Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 14 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 14

14

 

 

—¡Una gran noticia, mamá! —Claire leyó en su iPad—. Todas tus hermanas han confirmado su asistencia.

—¿Ah, sí? —La alegría de mi madre daba lástima—. ¿Incluso Imelda?

—Todas ellas. Eso es lo que significa «todas»… ¡Todas, tonta! Y sus maridos. Viene todo el mundo.

Nuestra madre tenía un brillo sospechoso en los ojos.

—Es… —le temblaban los labios—, una noticia estupenda. Entonces, cuando llegue al hotel, estoy pensando que me guíen Margaret y papá. ¿Debería llevar una venda en los ojos?

—No. —Claire fue tajante—. Salud y seguridad. En otras palabras, seguro que tropiezas y te caes. No vale la pena arriesgarse.

El iPad de mi madre empezó a sonar.

—Es Anna —dijo—. Hostias, ¿dónde le doy? —Le dio unos golpes nerviosos y, más por suerte que por criterio, apareció la cara de Anna en la pantalla—. Hola, mamá; hola, Claire. ¡Rachel! ¿Cómo fue el funeral? ¿Viste a Luke?

—Lo vi, me vio, pero no hablamos.

—Vale, ¿y cómo… estaba?

—Bueno todavía —gritó Claire.

—No me refería a… Me preguntaba si estaba… —No engañaba a nadie.

—No llevaba pantalones de cuero —desarrolló Claire—. Solo traje.

—Qué pena… ¿Estás bien, Rachel? Llámame si necesitas hablar. Bueno, ¿cómo van los preparativos de la fiesta?

—Anna Walsh —dijo nuestra madre—, ¿me prometes, de rodillas, que tienes ochenta sérums Lucerne Bio para las bolsitas?

—Te lo prometo. Y muchas cosas más. Tus hermanas van a estar tan impresionadas que se pondrán malas.

Un alboroto en la puerta anunció la llegada de Helen, que apareció vestida con un chándal oscuro y entallado, con el pelo recogido en una coleta alta.

—¡Pareces una asesina! —Mi madre era toda admiración.

—Ya me gustaría, joder. —Helen registró la habitación con la mirada y se centró en mí—. ¡Tú, muchacha! Informa sobre Luke Costello. ¿Qué tal su entrepierna?

—Era el funeral de su madre —le espetó mamá con aspereza—. Un poco de respeto.

—Llevaba traje —intervino Anna desde Nueva York.

—Hay trajes ajustados —dijo Helen—. ¿Os acordáis de la boda? Madre mía… ¿Os acordáis del debate que tuvimos, preguntándonos si le habían hecho los pantalones a medida para resaltarlo o si era todo… natural? —Al ver mi cara de agobio, masculló—: Bueno, es un capullo.

—Dejad de hablar de él —pedí—. Por favor.

Si no cortaban, tendría que marcharme. Desde el día anterior, me había visto abrumada por la humillación, tanto vieja como nueva. Cada vez que mi cabeza reproducía la pequeña película casera de su mirada fugaz de desdén en la iglesia, me sobrevenía una nueva oleada de vergüenza.

Y debajo de la vergüenza subyacía una tristeza espantosa.

Pero estaría bien. Mientras no tomara nada para eludir el dolor —cosa que no iba a hacer—, aquella incomodidad terrible acabaría desapareciendo.

—¿Podéis prestarme atención? —pidió mamá—. Claire, Helen, antes de que llegue al hotel, debéis tener a los invitados como locos. Hacedles practicar el grito de ¡SORPRESA! Hacedlo varias veces. Mis hermanas, pero sobre todo Imelda y Filomena, no querrán, y algunas primas también son unas verdaderas brujas, pero decidles que si no lo hacen no habrá bolsita de regalos para ellas. Ah, aquí está Margaret. ¿Qué llevas puesto?

—Un vestido camisero. ¡Es nuevo!

Llevaba una prenda de franela de cuadros azules y negros con botones de arriba abajo y las mangas recogidas encima de una camiseta gris de textura irregular, muy del estilo de Margaret. Con las botas de cuero negro hasta la rodilla y la melena bob rizada, tenía un aspecto cómodo y elegante. Era un gran look y le pegaba mucho.

—Estás… arreglada. —Mamá parecía sorprendida.

