Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 57 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 57

57

 

 

Al encender el móvil después de trabajar, esperaba una llamada perdida de Luke, pero no tenía ninguna. Debería haberme sentido aliviada, pero la espera se me estaba haciendo insoportable. Intuía que podía acabar mal y prefería hablar con él de una vez para pasar página.

Sin embargo, Helen me había enviado un mensaje para preguntarme si quería ir a lo que ella describió como «comida nocturna».

Di por sentado que se refería a «cena», pero que no quería pronunciar esa palabra porque estaba en su Lista de Palazos. A saber por qué, pero tampoco es que su lista de manías fuera muy racional.

La llamé y, al cabo de un rato, me respondió.

—¿No podías haberme enviado un mensaje?

—Me habría llevado mucho tiempo. Pero esto es lo que te habría escrito: Sí, gracias, Helen, me gustaría ir a tomar una «comida nocturna» contigo. Tengo una reunión en Stillorgan a los ocho en punto, así que me vendría genial que quedásemos en un sitio por ahí cerca. He echado una ojeada rápida y he visto que hay tres restaurantes con mesas libres a las seis y media, que es la hora a la que yo llegaría…

—¡… espero que no sea un sitio de esos donde dan menús merienda cena! Que me lo veo venir. ¡Rachel, por ahí no paso! Estaría tan mosqueada que no comería.

—Como ya te conozco —respondí con tono engreído—, he reservado en el Chopping Block a las seis y media. Nos vemos allí.

Claro que siempre cabía la posibilidad de que el Chopping Block estuviera en su lista por alguna razón: ¿tal vez le cabreaba el nombre, «La Guillotina»? ¿O era engañoso? ¿Quizá porque no guillotinaban a nadie de verdad?

Para mi alivio, contestó:

—¡Vale! —Y añadió—: ¿Por qué no todo el mundo puede ser tan razonable como tú, Rachel? Por eso eres mi hermana favorita.

—¿Lo soy? Gracias.

—Bueno, aparte de Anna.

En el Chopping Block, me la encontré conversando animadamente con un camarero. Supongo que estaban hablando de la ensalada de col. A Helen le gustaba la ensalada de col. Podía decirse que solo comía sándwiches de queso y ensalada de col.

—¡Hola! —gritó al verme—. Siéntate. Este es Ultan, me va a preparar unos sándwiches de queso y ensalada de col… y una pinta de Coca-Cola zero. ¿Eso te había pedido, Ultan?

—Sí. —Consultó su libreta—. A temperatura ambiente. Sin limón ni lima ni ninguna fruta; sobre todo, nada de peras, arándanos o kiwis.

—Buen chico. Pero Rachel va a pedir comida normal.

—Vale. —Ultan me dio una carta y salió pitando para obedecer las órdenes de Helen.

—¿Y bien? —le pregunté—. ¿Cómo va todo?

—¿Quieres saber por qué te he sugerido esto? —preguntó—. ¿Que nos reuniéramos para una comida nocturna?

—¿Ha pasado algo?

—No. —Entonces, mostrándose muy orgullosa, añadió—: Quiero saber cómo estás.

—¡Oh! Eso es… eh… todo un detalle.

—Sí. Intento comportarme como una persona normal. —Estaba encantada de haberse conocido.

—Quieres saber cómo estoy, por si estoy mosqueada contigo y Artie por inten… —Me callé—. Perdona. Casi digo la palabra «intentar».

—Menos mal que no lo has hecho.

Las dos nos echamos a reír.

—Por si estoy mosqueada contigo y Artie porque esperáis tener un bebé, ¿no? Pues que sepas que me parece bien. —Bueno, casi, pero tendría que conformarse con eso.

—No es solo por eso —se explayó—. Estaba pensando en que has vuelto a ver a Costello después de lo que le pasó a tu niña. Y encima ahora todo lo de la vieja y sus gilipolleces con la fiesta. Yo diría que estás aguantando mucha mierda.

