Otra vez, Rachel
Capítulo 31
31
Tendida boca abajo en mi cama, gemí de placer.
—Quién necesita sexo cuando tienes a Nick Quinlivan masajeándote las doloridas pantorrillas.
Detrás de mí, Quin rio. Habíamos hecho una caminata de doce kilómetros por la montaña, entre arroyos y helechos, con nuestros «amigos de senderismo» Taryn y Timothy.
Aunque por su aspecto jamás los habrías tomado por curtidos montañeros: Taryn, flaca, timorata y ceñuda, daba la impresión de que un niño podría partirla en dos; Timothy, su pareja, con sus gafas y su aire de intelectual paliducho, semejaba un joven aristocrático de la época victoriana con problemas respiratorios y destinado a morir joven.
Los conocimos dos veranos antes, durante un fin de semana en casa de Brigit. (También ellos «trabajaban en tecnologías de la información» con Colm, el marido de Brigit). Cuando se enteraron de que Quin y yo planeábamos subir al monte Errisbeg al día siguiente, se autoinvitaron.
En privado, Quin expresó su indignación:
—¿Quiénes son esos desconocidos con pinta de tuberculosos? ¡Es imposible que aguanten!
Pero Brigit habló con Quin: Taryn y Timothy estaban mucho más en forma de lo que parecía. Y así se demostró. Encabezando la marcha montaña arriba, tenían tanta velocidad, resistencia y entusiasmo que de vez en cuando Quin tenía que decirles: «Aflojad un poco, chicos, pensad en Rachel».
Resultaron ser encantadores —estaban abiertos a la vida, a la gente, a las experiencias— y pasamos un día estupendo. «Cuando crees que ya eres demasiado mayor para hacer amigos nuevos —dijo, más tarde, Quin—, la vida va y te sorprende».
Ese día lo habíamos pasado en grande. Quin y yo estábamos en ese momento en mi casa.
—Hazme eso con los pulgares —le supliqué—. Aprieta… ¡Ay, sííí!
—Te iría bien un baño caliente —sugirió—. Nos iría bien un baño caliente. Para relajar los músculos.
—No tenemos tiempo. —Estábamos invitados a «cenar» a las cinco en punto en casa de sus padres. A Quin le daba igual llegar tarde, pero a mí no —. Una ducha rapidita. —Cuando se le iluminó la cara, añadí—: ¡Nada más!
Mamá y Papá Quinlivan vivían en una casa grande y sólida de los años cincuenta, rodeada por lo que un agente inmobiliario describiría como «un jardín extenso, maduro, orientado al sur». Había árboles crecidos, arbustos magníficos y arriates de flores rebosantes de alegres narcisos.
Como familia, los Quinlivan me fascinaban: tan dotados, tan seguros de sí mismos, tan convencidos de su posición en el mundo.
La puerta de la calle estaba entornada.
—¿Quién va? —flotó una voz de mujer por el recibidor—. ¡Nicholas, Rachel, bienvenidos!
La madre de Quin, Genevieve —conocida como Vivi— avanzó hacia nosotros con un pañuelo de Hermès flameando a su espalda. Rubia, huesuda y ágil, había sido jueza del Tribunal Supremo hasta que se jubiló cinco años atrás.
Tras besarnos con brío, nos cogió los abrigos y nos envió a la cocina.
—Papa está ahí, preparando un brebaje.
—¡Mi primogénito! —El padre de Quin, Roly, dejó la jarra que tenía en la mano. Se alegraba muchísimo de ver a Quin, o Nicholas, como ellos lo llamaban—. ¡Estoy haciendo negronis holandeses! Los probamos en Ámsterdam y a tu madre le encantaron.
Grande y barbudo, Roly era un hombre bastante agradable. Bien intencionado, cuando menos. El problema era que había sido un abogado constitucional de renombre. Se había pasado su vida profesional aconsejando al gobierno de turno y siendo tratado, en general, como un oráculo. Durante los últimos años había sido un ciudadano más, pero seguía pensando que lo sabía todo.
Eso complicaba las partidas de Trivial Pursuit.
Desde el recibidor, Vivi anunció:
—Robert y Ava sont arrivés.
Robert —una versión más joven, más callada, de Quin— tenía una esposa bonita y pulcra, y tres hijos limpios y obedientes. Era abogado mercantil.
Como la hermana de Quin, Michelle. Era la menor, y se parecía más a Roly que a Vivi: era de constitución robusta y tenía la cara grande y cuadrada. Pero, en lugar de despotricar porque los genes de su madre, esquelética y de pómulos altos, hubieran pasado de largo con ella, era una mujer exultante y segura que sabía disfrutar de la vida. Había entrado como socia en un bufete grande y flamante a la tierna edad de treinta y un años, la más joven hasta la fecha. Su marido, un pelirrojo seductor llamado Barry, también era abogado, y sus dos hijas eran muy monas y graciosísimas. (A diferencia de los de Robert y Ava, que eran tímidos y discretos).
