Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 27 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 27

27

 

 

—¡Cuando llegué aquí pensé que estabais todos locos! —Roxy se había encaramado a una silla del comedor para dar su discurso de despedida—. ¡Y no me equivocaba!

La sala estalló en carcajadas.

Estaban presentes los otros veinte pacientes y cuatro de los terapeutas, además de Brianna, el enfermero Hector, Starling, que enseñaba arte, Florian, de mantenimiento, y Karlin, la cocinera. Karlin había preparado un Gateau Diane de despedida, el pastel preferido de Roxy. La mayoría de la gente tenía que conformarse con una tarta de la gasolinera repleta de conservantes. No había duda de que Roxy había triunfado.

—Vine para conservar mi trabajo. —Roxy sonrió a la sala—. Entonces descubrí que era alcohólica y drogadicta. ¡Casi nada! —Rezumando optimismo y gratitud, era una mujer muy distinta de la criatura reticente y arisca que había llegado seis semanas atrás.

La única que desentonaba era la pobre Trassa. Desplomada en una silla, con Giles y Chalkie rondándola con aire protector, parecía catatónica. Había utilizado una de las dos llamadas que tenía permitidas a la semana para hablar con Ronan, quien le dijo que estaba moviendo cielo y tierra para devolverle a Collie Byrne sus veinte mil al día siguiente. Esa preocupación se había diluido, pero en ella se estaban produciendo cambios mucho más importantes.

—Hace seis largas semanas —continuó Roxy— pensaba que un adicto era alguien que dormía en los portales de las tiendas. Imaginaos mi conmoción cuando entendí que, pese a tener un trabajo y un apartamento, era una alcohólica. —Sonrió—. ¡Os aseguro que no me hizo ninguna gracia! ¡Ninguna! Luego decidí que podía seguir bebiendo y consumiendo, que solo tenía que ser prudente.

—¡Negociación! —gritó alguien.

—Sí, negociación. Pero duró poco. Rachel, que está allí —me señaló, apoyada contra la puerta—, me dijo que nunca podría volver a beber ni a drogarme. ¡Au! ¡Muchacha, tienes que aprender a dar malas noticias! Y me pasé ocho días seguidos llorando.

—¿Cómo te sientes ahora que vas a salir al Exterior? —vociferó Chalkie.

—Triste, ¿sabes? Lo cual es raro, porque hace seis semanas odiaba este lugar y odiaba a toda la gente de aquí. —Meneó la cabeza con remordimiento—. Sobre todo a Rachel, la verdad sea dicha. —Y añadió—: Perdona.

—No tienes de qué disculparte. —En cierto modo era cierto. No era mi verdadero yo el que ella había odiado.

—Pero ¡guau! —Roxy abrió los ojos de par en par—. ¡No se te escapa una! Eres muy buena en tu trabajo. Había veces que ni yo sabía que estaba mintiendo, pero tú sí. ¡Estás bien entrenada!

Me permití una leve sonrisa.

—Antes de venir aquí, no tenía ni idea de lo agotada que estaba. ¡Todo… el… tiempo! —prosiguió Roxy—. Todo el día planificando… dónde iba a obtener mi siguiente trago, de dónde iba a sacar dinero para pillar, teniendo que llevar la cuenta de todas mis mentiras. Y ahora me gustaría oír vuestros consejos para mantenerme limpia y sobria.

—Reuniones —dijo alguien—. ¡Montones de reuniones! Pídeles el teléfono a las otras mujeres que asisten. Ve a seguimiento todas las semanas.

—¡Nunca olvides que eres una adicta! ¡Nunca te pienses que estás curada!

—No puedo creer que esté diciendo esto —exclamó Roxy—, pero me alegro de que todo estallara. Estaba tan avergonzada todo el tiempo… ¿Sabéis de qué hablo? —Rio mientras paseaba la mirada por el semicírculo de rostros—. Ya lo creo que sí.

—¿Cuándo llegará el pastel? —murmuró Ella.

Desconcertada e incómoda, Ella no lo estaba pasando bien. Y Dennis, menos aún. Pese a haberme equivocado con Patch, Dennis estaba tambaleándose. La táctica de sacarlo de su rutina diaria, bombardearlo con charlas y reuniones de Alcohólicos Anónimos, impedirle el acceso al alcohol y rodearlo de otros adictos que un tiempo atrás se habían mostrado igual de reticentes, estaba empezando a dar sus frutos. Se le veía en la cara, la terrible sospecha de que no era muy distinto de Roxy.

—Algunos de vosotros no queréis dejarlo —continuó Roxy—. Y lo entiendo, es como despedirse del amor de tu vida.

Al oír eso, noté una punzada dentro, algo que hacía tiempo que no sentía: el dolor, la pena de volverle la espalda a lo que más quería. Había sido una tortura. Llevaba limpia mucho tiempo, pero estaba bien que me recordaran que seguía siendo una adicta, que nunca me curaría.

—Pero la adicción es una enfermedad que mata, de modo que, si queréis vivir, no tenéis elección. ¡Así que hacedlo! Ahora, miradme por última vez, porque dentro de diez minutos saldré por esa puerta y, no os lo toméis a mal, chicos, no pienso volver.

Entre vítores y aplausos, bajó de la silla y se embarcó en una ronda entusiasta de abrazos. Esperé a que la gente se dispersara para acercarme a ella.

—Te he cogido mucho cariño, Roxy —dije—, pero no quiero volver a verte por aquí.

—Entendido. Gracias, Rachel, gracias por todo.

No siempre era aconsejable despedir a un paciente con un abrazo, pero con Roxy no podía evitarlo. La estreché con fuerza y le deseé que fuera feliz, y cuando nos separamos, las dos teníamos lágrimas en los ojos.

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