Otra vez, Rachel
Capítulo 73
73
Y, en efecto, a las seis de la mañana, cuando me desperté sobresaltada, con el corazón desbocado a causa de la ansiedad, por fin comprendí la verdad pura y dura: Luke me había dejado porque había empezado a consumir drogas de nuevo. A abusar de ellas. Me había sumergido otra vez en la adicción y me había vuelto totalmente inalcanzable.
Se acabaron la incertidumbre, las dudas. Aquella certeza encajó en su lugar con precisión, encendiendo las luces… clic, clic, clic… e iluminándolo todo a gran alcance.
Nada había cambiado, pero todo era diferente.
La realidad estaba ahí, en toda su crudeza: en cuanto había visto una posibilidad de conseguir somníferos de Carlotta, había recaído en el pensamiento adictivo y luego en el comportamiento adictivo. Hasta tal punto que ni siquiera fui consciente de que tenía problemas.
No era de extrañar que se hubiera ido.
No porque me culpara por lo de Yara. No porque hubiera dejado de quererme. Sino porque era, una vez más, una adicta activa.
Una vez que lo sabía, resultaba ridículamente obvio, y sin embargo, el impacto fue enorme.
También comprendí que en cierto modo siempre había sido consciente de que había recaído. Como si una parte de mí se hubiera desgajado de la principal cuando empecé a abusar de las drogas de nuevo y hubiera seguido un camino paralelo. Me había esforzado mucho por ignorar ese yo fantasma, pero de vez en cuando lo veía, captaba un atisbo de mí, casi a la par.
Una vez que lo sabía, me costaba creer que me hubiera cegado de ese modo.
Pero así era la adicción, así era la negación. Yo no tenía nada de especial. Día tras día veía cuánto se esforzaban los adictos por ocultar su vergonzoso comportamiento. Cuando por fin era demasiado tarde y se daban de bruces con la verdad, no era que recordaran cosas que habían olvidado de forma oportuna. Siempre habían sido conscientes de los hechos, pero se producía algún cambio que les confería un nuevo contexto.
Yo no era distinta.
Llamé a Nola, que parecía que hubiera estado esperando noticias de mí.
—Ven cuando termines de trabajar —me dijo.
Luego llamé a Quin, pero saltó directamente el buzón de voz. Le pedí que me llamara y me fui al trabajo, donde tuve que escuchar a Bronte describir mis propios delirios, casi palabra por palabra.
—Pensé que no pasaba nada por tomar las pastillas —dijo Bronte—. Porque me las había recetado un médico.
—Pero, en cuanto empezaste, te entraron ganas de más y más fuertes — contesté, siguiendo los pasos lo mejor que pude.
—Sí. Lo reconozco.
—¿Tenías otras opciones? ¿Sabías que las tenías? ¿Y aun así te decantaste por la peligrosa?
—Sí. Sí. Y sí.
—Pero eres una persona culta —le dijo Trassa a Bronte—. Sabes palabras en francés y los nombres de los dioses griegos. Dejaste la heroína hace años, así que ¿por qué ibas a hacer algo tan estúpido?
—La educación no importa. Olvidé que era una adicta. No, no es eso; decidí olvidarlo.
—Pero ¿por qué? —La pobre Trassa intentaba comprender—. Si tenías una buena vida.
—Pero no la tenía. —Se mordió el labio—. Rachel estaba en lo cierto. Cuando Freya… cuando Eden cambió los planes de Freya, sentía que no tenía motivos para vivir. Me las había arreglado para conservar la esperanza durante mucho mucho tiempo, porque esperaba que las cosas buenas llegaran.
—No lo entiendo. —Lowry se mostró despectivo—. Vale que estuvieras disgustada por tu hija y por tus caballos, pero habías dejado el vicio. Eso es muy importante. ¿Por qué ibas a tomar drogas que te llevarían de nuevo a la heroína?
Bronte le dirigió una fría mirada.
—Porque, en el fondo, los adictos —movió el dedo alrededor de la habitación y acabó señalando a Lowry— queremos una excusa para recaer.
—Un momento —repuso Lowry—. Yo no soy adicto a nada…
—Había dos versiones de mí —le interrumpió Bronte—. La que quería estar bien y la que quería desaparecer en las drogas de nuevo. Siempre habrá dos versiones de mí. No importa cuántos años lleve limpia, la adicta que hay en mí siempre está esperando su oportunidad.
—Eso suena desesperante. —Trassa se sentía angustiada—. Yo quiero ser capaz de dejarlo.
—Puedes dejarlo, pero la adicción nunca se cura —dijo Bronte—. Solo se controla.
—Madre mía, Rachel. —Chalkie me dedicó una sonrisa socarrona—. ¿Es que Bronte aspira a tu puesto de trabajo?
Pero yo no estaba de humor para bromas con Chalkie. Una vez más, me di cuenta de que, al igual que Bronte, yo había tenido otras opciones: podría haber aceptado la oferta de Carlotta de tomar antidepresivos que ayudaban a dormir. Pero sabía que no tenían nada de divertido.
Sumida en el dolor y en el odio hacia mí misma, quería el delicioso bálsamo de los somníferos.
La siguiente fue Ella, cuyo cuerpo se doblaba sobre sí mismo, como una marioneta inanimada a la que le hubieran cortado los hilos.
