Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 18 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 18

18

 

 

El lunes por la mañana, no eran ni las siete y media cuando entré en The Cloisters. Tras despertarme a las seis, no pude volver a dormirme, así que decidí que bien podía aprovechar para hacer algo útil.

Abajo, en la cocina, alguien estaba ofreciendo una versión en voz muy alta y aguda de una canción sensiblera. Me vino el nombre de Demis Roussos a la mente.

—¡La la, la la la, la lala la lala, LA DÉÉÉÉÉÉBIL SERÁS TÚÚÚÚÚÚ!

Seguí el ruido y encontré a Dennis cantándole a Ella mientras preparaban el desayuno para la casa. A los novatos siempre les tocaban las peores tareas.

—¡LA DÉÉÉÉÉÉBIL SERÁS TÚÚÚÚÚÚ!

—Para —le suplicaba Ella, doblada de la risa—. Estoy oficialmente muerta.

—¿Te he contado que entré en La Voz de Irlanda? —estaba diciendo Dennis—. Te juro que no miento.

—Casi te creo… ¡Madre mía! —Ella me había visto. Parecía haber presenciado una aparición—. ¿De dónde vienes? ¿Llevas aquí toda la noche?

Esbocé una sonrisa enigmática.

—¿Bocadillo de beicon? —me ofreció Dennis.

Otra de mis sonrisas enigmáticas.

—¿Eso es un sí o un no? —rogó.

—Es un no.

Y entonces llegó Ted, sediento de detalles.

—¿Qué tal estás, Rachel?

—Bien, Ted. Todo bien.

No era del todo cierto, pero con el tiempo lo sería.

—¿Tu ex ha dejado el país?

—Seguramente. —Me obligué a sonreír de nuevo—. De cualquier modo, todo genial.

Mi instinto me decía que Luke se había ido y, ahora que ya era demasiado tarde, seguía sintiendo aquel arrepentimiento nervioso por no haber ido a la comida de Justin. Una sensación de caída libre por la pérdida me susurró que había perdido una oportunidad de… ¿qué exactamente?

¿De borrar los últimos seis años por arte de magia?

Porque eso no iba a ocurrir nunca. Lo cierto era que algunas cosas no tenían arreglo. Mi reto consistía en vivir con eso, y podía hacerlo. La añoranza que se había removido en mi interior regresaría lentamente al fondo, donde había estado todo ese tiempo, y la vida acabaría volviendo a la normalidad.

Fui la primera en llegar a la Sala del Abad. Un par de minutos más tarde, irrumpieron Dennis y Ella.

—¡Y ahí está otra vez! —Dennis estaba muy contento—. ¡Te has perdido un desayuno de primera!

Fruncí el ceño y me concentré: ¡madre mía, en qué estado se encontraba! ¿Cuántos días más necesitaba antes de darse cuenta de que tenía la ropa completamente asquerosa? Era evidente que, en casa, su mujer se lo hacía todo.

Aunque no es que a Ella pareciese importarle la ropa mugrienta de Dennis. Con el brazo bueno, le dio un empujón de broma, mientras los dos intentaban reclamar la segunda mejor silla. Ella y otros como ella sobrevivían siendo amables con todo el mundo, incluso con aquellos que no se habían cambiado de ropa interior en seis días. Podría haber estado ahogándose literalmente con el hedor de Dennis y nunca lo reconocería.

—Guau. —Ella se fijó en mis zapatillas—. ¡Tus zapas son la leche!

¡Eran la leche! Eran blancas pero con estrellas con estampado de leopardo y ribete en la parte delantera. Abrí la boca para participar de su entusiasmo y me contuve justo a tiempo. Madre mía, sí que estaba despistada.

Incliné la cabeza levemente y sonreí con un solo lado de la boca. Con los años, me habían informado de que esa sonrisa extraña resultaba aterradora. Cuando tienes en cuenta las horas de práctica que invertí en ello, resultaba gratificante oírlo.

Aunque pobre Ella. Los cumplidos y halagos eran su forma de crear vínculos. Cuando la gente se negaba a seguir ese juego, no tenía a qué recurrir.

Y entonces apareció Giles, larguirucho y gallardo. Le disgustó ver a Ella y a Dennis. Madre mía, quizá fuera capaz de dejar la coca, pero nunca dejaría de ser un mujeriego…

 

—Y lo siguiente —leyó Dennis en voz alta— es que aquí el colega se incorpora en el ataúd y suelta: «¡¿De quién es el pintalabios que llevo puesto?!».

La Sala del Abad estalló en carcajadas. Dennis nos estaba obsequiando con la historia de su vida, y era una comedia animadísima: una historia hilarante detrás de la otra. El alcohol recibía alguna mención ocasional, pero solo como ingrediente necesario de «una gran noche de fiesta».

Lo había visto con frecuencia: un alcohólico que asumía la bebida ocultándola a plena vista, con relatos dramáticos y divertidos de sus juergas salvajes. Sonaba como si reconociera que tenía un problema, pero en realidad era solo una gran maniobra de distracción. Cualquier vergüenza que sintiera Dennis —y seguro que iba a sentir mucha— se hallaba enterrada bajo una coraza casi impermeable de anécdotas que distraían la atención.

