Otra vez, Rachel
Capítulo 65
65
El jueves hizo una mañana soleada y despejada. Mientras conducía de camino al trabajo, vi que la brisa mecía unas matas de narcisos amarillos y que unos corderitos recién nacidos daban brincos literalmente en los prados. El mundo tenía un aspecto limpio y reluciente, lleno de esperanza… pero en mi cabeza reinaba la oscuridad.
La noche anterior habían pasado muchas cosas, y lo peor de todo, lo más preocupante, era que Claire había afirmado que yo había estado tomando esas pastillas día y noche. O sea, sí, lo había hecho… pero por una muy buena razón. No obstante, por primera vez podía ver las cosas desde la perspectiva de Luke: había estado tomando somníferos, en una cantidad superior a la recetada y cuando no debía.
Era capaz de entender mi punto de vista y el de Luke.
Yo tenía razón, pero ¿quizá él no se hubiera equivocado?
Entonces me acordé de Mia y cambié de opinión. Sí, se había equivocado, sin duda.
Todo aquel episodio había sido horrible. Empecé a sospechar cuando Luke llegó tarde una noche y entró en casa como si nada, mostrando una actitud extrañamente desafiante.
—¿Dónde estabas? —pregunté.
—Con Mia.
—¿Mia? —Eso me sorprendió—. ¿Qué estabais haciendo?
—¿Mia y yo? —Se fue a la cocina, y lo seguí muy nerviosa. Miró para atrás, me sonrió con insolencia y añadió—: Hablando.
—¿Hablando? —Estaba alucinando.
Cogió un trozo de queso de la nevera y luego dejó caer ruidosamente un par de rebanadas de pan en un plato.
—¿Mia y tú habéis estado hablando?
Levantó la vista del sándwich que se estaba preparando, me miró fijamente a los ojos y contestó con tono burlón:
—Oh. Sí.
—Pero ¿qué…? ¿Luke? —¿Qué estaba insinuando?—. ¿Hay algo entre vosotros dos? ¿Entre Mia y tú?
De repente, toda su chulería se esfumó.
—No.
Pero poco después los vi juntos; mirándose a los ojos, mientras Mia le acariciaba con ternura la mano, sin que ninguno de los dos intentara disimularlo. Estuve a punto de vomitar en la calle.
Cuando se lo había echado en cara, Luke me había mirado a los ojos y me había jurado que no había nada entre ellos. No estaba segura de si me estaba diciendo la verdad o no. Durante muchísimo tiempo, incluso años después de que rompiéramos, le había dado vueltas a todo aquello y había pasado varias veces de creerle a odiarle. Eso era lo único sobre mi matrimonio que nunca le había contado a Quin por culpa de las sensaciones entremezcladas de humillación, pena y duda que me hacía sentir.
Y anoche, por fin, había sabido la verdad.
En el trabajo, me quedé mirando por la ventana del despacho, preocupada porque Caleb, el ex de Harlie, no apareciera. Convencerlo de que fuera a The Cloisters había sido un gran logro y si me dejaba tirada… ¡Un momento! Alguien subía por el largo camino de entrada; por favor, Dios, que sea él.
Incluso desde la lejanía, se veía que iba vestido ridículamente a la última, desde el chaquetón de marinero de tweed, que estaba tan de moda, hasta los diez centímetros de tobillo al aire que separaban el dobladillo de los pantalones de la parte superior de los zapatos.
Lo recibí en el vestíbulo justo cuando abría la puerta empujándola con el hombro. Era enorme.
—¿Rachel? —dijo con una sonrisa nerviosa.
¡Iba hecho un pincel! Tenía las cejas tan perfectas como las de un miembro de una boy-band y los dientes deslumbrantemente blancos, y era obvio que se cuidaba el pelo con sumo esmero. Tenía muchísimo en común con Harlie.
Cuando estábamos en el salón, le ofrecí un té y unas galletas, pero los rechazó.
—Tengo esto. —Señaló a su mezclador negro de Myprotein. Le temblaban las manos—. Me alegro de que Harlie esté aquí. —Hablaba demasiado rápido—. Aunque ha sido una pesadilla. Todo se torció tanto y tan rápido.
—Eso ya lo contarás cuando estemos en la sala. —Me dio muchísima lástima.
Se puso de pie.
—¿Podemos empezar ya? Quiero quitarme esto de encima cuanto antes.
Cuando entramos, todo el mundo lo miró fijamente, preguntándose de quién era ese hombre tan guapo.
