Otra vez, Rachel

Marian Keyes · Capítulo 89 de 96

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Otra vez, Rachel

Capítulo 89

89

 

 

Y disfruté de Transilvania.

Más o menos.

Taryn y Timothy eran la leche como compañía, las colinas y los lagos eran impresionantes, la gente y la comida eran deliciosas, aunque experimenté dos versiones paralelas de todo. Una era la realidad, pero en la otra me acompañaba un holograma invisible de Quin que expresaba opiniones, pensamientos, contradicciones e indicaciones.

Estaba conmigo en cada paso que daba, en cada bocado que comía.

Tanto era así que, la penúltima noche, tumbada sobre las sábanas extrañas, en una casa de huéspedes extraña, en una tierra extraña y hermosa, me levanté de la cama y, segura de repente de que estaba haciendo lo correcto, le envié un correo electrónico en el que le preguntaba si quedaría conmigo cuando llegara a casa.

No tenía claro qué esperaba exactamente —¿quizá solo comprobar que estaba bien?—, pero me sentí más tranquila que en mucho tiempo y dormí bien. A la mañana siguiente, me abalancé sobre mi teléfono esperando que me hubiera contestado, pero no había nada.

Aunque aún era temprano, tal vez no se hubiera despertado todavía.

Durante la caminata de ese día, mientras perdíamos y recuperábamos la cobertura, continué mirando el móvil. Seguía sin responder. Podría estar trabajando. A veces su trabajo era tan intenso que todo lo demás quedaba relegado.

Pero, para cuando mi avión aterrizó en el aeropuerto de Dublín, tuve que afrontarlo: no iba a tener noticias de él.

Desanimada y confundida, ya no estaba segura de que eso fuera siquiera lo que quería. Tenía la sensación de que echaba más de menos a Quin en Rumanía que en Dublín, lo que no tenía sentido, salvo para demostrar que más de tres meses después seguía sin tener ni idea de lo que me convenía.

Sin embargo, no todo era malo. Desde el aniversario de Yara con Luke, se había producido una sanación sin duda más profunda. La sensación de pérdida no era tan acusada, y todo mi rencor hacia él se había desvanecido.

Incluso había momentos fugaces en los que lo que en secreto llamaba Mis Pensamientos y Sentimientos Importantes se reducían a la nada. Visto desde una perspectiva cósmica, mi vida no era extraordinaria ni importante, era una vida sin más.

Desde esa perspectiva, todo parecía tal y como debía ser: hermoso y malo, doloroso y bueno. Querer que las cosas fueran diferentes no cambiaría nada. Me había pasado lo que me había pasado y solo podía aceptarlo.

Pero había otros momentos en los que me metía en el Instagram de Kallie Lampart para leer cada post con atención y buscar pistas sobre Luke y ella.

Tenía una aliada en Claire, lo cual no era necesariamente positivo. Quedó claro el día después de mi regreso de Rumanía, en la merienda de cumpleaños de Molly. Claire, con un vestido de «fiesta en el jardín», muy almidonado, me recibió con sándwiches de pepino y un alegre:

—¡Tres semanas desde la última foto de él y un caballo!

—¿De qué habláis? —Helen había puesto la antena. Se acercó a nosotras con la mano en la espalda, como si llevara dos años embarazada en lugar de catorce semanas.

—De nada —me apresuré a responder.

Helen no tenía nada bueno que decir sobre Luke. Nunca.

Pero fue demasiado tarde, porque Claire ya se lo estaba explicando y, a continuación, Helen se puso a escudriñar las publicaciones de Kallie.

—Es evidente que a Costello no le gusta que le saquen fotos —dijo—. Pero aquí no hay nada que indique que no están juntos. Esta Kallie es una infeliz que publicaría una tonelada de mierda en plan «Mis amigas y yo bebiendo daiquiris de fresa» cada vez que le dieran puerta…

—No sabes nada de ella —protesté.

—¡Estoy embarazada, no ciega! —exclamó Helen, acalorada—. Las pruebas aquí apuntan a que sigue siendo la chica de Costello.

La idea me dio ganas de llorar.

—Puede que estén en su terraza —admití—. Fumando hachís, bailando al ritmo de los Doobie Brothers, pasándoselo en grande.

—¿Los Doobie Brothers? —Helen ya estaba buscando en Google—. ¿Quiénes son?

Al momento siguiente, su teléfono reproducía Long Train Run nin, lo que atrajo miradas de asombro desde el otro lado del jardín.

—¡Joder, sí! —Helen se rio de forma descontrolada—. Me imagino a Costello ahí fuera, bailando al ritmo de esta mierda.

«No digas eso. Por favor».

Pero más tarde, cuando casi todo el mundo se había ido, me llevó a un aparte.

—No debería haber dicho que Costello sigue con esa infeliz. Intentaba ser dura por ti, pero ¿no era lo que querías?

—Bueno, yo…

—La cosa es que… vale… tiendo a guardar rencor.

¡No fastidies!

—Dices que recaíste y que no fue culpa suya que te dejara. Es demasiado complicado para mí.

—Valeee.

—Estos son los hechos: disfruto con el rencor, no me gusta renunciar a él. Pero, aunque soy una investigadora privada excelente, no puedo estar segura de lo que pasa entre ellos dos. Esas fotos podrían ser engañosas. Rachel, yo… te pido disculpas.

Una disculpa de Helen era todo un acontecimiento. Pero de nada servía, porque estaba aceptando que era hora de seguir adelante.

El hombre de mis fantasías no era el Luke actual de la vida real, sino uno diferente de tiempo atrás, antes de que me quedara embarazada, antes de que recayera, antes de que la vida se hubiera retorcido y nos hubiera reconvertido en versiones menos inocentes de nosotros mismos. La ironía era que el Luke del que estaba colgada no se habría acostado conmigo, no mientras tuviera pareja.

Mi enamoramiento había durado demasiado. Ya solo me hacía sentir triste. Era hora de superarlo, de agradecer todo lo bueno que me había aportado el reencuentro con Luke, que fuera mi amigo.

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