Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 71 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 71

71

 

 

—Mi madre dice que no vayamos a Las Ramblas. Que nos van a atracar.

—No vamos a ir a Las Ramblas. —Oh, qué desdén por parte de Quin—. Sería tan penoso como visitar Londres e ir a Oxford Circus.

«Recaíste y lo estropeaste todo».

—El paseo marítimo donde estuvimos anoche es un «lugar popular para un paseo romántico» —leo en un blog—. Vamos, Quin, demos un paseo romántico.

Me sonó el teléfono, y Quin levantó la cabeza.

—¿Un mensaje de tu exmarido? —Su tono era mordaz.

—De Claire.

—¿Y bien? ¿Cómo fue el intercambio de parejas?

Fue un maldito desastre.

—¡Oh, Dios, no! —exclamé—. Pobre Claire.

Me dieron celos. De Adam y de Beatriz.

Y continuó:

Adam estaba encantado. ¡Yo no!

Y acto seguido:

Esta vez he ido demasiado lejos.

—Esto es lo que pasa —dijo Quin de forma indirecta.

Y tuve el suficiente sentido común para no preguntarle qué quería decir.

Recibí un último mensaje de Claire:

Mamá ha invitado a Luke a su fiesta. Él ha aceptado.

—¿Quin? Mi madre ha invitado a Luke a su fiesta y parece ser que ha aceptado.

—Entonces ¿no iremos?

—Así es. Venga, vamos a ver Barcelona.

Fuera el día era azul y amarillo, y rebosaba actividad. Tíos buenos bronceados y musculosos corrían a toda velocidad, y los ciclistas con visera, doblados sobre sus bicicletas, se nos echaban encima como insectos al ataque.

—¡Oye! —espeté cuando tres patinadores pasaron zumbando, agitando el aire a nuestro alrededor—. ¡Que por aquí intentamos dar un paseo romántico!

Sonreí a Quin, pero, en ese preciso momento, giró la cabeza.

En la concurrida playa, jóvenes bronceados jugaban al voleibol o hacían movimientos lentos y elegantes que podrían ser de tai chi.

Al otro lado del paseo marítimo estaba la vida real: un barrio de aspecto pintoresco con edificios de apartamentos de cuatro y cinco plantas, separados por calles estrechas y en penumbra. Había ropa tendida en los pequeños balcones de hierro o en cuerdas colgadas entre los edificios, y achaparradas y bonitas palmeras, más bien arbustos, plantadas a intervalos regulares.

Una mujer mayor mantenía una conversación a voces, de balcón a balcón, con otra mujer, que podría haber sido su gemela. Grupos de hombres mayores sentados en toscas sillas hablaban de forma enérgica.

—¿Podemos echar un vistazo? —pregunté.

—No es un parque temático, Rachel.

Vaaale.

—Quin… ¿estás…?

—Bien. Es que… allí viven los lugareños, son sus casas.

—Claro. —Había más personas, sin duda turistas, paseando por las angostas calles, pero no pensaba arriesgarme a una discusión cuando todavía teníamos treinta y seis horas juntos por delante.

Exhaló.

—Lo siento, claro que podemos, Rachel. Para eso estamos aquí. —Me condujo hacia las pequeñas calles—. Hasta las Olimpiadas de 1992, no era más que un pobre puerto de pescadores, luego lo engalanaron. Pero sigue siendo una auténtica comunidad.

Había hombres sentados en pequeñas mesas de zinc, jugando a un juego de mesa.

—Dominó —dijo Quin.

Todo el mundo parecía conocerse, y el lugar entero era vibrante, rebosaba vida.

Justo cuando me preguntaba si había niños viviendo allí, nos encontramos con un parque infantil repleto de críos que trepaban, saltaban y se llamaban unos a otros. Ver a los niños siempre resultaba agridulce, pero la balanza se había inclinado mucho a favor de la alegría.

«Ahora soy feliz, y Luke, también; todo está bien».

—¿Seguro que no te importa hacer esto? —le pregunté a Quin—. Tú ya lo has visto todo antes. Podríamos hacer otra cosa.

—No pasa nada.

Después de almorzar en un minúsculo restaurante tradicional —«un secreto de Barcelona», según Quin—, volvimos al hotel para descansar un poco antes de ir a la playa, pero, sin querer, dormimos toda la tarde.

Me desperté sin saber dónde estaba. Me quedé tumbada, mirando a la nada, intentando recomponerme, cuando un recuerdo me asaltó. Era una mañana en Nueva York. Temprano. Demasiado temprano para empezar a vivir otro día en el que mi bebé seguía muerto, así que me había metido unas pastillas mágicas en la boca y me había librado de los sentimientos durante un rato más.

