Otra vez, Rachel
Capítulo 41
41
En cuanto colgué, me sobrevinieron los recuerdos. Me acordé de una noche, de hacía más de siete años, cuando Luke llegó del trabajo.
—¡Adivina qué! —exclamé.
—¿Qué? —Se puso muy nervioso y palideció.
—No, guaperas, es algo bueno. Adivina. Qué. Ha. Pasado. Joder.
Puso los ojos como platos; después cruzó lo habitación y me cogió de las manos.
—¿Estás…? —Tragó saliva con dificultad—. ¿De verdad?
—¡Me he hecho cuatro pruebas, todas positivas!
—¡Cariño! Esto… ¿Estás segura? ¿Cómo lo sabes? —Me soltó las manos y me agarró de la cintura—. ¿Seguro que deberías estar… de pie? Siéntate, siéntate, tienes que sentarte.
Solo por la novedad, dejé que me llevara hasta el sofá. ¡Era una mujer embarazada, y mi marido quería que me sentara!
—Vaya —dijo—. Cuesta creer que por fin…
Nos había llevado mucho más tiempo de lo previsto cuando habíamos empezado a buscarlo. La primera vez que fuimos a ver a la doctora Solomon, me había imaginado ingenuamente que seríamos padres a los treinta y cuatro. Pero entre los estudios, sacar el título y luego tener dos trabajos cada uno para pagar los préstamos estudiantiles, nos dimos cuenta de que, de algún modo, nos habíamos plantado en los treinta y seis.
El siguiente paso lógico era comprar un piso. A mí no me importaba tanto como a Luke, quien dijo: «No quiero que sigamos viviendo en un minúsculo piso de alquiler de un solo dormitorio en el Lower East Side cuando tengamos cincuenta años». Tratar con los agentes inmobiliarios de Nueva York fue una experiencia traumática y, para cuando por fin logramos comprar una casa de dos dormitorios en Boerum Hill, ya habíamos cumplido los treinta y siete. (Además, acabamos exhaustos y con nuestra fe en el ser humano un tanto por los suelos).
Y entonces, a punto de comenzar a darle al tema sin parar, inesperadamente, a Luke le surgió la oportunidad de comprar su propia asesoría contable, lo cual nos proporcionaría más seguridad económica de la que jamás habíamos soñado. Pero necesitábamos un préstamo y, para cuando nos pusimos al día con las cuotas, ambos ya teníamos treinta y ocho.
Durante esos años en que Estuvimos Esperando el Momento Adecuado, fui feliz en general, a menudo muy feliz. Adoraba estar limpia, adoraba a mi marido, adoraba mi trabajo, y tenía una vida muy ajetreada y satisfactoria que compartía con mucha gente estupenda.
Pero seguía habiendo momentos de duda y angustia. Alrededor de una vez cada seis meses, llamaba a Nola y le preguntaba:
—¿No deberíamos arriesgarnos sin más y esperar lo mejor?
Su respuesta (siempre) era guardarlo bajo la llave dorada: si estábamos destinados a tener hijos, los tendríamos.
—Quieres garantías, pero eso no va a pasar. Tienes que aprender a vivir con la incertidumbre.
—Pero ¿y si soy demasiado vieja?
—Pero ¿y si no lo eres? La doctora Solomon dice que te ve bien (sinceramente, tengo la sensación de que conozco a esa mujer tan bien como a mi propio médico), y tienes que recordar que no eres como los demás. Seguramente podrás tener todo lo que desees, siempre que esperes. Si vas a por todas a la vez, podrías tirar toda tu vida por la borda. Si te estresas demasiado, corres el riesgo de recaer.
El mero hecho de que sugiriera de que pudiera recaer alguna vez me enfadó (¡eso era imposible!), pero tenía razón en que no quería tirar mi vida por el retrete.
Luke solía estar de acuerdo con Nola.
—¡Cariño, mira qué vida llevamos! Son muchos platos en el aire. Como se nos caiga uno, le seguirán unos cuantos. Si te quedas embarazada ahora, tendrás que dejar de trabajar, al menos unos meses, y no podemos permitírnoslo.
Si hubiéramos sufrido algún accidente con los métodos anticonceptivos, habríamos seguido adelante y tenido el bebé. Pero no hubo ninguno. Y decidí que eso, a su manera, era muy revelador.
Sin embargo, llegó al fin el día en que ambos teníamos ya nuestro título universitario, habíamos pagado los créditos estudiantiles, Luke era el dueño de un negocio pequeño pero sólido (donde se dedicaba a llevar la contabilidad de ciertas personas, a realizar declaraciones de la renta, etcétera), y a mí, por fin, me habían hecho fija en la Casa de la Esperanza, un centro de rehabilitación de New Jersey.
—¡Míranos! —exclamé—. ¡Somos adultos responsables como el que más! —Entonces, presa de los nervios, le espeté—: ¿Y si lo hemos pospuesto demasiado? ¿Y si mis ovarios han decidido jubilarse?
—¿Y qué más da? —preguntó Luke—. Tenemos una buena vida, ¿verdad?
—Luke…, si te lo estás pensando mejor, este sería un buen momento para confesarlo…
—No me lo estoy pensando mejor —afirmó.
Así que dejé de tomar la píldora, me bajé una app para el control de la ovulación, me compré un termómetro y planifiqué nuestros encuentros sexuales.
