Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 66 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 66

66

 

Después de trabajar, me pasé tres horas sentada en una silla de la peluquería, sometiéndome a una intensa sesión de tinte. Lo había pospuesto lo máximo posible, pero el inminente viaje a Barcelona había hecho que, de repente, me pareciera vital.

En algún momento me llamó Claire. Tardé como diez minutos en abrirme paso por el crujiente bosque de papel de aluminio para poder llevarme el móvil al oído.

—Lo siento —dije al fin—. Estoy en la peluquería.

—¿Puedes hablar? —preguntó.

—Como te decía, estoy en la peluquería.

—Bueno. Está todo preparado. —Y susurró—: El intercambio de parejas. Será el sábado por la noche. Hemos reservado un hotel. ¡Esta va a ser una Semana Santa para recordar!

—Así me gusta.

—¿Lo dices en serio?

—No.

—¿Estoy haciendo lo correcto?

—No.

—¿Cómo lo sabes?

En realidad, no lo sabía. Yo no era Claire.

—Mira. Si eso es lo que quieres, pásatelo bien.

—¿Crees que lo haré?

—Tal vez.

—¿De verdad lo crees?

—No.

Cuando por fin me quitaron el papel de aluminio, volví a casa, a un hogar vacío, ya que Kate tenía turno de noche. Ojalá hubiera estado ahí. No podía dejar de pensar en Luke y quería distraerme.

Lo odiaba. Lo odiaba con toda mi alma.

Me preguntaba si se había cabreado porque había bloqueado su número. Joder, eso esperaba. De hecho desbloqueé su número porque me moría de ganas de saberlo.

En unos minutos, mi móvil se iluminó y apareció su nombre. Lo cogí de la mesa y le espeté:

—¿Qué?

—¿Estás en casa? —preguntó—. ¿Puedo pasarme?

—Sí —respondí—. Y no, ni soñarlo.

—Por favor, Rachel. No te pido que me dejes entrar, no me lo merezco, pero déjame verte, por favor.

—Es tarde. —No era tan tarde, solo las nueve y media, pero estaba muy cabreada.

—Será solo un momento —insistió—. Y estoy a cinco minutos de tu casa.

—… Vale.

—Gracias por desbloquear mi número.

Tardé en contestar.

—… Es horrible, ¿verdad? Cuando quieres hablar con alguien desesperadamente y…

—Te veo enseguida.

Encerré a Crunchie en la cocina; era demasiado mona y en esa conversación íbamos a tratar temas muy serios. Entonces me puse el abrigo; fuera estaba muy oscuro y no hacía nada de calor.

Poco después sonó el timbre. Luke estaba apoyado en la jamba de la puerta. Bajo la luz artificial, parecía hecho polvo.

—No me acosté con Mia —dijo.

—Sí, te acos…

—… sabes que no lo hice. Fue una historia que te inventaste para convertirme en tu enemigo. Para que no tuvieras que hacerme caso cuando te rogaba que dejaras de tomar esas pastillas. Pero siento mucho haber echado pestes anoche. Me… —Negó con la cabeza—. Me pasé de la raya. Lo siento muchísimo.

—Te comportaste como si te estuvieras acostando con Mia… Esa sonrisilla de suficiencia y…

—… Sí. Esa noche fui un gilipollas. Estaba de mala leche y un poco borracho. Me sentía tan dolido que quería devolvértela. Lo siento, Rachel.

—Pero te vi con ella.

—En el Coffee Express, delante de, no sé, unas cincuenta personas, casi todas de Narcóticos Anónimos, que me conocían, que te conocían. Como Mia había conseguido dejar de tomar somníferos, estaba pidiéndole consejo sobre cómo ayudarte. Eso es todo. —Agotado, lanzó un largo suspiro—. Y lo sabes.

—Entonces ¿por qué os cogíais de la mano?

—No estábamos haciendo eso. Ella me estaba tocando el brazo. Fue un gesto de compasión.

—A ella le gustabas. La alentaste.

Puso cara de exasperación.

—Yo no le gustaba. Y tampoco la animé a nada. No soy esa clase de hombre. Nunca lo he sido.

Me dejé llevar por la frustración.

—¿Cómo es posible que no le gustaras?

—¿Por qué tendría que gustarle? Y aunque hubiera sido así, que no lo fue, yo te quería.

—Pero si apenas hablábamos…

—Aun así, no me habría follado a otra. —Enfatizó las palabras siguientes—: No era esa clase de hombre. Jugué limpio. No tengo la imaginación necesaria para ser un mujeriego. ¿Te acuerdas de que fuiste tú quien me lo dijo?