Horas después, aturdida y confusa, me había despertado de nuevo. Esa vez me levanté de la cama. Sentía el suelo inestable bajo mis pies. Me quedé de pie, esperando que se volviera más sólido, cuando Luke apareció en la puerta.

—Creía que estabas en el trabajo —había dicho yo, recelosa de pronto.

—Ya sé que lo creías. —Me observó, como siempre me observaba entonces: de forma analítica, imparcial.

Hacía tres semanas, quizá cuatro, que había descubierto las pastillas escondidas. Desde entonces había hecho un buen trabajo tomándomelas en secreto.

Entró en el dormitorio, me atrajo contra su pecho y me abrazó con fuerza. Me relajé contra él, agradeciendo de repente el calor y la dureza de su cuerpo. Luego, en voz muy baja, me susurró en el pelo:

—Tienes que parar.

De vuelta en el presente, en Barcelona, la tristeza se apoderó de mí en sus diversas formas. «Recaíste. Tú tuviste la culpa».

Siempre que surgía ese pensamiento, me atravesaba un rayo de miedo, y cada vez era un poco más profundo.

Me moví, buscando a Quin. Seguía dormido como un tronco, estirado en la cama. Posé una mano en su hombro y abrió los ojos de golpe.

—Nos hemos quedado dormidos. —Parecía aturdido—. ¿Qué hora es?

—Las ocho menos diez.

—Vale… necesito café. —Fue dando tumbos por la habitación y luego se metió en la ducha. Cuando volvió, se había espabilado—. Bueno, esta noche podemos pillar algo de comer por ahí. —Señaló con la cabeza hacia el mar—. O… —Hizo una pausa—. He reservado para dos en un restaurante emergente situado en una villa que pertenece a un noble catalán, a un comte.

Yo me habría contentado con volver al paseo marítimo y a algún lugar turístico que no diera miedo, pero era obvio que Quin estaba presionando para que fuéramos a la casa del noble.

—El restaurante parece interesante.

«Interesante» era una de las cosas que me gustaban de Quin. Una «cena con espectáculo operístico» en un barco en el puerto de Helsinki había sido un desastre total, pero nos habíamos reído muchísimo. Sin embargo, había que estar en plena forma para sus aventuras, y esa noche no lo estaba.

Ataviada con el segundo de mis vestidos sexis, nos dirigimos a una red inquietantemente tranquila de calles residenciales arboladas que apestaban a dinero antiguo. Imponentes villas, con sus ventanas oscuras y cerradas, nos desairaron con sus altivas fachadas mientras pasábamos a toda velocidad en un Uber, tratando de vislumbrar los números de las casas.

—Creo que es aquí —dijo Quin cuando el conductor se detuvo frente a una casa de campo de cinco plantas de color rosa pálido y nos dijo algo en catalán, que en esencia parecía ser un: «Bajen».

Flanqueada por palmeras e iluminada desde abajo, la villa estaba situada detrás de unas puertas metálicas innecesariamente altas. Al subir a la acera, incliné la cabeza hacia atrás para ver la parte superior y tuve que preguntarme en qué momento el metal adicional se convertía en mera ostentación.

«Quin es genial, y llevo una buena vida».

—¿Ese es el conde? —preguntó Quin cuando un hombre calvo y de aspecto irritado nos hizo señas para que nos acercáramos a la puerta principal—. Pensé que tendría un aspecto más… ¿aristocrático?

Una vez comprobado que nuestros nombres estaban en la lista, una mujer nos condujo por unas escaleras de piedra a una sala poco iluminada en la que se arremolinaban quizá veinte personas, que bebían vino tinto en copas grandes. Por lo que pude ver, desde luego no mucho, parecía que hubieran ido directos desde una boda nocturna muy elegante. Había un montón de adornos de plumas para el cabello, carmín morado intenso, tela a cuadros escoceses en rojo oscuro, joyas con pinchos y zapatos de plataforma dorados.

La gente elegante, que resultó ser italiana, nos recibió con gritos de alegría. Sin duda encantador, pero solo entonces comprendí que esta noche sería una experiencia colectiva.

A veces no me pasa nada por conocer a veinte personas en una habitación a oscuras en una villa de Barcelona, cuando todos los demás están borrachos como cubas pero yo estoy sobria y no he comido en ocho horas, mientras me atormentan horribles sospechas de que seis años antes recaí en la adicción a las drogas y arruiné mi matrimonio. No me pasa nada.

Pero el idioma era un problema. Quin y yo no hablábamos casi nada de italiano y la gente guapa, aunque sonriente y muy afectuosa, no hablaba nada de inglés.

—Pensé que estaríamos solo tú y yo —dijo Quin—. No sabía que tendríamos que socializar.

—Podemos fingir que estamos solos —sugerí.

