Otra vez, Rachel
Capítulo 94
94
Estar en mi cama de adolescente no supuso ninguna diferencia, porque seguí sin poder dormir. Me descargué un audiolibro sobre la batalla de Waterloo porque pensé que sería aburrido, pero en realidad era fascinante.
Acababa de buscar en Google «libros extremadamente aburridos», cuando me llamó Nola.
—La gente se burla del término, pero ha sido tu «detonante» —dijo—. El susto de Helen te ha hecho recordarlo todo.
Tenía razón. Y sabía que alguna otra cosa más. Después de la pérdida de Yara, no tomaba esas pastillas para dormir, sino para escapar. Había una diferencia, sutil pero enorme para un adicto.
Porque en ese momento lo sentía. Quería dormir. Pero también quería sumirme en el vacío, en la nada. No era lo mismo.
Mi padre entró en un momento dado con un plato con una pasta danesa y cuatro galletas Kimberley de chocolate. Demostraba su amor ofreciendo cosas dulces. Una hora después vino mi madre.
—Pensé que estarías como un tronco —declaró—. Tal vez las pastillas estaban caducadas. Baja y veremos Nuestro propio castillo, es la leche.
—No, gracias.
—¿Te importa si lo hago yo?
A solas una vez más, hablé mentalmente con Yara y le pedí que me ayudara, que me quitara el miedo y, si eso no era posible, que me ayudara a soportarlo.
«¿Por qué no llamas a Luke?».
Pero no podía distinguir entre Yara y yo. ¿Era un consejo real o solo me decía lo que quería oír?
Mi padre volvió.
—¿Vas a bajar para ver la lotería? Te hemos comprado un boleto.
—Oh, papá. Gracias, pero…
—No es molestia. Yo haré el tuyo por ti, pero, si ganas, puedes reclamarlo.
—Gracias, papá.
«Deberías llamar a Luke».
Tenía tantas ganas de verlo, de escuchar su voz… Era tan bueno… Pero no eran ni siquiera las seis de la mañana en Denver, así que lo más seguro era que estuviera durmiendo. Y si Kallie estaba allí, no creía que pudiera soportarlo.
—No has ganado. —Mi madre estaba de vuelta—. A la lotería. Ninguno ha ganado nada. Esta familia tiene mala suerte, siempre ha sido así. ¿Vas a bajar a comer algo? Hay quiche. Tu padre ha ido al SuperValu y la ha comprado especialmente para ti. Puede que tenga un poco de jamón, por accidente. Dice que lo siente.
—Quizá más tarde, mamá.
Cuando se marchó, me quedé mirando el iPad sin poder evitarlo, abrumada por lo que decidí llamar «fatiga de contención». Se me había acabado el aguante para resistirme a llamar a Luke por FaceTime. De todos modos, eran casi las siete de la mañana en Denver y era posible que estuviera despierto.
—¿Rachel? —Todavía estaba en la cama; la luz artificial hacía que se le viera la cara tan blanca como las sábanas—. ¿Todo bien?
—Siento haberte despertado. ¿Estás solo…?
—Oye, respira. —La cámara se estabilizó y allí estaba él, con su desaliñado atractivo—. Está bien —insistió, sentándose erguido y tirando de una sábana hasta el pecho—. No hay nadie más aquí. Cuéntame.
—Sabes que Helen está embarazada, ¿no? Pues hace dos noches empezó a sangrar…
—Dios. —Su alarma era patente.
—Se encuentra bien. Pero me llamó a mí porque Artie estaba fuera. La llevé al hospital y, aunque no ha sido lo que pasamos tú y yo, me ha afectado mucho.
—Sí. Por supuesto.
—Ha vuelto a casa, la hemorragia ha cesado y no era tan grave como pensé al principio, pero aun así me siento… en medio de una pesadilla aterradora. Igual que en el hospital cuando nos dimos cuenta de que solo había un latido.
—Cielo —dijo con voz suave—. Rachel, supongo que esto es normal, después de lo que pasamos nosotros.
—Lo sé. Probablemente. Sí. ¿Puedo hacerte una pregunta?
—Adelante.
—Luke —tomé aire—, ¿le contaste a Kallie lo nuestro? ¿Lo que ocurrió esa noche?
—No.
Mi corazón se hundió hasta el centro de la Tierra.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—¿Quieres decir que Kallie y tú seguís juntos sin que ella lo sepa?
