Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 68 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 68

68

 

—¿Harlie Clarke? —contestó Hector—. Lleva llorando sin parar desde ayer por la tarde. No quiso cenar nada. Se fue a la cama pronto. Chalkie bajó alrededor de la una de la madrugada y se quejó de que los lloros no le dejaban pegar ojo.

—Excelente —dijo Ted con aprobación.

—Muy bien.

Todos en torno a la mesa nos mostramos de acuerdo.

—Ella ha estado muy tranquila; Dennis vuelve a estar en buena forma; Chalkie sigue cabreado; Bronte parece calmada y feliz; Trassa, lo mismo; y Lowry, el nuevo, ha estado contándole a todo el mundo unas historias muy trágicas: que tuvo un padre cruel, que su novia es una desagradecida, ya sabéis cómo va.

Chalkie ya estaba en la Sala del Abad, rodeado de un campo de fuerza de furia. Entonces apareció Dennis.

—Biii-suuu, Rachel. —Me lanzó un beso al aire—. Biii-suuu, Chalkie.

Chalkie levantó la vista.

—Biii-suuu para ti, puto lunático.

—¡Huy, huy, huy! —Dennis retrocedió—. No hace falta hablar así. Estoy refinándome. Bronte me ha inspirado. Ella tiene clase; sí, tiene una clase tremenda. ¡Hablando de Roma, por la puerta asoma! Biii-suuu, Bronte.

Bronte pareció sorprenderse y, al instante, se echó a reír; era la primera vez que la veía hacer eso.

—Bisous, Dennis, bisous.

Le lanzó unos besos al aire, que él devolvió, y se sonrieron.

—Mira —le dijo Dennis a Chalkie—, es bueno ser bueno. Aquí está Harlie. Biii-suuu, Harlie.

Harlie lloraba sin disimulo.

—Oh, venga, venga, venga. —Con delicadeza, Dennis le dio unas palmaditas en la espalda—. ¿Sigues llorando por tu hombre? Madre mía, ¿quién iba a echártelo en cara? Ese chaval está cachas, supercachas. Cualquiera perdería la cabeza por él.

Eso provocó que Harlie llorara más, por lo cual, en cuanto todo el mundo estuvo sentado, empecé con ella.

—Cal y yo estábamos enamorados de verdad —dijo—. A veces ves a otras parejas y te das cuenta de que ni siquiera se caen bien, ¿no? Pero Cal y yo éramos supercolegas. —Mientras se deshacía de nuevo en lágrimas, chilló las siguientes cuatro palabras—: Era mi mejor amigo.

Dejamos que llorara.

—Siempre quise conocer al hombre perfecto —afirmó—. Y él lo era. Pero seguía sin ser suficiente.

—¿Qué quieres decir?

—Pensaba que se había convertido en un puto aburrido que no me dejaba beber. Pero era yo la que había cambiado. Prefería la bebida antes que a él. Aun así, odiaba al muy cabrón porque se había pirado, me había dejado. Pensé que era muy egoísta. Ahora lo entiendo, más o menos.

—¿Qué es lo que entiendes?

—Que me dejó porque pensaba que así me ayudaría.

Se me erizó el vello de los brazos; eso era justo lo que me había dicho Luke la noche anterior. Si creía a Caleb —y así era—, seguramente debería creer a Luke, ¿no?

 

Si mis patitos pensaban que iban a tener una tarde fácil porque era viernes, ya podían ir cambiando de opinión: el jefe de Ella, Boyd Heffernan, había llegado.

Tenía poco menos de cuarenta años, vestía con traje y corbata, y ya se estaba quedando calvo; era muy distinto a Jonah, el novio de Ella.

Por el par de charlas que habíamos mantenido, me daba la impresión de que Boyd era un hombre que había aspirado a alcanzar grandes metas en la vida, pero se había acabado sumiendo en una tediosa mediocridad. No sé qué clase de relación disfuncional tenía con Ella, pero sí sé que había depositado muchas esperanzas en ella.

Cuando lo llevé hasta el grupo, Ella levantó bruscamente la cabeza y tenía la piel perlada de sudor. Por su aspecto, era muy probable que acabara desmayándose.

Le pedí a Boyd que se presentara.

—Soy el jefe directo de Ella —dijo—. También mantenemos una relación.