Lowry Cooke —quien obviamente se acababa de dar cuenta de qué estaba pasando— se mostró contento y alerta, prácticamente se estaba frotando las manos de impaciencia. «Bien, vale, disfruta mientras puedas». ¡A ver qué pasaba cuando apareciera Sienna, su exnovia, para largarlo todo sobre sus travesuras!
—Serás gilipollas —le dijo Harlie a Caleb—. Pero ¿tú qué cojones haces aquí?
Caleb estaba más blanco que la tiza.
—Tu madre me ha pedido que viniera —tartamudeó—. Quería ayudar.
—No quiero tu ayuda.
—Harlie… —La hice callar con la mirada.
Caleb cogió su silla.
—¿Puedo…? —preguntó, y se quitó la chaqueta, mostrando así unos hombros enormes y unos bíceps abultados que aquellas mangas a duras penas podían contener. Nos tenía a todos alucinados.
Objetivamente, Caleb estaba bueno, pero me puse muy triste al ver esos bíceps hiperdesarrollados. Por si no era ya bastante malo que las mujeres se angustiaran con sus defectos corporales, parecía que los hombres jóvenes estaban haciendo lo mismo: iban al gimnasio, se alimentaban a base de huevos crudos y hacían dietas cetogénicas hasta aburrirse, pobrecillos.
—Soy el exmarido de Harlie —dijo Caleb—. Aunque seguimos casados, estamos separados…
—… No lo he visto ni he sabido nada de él en once meses —le interrumpió Harlie—. Recogió todas sus cosas cuando yo estaba en el curro, no me dijo nada al respecto…
—… Sí que te lo dije…
—… llegué a casa y se lo había llevado todo. No respondía a mis llamadas. Fui a casa de su madre, y ella no me dejó entrar. Fui a su curro, y lo mismo.
Con delicadeza, Trassa le pidió a Harlie que se callara.
—Deja que el muchacho cuente su versión de la historia. Adelante —le indicó a Caleb.
Con voz ronca, dijo:
—Conocí a Harlie cuando yo tenía veinticinco años, y ella, veinticuatro. La primera noche que la vi, fue un flechazo. —Para mi alivio, cada vez se sentía menos inseguro—. Era la chica de mis sueños. Era preciosa, te reías con ella, bailaba genial, trabajaba mucho, era ambiciosa. Le gustaban la moda y el fitness, como a mí. Ambos queríamos tener niños, dos, pero unos años más tarde.
—¿Ella bebía? —le pregunté, para darle pie a hablar de lo que me interesaba.
—Bueno, sí, bebía. Pero como todo el mundo. Hace cinco años, los fines de semana nos corríamos unas buenas juergas; todo el mundo se pillaba un buen colocón. Aunque, de lunes a viernes, yo iba al gimnasio, comía sano, me centraba en el curro. Yo estaba viviendo con mi vieja, y Harlie vivía con sus padres. Una o dos veces por semana, venía a verme y se quedaba. Siempre llegaba con su botella de un cuarto de vodka, pero, ¿sabéis qué…?, pensaba que solo lo hacía una vez por semana, no todas las noches. No creí que fuera un problema.
»Nos casamos hace dos años y medio, y compramos una casa. De repente, como teníamos una hipoteca, tuvimos que ceñirnos a un presupuesto. Y aunque no teníamos el mismo dinero de antes para salir a ponernos ciegos, era genial. Harlie y yo estábamos juntos y teníamos un hogar. Yo estaba entrenando en el Drill, una cadena coreana de fitness; esperábamos poder comprar la franquicia irlandesa para montar nuestro propio gimnasio. Estábamos entusiasmados, muy emocionados, porque teníamos un plan. Pero Harlie seguía comprando vodka…
—… No seguí comprando…
—Claro que sí —dijo esas palabras con un tono tan triste que ella se calló—. Al principio lo que me preocupaba era el dinero. Pero… yo no bebo vodka. Entre semana, por las noches, cuando estábamos holgazaneando en casa o planchando la ropa del curro o haciendo cualquier otra cosa, Harlie solía acabar bebiendo vodka y yo dándole a la Recuperación Cinética. Era raro de cojones. Uno bebe cuando sale de marcha. Pero yo siempre buscaba alguna excusa para disculparla. Ella decía que tenía un trabajo estresante, que necesitaba relajarse…
—Era muy estresante, y yo al menos no soy adicta al gimnasio, como tú.
—Mi trabajo también era estresante…
—Caleb, tú no eres el que está en rehabilitación —señalé—. No tienes por qué dar explicaciones.