El recuerdo sobre una discusión que habíamos tenido pasó de manera fugaz por mi mente. Él había encontrado más pastillas y me estaba amenazando con largarse. Yo me puse primero a la defensiva, luego adopté una actitud despectiva…

Tal vez no se hubiera acostado con Mia. Costaba saberlo a ciencia cierta, porque el hombre al que una vez creí conocer se había esfumado, de manera tanto metafórica como literal. Pero siempre había sido sorprendentemente tradicional; era bastante duro con los adúlteros.

—En aquella época ni siquiera le gustaba a mi esposa.

¿A quién…? Ah, a mí. ¿Que no?

—No lo recuerdas. Claro que no. Pero hubo una noche… —Se encogió de hombros.

Un momento, no, sí que la recordaba.

—Esperaba que pudiéramos… reconectar —dijo Luke—. Pero no mostraste ningún interés.

Destelló otro de esos recuerdos congelados: unos fotogramas donde se veían las luces de unas velas y unos aceites aromáticos, donde —madre mía — Luke me cogía la cara con ambas manos, mientras notaba cómo se me clavaba algo duro y caliente que le sobresalía de los vaqueros.

—Lo recuerdo. —Estaba avergonzada—. Pero tenía miedo.

—¿De mí?

—De quedarme embarazada otra vez. Nunca fui una buena candidata a tener un niño, nunca lo fui. Era demasiado… tóxica. Estaba… jodida. No sé cuál es la palabra adecuada. Tú también lo pensabas.

—¿Qué? Yo nunca… Rachel, tuvimos mala suerte, nada más.

Sin apenas atreverme a respirar, lo observé detenidamente.

—Sí que lo pensabas.

—Qué locura. —No parecía dar su brazo a torcer—. No lo pensaba. No lo habría pensado. Lo dijiste unas cuantas veces, pero creí que solo intentabas que me sintiera culpable.

—¿Culpable de qué?

—De sentir lástima por ti. Para poder tomarte las pastillas sin que nadie te molestara. No pensé que realmente creyeras que era cierto. —Se dio la vuelta, se alejó y masculló—: Dios, esto va de mal en peor.

Se volvió para mirarme y me dijo:

—Si eso es cierto, debiste vivir un infierno.

—Era cierto, pero ya no pienso así. Quin me ha «curado».

Una emoción que no pude precisar se reflejó de forma fugaz en su cara.

—Eso es bueno. Genial.

—¿Puedo preguntarte una cosa? La mañana en que Kallie necesitó el plan B. Ya sabes, la mañana des…

—Sé a cuál te refieres. Y me vas a preguntar si todo fue un montaje de Kallie. La respuesta es que no lo sé. La noche anterior… habíamos… Nos… Pero yo no sabía que habíamos tenido un accidente. —Era obvio que se sentía incómodo, tanto que apartó la mirada—. Lo normal hubiera sido que me diera cuenta de algo así, pero me enteré cuando llegué a casa esa noche.

—¿Kallie pudo inventárselo todo?

—Quizááá. —Parecía hacerle cierta gracia, si es que esa sonrisita era indicativa de algo—. Kallie es… una mujer… decidida. Siempre consigue lo que quiere, ¿sabes? Y quería conocerte.

De repente se calló.

—No quiero ser irrespetuoso con Kallie. Ella y yo… Ahora soy una persona distinta, así que mis relaciones van a ser distintas a la que tuvimos nosotros. Kallie y yo encajamos. Lo nuestro funciona.

—Yo no he dicho nada.

—Ya. Pero… Vale, lo siento. —Haciendo un esfuerzo para cambiar el tono, preguntó—: ¿Ha vuelto Quin?

—No, llega el sábado por la mañana, sobre las cinco.

—Uf.

—Sí. El sábado es el cumpleaños de mi hijastro, que cumplirá trece años. Estamos dándole mucha importancia a su paso a la adolescencia. Mis suegros van a celebrar una pequeña fiesta. Nada exagerado, solo para la familia.

Finley no era mi hijastro. Vivi y Roly no eran mis suegros, yo no formaba parte de su familia. Pero quería hacer daño a Luke. La verdad es que creía que era cierto lo que me había contado sobre Mia, pero el modo en que había defendido a Kallie, cómo la admiraba por esa posible mentira, me había dolido. Él nunca me había pasado ni una cuando estábamos juntos.

—El sábado por la noche —continué— nos vamos a Barcelona. Solos Quin y yo.

—Bueno… es un buen sitio. Barcelona, Texas, ¿no?