Un grito ahogado perfectamente audible recorrió el grupo, y Dennis soltó sin pensar:

—¿Y qué pasa con el otro tío? —Acto seguido, añadió avergonzado y con un tono agudo—: Lo siento, hijo, no me hagas caso.

—¿Te refieres a Jonah? —preguntó Boyd—. Su relación está muerta. Ella solo está esperando el momento adecuado para dejarle.

Estaba segura de que Jonah no sabía nada de eso.

Boyd miró a Ella, a la espera de que lo apoyara, pero estaba hundida y abatida, era incapaz de hablar.

—¿Ella te ha pedido alguna vez que le consigas somníferos? —le pregunté.

—Hum, sí. Ya sabéis que la atracaron y luego no podía dormir, ¿verdad? Hace unos cinco meses que su propio médico le cerró el grifo.

Eso no era verdad, pero lo dejé pasar por el momento.

—Hace unos cinco meses, ¿no, cielo? —le preguntó Boyd a Ella, quien logró asentir aturdida.

»No podía estar sin pastillas… así que me pidió que le consiguiera algunas. Fui a mi médico de cabecera, le dije que no podía dormir y me recetó somníferos para dos meses. Se los di a ella. Sé que parece que hice mal, pero estaba sufriendo y yo podía ayudarla. Tengo la conciencia tranquila.

—¿Hiciste lo mismo con otros médicos?

—No…

—¿«Pero»? —La conversación estaba yendo por unos derroteros que no me esperaba.

—… en Irlanda, no. Pero viajo mucho por trabajo, a menudo a ciudades estadounidenses. Allí hay médicos que atienden a los huéspedes de los hoteles y que no tienen ningún problema a la hora de recetar somníferos.

Inesperadamente, sentí frío y calor a la vez.

—¿Cómo, eh…? —Sentí pánico durante un instante—. ¿Con qué frecuencia hiciste esto?

Desde muy pero que muy lejos, observé que Boyd se encogía de hombros.

—Creo que unas cinco veces.

—Esos médicos… —Tuve que aclararme la garganta y volver a empezar—. Esos médicos son caros, ¿no?

Estaba improvisando, eso no lo habíamos ensayado. Y lo que me estaba pasando, fuera lo que fuese, tenía que quedar aparcado durante el resto de la sesión; mi deber era ocuparme de Ella.

Haciendo un esfuerzo enorme, volví a mi cuerpo, volví a la habitación.

—¿Quién pagaba a esos médicos? —le pregunté a Boyd.

—Ah, yo.

—¿Ella te devolvió el dinero? ¿No? ¿Por qué?

Todo el mundo se volvió hacia Ella, quien contestó:

—Hummm, yo no… Boyd, ¿alguna vez me pediste que te devolviera el dinero?

—No lo sé. —Se le sonrojaron las mejillas—. A lo mejor se me olvidó.

No pude evitar sentir lástima por Boyd. Estaba loco por ella, pero a ella él no le interesaba nada; no obstante, mientras siguiera siéndole útil, continuaría acostándose con él. Y lo más doloroso de todo es que él ya lo sospechaba.

—Boyd, has hecho varias cosas de dudosa legalidad —ya me sentía recuperada—, lo cual te ha costado mucho dinero. ¿Por qué?

—Porque la quiero. Nos queremos. Ella estaba mal, y yo podía ayudarla. Era lo más lógico.

—Ella estaba tomando unas pastillas que no le había recetado su médico. Ni un solo médico sabía qué cantidad estaba tomando. ¿No te preocupaba que pudiera sufrir una sobredosis accidental?

—Me preocupaba más qué pasaría si no tenía las pastillas. Llegó a decir que se suicidaría.

—Boyd, no tienes ninguna obligación de responder. —Intenté tener mucho tacto—. Pero ¿estás casado?

—S… sí. —Miró a Ella—. Sí. Pero voy a dejar a mi esposa.

—¿Cuándo?

—Cuando Ella esté… —La observó, a la espera de que hiciera algún gesto. Pero siguió mirando al suelo—. Cuando Ella esté… ¿preparada?

Lo cual sería exactamente nunca, si no lo había entendido mal.

Era una situación absolutamente espantosa. Pobre Boyd, pobre esposa de Boyd, pobre Jonah, pobre Ella. Tanto sufrimiento, tanta vergüenza, tantos secretos…

 

Tras acompañar a Boyd hasta el exterior, fui a una consulta y cerré la puerta con llave, mientras intentaba respirar a pesar del dolor agudo que notaba en las costillas. Cuando él había empezado a hablar de que había ido a ver a uno de esos médicos que atendían a los huéspedes de los hoteles, un recuerdo —horrorosamente intenso— había emergido por completo de mi memoria, sobre una ocasión en que había ido a ver a uno de esos médicos.

