Otra vez, Rachel
Capítulo 23
23
—Hola. —Quin, ataviado con un delantal y un trapo de cocina echado al hombro, me dio un beso distraído—. ¿Has visto el tahini?
No había visto el tahini y planeaba seguir así. Me gustaba cocinar, pero Quin estaba preparando una de sus cenas innecesariamente complicadas, y solo un idiota se prestaría a ayudar.
Tenía que contarle lo de la visita y las llamadas de Luke, pero no era el momento, no cuando Quin estaba asando berenjenas y estresándose en general para hacer una cena lo bastante elaborada para impresionar a su exmujer.
Pese a llevar siete años separados, Shiv y Quin todavía tenían este extraño rollo competitivo. Shiv era un personaje interesante: rápida y lista, siempre analizando situaciones para encontrar su lado lucrativo. Su pelo moreno lucía un corte moderno, a lo garçon. Atrevido, ¿eh? Aparte de eso, poseía un físico bastante corriente, pero nadie reparaba en ello porque la confianza le salía a borbotones a intervalos regulares, como si fuera un ambientador a pilas.
Había trabajado muchos años en una cadena de moda de rango medio. Cuando la venta al por menor empezó a decaer, se pasó al comercio online y creó una web para vender ropa infantil molona. Tuvo mucho éxito, tanto que había pasado a trabajar para el consejo irlandés de diseñadores de moda. A continuación, montó un negocio de importación de saunas portátiles y también triunfó.
Según Quin, Shiv había hecho temblar a sus novias anteriores. Yo, no obstante, aunque pensaba que era un poco mala, no le tenía miedo.
Me senté a la mesa y procedí a revisar emails mientras devoraba nerviosamente edamame y lanzaba miradas furtivas a Quin. Encontrarme cara a cara con Luke había provocado una colisión entre mi pasado y mi presente, y tenía la cabeza colapsada. Me hallaba con un pie en mi antigua vida y el otro en el presente, y como resultado de ello mi arreglo con Quin se me antojaba ligeramente… extraño.
—¿Quin? —pregunté—. ¿Podemos hablar un momento?
—Vale. —Estaba salteando algo en una sartén con implacable energía.
—Luke se presentó anoche en mi casa.
—¿Qué? —El salteado se detuvo en seco—. ¿Sigue… aquí? Pensaba que ya se había ido.
—Sigue aquí. Vino a quejarse por lo de Kate y Devin.
—¿En serio? ¿Y a él qué le importa? —Y añadió—: ¿Estás bien?
—Sí. —Bueno, lo estaría.
—… ¿Por qué no me lo has contado antes?
—Anoche estaba en… estado de shock, supongo que esa es la palabra. Y hoy, con el trabajo, ya sabes. En realidad no fue nada, Quin. Esta mañana me ha llamado para disculparse.
—Ah. Vale…
Finley entró en la cocina.
—Tengo hambre. —Se puso a abrir y cerrar armarios hasta que encontró una bolsa de Doritos y procedió a atacarla.
—Más te vale comerte la cena. —La amenaza de Quin sonó poco entusiasta.
—Por supuesto. —Finley sonrió con la boca llena de Doritos y se marchó.
Era un chico alegre. Aparte de comer a todas horas y necesitar calzado nuevo casi todas las semanas, apenas daba problemas.
Liberty era un pelín más complicada. Desde que la conocí, había pasado de los trece a los quince, dos de los años más difíciles en la vida de una mujer.
Al principio fui presentada como una «amiga» de Quin y solo me quedaba a dormir cuando los chicos estaban en casa de Shiv. Pero un día Liberty me acorraló.
—No soy ninguna idiota. Eres la novia de papá. Y no eres mi madre.
Tratando de aparentar serenidad, le di la razón.
—Ya tienes una madre, no necesitas otra.
Era patética, intentando comportarme como una Adulta Molona. En mis mejores fantasías, Liberty y yo tendríamos una relación de cine, en la que le susurraría maneras de ocultar la cosecha de feroces granos que le invadían la mandíbula o le diría que no se preocupara porque su torso estuviera en fase de estirón, haciendo que las piernas parecieran desproporcionadamente cortas, porque todo acabaría bien.
Pero las cosas no habían ido exactamente así. Aunque me mantenía al margen de todo tema disciplinario, cada dos semanas Liberty tenía una crisis en la que se ponía a lanzar objetos, gritando que odiaba a Quin, me odiaba a mí, odiaba a Shiv, odiaba a Garrett, y que nunca había pedido nacer.
No me lo tomaba como algo personal. Mi vida anterior había sido el Templo de las Rabietas: Liberty era una aficionada al lado de Claire y Helen. A decir verdad, yo misma me había puesto en plan poltergeist particular en más de una ocasión.
—¿Y qué esperaba que hicieras tú con lo de Kate y su sobrino? —me preguntó Quin.
—De verdad que no lo sé. Nada, quizá.