—Ja, ja. Sí, es para celebrar nuestro aniversario. Bueno, ¿Kallie cuándo…? ¿Va a volver a Irlanda?

—No.

Ella se había marchado sin despedirse. Ni siquiera un mensaje de texto. Inesperadamente, me dolió.

—Por dinero —añadió—. O, mejor dicho, por la falta de este. Se está esforzando tanto por triunfar en la música que ha tenido que dejar casi todo su trabajo como contable. Pagar otro vuelo hasta aquí sería demasiado.

Bueno, eso explicaba por qué le había dado el vale de descuento de Zara a Kate. Aunque me seguía pareciendo mal, al menos lo entendía.

—En fin, iré a casa con ella en algún momento de la semana que viene.

Eso también me dolió.

Pero ¿qué esperaba? ¿Que Luke y Kallie nunca se marcharan y que, junto a Quin, formáramos un cuarteto muy unido, que visitaría restaurantes mediocres, donde nos atiborraríamos a patatas cocidas y zanahorias untadas con mucha mantequilla?

—¿Has encontrado una cuidadora que le guste a tu padre? —pregunté.

Luke negó con la cabeza.

—Eso no va a pasar. Pero tiene dos hijos más, una hija y cuatro nietos adultos en Irlanda; son suficientes para cuidar de él. Yo tengo mi vida en Denver, tengo un socio allí, un negocio. —Se encogió de hombros—. No tengo que quedarme aquí ni tampoco debo sentirme culpable por marcharme.

Algo en su tono de voz hizo que me acordara de pronto de la horrible mañana en que me había dejado.

Fue a finales de enero, estaba muy oscuro y hacía mucho frío. Me había despertado de repente y había visto que estaba sola en la cama. Según mi móvil, eran las 3.43 de la madrugada. Oí que fuera del dormitorio alguien se movía de manera sigilosa, arrastrando los pies. Tuve tal subidón de adrenalina que crucé corriendo el dormitorio, abrí la puerta de un tirón y en el pasillo me encontré a Joey y a Luke, con aspecto estresado y sudoroso.

—Yo me llevo esto… —Joey estaba levantando una caja; entonces me vio.

Luke se giró de golpe, al tiempo que yo veía que las cajas selladas, que se habían ido acumulando en la sala de estar a lo largo del último día, habían desaparecido. ¿Eso significaba que…? ¿Ya se las habían llevado a un coche o una furgoneta?

—¿Pretendías irte a hurtadillas? —No podía creerme que fuera a hacer algo tan cruel—. ¿Sin decir nada?

—Qué típico —contestó Luke—. Todos los días estás comatosa, menos hoy.

—Te espero en la furgoneta —masculló Joey. Y, tras levantar la última caja, se largó.

Oí un tintineo que me puso de los nervios; era la alianza de Luke. Se la había quitado y la había dejado en la mesa de la entrada. Al tiempo que se oía un ruido metálico, me dijo:

—Y aquí tienes mis llaves.

Esperaba que fuera algún tipo de treta, pero cada vez estaba más convencida de que aquello iba en serio.

—Luke, por favor, te lo ruego. —Atacada, le puse ambas manos sobre el pecho e intenté impedir que se moviera—. Te quiero muchísimo. —Mis jadeos sonaban tan fuertes que resultaba humillante—. Podemos arreglar esto, iremos a terapia, haremos lo que quieras.

Con una mirada fría como el hielo, me apartó las manos y me mantuvo a raya.

Me hallaba sumida en la desesperación, era un manojo de nervios y estaba aterrada. Pero Luke se echó la chaqueta al hombro, cogió su maleta y salió por la puerta. Me dejé arrastrar por el pánico y agarré las llaves que él acababa de dejar, me calcé unas Uggs y lo seguí por tres tramos de escaleras hasta la calle, donde caía aguanieve. Vestida con unos leggings y un forro polar, intenté no quedarme atrás mientras se dirigía hacia una furgoneta.

Cuando abrió la puerta del vehículo para sentarse junto a Joey, me abalancé sobre él.

—No —me dijo, con un tono frío que no era propio de él—. Por favor.

Retrocedí espantada, y la puerta se cerró con un chirrido metálico. Tras arrancar el motor, la furgoneta avanzó dando tumbos, se adentró en el escaso tráfico y se alejó.

Me quedé en la calle un buen rato. Todavía pensaba —o esperaba— que regresarían. Si volví a casa fue por el frío, y lo primero que hice una vez dentro fue llamarlo, pero había bloqueado mi número.