Lo más alucinante de todo es que hasta entonces me las había arreglado para olvidarlo totalmente.

Había sido en algún momento de aquellos meses horribles que siguieron a la muerte de Yara; a finales de otoño, probablemente. Recuerdo el frío que sentía. Mis reservas de Ambien estaban descendiendo a una velocidad tan alarmante que entré en pánico y me pregunté dónde podría conseguir más.

No podía pedírselo a Carlotta, y era muy pronto para hacer otra visita al doctor Gagnon, pero entonces me acordé de un médico al que había ido a ver mi padre unos años antes cuando había estado de visita en Nueva York con mi madre. Como papá estaba mal de la tripa —ya lo he dicho: siempre le pasaba algo—, había ido a ver a un médico de cabecera cercano que prestaba sus servicios a los hoteles del centro de Manhattan.

Tras atenderle en lo que debió de ser la consulta más rápida de todos los tiempos, el médico le había recetado varios medicamentos fuertes, le había sisado un par de cientos de dólares y lo había mandado de vuelta a la calle.

Con la ayuda de Google, me resultó extraordinariamente fácil localizar al médico, y todavía más incluso reservar una cita con él más tarde, ese mismo día. Aunque me costó lo mío ducharme y vestirme, logré coger el metro hasta la ciudad, sentarme en una silla y contarle al médico que estaba de visita en Nueva York e iba a quedarme cinco semanas.

—Tengo insomnio por culpa del jet lag. Y mi trabajo siempre me exige poner toda la carne en el asador.

—Oh, qué mal. —Mostraba una simpatía empalagosa, aunque, con lo caro que era, más le valía.

—He tomado Ambien en el pasado —dije—. Siempre me ha ido bien.

—Vale. —Garabateó algo en un bloc de notas—. Has dicho que cinco semanas, ¿no? ¿Debería recetarte también algo de Xanax?

Aunque la tentación fue muy fuerte, respondí rápidamente:

—Ah, no. No, gracias. No.

No podía permitir que los somníferos fueran la puerta a otras drogas. Permanecer limpia era vital. El Xanax —o el Valium o cualquier clase de benzodiacepina, en realidad— habría convertido el mundo en un lugar mucho más fácil en el que vivir. Sinceramente no puedo afirmar que no me hubiera venido bien, pero no lo necesitaba tanto como necesitaba el Ambien.

En cuanto le di mi tarjeta de crédito —expedida por un banco de Nueva York, lo cual al médico no le preocupó lo más mínimo—, el alto precio que iba a pagar casi anuló el alivio que sentía.

Porque, como era una «turista», mi seguro no podía hacerse cargo de ese gasto y me preguntaba qué iba a decirle a Luke si veía el pago en el extracto del banco. ¿A lo mejor podía hacerlo pasar como una factura del dentista? ¿O… de un tratamiento de bótox?

Con lo del bótox, alucinaría.

Pero no tanto como si supiera que se trataba de Ambien.

Aun así, me las arreglé para quitarle hierro al asunto: necesitaba dormir y me las había ingeniado.

Pero mientras estaba sentada en la Sala del Abad, interrogando a Boyd, el recuerdo de lo que había hecho me había dejado atónita. Había ido a ver a un médico —el tercero en dos meses, tal vez— y había mentido.

Incluso en aquel momento me había avergonzado de la excusa de mierda que me había inventado; además, era obvio que el médico tampoco me había creído. Esa farsa no nos dejaba en buen lugar a ninguno de los dos.

Luke me había preguntado qué pensaría si un paciente me contara que estaba haciendo lo mismo que yo. Tenía que admitir que ir a ver a más de un médico, mentirles y ocultárselo todo a mi marido era de primero de adicción.

Mientras lo iba asimilando, una ola de frío me invadió de arriba abajo. Se me puso la piel de gallina.

Por aquel entonces había interpretado que rechazar como una santurrona la tentación del Xanax era una prueba de que todavía tenía la situación bajo control. Estaba segura de que, como, simplemente, había decidido no engancharme a los somníferos, no me engancharía.

Pero lo había hecho.

¿… O no?

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