—¿Qué? ¡No! —Sorprendido, soltó una breve carcajada—. Habíamos roto antes de que me fuera de Irlanda.
«Gracias».
«Gracias, gracias, gracias».
—Pensaba que lo sabías —añadió en tono de sorpresa.
—¿Cómo iba a saberlo?
—Pero… ya sabes cómo soy —replicó—. Don Íntegro. Aquella noche, delante de tu casa me preguntaste si quería entrar y… En fin. —Exhaló un suave suspiro—. Eso fue todo; Kallie y yo rompimos. Tuve que decírselo.
—Bien. —Mi voz era débil.
—¿Y la noche que pasamos juntos? No hubiera podido… ¡Rachel!
—Está bien…
—Fue… —hizo una pausa—, duro tener que herir a Kallie. Pero lo que ocurrió entre nosotros, me siento… —de nuevo dudó mientras buscaba la palabra apropiada—, agradecido. Muy agradecido por ello.
—¿Kallie y tú seguís montando a caballo juntos?
—Nuestros caballos están en el mismo rancho. Nuestros caminos a veces se cruzan. Somos amigos, ya sabes. Pero no.
—Quin y yo rompimos.
—Ya. —Exhaló un medio suspiro—. Me lo imaginaba.
—¿Cómo?
—Soy un optimista. —Luego se rio—. Vale, no estoy orgulloso de esto, pero… eh… ¿El Instagram de Quin? Solía publicar un montón de fotos tuyas… ¿Estás bien? ¿Por la ruptura?
—Estoy bien. Él también lo está. Pero, Luke, no puedo dormir. No desde la noche con Helen. Es decir, puedo dormir un poco. No es que haya estado despierta desde que Helen llamó. Lo que pasa es que solo consigo dormir un par de horas aquí y allá…
—Espera. —De pronto adoptó un tono de urgencia—. ¿Tienes acceso a pastillas?
—Estoy en casa de mi madre, me dio una caja entera. Esta casa es como una farmacia…
—¡Deshazte de ellas!
—Ya lo he hecho. —Y me apresuré a añadir—: Luke, escúchame, no pasa nada, las tiré por el fregadero. No las quería, para nada. Pero más valía asegurarme, aunque es probable que mi madre me mate cuando se entere. He ido a reuniones, he tenido una sesión épica con Nola, estoy haciendo ejercicios de respiración y meditación, y le pido ayuda a Yara, pero todavía siento como que estoy en… una pesadilla. Podría llamar a alguna línea de ayuda, pero… —Tuve que tragar saliva—. Tú eras la única persona con la que quería hablar. Lo siento mucho.
—Rachel —su voz era tan suave, tan encantadora—, ¿por qué lo sientes? Esto está bien. Siempre estará bien.
—Tu bondad. —Me tembló la voz—. Es que es tan… ¿Puedes hablar conmigo un rato? ¿Hasta que me sienta un poco menos… asustada?
—Por supuesto. ¿Hay algo que pueda ayudar? Si estuvieras tratando a una persona que está alterada como tú, ¿qué le dirías?
—No es mi especialidad, pero le preguntaría si tiene recuerdos en los que se sentía tranquila o en paz.
—Entendido. Entonces ¿recuerdas algún momento en el que te hayas sentido tranquila? ¿En paz?
Algo me vino de inmediato a la mente y lo descarté.
—¿Tal vez cuando eras niña?
—Deja que… —Encontré otro recuerdo—. Tenía unos seis o siete años. Anna y yo habíamos colocado una colcha azul sobre una mesa. Estábamos debajo, había conchas en el suelo, como si estuviéramos bajo el mar. La luz era tenue y azul, recuerdo que me sentía tranquila. Anna y yo éramos las únicas que podíamos respirar bajo el agua. Estábamos solas. Me sentía fuerte. En calma.
—¿Algún otro recuerdo? ¿Lugares? ¿Gente? ¿Quién hacía que te sintieras así?
—Luke —se me quebró la voz—, me siento así contigo.
—¿Cuándo?
—Bueno… —tragué saliva—, todo el tiempo.
—De acuerdo. —Se quedó pensativo—. De acuerdo. —Y añadió—: ¿Por qué no voy a verte?
—¿Qué quieres decir?
—Me refiero a subirme a un avión e ir a tu casa y, ya sabes, verte.