Muy sorprendida, le dije:

—Gracias.

—Lo has pasado muy mal. Lo entiendo, ahora que a mí… se me ha despertado el instinto maternal. El caso es que seguramente mi puto apoyo no te sirve de nada. Simpatizar se me da fatal… —Se calló y se puso mucho más seria de repente—. Eso me han dicho. ¿O es empatizar? Quizá sean las dos cosas. —Volvió a animarse y añadió—: Pero si te sientes mal, que sepas que yo… estoy aquí para ti.

—Gracias —repetí.

—Has sido muy buena conmigo —dijo—. Cuando se me va la olla, tú no haces que todo gire en torno a ti.

Que admitiera eso me conmovió de un modo casi insoportable.

—La mayoría de la gente lo hace —continuó—. No pueden evitarlo, supongo. Pero tú eres distinta.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—¿Y tú cómo estás? ¿Con todo lo que está pasando?

—Es una putada, ¿verdad? —Se la notaba exasperada—. Me refiero a lo de querer tener un hijo. Tienes tanto que perder… Estaba mejor cuando no quería nada y no amaba a nadie.

—Oh, Helen, no. Eso no es vida.

—Pero es menos arriesgado. —De repente era evidente que estaba muy nerviosa—. Rachel, ¿y si no puedo quedarme preñada? ¿Y si me vuelvo tarumba de nuevo? ¿O y si tengo un bebé y luego me da la depre posparto? Porque eso puede pasarle a —adoptó un tono muy estúpido— una «mujer con antecedentes de depresión». —Puso los ojos en blanco y sacó la lengua —. O sea, a mí. ¡No me jodas! ¿O y si…, lo siento, Rachel…, y si me quedo embarazada y luego lo pierdo? Iría directa de vuelta al manicomio.

«Ay, madre».

La cuestión era que cualquiera de esos escenarios podía llegar a darse. Aunque había pocas probabilidades de que se hicieran realidad, la idea resultaba aterradora. De pronto sentí la necesidad de protegerla.

—Voy a decirte una cosa —me dijo—. Ojalá pudiera ir a unas reuniones como esas a las que vas tú.

—Pero si hay grupos de autoayuda para gente con depresión.

—Sí. Fui una vez. —Volvió a poner los ojos en blanco—. Pero los demás me pusieron de muy mala hostia. Eran tan… quejicas. No volví a ir.

 

Cuando llegué a casa después de la reunión, estaba exhausta. Mientras subía lentamente las escaleras para irme a la cama, supe que no iba a tener problemas para dormir. Y, oh, Dios, cuánto lo agradecí. Incluso a esas alturas, el mero hecho de pensar en el insomnio me retrotraía a aquellas semanas horribles tras la muerte de Yara.

El mundo se había vuelto del revés y nada volvería a ser igual. Se me había abierto toda una nueva dimensión de tristeza, que solo soporté cuando conseguí un suministro constante de somníferos.

Despertarme todas las mañanas para vivir otro día sin Yara siempre era un espanto. Sobrevivir minuto a minuto era agotador. Pero me daba fuerzas saber que, a las diez de la noche, dejaría de sufrir y me esfumaría en un olvido delicioso.

El problema era que no tardaba en desarrollarse tolerancia a las pastillas. Así que tampoco me sorprendió que, tras una semana o algo así tomándolas, empezara a despertarme primero cinco horas después y luego cuatro. Durante un par de noches, probé a esperar, con la esperanza de volver a dormirme, pero era muy difícil, sobre todo sabiendo que había un pequeño alijo de pastillas cerca, dentro de unos calcetines en la cómoda. A la tercera noche, me acerqué con sigilo e intenté abrir el cajón sin hacer ruido. Pero se oyó un crujido cuando la madera se atascó y Luke se revolvió en la cama.

—¿Qué estás haciendo? —masculló.

—Nada —susurré—. Vuelve a dormirte.