—Oh, vale. Gracias. —Se le veía tan joven y tan agradecido que partía el corazón—. Bueno. Harlie se emborrachaba. Mucho. A la hora de ir a la cama, solía estar pedo; arrastraba las palabras y decía cosas sin sentido; acababa borracha incluso después de haber visto The Sinner y haber cenado un salteado de pavo, ¿sabéis? No tenía ningún sentido. Así que la ayudé a encontrar un nuevo curro, uno con menos presión.
»Pero nada cambió, solo que las botellas de un cuarto pasaron a ser de medio litro y luego de un litro. Después pasó a pimplarse dos cada noche, la «oficial», que estaba en la nevera, y la «secreta», que estaba bajo el fregadero. Incluso cuando le mostré que lo sabía, siguió igual.
Aunque esta historia me sonaba mucho, seguía siendo terriblemente triste.
—Los fines de semana se convirtieron en una puta mierda; el viernes por la noche, el sábado por la noche, nunca sabías qué iba a pasar. Se metía en broncas. Me refiero a peleas a puñetazos con desconocidos. O desaparecía y no volvía hasta el día siguiente. Entonces, ella, Tegan y alguna de las otras chicas empezaron a tomar el brunch los domingos. A la una de la madrugada o algo así, Harlie solía volver a casa hecha polvo.
Se estremeció al recordarlo.
—Como decía que estaba deprimida, fuimos a ver a su médico, que le recetó unas pastillas. Realmente quería creer que tenía razones para beber así porque eso significaba que había una solución. Pero nada funcionaba y todo se iba a la mierda. Nos estábamos retrasando con los pagos de las tarjetas de crédito y odiamos deber dinero; bueno, ella solía odiarlo… Dejó de ir al gimnasio. Perdió todo interés en comprar el Drill.
A pesar de que yo sabía cómo acababa esa historia, escucharle narrar la inexorable caída en desgracia hizo que se me formara un nudo en el estómago.
—¿Cuándo te diste cuenta de que era alcohólica?
—Tardé mucho tiempo. Como es tan guapa y joven, como siempre se ha cuidado, como siempre ha mimado mucho su pelo y su ropa… No se parecía en nada a esos viejos que ves en los bancos del parque. Además, no quería aceptar la verdad, lo admito. Unas cuantas veces dejó de beber entre semana, quizá durante tres o cuatro días; decía que así demostraba que no era alcohólica, porque los alcohólicos beben todos los días. —Encogió sus gigantescos hombros—. Supongo que eso no es verdad.
—No, no lo es —afirmé—. Así que querías a Harlie, ¿no?
—La quería muchísimo. Hablo en serio, nunca había querido tanto a nadie. —Se calló y respiró hondo—. Ella también me quería. Durante un tiempo fuimos felices, felices de verdad.
Yo tenía un nudo en la garganta. La adicción destruía tantas cosas buenas y puras…
—¿Por qué la dejaste?
Se encogió; estaba claro que se avergonzaba de esto.
—Todo el mundo decía que yo se lo estaba poniendo muy fácil para que siguiera bebiendo, porque hacía cosas como llamar a su curro cuando estaba «enferma». Me dijeron que, si la dejaba, quizá lograría que reaccionara y buscara ayuda. Pero fue duro. Era mi mejor amiga. —Apretó los dientes—. Seguí teniendo esperanza… Seguí dándole una semana más, con la esperanza de que las cosas volvieran a ser como antes. Todo era tan confuso y jodido… Esa chica alucinante, guapa y con un gran futuro había pasado a ser un desastre. A pesar de que la persona a la que quería ya no estaba ahí, me sentía muy culpable por pensar en dejarla. Estaba preocupado por ella todo el rato; de todas formas, sabía que sería peor si me iba… y lo fue. Dejarla fue la cosa más difícil que jamás he tenido que hacer, y eso que vi cómo mi padre moría de Parkinson. —Parecía estar sufriendo una agonía—. Pero no la estaba ayudando. —Se echó a llorar—. La dejé porque, si me quedaba, solo empeoraría las cosas.
Todos estaban centrados en Caleb; todos menos yo. Contuve la respiración mientras observaba a Harlie, quien tenía la cabeza gacha. Entonces vi que movía los hombros, que le temblaban rítmicamente. Aunque también podría haber estado riéndose.
¡Pero no! ¡Espera! Estaba frotándose los ojos. Entonces se enderezó, buscó unos pañuelos de papel y pude verla bien. Estaba llorando. ¡Sí, estaba llorando!
¡Gracias a Dios!
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