Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 4 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 4

4

 

 

Crunchie se abalanzó sobre mí en una bienvenida eufórica.

—¡Eh, Rachel, estás en casa! —dijo Kate.

—Hola. Hooola, ¿quién es una perra buena? —Mientras Crunchie bailaba alrededor, le froté las orejas—. ¿Quién es una perra buena? ¡Pues tú!

En el salón, Kate señaló su pantalla, que había dejado en pausa.

—Una serie coreana. Es una locura. Pero me encanta. Quizá deberías ver algún episodio. Bueno, ¿te apetece un poco de té? Manzanilla y rosa. — Se había levantado del sofá y estaba ya en la cocina, preparándome una taza —. Ayuda a dormir.

—¿Qué tal tú, mi sobrinita de vida sana? ¿Cómo ha ido la vigilancia hoy?

—¡Bien! Ha aparecido el tipo; tengo un montón de fotos.

—¿Puedo preguntarte algo? ¿Un escenario hipotético? ¿Te importaría faltar al trabajo el viernes por la mañana? —Y enseguida añadí—: Helen dice que puedes cogerte el día libre. Pero no si necesitas el dinero.

—¿Qué pasa?

—¿Te acuerdas de Luke? ¿Mi exmarido? Se ha muerto su madre, el viernes es el funeral…

—¿Quin está fuera y necesitas que te cubran? Me apunto.

—¿Estás segura? ¿No te importa faltar al trabajo? Tal vez Helen te pague de todos modos.

Y ahí entraron nuestras risas falsas, que pasaron a ser reales.

—¿Cuándo fue la última vez que lo viste?

—Dos mil doce —dije—. Hace seis años. El día que se marchó. — Incluso recordar la escena, conmigo llorando y suplicándole que se quedase, me producía náuseas.

—¡Guau! Eso es… —Los veinteañeros suelen pensar que la gente como yo, una mujer en la cuarentena, ha evolucionado y ha dejado atrás todos los sentimientos dolorosos, pero Kate era mejor que la mayoría—. ¿Y cómo fue con todo el rollo legal? Me refiero al divorcio.

—De la mayor parte se encargaron los abogados. A veces su colega Joey hacía de intermediario. Pero Luke y yo no hemos intercambiado una sola palabra.

Mil veces me había muerto por hablar con él, pero Luke había bloqueado mi número, email, todo.

—¿Y no te has topado nunca con él?

—Vendió el negocio y se mudó a Denver, Colorado. Consiguió un trabajo nuevo, tenía amigos allí. Es todo lo que sé.

—Pero… ¿y las redes sociales?

—No. —Tuve que reírme ante su asombro—. Estuvo en Facebook durante un tiempo, por aquellos días, pero apenas, ¿sabes?

Me había bloqueado hasta en eso. Aunque, según Anna, no había subido nada en años, literalmente. Y nunca lo había encontrado en ningún otro sitio. Durante los dos o tres años después de que se fuera, lo había comprobado de forma regular, obsesiva, en Instagram y Twitter, pero siempre salía con las manos vacías.

—Esto podría ser duro para ti. —Kate pensó en ello—. Después de romper con Isaac, yo estuve bien hasta el bautizo del niño de Chloe. En cuanto me enteré de que lo vería allí, me puse de los nervios.

—Sí. Aún no estoy segura de que vaya a ir. —Durante mucho tiempo sentí que nunca perdonaría a Luke. Todo el asunto había sido horrendo y agradecía haberlo dejado en el pasado. Quizá debía permanecer en el pasado.

No sabía si llamar a Quin. El trayecto de Dublín a Taos, Nuevo México, habría traído consigo al menos tres vuelos con sus propios medios. Pero como el cliente les había puesto a él y al arquitecto un avión privado, era posible que ya hubiese llegado.

—¿Rach?

—Quin. —Sentí una oleada de calidez al oír el sonido de su voz—. ¿Qué tal? ¿Habéis llegado bien?

—Dios, sí. —Gimió—. Los aviones privados son geniales. Pero también terribles. Cada vez que viajo en uno, luego tardo meses en readaptarme a la clase normal.

Quin diseñaba sistemas audiovisuales a medida para las casas de gente muy rica. Consideraban que tenía un toque mágico, lo cual, cada cierto tiempo, hacía que se topara con grandes fortunas.

—Esto es increíble —dijo—. Estamos fuera de la ciudad, en el desierto. He subido algunas fotos a Insta, si quieres echar un vistazo.

Accedí a su cuenta y encontré imágenes de una llanura de alto desierto. A lo lejos, de una nada plana, surgía una repentina erupción de granito escarpado, como una catedral hecha de roca en bruto.

—Oh, Quin, es precioso. Bueno, escucha, ¿puedes hablar un momento?

—Claro. —Se puso en alerta al instante—. Solo deja que me vaya a otra… —Se oyeron susurros de movimiento y el sonido de una puerta al cerrarse—. Vale, ya estoy. ¿Qué pasa?

—He recibido una llamada. De un amigo de mi exmarido.

Quin tomó aire de forma audible.

—Su… Luke, quiero decir, su madre ha muerto. El funeral es el viernes por la mañana. No sé si debería ir o no.

—Vale. —Se produjo una pausa—. Rach… —Y luego otra.

Quin lo sabía todo sobre Luke y yo.

Bueno, casi todo.

Una de las cosas geniales de habernos conocido durante un fin de semana en el que nuestra mera presencia era un reconocimiento de que teníamos problemas era que, desde el principio mismo, Quin y yo fuimos directos el uno con el otro. Los primeros días no vi ningún problema en decirle: «Nunca podría querer a otro hombre como he querido a Luke».

«¡Au! —El dolor de Quin había resultado visible—. Que le den a la sinceridad radical».

Pero habíamos sido capaces de reírnos de ello.

Durante un momento, la conexión con Nuevo México cobró volumen y crepitó. Cuando volví a oír a Quin, me preguntaba:

—¿Qué te dice tu «voz interior»?

—De momento, nada. Pero, bueno, ¿a ti te importaría si fuese?

—Si me importase, es cosa mía, ¿no?

—Ja, ja.

—Consúltalo con la almohada. A ver cómo te sientes mañana. Pero — gruñó— más te vale no volver a enamorarte de él.

—No lo haré.

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