Apreté la pastilla para sacarla del blíster, me la llevé a la boca, volví a meterme en la cama y pronto me vi arrastrada a una nada donde no había sufrimiento.

Después de esa noche, escondí una segunda pastilla en la funda de la almohada para cuando me despertase a las dos o las tres de la madrugada.

Las cosas, sin embargo, empeoraron: por el día tenía la impresión de que cada vez sufría más. Habían transcurrido alrededor de siete semanas desde que Yara había muerto, la sensación de desolación inicial había quedado atrás y comenzaba a asimilar lo descomunal que era mi (nuestra) tragedia. En lugar de estar viviendo la existencia repleta de amor y felicidad para la que Luke y yo nos habíamos estado preparando, lo que nos quedaba era una vida que parecía insignificante, raquítica y muy triste.

Entonces le tocó a él sufrir una etapa de insomnio. Como durante demasiadas mañanas me lo encontré exhausto y ojeroso al levantarme, le sugerí que fuera a ver a Carlotta. Tenía la esperanza de que, si los dos estábamos tomando somníferos, él comprendería lo útiles que eran… y entonces podría confesarle que seguía tomándomelos.

Pero me dijo:

—Lo soportaré. Tú has vuelto a dormir con normalidad. —Y, tras una pausa, añadió—. ¿Verdad?

Aunque no puedo estar segura, me dio la impresión de que miró un instante al cajón de los calcetines y me quedé helada. Si se enteraba, me obligaría a deshacerme de ellos, y yo no podía hacerlo… porque eran mi salvación.

Cuando se marchó a trabajar, esperé veinte minutos, para asegurarme de que no iba a volver para pillarme, y entonces saqué mis valiosas reservas: me quedaban tres blísteres, veintisiete pastillas. Tenía que partirlos y esconderlos por el piso, para que, en caso de que Luke encontrase algunos, al menos todavía me quedasen de sobra.

Mientras partía los blísteres en cuatro, me sentí avergonzada y luego cabreada. ¿Por qué tenía que ponérmelo tan difícil? Ojalá aceptara de una vez que era algo muy pasajero y que, en cuanto me sintiera más fuerte, dejaría de tomarlos.

El baño resultaba demasiado evidente, probablemente sería el primer sitio donde miraría. Pero me pareció que el bolsillo de un abrigo que hacía tiempo que no me ponía sería un sitio seguro para esconder algunas pastillas. En la cocina, enterré cuatro pastillas en el fondo de un paquete de arroz basmati que no habíamos tocado en años. Mientras a Luke no le diera por hacer una limpieza a fondo de la cocina (lo cual era casi imposible), estarían a salvo.

Me centré en las tres fotografías que colgaban de la pared de la sala de estar: unas fotos en las que aparecíamos Brigit y yo sonrientes y felices una noche que habíamos salido con los Hombres de Verdad hacía mil años. Llevaban ahí tanto tiempo que Luke y yo ya ni las veíamos.

Las descolgué y, mientras pegaba con cinta adhesiva unas pastillas en la parte trasera, me di cuenta de que era un disparate. O sea, una locura. ¿No debería contárselo a Luke? No había nada de malo en tomarlas, me las había recetado una doctora. Bueno, dos médicos, en realidad. Carlotta no sabía que el doctor Gagnon me había dado una receta y el doctor Gagnon tampoco sabía, o no le interesaba saber, que Carlotta me había dado otra.

Pero me las habían recetado. Vale que estaba tomando más que las que cualquiera de los dos médicos me habían dado, aunque solo lo hacía para superar aquella etapa tan horrible. Por mucho que Luke hubiera puesto el grito en el cielo por los cinco Ambien que me había recetado inicialmente Carlotta, se olvidaba de que yo era la persona que tenía menos probabilidades de meter la pata hasta el fondo con aquello. Me conocía tan bien a mí misma y sabía tanto sobre adicciones que me cercioraría de que eso nunca ocurriera.

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