—¿Cuándo? —pregunté tras un largo silencio.
—Ahora. Bueno, en cuanto pueda coger un vuelo.
—¿Estás…? ¿Es una broma?
—No es una broma.
—¿De verdad lo harías?
—De verdad.
—¿Por qué?
—¿Puede esperar? Podemos hablar cuando llegue.
—Tengo que preguntarlo: ¿ahora eres republicano? ¿Partidario de Trump?
—¿Qué…? ¡No! Rachel, ¿por qué piensas eso?
—Porque la gente cambia.
—¿Tan diferente te parecí esa noche? Porque a mí me dio la impresión de que nada había cambiado.
—Eso fue solo sexo. Siempre se nos dio bien.
—No fue «solo» nada, Rachel. —Hizo una pausa. Frunció el ceño—. Lo fue todo.
Desde luego eso era lo que yo había sentido. Pero…
—Ahora montas a caballo. Eres algo santurrón. No eres vegetariano.
—Ahora eres jardinera, yo siempre fui algo santurrón y, aunque a veces como carne, soy mayormente vegetariano. Pero la esencia de lo que eres o soy no ha cambiado. Siempre me hiciste sentir seguro. Desde que hemos vuelto a conectar ha sido igual.
Me llamó una hora más tarde.
—¿Sigues en casa de tus padres?
—Sí. ¿Dónde estás?
—En el coche. Camino del aeropuerto.
—¿En serio?
—Si pudieras ir a tu casa… ¿Tomarte la mañana libre…?
—¡Luke! ¿De verdad…?
—Hago escala en O’Hare, luego aterrizo en Dublín a las cinco de la madrugada, hora local.
—Podría ir a recogerte —dije, atónita.
—No. Gracias. Prefiero la intimidad para… Sí, un taxi está bien. Rachel, vete a casa. Espérame. Llegaré por la mañana.
En mi casa, Kate y Devin no paraban. Había una gran bolsa de la compra encima de la mesa de la cocina y parecían estar vaciando en ella el contenido de la nevera. Se respiraba un aire de desenfreno, una sensación de saqueo de última hora.
Crunchie se movía de un lado a otro, con aspecto de estar muy preocupada.
Devin levantó la vista.
—Ha llamado el tío Luke.
—Tenemos que ir a ver a los padres de Devin —dijo Kate a la vez—. Ahora mismo.
—Vaaaleee. ¿Me vais a dejar algo? ¿Un poco de chocolate? ¿Manzanas?
—¿Cuándo podemos volver? —preguntó Kate, haciendo caso omiso de mi petición.
—No lo sé. Quizá dentro de una semana. —Me reí, un pelín demasiado —. Os enviaré un mensaje. —Y volví a reírme.
Llamé al trabajo, me cogí tiempo libre y eché un vistazo a la nevera.
Estaba casi vacía, así que fui a la tienda de productos gourmet en Greystones y eché en la cesta todas las cosas ridículas que me llamaron la atención: miel trufada, pequeños tomates amarillos, cosas que pensé que eran ciruelas pero que en realidad eran más tomates, esta vez morados; queso azul Crozier, fresas anormalmente grandes, sopa de champiñones en un atractivo envase, a pesar de que los champiñones me sabían a rayos; plátanos, porque con los plátanos no te puedes equivocar, a no ser, claro, que sean plátanos macho (como descubrí tres días después); bombones de Skelligs, almendras tostadas, un gran ramo de peonías blancas y, por último, helados a montones y cuatro pizzas… sin duda las únicas compras prácticas.
Al volver a casa, puse las flores en una jarra, luego cambié las sábanas, me bañé, me lavé el pelo, me embadurné de Crème de Corps, me pinté las uñas de los pies y busqué mi pijama corto de raso en el fondo de un cajón. Había estado reservando el poco práctico regalo de Claire, un resbaladizo conjunto compuesto de top y pantalón corto, para una ocasión especial. Que —a menos que hubiera entendido mal algo importante— parecía haber llegado.
Me despertó un mensaje de texto, ¡lo que significaba que me había quedado dormida!
Estoy en un taxi. Estaré contigo a las 5.30 de la mañana. L :-x
Estaba aquí, en el país, a menos de media hora. Monté guardia junto a la ventana del salón, contenta de no hacer nada más que esperar.
