueron a un internado. —Enseguida añadió—: O sea, no todos los del pueblo, sino…
—… tus primos, tus amigos —Chalkie concluyó la frase por ella—. La gente que importa.
—Así que fuiste a la escuela local, ¿no? —pregunté.
Ella negó con la cabeza.
—Como mi familia no es católico romana, fui a una escuela anglicana de la Iglesia de Irlanda en otro pueblo, porque no había suficientes niños de los nuestros para tener una donde yo vivía. Pero como estaba a cuarenta y cuatro kilómetros, la verdad es que no tenía amigos.
—¿Los campesinos no estaban a tu altura? —preguntó Chalkie.
Bronte se giró y lo miró fija y fríamente.
—Me habría encantado ser amiga de los campesinos —respondió con calma—. Yo los adoro totalmente.
Chalkie se puso visiblemente rojo, y Dennis se espabiló de su modorra para mascullar:
—Chicos, buscaos una habitación.
—Pero —continuó Bronte— los campesinos no se fiaban de mí. Me llamaban «esa pija de la yeguada».
—No sé de qué cojones te extrañas si tus ancestros les robaron sus tierras.
—Chalkie —dije—, para.
Lo que estaba claro era que Bronte era una verdadera marginada. Su propia tribu la despreciaba mientras que los lugareños se mostraban distantes con ella. Incluso dentro de su familia estaba sola: su padre tenía problemas a la hora de gestionar la ira, ambos progenitores bebían mucho y la hermana que menos edad le sacaba le llevaba nueve años.
Pero eso ella ya lo sabía. Había quedado claro durante su primera etapa en un centro de tratamiento, así que yo no estaba averiguando nada útil.
A los quince años, durante un fin de semana, en una fiesta con sus primos más acomodados, había tenido su primer coqueteo con las drogas.
—Solo hachís —dijo—. Fue tan divertido…
—¿«Solo» hachís? —pregunté.
—Sí, «solo»; el hachís no es nada comparado con la heroína —replicó sin pestañear.
Debo reconocer que era difícil ponerla nerviosa.
A los veintidós años, cuando ya estaba en Londres, probó la heroína.
—¿Qué hacías en Londres?
—Cuidaba la casa de caballerizas de mi tía abuela y trabajaba en una galería de arte.
—¿Cómo conseguiste ese curro en una galería de arte? —preguntó Chalkie.
—Mi madrina era muy amiga de la hermana del dueño.
—Los pijos cuidáis muy bien unos de otros.
—¿Y cómo fue tu primera experiencia con la heroína? —pregunté.
—Fue indescriptible. —Tenía la mirada perdida—. Una euforia total combinada con una sensación colosal y alucinante de amor y seguridad.
—Pues sí, está bien, la verdad —murmuró Chalkie.
El siguiente acontecimiento destacable en la vida de Bronte fue conocer a Eden, también angloirlandés, pero, a diferencia de Bronte, rico y con título.
—Me dijo que tenía que dejar de tomar drogas, así que lo dejé. Nos casamos, nos fuimos a vivir a Riddlesden Hall, tuve a mis hijos y trabajé con mis queridos caballos. Era todo perfecto.
—Aun así, de repente, hace seis años, volviste a consumir drogas. ¿Por qué?
—Oh. La verdad es que no lo recuerdo. No estoy segura del todo… No sabría decirte.
Tenía la horrible sensación de que Bronte estaba haciendo esto para cubrir el expediente. Había estado en rehabilitación en una ocasión anterior, sabía qué debía decir.
Así que cambié de estrategia:
—Háblanos de tus hijos. Tuviste a la primera, a Freya, cuando tenías veinticinco años, ¿no?
—Y a Hugo a los veintisiete y a Gerald a los treinta. Luego Eden dijo que ya no habría más, pues ya tenía dos hijos varones, un heredero y otro por si se moría el primero.