Como tiendo a ser una exagerada con todo, estaba convencida de que ya lo había logrado el primer mes.
—Tengo ganas de vomitar. Y me duelen las tetas.
—Pero si todavía te quedan tres días para que te baje la regla —señaló Luke.
—Sí, pero…
Él tenía razón, por supuesto. No me quedé embarazada ese mes. Ni en muchos meses más.
Cuando ya llevábamos siete u ocho intentándolo, Luke me sorprendió llorando porque (una vez más) me había bajado la regla.
—¿Y si nunca me quedo embarazada? —le pregunté.
Él me contestó con mucho tacto:
—Podemos tener una buena vida sin hijos.
Pero, para entonces, yo estaba obsesionada.
—No, no podemos. Voy a mirar lo de la fecundación in vitro.
Se puso muy serio. Shake y su esposa Melanie se habían gastado decenas de miles de dólares en la fecundación in vitro y no había funcionado. Acababan de divorciarse.
—Mientras tanto —dije—, seguiremos con el sexo hasta que suba la moral.
Aunque nos había costado más de un año y el sexo se había vuelto cada vez más estresante, ¡por fin estaba embarazada!
La emoción batallaba con el miedo. Quería ser la mejor madre que había existido jamás, y pensar en que podía fracasar me aterraba.
—Bueno, y ahora ¿qué hacemos? —preguntó Luke—. ¡Debería verte un médico! —Luego añadió—: ¿Estoy siendo muy condescendiente? No estás enferma, estás embarazada.
—Para el carro. No estoy enferma, no. Pero… sí estoy embarazada. Quiero que me trates de un modo especial. Que me pongas cojines en la zona lumbar, esa clase de cosas.
Él se rio a carcajadas. Se le daba tan bien ser puramente feliz.
—Pero supongo que debo decidir cómo voy a —cité literalmente lo que había oído decir a otras mujeres— «asumir el control de la experiencia del parto».
Procurar que los médicos intervinieran en el parto lo menos posible era muy propio de la gente de Brooklyn. Y también muy de los que acudían a Narcóticos Anónimos. Casi todas las mujeres que conocía defendían su derecho a elegir dónde y cómo iban a dar a luz. Parir en casa era popular. Mi madrina neoyorquina, Olga Mae, había planeado tener a su bebé en una hermosa ceremonia con su pareja y sus dos niños en un huerto en el norte del estado de Nueva York, aunque, el día que se puso de parto, se quedó atrapada en un atasco de camino a Stone Ridge y su bebé, Carter, acabó llegando a este mundo en la tienda de muebles de ocasión de RBS en el Bronx.
Le dije a Luke con firmeza:
—Necesitamos una doula.
—¿Una qué?
—Una comadrona. No sé, velará por nuestros intereses, por mis intereses, en el hospital. Por ejemplo, si dicen que quieren hacerme una cesárea, ella les dirá que no.
—Pero ¿y si es necesario que te la hagan? —A Luke se le veía asustado. Enseguida cambió de estrategia—: No, lo siento, oye, tú decides, eres tú la que va a parir, así que tú decides. —Aunque no pudo morderse la lengua—. Rachel, ¿y si algo se tuerce?
Parecía estar sudando un poco, y me sentí aliviada. Mientras habíamos estado «intentándolo», había dicho de boquilla que quería tener un parto natural. Pero, una vez embarazada de verdad, tenía miedo. Me aterraba el dolor. Otras mujeres, más evolucionadas que yo en esos momentos, eran capaces de aceptarlo (de «danzar con él», probablemente esas serían las palabras que utilizarían esas tías raras, a las que deseo buena suerte), pero en cuanto empezara a sentir los primeros dolores, estaría pidiendo analgésicos a gritos.
Le espeté:
—Me alegro mucho de estar embarazada, pero, Luke, me da miedo el dolor.
—¡Cariño!
—Quiero que me pongan la epidural, que me den calmantes y todo lo demás, pero me da miedo que me critiquen por ello.
—¡Te pondrán la epidural, te darán calmantes y todo lo demás! Lo que quieras, habibti, cualquier cosa. Y que le den por culo a cualquiera que te critique. Recuerda —añadió, con un guiño—: las opiniones de los demás no son asunto tuyo.
—¡Ja, ja! —Me hacía gracia cuando repetía las consignas de Rehabilitación.
—¿Debería decir que «estamos embarazados»? —meditó Luke—. ¿O que «mi esposa está embarazada»? Eso de que «mi esposa está embarazada» es más propio de los boomers. Pero si digo que «estamos embarazados», pareceré uno de esos gilipollas que van con moño por ahí.
Con ambas manos, le recogí el pelo sedoso en la nuca.
—Estarías guapísimo con moño.
—No es mi estilo, cariño —respondió con brusquedad.
En efecto. Luke no tenía nada de metrosexual. Consideraba que ponerse protector solar era un lujo de ñoños y se lavaba el pelo con el champú más barato y deprimente; aun así, siempre lo tenía brillante y estupendo.
—¿Podrías decir: «Estoy a punto de incrementar mi huella de carbono a lo bestia»? —le sugerí—. ¿O qué te parece: «Voy a ser papá»?
—Tú deberías ser el centro de todo esto. «Mi sumisa esposa porta a mi primogénito y heredero».
—¿Primogénito? ¿Es que tienes previsto tener más de uno?
—Oh, sí. Por lo menos seis.
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