Aterrada y con las manos temblorosas, llamé a Joey, quien me dijo:

—No puedes hablar con él, Rachel. Para cualquier factura o documento oficial, contacta conmigo y yo se lo paso. Ahora voy a apagar el móvil. Escucha, cuídate, ¿quieres? Pon orden en tu vida.

Pasmada, me senté en el suelo, preguntándome si aquello era real. Después me tragué un somnífero y esperé a que me sobreviniera el piadoso olvido.

Bajo la luz de la puerta de la entrada, me di cuenta de que Luke me estaba observando.

—¿Qué? —preguntó con recelo—. ¿Y ahora qué he hecho?

Abrumada por los recuerdos, me invadió una nueva ira.

—Solo estaba recordando el día que me dejaste.

—Oh, madre mía, eso fue…

—Monstruo cruel y desalmado —le espeté—. No tuviste corazón… — Me costaba dar con las palabras adecuadas—. Fuiste despiadado…

—Hacer eso fue un suplicio para mí.

—¿Para ti?

—Rachel, por favor. Escúchame. Por favor. Mi bebé había muerto… Ella también era mi hija. Y mi esposa, la mujer a la que adoraba, había recaído…

—… No, yo no había…

—… Estaba destrozado, la soledad me estaba matando, y tú te habías ido, Rachel. Era como si tú también te hubieras muerto.

—Por muy malo que eso fuera para ti, para mí fue peor.

Inspiró hondo.

—Te creo. Pero siempre me dijiste que debía marcharme si recaías.

—Pero no había recaído. Esa no es la palabra…

Me ignoró y continuó hablando:

—Durante muchísimo tiempo, ni me lo imaginé… Estabas tan decidida a seguir limpia. Entonces sucedió y fue una puta pesadilla. ¿Cuántas veces te rogué que lo dejases? Y me mentiste sin más. —Se le contrajo la cara—. Llamaba a todas tus amigas (a Claire, Anna, Nola, Brigit y Olga Mae) tan a menudo que dejaron de cogerme el teléfono. Registré el piso varias veces más y volví a encontrar más pastillas escondidas. Me pregunté si debía cancelarte las tarjetas o no…

«Habría sacado el dinero de algún sitio».

—… pero si te hubiera obligado a dejarlo, no te habrías desenganchado. Tenías que ser tú quien tomara la decisión. Tardé casi seis meses en afrontarlo, no me querías lo suficiente…

—¡Claro que te quería!

—Querías aún más esas pastillas. Eso es un hecho, Rachel. No podía curarte. Solo por estar ahí, te lo estaba permitiendo. Si nada cambia en la vida de un adicto, este no cambiará… ¿Cuántas veces me dijiste eso? Si me marchaba, esperaba que el golpe fuera lo bastante duro para que te desengancharas.

—Espera, ahora… —Estaba desconcertada.

—Pero no podía mudarme a ocho manzanas al norte. No habría sido capaz de mantenerme lejos de ti.

—Está claro que querías alejarte todo lo posible de mí.

—No quería dejarte, para nada. Pero, Rachel, ya sabes que no estaba precisamente cuerdo por aquel entonces.

Se le veía tan consternado que, de pronto, no me costó creerlo.

—En retrospectiva, está claro que me pasé… Pero, en ese momento, me pareció que era la única opción que me quedaba. No tuve más remedio.

Por primera vez, me hacía una idea de cómo podía haberse sentido.

—Para hacer las cosas bien, tenías que estar fuera de mi alcance. Y estaba aterrorizado, Rachel. Mi vida estaba en Brooklyn contigo. Siempre he odiado los cambios, incluso cuando las cosas van muy bien. Escogí Denver porque conocía a un par de personas allí; dos más que en cualquier otro sitio. Tuve que buscar un trabajo nuevo, encontrar un sitio donde vivir y levantarme todos los días y hacer todo por inercia, como si fuera un muerto en vida. Nadie quería quedar conmigo; al cabo de un tiempo, ni siquiera Johnno y Elaine; debía de estar demasiado… deprimido, aunque no sé si es la palabra más adecuada. Era incapaz de relacionarme con los demás, sus vidas me parecían tan estúpidamente poco serias… —Me miró, le brillaban los ojos de ira—. Nunca olvidaré la madrugada que me marché, me suplicaste de un modo que me dejó destrozado. Estuve a punto de ceder. —Se tapó la boca con la mano—. No quería irme, pero tenía la sensación de que debía hacerlo. —Me costó entender lo que decía—. Porque…

Para mi sorpresa, vi que estaba llorando.

—… si me quedaba, solo empeoraría las cosas.

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