Pero no nos dejaron solos. Dos drag queens, ambas con botines de plataforma que parecían pezuñas de cabra, intentaron entablar conversación. Averiguamos que todo el grupo era de una ciudad llamada Messina y que esta noche se celebraba el cumpleaños de una persona llamada Giuseppina. Pero nos costó mucho trabajo a los cuatro, y al final las dos se dijeron algo en italiano del estilo: «Ah, que le den, Vera», y volvieron con sus amigos.

—Tengo hambre —le dije a Quin—. Digo más: estoy canina.

—Oh, no —farfulló Quin, cuando de la penumbra surgieron otros dos tipos fabulosamente ataviados, luciendo sonrisas, y los insoportables intentos de entablar conversación comenzaron de nuevo.

Sin embargo, enseguida se cansaron de nosotros, si bien nuestro alivio duró poco, ya que aparecieron otros dos, con los dientes negros a causa del vino y ganas de darle al pico.

—Se están turnando. —La cara de Quin decía que aquel calvario iba a acabar con él. Entonces nos echamos a reír a carcajadas mientras intentábamos disculparnos con los italianos.

Durante la hora siguiente continuó llegando nueva compañía cada diez minutos, hasta que se agotaban y aparecían sustitutos en su lugar. En circunstancias normales habría dicho: «Oye, Quinster, estoy pasando la peor noche de mi vida, ¿podemos cortar por lo sano?».

Pero las circunstancias no eran normales.

Al final nos condujeron a otra sala para la cena, iluminada del mismo modo que la anterior. Se produjo una lucha por los asientos en una mesa de madera oscura, tan larga como una pista de aterrizaje, y Quin y yo nos vimos relegados a un extremo. Fue lo mejor.

No me sorprendió que ninguno de los intimidados camareros supiera nada de mi menú vegetariano solicitado de antemano. Quin, al que solía dársele muy bien quejarse, de forma calmada pero efectiva, estaba dispuesto a intervenir, pero intuí que no serviría de nada.

—No te apures, está bien, me limitaré a comerme los trocitos que no sean carne.

—O podemos irnos —dijo.

—¡No! —Irnos antes de tiempo calificaría la noche de fracaso absoluto, y necesitábamos algún tipo de victoria.

El posible conde nos comunicó el menú en catalán en voz alta.

Los italianos parecieron entenderlo, pero Quin y yo no teníamos ni idea, y no había ningún menú escrito para traducirlo. Sin embargo, cuando llegó el primer plato, nuestros nuevos amigos hicieron todo lo posible para ilustrarnos. Por sus aleteos, parecía ser un ave.

—¿Pollo? —Quin estaba metido de lleno en el traductor de Google—. ¿Pollo?

—¡No, no, no! —Hicieron movimientos de bombardeo.

—¿Un ave de rapiña? ¿En serio? —Quin buscaba palabras en su teléfono—. ¿Falco?

«¡No!», decían algunos, pero otros tantos exclamaban: «¡Sí!».

—Aquila! —gritó una voz desde la penumbra.

—¿Aquila? ¿No es «abuela» en español? —Lo recordaba de ver Dora la Exploradora con JJ.

—Eso es abuela —dijo Quin.

Los demás lo oyeron y se pusieron de su parte.

—¡Abuela! —exclamaron, señalando sus platos y riéndose a carcajadas —. ¡Abuela!

Madre mía, qué difícil era. Estaba demasiado oscuro para distinguir qué trozos de mi plato no eran carne, así que no era seguro arriesgarme a comer algo. Entonces Quin descubrió que aquila era «águila» en italiano, así que era oficial que nuestros nuevos amigos se reían de nosotros.

A continuación, dos de las fabulosas mujeres que teníamos enfrente empezaron a besarse, de forma muy «teatral». Me volví hacia Quin.

—Tengo demasiada hambre para esto.

—De acuerdo. —Él ya estaba de pie—. Nos vamos.

Nuestra marcha desencadenó un aluvión de abrazos y gritos, y dio la impresión de que todo el lugar estaba a punto de convertirse en una orgía. Me sentí triste y avergonzada, una fracasada abstemia, que no comía águilas ni asistía a orgías.

Quin y yo no hablamos hasta que estuvimos montados en un Uber, a medio camino de vuelta al hotel.

—Lo siento —dije.

—No, no, soy yo quien lo siente. —Y añadió—: Podemos pedir algo al servicio de habitaciones. O lo que quieras.

—Lo único que importa es que sea rápido.

—Iremos al puerto. Allí hay puestos y serán rápidos.

El coche nos dejó en el paseo marítimo, donde nos sentamos en un muro y tomamos churros con chocolate caliente de un puesto. Como volvía a hacer aire, Quin me puso su chaqueta sobre los hombros, como había hecho la noche anterior, pero esta vez ninguno de los dos mencionó nuestro perfume.

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