Llamaron a la puerta, y Quin empezó a agobiarse.
—Será Shiv. ¿Podemos hablar de esto más tarde?
—Claro, aunque en realidad no hay nada que hablar.
Shiv y su novio, Garrett, habían llegado con dos botellas de vino sin alcohol. De todas las cosas que me gustaban de Quin, Shiv y Garrett ocupaban el último puesto de la lista. Presumidos y ostentosos, se volvían locos con la gente rica y pensaban que la cocaína era glamurosa.
Garrett, de pelo rizado, grande y escandaloso, se dedicaba a las «propiedades inmobiliarias». No era santo de mi devoción, y yo no lo era de la suya, pero nos saludamos con besos porque éramos de clase media.
Quin abandonó su estrépito metálico y humeante para echar un vistazo al vino sin alcohol.
—¿Y esto es… por?
—Para rebajar el consumo etílico entresemana —aclaró Shiv—. Tendremos la experiencia del vino pero sin el alcohol.
—Mola. —Quin quería probarlo porque estaba de moda.
—Rachel sabrá de estas cosas —dijo Garrett—. Nada de alcohol entresemana.
—O nunca —añadió Shiv.
—¡Esa soy yo! —Sonreí animadamente—. ¡Un muermo!
(En una ocasión, estando borracho, Garrett me había confesado lo mucho que Shiv y él se habían inquietado cuando comprendieron que había llegado para quedarme. «Nos encanta ir a Francia por el vino. Siempre íbamos con Quin y Elin». [Elin había sido la novia anterior]. «Ya no podremos hacerlo, ¿eh? Q-Dog te adora»).
—Me pregunto —confesó Shiv— si esto del vino sin alcohol podría llegar a cuajar…
Típico de Shiv: lo que ganaba la gente y cómo se la podía persuadir para que gastara parecía ocupar el noventa por ciento de su cerebro.
La tercera vez que nos vimos, me interrogó sobre mis finanzas: «¿Tienes bonificaciones? ¿No? Guau». «¿Ganarías más si trabajaras por tu cuenta?». «¿Sí? Entonces ¿por qué no lo haces?». Preguntas cada vez más personales, hasta que encontré el valor de decir: «Ya he hablado suficiente de mí. ¿Cuánto ganas tú, Shiv?». Me clavó una larga mirada, seguida de una risita y un asentimiento de cabeza. «Servirás».
Shiv miró en torno a la cocina de Quin y preguntó:
—¿Dónde está Liberty?
—En su cuarto, llorando —informó Finley—. Tiene la regla, dice.
—Señor… —murmuró Garrett.
Si Claire hubiera estado allí, se habría arremangado y, apretando los dientes, habría contestado: «El cincuenta por ciento de la población lo experimenta cada mes durante treinta años, es tan natural como respirar, supéralo». Por desgracia, yo no era Claire.
—Será mejor que suba a verla. —Shiv salió de la cocina.
Quin reanudó su trasiego en los fogones y Garrett y yo nos miramos con recelo.
—¿Qué tal el trabajo, Rachel? ¿Se portan bien los yonquis? Genial, genial.
A Garrett y a Shiv les desconcertaba mi trabajo. Me tenían por una buena samaritana.
Shiv había regresado tirando de Liberty, a quien se veía pálida y muy joven. Además, como su mitad inferior no había experimentado aún el estirón del que había disfrutado su torso, parecía que la hubiesen cortado por la mitad y rearmado con las piernas equivocadas. Me daba mucha pena.
—La cena está lista —anunció Quin, y todos se precipitaron hacia la mesa.
—¿Qué es? —Shiv examinó la cuidada presentación.
—Pasta con berenjena asada, granada y crema de tahini. Receta de Ottolenghi.
—¡Ottolenghi! —Shiv se mostró impresionada, luego irritada por haberlo exteriorizado—. Tomad un poco de vino de mentira. Rachel, ¿vino de mentira?
—No, gracias.
—¿Por qué no? —preguntó Quin—. No tiene alcohol.
Procurando ocultar mi apuro, dije:
—Se me aconseja no replicar la experiencia de beber.
Y Quin lo sabía. Normalmente aceptaba de buen grado que yo no bebiera ni me drogara; las pocas veces que me clavaba la siniestra mirada del Capitán Cortarrollos solían coincidir con la presencia de Shiv y Garrett.
¿O quizá lo de esa noche era porque le había molestado que hubiese tardado tanto en hablarle de la visita de Luke?
—¿Oh? —Se encogió de hombros—. Vale.
Garrett agitó el líquido amarillento y, despacio, le dio un sorbo.
—Pues tampoco está mal.
—Sabe a vino —convino Quin—. ¡Salud!
Brindaron.
Les daba cuarenta minutos.
Finley empezó a meterse comida en la boca y, con cara de sorpresa, masculló:
—Está riquísimo.
Finley no hacía ascos a nada, pero era cierto que estaba riquísimo.