Daba la impresión de ser el propietario de la mitad del pueblo en el que había nacido —era dueño de un pub, una trituradora, una compañía de taxis y una pequeña funeraria. La compañía de taxis (formada por él y su hermano, Patch, que compartían un único coche) operaba desde el mismo edificio que la funeraria, lo que llevaba a algunas confusiones graciosísimas.

—Madre mía, ¡acabo de acordarme de otra! —Dennis dejó su guion escrito—. ¡Mi experiencia cercana a la muerte! Imaginaos la escena… Los postres de un funeral. Bueno yo soy un hombre al que le encantan los funerales, no hay nada tan agradable como un sándwich de jamón de funeral…

Sin duda podía visualizarlo: Dennis tratando con los dolientes mientras mentalmente llevaba la suma de cuánto se estaban gastando en la barra libre de su pub. Al igual que Chalkie, Dennis llevaba la carga de una gran capacidad de gustar. Significaba que la gente permitía que bebiera, le excusaban, cubrían sus meteduras de pata y no soportaban enfrentarse a él.

En ese momento, Dennis estaba de pie, representando a distintos personajes de la anécdota. Dejaría que acabase esa y no tendría más tiempo de emisión hasta que su hermano Patch fuese el miércoles por la mañana y expusiese las cosas a la luz.

—… ¡Estuve clínicamente muerto! Durante cuatro minutos, ¿podéis creerlo? Sabía que estaba en la mesa del quirófano, pero vi el pasillo de luz blanca. Así que dije: «¿Tenéis barra libre en el cielo?».

Ella bufó entre risas.

—Estaba muerto, hablo en serio. —Se le balancearon los rizos—. Si tenían barra libre, seguiría avanzando hacia la luz. Pero va una voz y me dice: «Nada de bar. El cielo está seco». Así que le suelto yo: «¡Buena suerte! Ya nos veremos». ¡Y volví!

Cuando se acallaron las risas, Ella declaró:

—¡Podrías ganarte la vida haciendo monólogos!

—Si no muere de alcoholismo antes —dijo Giles en voz baja.

Un manto de silencio cayó sobre la sala, y seis cabezas se volvieron de golpe hacia Giles. Siendo justa, hasta yo me sorprendí. Pero Roxy se iba al cabo de tres días, y estaba claro que Giles había comenzado su transición a Personaje Ilustre del grupo. El alumno empezaba a convertirse en maestro.

—Pero… —Ella se había quedado consternada al oír que se acusaba así a su colega Dennis. Su historia (que su mujer le había amenazado para que se internase) ella se la había tragado enterita. Afirmaba su convicción de que ella también estaba ahí solo para complacer a otros.

—¿Qué demonios te ha dado? —le preguntó Chalkie a Giles.

Giles se encogió de hombros.

—Dennis estuvo a punto de morir por intoxicación etílica. No tiene gracia.

—¡Ah, para! —protestó Dennis—. Solo nos estamos riendo un poco.

Con un asentimiento brusco, Ella fulminó a Giles con la mirada.

 

Al final de la sesión, cuando se levantaron para salir, dije:

—Dennis, ¿puedes quedarte un momento?

—Oh, muchachos, ¡estoy en apuros!

Después de cerrar la puerta, dije:

—Dennis, tu ropa.

Dio un tirón a su chaqueta.

—Hecha con las manos de Makee’s, de Mullingar. ¿Seguro que tienes algún marido o novio que necesita «confección a medida», una mujer tan guapa como tú? Menciona mi nombre a Mossie Makee y cuidará de ti y del afortunado en cuestión. —Su exagerado guiño indicaba que un descuento considerable sería mío.

—Dennis, tu ropa está muy sucia. —Le señalé las manchas de la corbata y los lamparones no identificables de la camisa—. Tienes que lavarla. Además, llevas aquí casi una semana y no te has duchado una sola vez.

—Me doy un baño cada Domingo de Resurrección —declaró—. ¡Tanto si lo necesito como si no! Jo, jo.

—Dennis, tienes que ducharte todos los días. Y que alguien te enseñe a usar la lavadora.

—Claro, la parienta me trae ropa limpia la semana que viene.

—Lava la ropa. —Podía dar bastante miedo cuando me lo proponía—. Esta noche, Dennis.

Cuando salía de la sala, me gritó a la espalda con una rabia repentina y muy real:

—¿Qué tiene eso que ver con beber demasiado?

Mucho. Los adictos se odiaban a sí mismos, y muchos no podían darse el lujo de la civilidad. Ya aprendería.

Cuando encendí el móvil, tenía un mensaje de Helen.

¿Nos vemos? Tengo que hablar contigo.

Ese tipo de cosa —que Helen me propusiera quedar a solas— era un poco raro. Debía de querer hablar de lo que fuera que hubiera estado haciendo la mañana del viernes del funeral de la señora Costello. Era imposible adivinarlo —podía estar a punto de romper con Artie o de embarcarse en una expedición en solitario al Polo Norte—; conociendo a Helen, podía ser cualquier cosa. Pero esperaba que estuviese bien.