—¿Qué te gustaba de estar colocada durante días? —le pregunté, lanzándome a la yugular.
—Todo —respondió tras una larga y tensa espera. Levantó la cabeza y me miró a los ojos—. Todo, joder. Pero, sobre todo, no tener miedo. Siempre tengo miedo y estoy muy harta. —Bueno, eso fue una sorpresa. No había esperado una capitulación tan pronto—. Muchas gracias por eso, Rachel. —Ella vibraba de rabia y de pena—. Me has desarmado y me has destrozado la vida y te odio, joder.
—Tu vida no está destrozada —repuse—. Te lo prometo.
—¡Oh, vete a la mierda!
A la hora de comer, encendí el móvil, esperando tener noticias de Quin. No había nada, así que llamé de nuevo. Lo mismo que antes, saltó directamente el buzón de voz.
«Quin —dije—, siento mucho haberte hecho daño. ¿Podemos hablar? ¿Podemos hablar, por favor? Me importas mucho, mucho…».
Me llegó un mensaje de Claire, así que la llamé.
—¿Estás por aquí esta noche? —me preguntó—. Te necesito de verdad.
—Voy a ver a Nola después del trabajo, ¿puedo llamarte cuando termine?
—Genial. Pero no podemos hablar en mi casa, por razones obvias. Y no podemos ir a mi club, por razones obvias. Y no podemos vernos en público por si lloro. Tendrá que ser en tu casa, aunque Kate no debe saber nada de… lo que pasó.
—De acuerdo. —Exhalé un fuerte suspiro y apagué el teléfono. Volvería a intentarlo con Quin después del trabajo.
Era el momento del grupo de la tarde, donde Lowry nos contó la historia de su vida.
Su frase inicial fue:
—Todos los que he amado me han abandonado.
Chalkie se rio alegremente. Habíamos decidido que se quedara unas semanas más porque estaba demasiado furioso para dejarlo salir al mundo.
En La Vida Según Lowry, todo era siempre culpa de los demás. Había demostrado un verdadero talento —«un talento poco común», según él mismo— como fotógrafo, pero sus padres no quisieron pagar la costosa escuela de Nueva York.
—Así que, en lugar de hacer arte de verdad, hago fotos ñoñas de bodas. Es la razón principal por la que estoy deprimido.
—Pero ¿quién te impide hacer arte? —preguntó Trassa—. ¿Tienes que estar en el sindicato de artistas o algo así?
—Joder —murmuró Lowry en voz baja, pero lo bastante alto para que se le oyera.
—No pretendo ser una sabelotodo —dijo Trassa con suavidad—. Sinceramente, es que no lo sé.
—Nadie me lo impide. Como tal —dijo Lowry—. Pero… ¡vale! Seamos realistas: el dinero de las bodas está muy bien. Me he acostumbrado, me gusta. Vamos, pegadme un tiro. —Dennis y Chalkie intercambiaron una mirada, y Dennis soltó una risita—. ¿Qué? —preguntó Lowry—. ¿Debo avergonzarme por ganarme la vida?
—Sigue leyendo —le pedí.
Sienna había roto con él porque «no podía aceptarme tal y como soy».
—¿Y cómo eres? —Bronte destilaba desprecio.
—Un espíritu demasiado libre.
—¡Ja! —Chalkie se mostró desdeñoso y encantado—. Lo que se traduce como: «No puedes retener a tu amiguito dentro de los calzoncillos». ¿Me equivoco?
—Oye, yonqui. —Lowry se levantó.
—Siéntate —le ordené. Por Dios, lo último que necesitábamos eran puñetazos. Lowry era mucho más alto que Chalkie, pero yo habría apostado por el tipo pequeño.
Lowry hizo ademán de sentarse de nuevo de mala gana mientras que Chalkie se arrellanó en su silla, mirándolo fijamente.
—Eres un imbécil —le informó Chalkie—. Un puto imbécil.
—No todos venimos de una privación de peli. Vale que mi madre no murió de una sobredosis de heroína, pero mis sentimientos son tan válidos como los tuyos.
—Lowry, te has pasado de la raya. Discúlpate con Chalkie.
—Madre mía, Rachel, no necesito sus absurdas disculpas de clase media.
—Pero Lowry tiene que hacerlo.
Cuando el grupo terminó, encendí el móvil. Todavía nada de Quin. Lo llamé, sintiéndome fatal, y una vez más me saltó el buzón de voz.
«¿Quin? Por favor, ¿podemos hablar? Puedo acercarme más tarde».
Como no sabía qué más hacer, escribí mis notas diarias, di las buenas tardes a todos y bajé corriendo para salir a la luz del atardecer.
Entonces me llamó Quin, lo cual me sorprendió.
—Esta noche salgo por ahí. De cervezas con Golden y algunos más. Vamos a planear escalar el Denali en mayo.
Era la primera vez que oía hablar de ello —salir de cervezas, hacer escalada—, pero me estaban castigando, y así era como Quin quería hacerlo.
—¿Podríamos vernos después? —pregunté.
—No. Puede que vuelva tarde.
—¿Mañana por la noche?
—… Creo que no.
—Quin, por favor…
—A finales de semana, quizá. Depende. —Y colgó.
OceanofPDF.com