—Pareces una trabajadora social —dijo Helen.

—… que está teniendo una aventura. —Esa fue Claire intentando ser amable, y Margaret se rio. No porque hubiera alguna posibilidad de que Margaret tuviera una aventura. De todas nosotras, su relación era la más convincente. Ella y Garv eran muy cariñosos el uno con el otro.

—¿Cómo estás, Rachel? —me preguntó—. ¿Cómo estaba Luke?

—No hablamos.

—Ah. Vaya. ¿Cómo lo viste?

—¿A alguna de vosotras le importa mi fiesta sorpresa? —estalló mamá —. ¿O solo queréis hablar de los pantalones ajustados de Luke Costello?

—Ofrezco quinientos dólares por los pantalones ajustados de Luke Costello —dijo Claire.

—¡Eh, venga! ¡Un poquito de respeto por el Doctor Cuchador! — exclamó Helen.

—¿Quién? Ah, Quin. —Mamá resopló. No le gustaba. «No se puede ser más engreído», fue su valoración avinagrada.

Normalmente la seguridad en uno mismo se consideraba algo positivo. Pero mi madre venía de una generación de mujeres irlandesas que se preciaban de criar hijos con la autoestima por los suelos. Nada les irritaba más que una progenie segura de sí misma. Quin podría haberse librado de su rabia si hubiese hecho el esfuerzo de encandilarla —porque podía ser muy zalamero cuando quería—, pero, como el capullo terco que era, decidió no hacerlo. («¿Por qué iba a hacerlo? —había declarado—. No debería disculparme por ser quien soy»).

—¿Cuchador viene a mi fiesta? —me preguntó mi madre.

Me reí.

—¡Mamá! Llevamos casi dos años juntos. —Como bien sabía ella.

—¿Dos años? ¿Cómo va a festejar vuestro aniversario? ¿Llevándote de fin de semana a… —trató de encontrar un lugar apropiadamente exótico—, Bora Bora?

No le faltaba razón. A Quin le gustaba visitar países cuyos nombres otras personas no podían ni pronunciar, como Laos, o que el Departamento de Asuntos Exteriores aconsejaba evitar, como Irak. (No me habría sorprendido que Quin me soltara: «Sí, no, hay una provincia del norte de Irak, absolutamente preciosa, se parece a Suiza. Lo sé. Totalmente tranquila, toda la población son rastafaris pelirrojos, alguna mutación genética. Deberíamos ir»).

El verano anterior habíamos ido a hacer senderismo a Transilvania y sospechaba que la razón principal por la que había querido ir allí era el nombre.

—No Bora Bora —repuse—, sino Barcelona.

—¡Oh! —Margaret estaba encantada—. ¡Barcelona!

—¡Bueno! —Mamá sonaba de un engreído horrible—. Odio joderte la marrana…

—¡Mamá! —Se alzó un clamor de voces—. ¡Qué burra!

—¿Que qué burra? ¡Todas decís cosas mucho peores! Es igual, Rachel, joder la marrana…

—No es verdad —repliqué—. Te encanta.

—Pero te robarán en Las Ramblas. Allí roban a todo el mundo. Ahora, por favor, ¿podemos dejar de hablar de los hombres de Rachel? El caso es que —le tembló la voz— nunca he tenido nada bonito, jamás. Tengo cinco hermanas y siempre me han hecho sombra. Llevo toda la vida queriendo una fiesta sorpresa. Esta es mi oportunidad de ser especial, así que ¡comprometeos! —Se volvió hacia Margaret—. ¿Cómo es eso que dices tú?

—Vayamos adelante.

—Sí. ¡Arrimad el hombro, joder!

—Yo lo arrimaría mucho mejor con un poco de chocolate —dijo Helen, que se fue pitando hacia la cocina.

Lo cierto… es que se la veía… algo pálida. Me dio un escalofrío. No estaba enferma, ¿verdad? ¿En plan enfermedad grave?

Cuando todas éramos más jóvenes, Helen parecía invulnerable: valiente, crítica, expresamente terca. La gente —en especial los hombres— se sentía deslumbrada y enloquecida por ella.

Sin embargo, en los últimos ocho años, había pasado por tres rachas de depresión suicida, cada una de las cuales había culminado en una estancia en un hospital psiquiátrico. Para entonces llevaba bien un par de años, pero yo no había dejado de preocuparme por ella desde el primer brote.