Soltó una risita, pero lo único que obtuvo como respuesta fue un silencio sepulcral. El resto, incluido Giles, no había conocido ni por asomo el estilo de vida de esa gente que heredaba fortunas y títulos nobiliarios.
De pronto me picó la curiosidad y pregunté:
—¿Qué tipo de relación tienes con tus hijos?
—Los adoro totalmente.
Iba a decir algo más cuando se calló de golpe.
—¿«Pero»? —inquirí.
—Están en Inglaterra, en un internado. Bueno, Freya, no; se ha tomado un año sabático. No los veo tan a menudo como me gustaría. Tal vez… cinco semanas al año. ¿Seis? En las vacaciones de verano van al campamento de francés.
«Madre mía».
—¿A qué edad empezaron a ir al internado?
—A los siete años. Sé que parece muy pronto —añadió Bronte—. Pero así son las cosas. Eden empezó con cinco años. Y dice que ahí se hizo un hombre.
Eso sonaba cruel y horrible.
—Antes de la recaída, ¿qué solía hacerte feliz? —le pregunté.
—Los caballos. —No lo dudó—. No soy más que una moza de cuadra, pero me encanta. Dedicaría a eso todo el día, todos los días.
Había algo que no encajaba, pero no sabía qué… Tal vez Bronte fuera una de esas personas que quieren más a los animales que a los humanos.
A la hora de almorzar, recorrí en coche a toda pastilla las carreteras secundarias de Wicklow hasta ese quiero y no puedo de la modernez que era Enniskerry para que me tiñeran las cejas y las pestañas; idea de Claire. Me había dicho que también necesitaba un tratamiento facial y una sesión de lavado y secado de pelo antes del día siguiente por la tarde, para que estuviera «estupenda» en la fiesta de cumpleaños del señor Costello.
—Y ve pronto. —Había insistido mucho en esto—. Asegúrate de que todos te vean, para que puedas escabullirte en cuanto eso se llene. Llévale un regalo al viejo, algo alucinante, podrías alquilar un Aston Martin para que se dé una vuelta. ¿Y cómo piensas ir vestida? Tienes que estar deslumbrante pero sin que parezca que hayas hecho ningún esfuerzo para estarlo.
Decretó que me pondría vaqueros, un suéter con el hombro al aire y todas las joyas que me había regalado Quin. Yo estaba de acuerdo en todo.
—Así que quieres que me plante en medio de los Costello, pavoneándome en plan «¡miradme ahora!», ¿no? ¡Pues sí, me parece bien!
—Tienes que transmitirles el mensaje de que «¡no solo he sobrevivido, sino que estoy de puta madre! Mirad qué pelo tan brillante tengo y qué piel tan reluciente y qué ropa tan guay, a pesar de que es la adecuada para mi edad».
—¿Puedo decirles: «Sí, estos vaqueros son carísimos porque tienen un corte increíble. Sí, el suéter es de angora; sí, sé que este color me resalta los ojos de un modo increíble? ¿Creéis que esta clase de cosas pasan por casualidad»?
—¡Pues claro! Y: «¿Los pendientes? Sí, son diamantes… ¡Ah, no, discúlpame tú y tu vista perfecta! Fueron un regalo de mi novio. Sí, novio… ¡Ah, sí, por supuesto! ¿Que si vamos en serio? Desde luego». Adelante, Rachel —me animó—. ¡Cómetelos!
—¿«Cómetelos»?
—Eso dice la gente joven ahora. Así que nosotras también.
—Cómetelos —dije a modo de prueba—. No sé… —Y añadí—: ¡Claire! Por cierto, ¿cómo va lo del intercambio de parejas?
Le conté que Adam me había revelado en BanDearg que tenía algunas reticencias.
—Me lo estoy trabajando. La mayoría de los hombres serían muy felices si tuvieran una oportunidad como esta. No sé qué le pasa.
—Ah, Claire… Adam y tú tenéis mucha suerte. No la fastidies.
—Deja de preocuparte, ¡va todo de cine!
OceanofPDF.com