¿Cuándo? ¿Hoy? ¿En la Red Kite Farmhouse, a las 17.45?

Contestó de inmediato:

Ahí no. Odio ese sitio. Está lleno de mamis pijas.

Por supuesto. Aparte de ella, todo el mundo adoraba la Red Kite Farmhouse: la estética cursi, las mesas con caballetes artísticamente desparejadas, los bollos gigantescos y prohibitivos. Helen tenía que ser distinta.

Entonces llegó otro mensaje.

Vale, pues en la Red Kite Farmhouse. Pero no me des la paliza con los putos

bollos. Lo pillo: son GRANDES.

Me ofendió un poco. Yo no le daría la paliza con el tamaño de los bollos de la Red Kite Farmhouse en la vida. Son grandes, demasiado para una sola persona, pero yo no les veía ningún problema.

 

Como ya era tarde, no me costó aparcar; los grupos merodeadores de mamis pijas vestidas de Lululemon normalmente se dispersaban en torno a las tres y media, cuando se subían a sus Range Rovers para recoger a los niños del colegio privado.

Helen ya ocupaba una mesa, estudiando su móvil con un aire ligeramente homicida.

—¡Ah, Rachel, eeey! —gorjeó al verme.

Helen no gorjeaba jamás. Gorjear estaba en su Lista de Palazos.

A su carita perfecta asomó el rictus de una sonrisa. Me estaba dando muy mala espina.

—Siéntate. —Señaló la silla que tenía enfrente—. Te he pedido una menta poleo, era eso, ¿verdad? Y un brownie. No podía jugármela con los bollos.

—Bueno, ¿qué pasa?

Helen bajó la vista a la mesa.

—Pues mira, Artie y yo hemos estado pensando…

De pronto supe lo que iba a decir.

Me miró a los ojos.

—Queremos tener un niño.

Para eso me había preparado.

—Lo siento, Rachel. Sé que te disgustará y lo siento de verdad.

Seguíamos mirándonos a los ojos sin pestañear. Noté que se me acaloraba la cara y no daba con las palabras apropiadas.

—Vas a decirme que ya eres mayorcita y que tus cosas son responsabilidad tuya y todo eso, pero…

—El caso es que es verdad —logré articular.

—No tienes que hacerte la valiente. No para protegerme.

—Yo… —Había demasiadas emociones agitándose en mi interior, un gran desbarajuste.

—Dime que me odias —me instó.

—Pero es que no te odio. Claro que no te odio, vamos. Mi barco zarpó hace mucho tiempo. Tú tienes que hacer lo que quieras, no soportaría que no lo hicieras por mí.

—¿Deberías comerte el brownie? ¿Te iría bien el azúcar?

—Creí que no querías tener hijos.

—Es que no quería. Y luego de repente quise. Creí que había algo malo en mí, así que fui al médico. Pensé que podría darme unas pastillas para que parara. Pero me dijo que lo que me pasaba era que tenía ganas de tener hijos. ¡Me habló de instinto maternal! —exclamó—. ¡A mí! Qué valor, me impresionó. Oye, ¿debería haberte pedido un bollo gigante? —Echó su silla hacia atrás con un chirrido—. Voy a buscarte uno.

—Siéntate, idiota. Bueno… eh… ¿y en qué parte del proceso estáis?

—Montando por Irlanda.

—Encantador… ¿o no? —Según mi experiencia, practicar el sexo siguiendo un horario le restaba gran parte de la diversión.

—Acabamos de empezar, así que ahora mismo está bien. El viernes por la mañana me hicieron una exploración, ya sabes, un procedimiento, por eso no pude ir al funeral. La doctora dijo que, aunque tengo casi cuarenta, aún me quedan unos cuantos óvulos buenos. Así que puede que funcione. Si no, tendremos que «explorar otras opciones». Fecundación in vitro, quizá.

—Muchísima suerte, Helen, de verdad. Espero que funcione.

—¿En serio? Entonces ¿estamos bien? ¿Tú y yo?

—Perfectamente.

—Gracias. —Luego añadió—: ¡Eh! ¿Qué es eso de Kate y el sobrino de Luke? Me los he encontrado esta mañana…

—¿A los dos?

—Ella estaba de vigilancia, y él «solo pasaba el rato». No soy quién para juzgarlo, pero parecían… —hizo una pausa y sopesó la palabra—, entusiasmados. Sí. Muy entusiasmados el uno con el otro. ¿Y si, a ver, se casaran y tuvieras que ver a Costello en la boda?

—Uh, Helen. No adelantemos acontecimientos.

—Vale. En fin, ¿a ti qué más te daría? Te gusta el Doctor Cuchador, es un buen novio.

—Es un novio genial.

—Aunque no tenga cuchador. ¿Y estás segura de que te parece bien lo de mi bebé?

—Por supuesto. No le des más vueltas.

—Vale. Solo una cosa. ¿Lo de «estar intentándolo»?

—¿A la Lista de Palazos?

—A lo más alto. No lo digas jamás. Bueno, me piro.

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