Fuera el cielo estaba negro como boca de lobo; mi casa estaba lo bastante alejada de la ciudad para escapar del siempre presente resplandor púrpura. Al cabo de un rato, vi un difuso resplandor amarillento en la oscuridad, que se convirtió en los faros de un coche. Luego se oyó el sonido de un motor. Un taxi se detuvo en la carretera: curvado y zumbante, parecía el único coche de la tierra.
Se bajó un hombre, alto, con el pelo más bien largo y chaqueta de cuero. Llevaba una bolsa. Intercambió algunas palabras en voz baja con el conductor. Luego el hombre se apartó del coche y se aproximó a mi casa.
Le abrí cuando llegó a la puerta.
—Cariño. —Luke se rio, encantado—. Hola.
Tiré de él hacia el vestíbulo y le palpé los hombros por encima de la chaqueta, pues tenía que convencerme de que era real.
—Estás aquí de verdad —dije.
—Estoy aquí de verdad. —Dejó caer la bolsa.
—Has venido hasta aquí.
—He venido hasta aquí. —Deslizó los brazos alrededor de mi cintura, las manos en mi resbaladizo pijama.
—Pero ¿por qué, Luke?
—Porque… y de verdad necesito que escuches esto… Rachel Walsh… —dijo.
—Te escucho.
—Porque te quiero.
—Oh, gracias a Dios —respondí, exhalando de alivio.
—¿Estás diciendo que es una… buena noticia? —preguntó, y yo le miré —. ¿Tienes algo que decirme…?
—Yo también te quiero, Luke Costello.
En sus labios se dibujó una ancha sonrisa rebosante de felicidad. Enmarcó mi rostro con sus manos y deslizó los pulgares por mis oscuras ojeras.
—¿Has dormido?
—Unas tres horas.
—No lo suficiente. —Hizo una mueca cuando su cuerpo cobró vida—. Rachel, ignóralo. Tiene mente propia cuando estás presente. Me disculpo por ello. Vamos, sube arriba. Necesitas dormir.
—Pero…
—Chisss. Habrá mucho tiempo para eso.
En el dormitorio se quitó la chaqueta sin perder un momento, se sacó la camiseta por la cabeza y se libró de las botas. Se giró de espaldas a mí con cierta timidez para tirar de su cinturón antes de desabrocharse y quitarse los vaqueros y los calzoncillos, y luego se acercó a mí. Deslizó los dedos por los ojales de mi pijama, los rodeó y aun así me desabrochó y me quitó la parte de arriba con una rapidez encomiable. Después introdujo los índices dentro de la cintura, rio con suavidad y me bajó los pantaloncitos.
La prenda cayó al suelo y me los quité con facilidad.
Me levantó como si fuera un objeto precioso, me colocó en el centro de la cama y, a continuación, se tumbó en ella. Enseguida me acurruqué contra él, le rodeé con los brazos y enrosqué las piernas con las suyas; el familiar tacto de su cuerpo y el maravilloso olor de su piel calmaron cualquier resto de ansiedad. Cuando vivíamos en Nueva York, así era como siempre nos acostábamos juntos.
—Te quiero —susurró.
—Y yo a ti —admití como en un sueño—. Esto fue lo que me vino a la cabeza cuando me pediste que recordara algún momento en el que me hubiera sentido en paz. Esto, irme a dormir contigo, así, una noche cualquiera.
—Puedes repetirlo cuando quieras. Todas las noches durante el resto de tu vida, si lo deseas.
De alguna manera ya lo sabía.
—¿Ahora vives en Irlanda?
—Pronto.
El sueño me arrastraba en su delicioso torbellino.
—Es la mejor noticia de todos los tiempos. Luke, ¿podrías hacerme un favor?
—Lo que quieras.
—Cuando nos despertemos, ¿podrías preguntarme algo?
—Por supuesto.
—¿Puedes decir: «Supongo que si te propongo un polvo me mandarás a paseo»?
Con una sacudida de risa inesperada, dijo:
—Hecho.
Nos arropó a los dos con el edredón y apagó la luz.
Piel contra piel, sus labios en mi pelo, mi mano en su muslo, su brazo rodeándome el cuerpo. La tensión que me atenazaba el pecho aflojó y se disipó; mi respiración se tornó lenta y sosegada. La suya se fue espaciando hasta que, sin intentarlo siquiera, la cadencia de ambas se acompasó.
Juntos nos deslizamos hacia un profundo y dulce sueño.
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