—Un poco ambicioso para una noche de entresemana. —Shiv apuntó a Quin con el tenedor.
—¿Tú crees? —Quin parecía divertido.
—¿En serio has preparado todo esto justo antes de que llegáramos? — Shiv lo miró desafiante.
Quin amplió la sonrisa y desvió la vista un instante antes de posarla de nuevo en Shiv.
—Hice una parte anoche.
—¡Ja! —Shiv estaba encantada—. ¡Lo sabía!
Todos seguimos engullendo hasta acabar literalmente con todo. En cuanto los chicos abandonaron la mesa, Quin dejó su copa con un gesto de derrota.
—El vino de mentira no es para mí.
Garrett dejó ir una exhalación.
—Menos mal que alguien lo ha dicho.
—Por norma, después de dos copas me siento bien —dijo Quin—, pero ahora mismo la vida me parece…
—… demasiado real. Absolutamente. —Shiv me estudió con la mirada —. Para Rachel debe de ser siempre así.
Una vez más, esbocé mi sonrisa forzada. A veces me maravillaba la cantidad de energía que dedicaba a hacer que los bebedores se sintieran bien por el hecho de que yo no bebiera. Con todo ese esfuerzo, podría haberme hecho la costa de Irlanda encima de un cajón.
Quin se había levantado y estaba abriendo una botella de vino de verdad. Agradecidos, los tres bebedores se abalanzaron sobre ella.
—Mucho mejor —resopló Garrett. Había apurado su copa—. Recuperando el tiempo perdido.
—Lo intentaremos de nuevo con el otro —dijo Shiv—, pero esta noche no. Y, en serio, la cena estaba deliciosa. Sobre todo para ser vegetariana.
—Vegana —puntualizó Quin.
—¿Toda?
—Sí. Vivo de las plantas, así soy yo. —Y añadió—: Salvo las veces que preferiría un filete poco hecho…
—Yo también.
—… pero tengo que ceñirme al programa, ¿no?
—¡Exacto!
Intercambiaron una sonrisa y, contenta de ver a Quin de mejor humor, pregunté con cariño:
—¿Vosotros dos por qué os separasteis?
—Porque él estaba acostándose con la hermana de mi mejor amiga.
Ya lo sabía. No lo había preguntado en serio.
—Empezaste tú —replicó Quin—. ¡Coqueteando con el jefe de tu jefe en todas esas comidas a escondidas!
Soltaron una sonora carcajada y durante un breve y aterrador instante me pregunté qué hacía con esa gente.
—¿Piensas volver a verlo? —me preguntó Quin—. ¿Quieres volver a verlo?
No lo sabía. Por primera vez en mucho tiempo, sabía dónde encontrar a Luke. Podría acorralarlo y tener de verdad todas las conversaciones que había mantenido con él en mi cabeza.
—No… pero… tal vez sería buena idea que habláramos y resolviéramos nuestras diferencias. Mira Shiv y tú, os lleváis genial.
—Sí, somos amigos, pero eso es porque ya no hay nada entre nosotros, no hay amor.
—Entre Luke y yo tampoco hay amor.
La herida todavía dolía, pero era una sombra de lo que había sido en el pasado.
—Puede que sea una oportunidad para poner orden en una parte dolorosa de mi pasado, pero no pienso irle detrás para intentar que ocurra.
—Está bien. —De repente, Quin parecía agotado—. Pero mantenme al tanto. Ahora necesito dormir.
Se dio la vuelta y, apretándome contra su espalda, lo rodeé con el brazo. A los pocos segundos, empezó a roncar con suavidad, pero, aunque yo estaba agotada, la cabeza todavía me iba a cien.
No podía permitir que Luke pusiera en peligro la vida que me había construido. Ese instante en que me había preguntado qué hacía con Quin y los demás no podía repetirse.
Sí, Quin tenía sus defectos. Todo el mundo los tenía, yo incluida. Nadie era perfecto. Puede que hasta el Dalai Lama se dejara la luz del baño encendida toda la noche, con el ventilador en marcha, pese a haberle pedido cien veces que la apagara cuando terminara de cepillarse los dientes.
No pasaba nada por tener momentos en los que pensaras: «Esta persona es un poco burra». Era normal. Quin no era perfecto, pero Luke tampoco lo había sido. Había tardado mucho tiempo en darme cuenta de eso porque lo había idealizado. De ahí que su comportamiento al final hubiese sido tan inesperado y terrible.
Cuando por fin me dormí, no me sorprendió que soñara con Luke y Yara. Ella estaba en sus brazos. Él tenía los ojos cerrados, los labios apretados contra su frente, y la abrazaba con una ternura insoportable.
Luke fue el primero en reparar en mí. Abrió los ojos y, preso del shock, me atravesó el alma con la mirada.
Luego, todavía en sus brazos, Yara se volvió hacia mí y sonrió.
OceanofPDF.com