A veces el miedo era tan leve que apenas lo acusaba, pero estaba siempre ahí, como un tenue zumbido de fondo.

Ese día no era su salud mental lo que me preocupaba, pero la primera vez que había enfermado me había asustado tanto que me había acostumbrado a ponerme en lo peor.

Helen conseguía que te subieras por las paredes —solo un loco lo negaría—, pero en algún momento a lo largo de los años comprendí que no lo hacía a propósito. No podía evitar ser como era. Con su impaciencia incontrolable y sus opiniones fuertes, la vida era a menudo difícil para ella. Por cada persona a la que cautivaba, había unas diez más con las que se enemistaba al instante.

Y el caso es que Helen soltaba verdades como puños cuando todos los demás teníamos demasiado miedo de abrir la boca. El mundo necesitaba a más Helens.

La seguí mientras abría el armario de los dulces y se producía un alud de galletas y chocolatinas.

—¿Aero de menta? —preguntó—. Pero ¿qué le pasa a esta mujer?

—¿Estás bien? —le pregunté.

—¿Yo? —Dejó de rebuscar un momento—. Genial. Al margen de la pésima selección de dulces de esta casa.

—¿Tienes cáncer? ¿Ese es tu gran secreto?

—¿Qué? ¡No! Madre mía. No. Nada que ver. Ay, por el amor de Dios… —Agitó un paquete de galletas delante de mí—. ¿Galletas con relleno de menta? Necesita ayuda.

Me sonó el móvil.

—¿Quién es? —me preguntó Helen.

—Número desconocido.

—¡Venga! —bromeó—. ¡Vive un poco!

—Vale. ¿Hola?

—¿Hablo con Rachel? —bramó una voz masculina—. Soy Patch. Patch Dooley.

¿Quién? Ah, claro, el hermano pequeño de Dennis.

—Si no me equivoco, me estaba buscando —gritó por encima de un fondo de resoplidos—. ¿Me ha dicho Juliet que quiere que me pase por Dennis?

—Gracias por llamar —dije—. ¿Es usted consciente de que su hermano Dennis está en un centro de tratamiento por alcoholismo?

—Soy «consciente», claro que sí. —Parecía divertido—. ¿Qué le parece el miércoles por la mañana? Estaré por la zona, visitando a un hombre de Baltinglass por unos bagels.

—¿Bagels?

—Bagels. ¡Perros! Para cazar conejos.

Ah, beagles.

—Genial. Pero antes tenemos que hablar las cosas. Patch, ¿su hermano y usted están muy unidos?

—Los mejores amigos. Pero tengo que irme. —La maquinaria agrícola, por cómo sonaba, ganaba revoluciones—. Le tengo cariño a mi pierna, no quiero perderla.

—Le llamo el lunes para hablar…

—¡Claro! ¡Buena suerte! —Colgó.

De vuelta en el salón, mi madre estaba interrogando a Margaret acerca de qué pensaba ponerse para la fiesta.

—Veré qué tengo en el armario.

Mi madre, una derrochadora empedernida, estaba pasmada.

—¡Pero tienes que comprarte algo nuevo!

—No, no tengo que hacerlo.

Mamá le lanzó una mirada herida, luego desvió su atención hacia mí.

—Si apareces en vaqueros, ¡ya puedes volverte directa a casa!

Claire y yo intercambiamos una sonrisita. Mi madre llevaba semanas dándome la lata para que me «esforzara» y me pusiera «algo glamuroso». Y todo iba tomando forma.

Dos semanas antes, había llegado un vestido de Vampire’s Wife. Quin estaba muy contento; tenía todo lo que le gustaba: era caro y bonito, con un punto culto.

Pero con el cuello alto, la manga larga y el tono verde hiedra apagado, era probable que no encajase con el glamour de mamá, que apreciaba los vestidos de tubo brillantes, de satén de poliéster, adornados con ostentosos apliques bordados.

Lo único que quizá le pareciese bien era que era corto. También me había comprado un par de sandalias negras de plataforma. Cuando me lo había probado para enseñárselo a Claire, ella había intentado convencerme de que fuese sin medias —juro que se le contraían los dedos literalmente anhelando su querido autobronceador—, pero yo no iba a ceder.