Dado que Quin no ejercía la abogacía y, además, su matrimonio se había roto, era visto como el rebelde de la familia, algo de lo que, insistían, estaban orgullosos. «Nicholas marcha al son de su propio tambor. Se independizó y siguió su propio camino. Hace falta carácter para eso».
De buen talante, presentaban sus propias carreras estelares y sus matrimonios armoniosos como un tanto sosos y predecibles.
—¡Siéntate, Rachel, por favor! —Pasando por mi lado como una brisa envuelta en una discreta nube de Chypre de Coty, Vivi me condujo hasta la mesa del comedor—. Donde quieras. Hoy no hay asientos asignados porque es solo la familia.
—Madre mía —Quin meneó la cabeza—, los bárbaros ya están a las puertas.
—Descarado. —La mirada de Vivi saltó de mi copa a la jarra de zumo que descansaba en la encimera, comprobando que «papá» había hecho las cosas bien.
Los Quinlivan jamás serían tan groseros como para hacer un drama de mi condición de abstemia. En lugar de eso, siempre tenían preparado algo especial —ese día era zumo de piña natural con un toque de jengibre— que me servían sin hacer comentarios.
—Chicos, venid conmigo —ordenó Vivi a los hijos de Robert, y les hizo llevar quiches y fuentes de ensalada al comedor—. ¡Y auténticos stroopwafels holandeses de postre! —Apartó a las revoltosas hijas de Michelle—. No, gracias, chicas, podemos arreglárnoslas sin vuestra ayuda. ¡Todo el mundo à table!
—¿Y bien? —Michelle dio un sorbo a su negroni holandés—. ¿Qué tal por Ámsterdam, mamá?
Los señores Quinlivan seguían (en mi opinión) un riguroso programa de eventos culturales. Cuando no estaban en el Festival de Ópera de Wexford, estaban en Oberammergau o en un recital de Mozart en una iglesia desconsagrada. Seguían el rugby, eran aficionados al tenis, el ajedrez era una pasión especial y acababan de volver de Ámsterdam, donde habían pasado cuatro días metidos en el Old Masters.
—Una auténtica maravilla —declaró Vivi, respaldada por Roly—. Aunque estaban restaurando mi Bloemaert favorito. Pero el último día fuimos al Moco.
—¡Oh-oh! —Michelle puso cara de decepción—. El arte nuevo del Emperador.
Vivi asintió con tristeza.
—Una pena.
Mantuve la mirada fija en mi plato. A mí me había encantado el Moco cuando fui años atrás, pero mejor no decía nada.
—¿Qué ocurre, Rachel? —Vivi, la observadora, se había percatado—. ¿No estás de acuerdo?
Levanté la vista y sonreí.
—No pienso decir nada.
—¡Habla! —me instó Michelle.
Ni de coña. Me habría encantado decir: «A mí me gustó, a ti no, dejémoslo ahí». Pero una opinión discrepante en la mesa de los Quinlivan conducía directamente a un debate; les encantaba ese rollo, yo «defendiendo» mi postura mientras me veía acribillada por una lluvia salvaje de cuestiones filosóficas: «Pero ¿qué transmite?», «¿Tendrá mérito dentro de doscientos años?».
Para ellos era un simple ejercicio intelectual, pero un ejercicio que les encantaba ganar. Para mí, en cambio, el «debate» se semejaba demasiado a una confrontación. Yo solo quería llegar, comerme mi stroopwafel y largarme. Preferiblemente con vida.
La familia de Quin era muy simpática, no había en ellos ni un ápice de mala leche. El problema era la confianza que tenían en sí mismos. Estaban tan seguros de quiénes eran que esperaban que el mundo se acomodara a ellos. Mientras que yo —como el resto de la gente— estaba en un proceso constante de reajuste, tratando de encontrar la armonía emocional con cada persona nueva con la que me topaba.
Conocer a la familia de Quin me había hecho entender muchas cosas; antes de que Shiv se desenamorara de él, la vida siempre le había proporcionado a Quin justo lo que quería: un trabajo estupendo, unos hijos sanos y un círculo estrecho de amigos, muchos de ellos de los tiempos del colegio. La marcha de Shiv le había dado una lección de humildad. Hasta cierto punto. Vaya, que nunca lo describirías como una persona modesta o retraída. Pero estaba segura de que, si lo hubiera conocido antes de eso, me habría parecido odioso.
OceanofPDF.com