Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 47 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 47

47

 

—¡Luke! ¡Luke, ven aquí!

Me tocó la tripa y me miró, con los ojos como platos.

—¿Lo notas? —susurré.

—Sí. Es como un… ¿un aleteo?

—¡Sí, eso es justo lo que siento! —exclamé—. Como si hubiera una mariposita aquí dentro.

Había tenido un embarazo de ensueño. En el primer trimestre apenas había sufrido náuseas matutinas; además, tenía muchísima energía y casi siempre estaba flotando en un estado de dicha extrema.

Dejé mi adorada cafeína, compré todas las vitaminas y suplementos que recomendaban los numerosos blogs sobre el embarazo que había leído y volví a probar con la meditación.

Mientras tanto, Luke compró Qué esperar cuando estás esperando un bebé y lo consultaba a diario.

«Esta semana tiene el tamaño de un arándano rojo».

«¡Mañana será tan grande como un arándano azul!».

Solía pasar por el puesto de fruta de Mia en el mercado, donde Luke sostenía en alto una fresa, por ejemplo, y le decía a todo el que quisiera escucharle que esa semana nuestro bebé era de ese tamaño. Luego añadía:

—Lo siento, Mia. No debería toquetear el género, mea culpa.

Mia, a quien conocía de las reuniones, se quedaba paralizada cada vez que Luke le hablaba. Era dulce y bonita y, con esos grandes ojos marrones en la cara redonda enmarcada por el pelo corto, oscuro y alborotado, me recordaba a un muñeco de peluche.

Después Luke solía apartarme del puesto de quesos, lanzando miradas asesinas a cualquier queso blando que se me hubiera pasado por la cabeza comprar.

—Lo siento, amigo —le solía gritar a Lionel, el quesero—. ¡Rachel está embarazada! Volveremos dentro de siete meses.

La carne cruda era contemplada con el horror que normalmente se reserva a los desechos nucleares, y Luke no paraba de traer a casa cosas de lo más variadas: jengibre fresco para mis inexistentes náuseas; un paquete de ácido fólico, a pesar de que ya llevaba tomándolo dos años; una bolsa de tres kilos de frutos secos. «Hierro y calcio», dijo, al tiempo que la dejaba caer sobre la encimera.

En el segundo trimestre, de repente, se me puso la piel radiante y el pelo me creció de un modo genial, muy lustroso. Pero me echaba a llorar a la mínima. Si alguien me cedía su asiento en el tren, lloraba. Si alguien no me cedía su asiento durante la hora larga que tardaba en llegar al trabajo, también lloraba.

Todo me parecía o bien «insoportablemente hermoso» o bien «indescriptiblemente espantoso».

—¿Y si soy una madre horrible? —Sollocé y sollocé mientras Luke me acariciaba el pelo—. Soy tan tan débil…

Cuando nos acercábamos a los cinco meses, Luke me comentó:

—Cariño, ¿vamos a celebrar una fiesta para decirles a todos si será niño o niña? Es solo que me ha preguntado Gaz. Dice que podría preparar algo con fuegos artificiales.

—¡Madre mía, no! Gaz seguro que nos haría volar a todos por los aires. —Gaz destruía todo lo que tocaba. De ahí que lo apodaran Shiva—. Además, son unos horteras. Gaz lleva viviendo en Queens demasiado tiempo. ¡Recuerda que nosotros somos gente de Brooklyn, cariño!

En la siguiente revisión, el radiólogo preguntó:

—¿Os gustaría saber si es niño o niña?

—¡Oh, sí! —exclamó Luke. Luego, dirigiéndose a mí, añadió—: Sí, ¿no?

—Vais a tener una niña.

Ahí mismo, Luke se echó a llorar.

—Es por la alergia —dijo, secándose las lágrimas.

En cuanto salimos de allí, le pregunté:

—¿No te sentirás decepcionado porque no es un niño?

—¡Qué va! De todos modos, el siguiente será niño. Mientras tanto, tenemos que empezar a pensar cómo la vamos a llamar.

 

—Yara. —Luke irrumpió muy serio en nuestro dormitorio.

—¿Qué?

—¡Que se va a llamar Yara! Estaba con Ebrahim y Saira —la pareja iraquí que regentaba la tienda de la esquina que nos venía de perlas— y les he comentado que tenías la sensación de que revolotea dentro de ti. «Yara» significa «Mariposita» en árabe. Es perfecto, ¿no?

—Pues sí. —Me brillaban los ojos. Ya teníamos nombre.

A los siete meses, Anna celebró una baby shower en mi honor en la Williamsburg House. Vino muchísima gente (a algunos no los había visto en años), porque todo el mundo esperaba que Anna regalara tratamientos de cutis a los invitados.

Por suerte lo hizo, y menos mal, ya que los regalos para el bebé fueron tan espléndidos que me sentí avergonzada. Había montañas de juguetes y ropa, así como cupones de Bebé Yoga y certificados de que habían plantado árboles en nombre de Yara (eso lo hicieron algunos de mis amigos de Brooklyn más ecologistas). Varios de mis amigos guais de Manhattan me habían comprado una sillita de paseo Baby Jogger City Mini; insistieron en que una mamá novata debía estar a la última y no podía empujar un anticuado Maclaren Globetrotter.

—Esto, gracias —dije—. No tenía ni idea.

—Ay, amor, no deberías haberte marchado de la ciudad.

Cuando nos adentrábamos en el noveno mes, me puse mi peto de Embarazada de Central Casting y me recogí el pelo con un pañuelo rojo para pintar con Luke la habitación de Yara de un amarillo pálido.

—¡Nunca has estado más guapa! —exclamó Luke—. Eres una diosa.

—¡Oh, para! —Y añadí—: ¡Dilo otra vez!

Aunque Yara iba a dormir en un moisés en nuestra habitación durante los dos primeros meses, queríamos que tuviera un cuarto bonito.

Colocamos unas cortinas con dibujos de jirafas y monos, montamos una cómoda y llenamos los cajones con ropita y pañales minúsculos; después, con timidez, Luke apareció con un dosel de princesita de muselina blanca que colgó del techo por encima de la cuna.

—Sé que es muy de niña —dijo—. Podrían echarnos a patadas de Brooklyn por estereotipo de género, ¡pero míralo! Yo no puedo dejar de mirarlo.

Se le veía tan atormentado que me eché a reír y lo besé.

Para cuando terminamos, el cuarto del bebé había quedado precioso.

—Creo que le gustará —comentó Luke.

—Tengo tantas ganas de conocerla —dije. Entonces, aterrada, pregunté —: ¿Y si le fallo?

—¡No le fallarás, no seas boba! Vamos, veamos si le apetece bailar.

Habíamos descubierto que si poníamos música, sobre todo Led Zeppelin, a quienes tanto adoraba Luke, se animaba mucho.

Por último, nos dio por contemplar embobados mi vientre.

—¿Eso era un… codo?

—¿O igual una rodilla?

—Podríamos vender entradas para esto.

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