—Necesito la seguridad de las medias.

—Pero unas sexis —me había suplicado—. Nada de esa mierda tuya de sesenta deniers, dame unas de quince brillantes.

—¿Y si se me hace una carrera? Claire, no puedo, esa noche ya será bastante estresante. Puede que me atreva con veinte.

—¿Alguna posibilidad de que te pongas liguero en lugar de pantis?

—No. Lo mío con la ropa interior sexy se ha acabado.

No era del todo cierto. Pero la última vez que lo había probado, en un restaurante con Quin, las bragas se volvieron de una incomodidad tan salvaje que, después de los entrantes, tuve que ir al baño, quitármelas y guardármelas en el bolso. Seguía sin saber qué había ido mal, no había ningún problema cuando salí de casa, aunque ¿quizá me había sentado de manera incorrecta? ¿O había comido demasiado pan?

—Ve a buscar a tu padre —me ordenó mamá.

—¿Por qué? —le pregunté.

—¡Tú ve a por él, por el amor de Dios!

—Aquí estoy. —Papá, que sin duda se había preparado para el llamamiento, estaba en la puerta. Entró y se sentó, y nos quedamos todas mirándolo. ¿De qué iba aquello?

—Vale. —Mamá lanzó una mirada a nuestro padre—. En la fiesta… hemos… decidido… que habrá…

Los dos inspiraron hondo y soltaron la frase fatal:

—Barra libre.

—¿Toda la noche? —Margaret estaba escandalizada—. ¿Con vuestros parientes? Bien podríais declararos en bancarrota directamente.

—Y al llegar tomaremos champán. No prosecco.

—Eso es —se hizo eco papá—. Champán al llegar. No prosecco.

—Pero…

—¡Nnn! —Mamá levantó una mano para silenciarla.

Margaret enseguida se volvió hacia papá.

—Costará…

—¡Nnn! —repitió mamá—. Papá dice que podemos permitírnoslo.

—Podemos permitírnoslo —dijo papá.

—Sí, pero…

—Y hemos cerrado el menú. —Mamá habló por encima de Margaret—. Espárragos de entrante, ternera para el plato principal…

Helen soltó un gruñido alto y largo.

—Pero hasta dónde puede llegar a ser patética una mujer. ¿Espárragos es lo más elegante que se te ocurre?

Acalorada, mamá replicó:

—Los espárragos son una exquisitez de temporada y, si no servimos ternera, dirán que somos pobres o tacaños.

—Debemos servir ternera —se hizo eco papá.

—Hay cosas mejores que cuestan más, si esa es vuestra vara de medir —intervine—. ¿Hay una opción vegetariana?

—En mi familia no hay vegetarianos.

—Yo soy vegetariana y soy tu hija.

—Tú no eres vegetariana, solo lo haces para llamar la atención. Cómete las patatas y las verduras. O llévate un KitKat en el bolso.

—Deberíamos tener una opción vegetariana —dijo papá—. Mañana les llamo.

—Pues será cosa tuya. Ahora, chicas, ¡el postre! Tomaremos mousse de chocolate con pan de oro de verdad. Lo comí una vez en aquel restaurante de Nueva York… ¿os acordáis? Donde se intoxicó papá…

—¿Qué vez? —pregunté. Mi padre se ponía malo cada vez que salía de Irlanda. Siempre se torcía algo. Éramos una familia de neuróticos.

—Era un sitio muy agradable —repuso papá—. No fue culpa suya.

—Bueno, si fue una intoxicación alimentaria, se puede decir que sí fue culpa suya —agregó Helen.

—Tal vez no fuera una intoxicación, en realidad…

—Va a ser la leche —continuó mi madre, pensativa—. ¡Esas brujas no sabrán si comérselo o llevárselo a casa!

—¿Y si pedimos un cóctel especial para esa noche? —propuso Claire —. Podríamos ponerle tu nombre.

—¡Es una idea genial! —dijo mi padre.

Mamá lo pensó y negó con la cabeza.

—Dirían que estoy dándome postín.

—Supongo que sí. —Papá pareció decepcionado.

Dios, el mundo que habitaba mi madre tenía reglas complejas e ilógicas. Nunca las entendería.

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